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EL ÚLTIMO DÚO

DAVID LENKER & VICENTE SOLSONA, 
A Few Remarks (LaLabelWeb, 2024)

En el vasto universo del jazz hay músicos cuyos nombres nunca se escuchan. Son músicos que aparecen en grabaciones como sidemen, músicos que escuchamos en algún club de jazz por casualidad o que no han tenido, por cosas de la mercadotecnia o de las discográficas, la repercusión necesaria. Nombres como David Lenker o Vicente Solsona quizás no estén en boca de todos los aficionados, pero corresponden a dos músicos con una experiencia tan dilatada que cuesta pensar que no hayamos coincidido. Por desgracia, el álbum a dúo (piano / guitarra) que escuchamos hoy llega después de que Lenker falleciera, desgracia que retrasó el lanzamiento del disco. Lo escuchamos, por tanto, como un homenaje póstumo.

Porque A Few Remarks es, a su vez, un homenaje múltiple, un tributo a los compositores que influenciaron a estos músicos de jazz que, como muchos, han pasado también por escenarios acompañando a cantantes de otros géneros. Bill Evans, Lennon & McCartney, Monk, Antonio Carlos Jobim... son algunos de los compositores versionados en esta formación (que siempre considero tan exigente y valiente) como es el dúo de jazz.

David Lenker fue un pianista y compositor de Pensilvania que vivía en España desde 1987. Acompañante de músicos de la talla de Jorge Pardo, Perico Sambeat, Carles Benavent, Bob Sands o Antonio Mesa) llegó a grabar un disco como líder en 2001 y compuso bandas sonoras para el director francés Vincent Biarnés. Tiene un gutsto muy elegante por las notas de blues, y esto se nota de manera conmovedora es su composición "Blue Ballad", que aparece en este disco, con una forma peculiar de integrar el blues en un dúo con guitarra. Vicente Solsona, por su parte, nació en Segorbe (Catellón) y se licenció en composición en el conservatorio de Málaga. Habitual también como sideman (Ximo Tébar, Perico Sambeat, Jose Carra...) ha compuesto y grabado música experimental y para ballet. Como guitarrista, nos encanta, especialmente, la forma en que lleva adelante la melodía en "Pools", improvisando durante todo el tema con muchas referencias.

No, ni Lenker ni Solsona hacen un jazz arriesgado ni moderno. Sus voces se mueven en un marco de contención lleno, sin embargo, de sensibilidad y expresividad, con notas cambiantes que, por momentos, emocionan. Esa forma de atacar el piano en "Remembering The Rain", tan distinta a la de Bill Evans, muestra una voz personal con su propio sentido del ritmo y la emoción. Lo mismo podríamos decir de la guitarra de Solsona, que envuelve de notas todo lo que versiona, improvisando y enfatizando los originales (especialmente notable en "Nodoby Knows" de Michel Legrand). Las siempre insólitas figuras musicales monkianas están presentes en su versión de "Think of One" mezcladas hábilmente con improvisaciones personales. "Aguas de marzo", por su parte, se mueve entre la bossa y el swing con tanta naturalidad que justifica aquel hermanamiento entre el jazz y la bossa que surgió hace 50 años y que despistó a puristas y sedujo a los aficionados.

A Few Remarks es un disco recomendable para amantes del jazz sin sobresaltos que busquen expresividad sin exceso de artificios.


* Más info: www.microscopi.cat/product-page/afewremarks

MÁS BILL EVANS, POR FAVOR

BILL EVANS, Bill Evans In Norway - The Kongsberg Concert (Elemental Music, 2024)

Como viene siendo habitual, el sello Elemental Music recupera y publica una nueva grabación perdida. En esta ocasión, un concierto de Bill Evans en el Festival de Kongsberg el 26 de junio de 1970. Salvando la calidad de sonido asociada a la época, podemos decir que se ha hecho una muy buena labor de conservación y restauración, y que Bill Evans suena glorioso con su segundo trío, el que más vida tuvo, aunque muchos prefieran sus discos con LaFaro y Motian. Dicen que el pianista no solía dar por adelantado el repertorio del concierto a sus músicos, y que se iba adaptando al público, a pesar de lo cual se nota aquí un gran trabajo de escucha y de interplay entre la sección rítmica y Evans, una comunicación que, por momentos, hace al oyente recordar por qué ama el jazz.

Foto del concierto, por Arthur Sand
El disco, también presentado en doble LP, contiene extensas entrevistas al pianista, al bajista Eddie Gomez y al baterista Marty Morell, así como a otros músicos como el pianista noruego Roy Hellvin, que asistió al concierto, y artículos de Aaron Parks y Craig Taborn, además de las notas de Marc Myers. Lo más interesante es una entrevista que Randi Hultin le hizo a Evans tras el concierto... a las cuatro de la mañana. En la entrevista, podemos leer a un Bill Evans sincero y sencillo. Celebra que haya un festival con figuras internacionales en un lugar tan pequeño porque, dice, "el jazz no puede existir sin alguien que trabaje por él con amor". También habla de sus preferencias por el trío de piano, admitiendo que su trío "no hace ensayos. No desde que comenzó. La cohesión sucede en el escenario o en el estudio. La música se desarrolla por sí misma en cada concierto". También habla sobre LaFaro, sobre lo difícil que le resultaba en aquella época llegar a países donde no había tocado y sobre sus influencias musicales.

La cinta en la que se grabó el concierto

De todos los temas del temas del álbum, nos gustaría resaltar la reinterpretación de "So What". Es simplemente sublime. Por supuesto, a nadie se le olvida que Bill Evans estuvo en aquella maravilla histórica que fue Kind of Blue, y que Miles le debe mucho de la genialidad del álbum, tanto en arreglos como en la discutida autoría de "Blue in Green", pero, guerras aparte, "So What" a trío de piano consigue una alquimia fabulosa al condensar las melodías del tema en las teclas y en las armonías de Evans ("Bill Evans creó su propio universo de armonía, melodía y ritmo", comenta Eliane Elias en el booklet del disco), y tanto Gomez como Morell brillan cuando el ritmo se dispara.

Un disco a tener en cuenta, no solo para devotos de Bill Evans. No es solo una cápsula del tiempo sino un concierto de esos en los que nos hubiera gustado estar.





BILL EVANS FOREVER

BILL EVANS Live At Ronnie Scott's (Resonance, 2020)

El lanzamiento de un disco de Bill Evans es siempre una buena noticia. No nos cansamos de escuchar sus sesiones, que siempre aportan algo nuevo al oyente atento porque, aunque comentaba siempre que "la música hay que sentirla, no pensarla", cuando leímos su biografía nos dimos cuenta de que siempre estaba investigando las partituras desde muchas ópticas en busca, siempre, de algo nuevo. Y algo nuevo es este concierto grabado en el Ronnie Scott's de Londres en julio de 1968 que aparece ahora, como un milagro, de entre los archivos de Jack DeJohnette. Lo publica Resonance Records en CD, digital y también en una interesante edición en LP doble. 


La grabación, recuperada del olvido, tiene todos los defectos de una grabación en directo, con sus ruidos de fondo, su público y sus fallos. No obstante, hay un posterior y brillante trabajo de masterización a cargo de George Kablin y Frank Gala que nos permite apreciar, sobre todo, el color en los instrumentos a pesar de haber sido grabado con un pobre equipo hace más de 50 años.


Siempre vale la pena escuchar una grabación de Bill Evans, sobre todo si ha sido grabada en directo. Cuando uno escucha tocar a Bill Evans, puede escuchar cómo piensa, cómo discurre, analiza e improvisa. Pensando en esto, recuerdo que siempre me ha sorprendido su actitud contradictoria respecto al jazz. Afirmaba una y otra vez que le sacaba de quicio "que la gente quiera analizar el jazz como si fuera un teorema intelectual. No lo es. Es sentimiento”, decía. Sin embargo, en su discografía se aprecia su investigación personal sobre armonías, sobre compositores clásicos, que le llevaba continuamente a teorizar sobre su propia música, aparentemente ajeno a ese "sentimiento". Lo explica muy bien Peter Pettinger en su biografía de Evans titulada My Heart Sings (publicada en España como Vida y música de Bill Evans), de la que hablé en cierta ocasión.

La fuerte personalidad de DeJohnette y los solos de Eddie Gomez marcan una diferencia fundamental en este trío efímero que apenas duró seis meses de 1968 porque, durante esta estancia en el Ronnie Scott's, apareció Miles Davis, "descubrió" a DeJohnette y lo fichó para su banda. Evans lo sustituiría por Marty Morell a finales de ese año. Sin embargo, el trío Evans-Gomez-DeJohnette ganaría un Grammy por Bill Evans at the Montreux Jazz Festival, que los tres grabaron para Verve dos meses antes de la sesión de la que hoy hablamos. 

Resonance Records pertenece a la Rising Stars Jazz Foundation, una entidad sin ánimo de lucro destinada a descubrir nuevos músicos. No es la primera vez que Resonance publica un inédito de Bill Evans. Antes publicó otras grabaciones del trío, tanto con DeJohnette como con Marty Morell a la batería. De ahí que este álbum no solo nos devuelva un momento de Bill Evans en el escenario sino que nos hace preguntarnos: ¿Cuánto Bill Evans hay más por sacar a la luz? Bill Evans forever.


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* Más info: https://resonancerecords.org/artists/bill-evans/

* Fotos: François Jacquenod para GM Press. 

DUOLOGY vol. 2

Telmo FERNÁNDEZ & Marcos PIN, Take a Second 

Si en el primer disco de la serie Duology Marcos Pin se enfrentaba al reto de hacer un álbum de dúo con un pianista (Yago Vázquez), con este segundo volumen, titulado genéricamente Take a Second (Freecode, 2015), el guitarrista da una primera vuelta de tuerca a la serie "enfrentándose" a otro guitarrista, Telmo Fernández. Esto, que en otras músicas pude sonar habitual, en jazz supone un gran desafío, entre otras cosas, por el riesgo de ofrecer un repertorio monótono, sin color, pero este tándem construye Take a Second sobre dos pilares de muy distinta personalidad: la guitarra de Marcos Pin, llena de sereno virtuosismo que tanto nos gusta, y la de Telmo Fernández (qué gran amigo nos presenta aquí Marcos), dulce, cálida, elegante y llena de tradición. Dos puntos de vista cercanos que brillan aun más cuando suenan notas de blues y la expresividad de las 12 cuerdas se convierte en una conversación hipnótica.

Marcos Pin
Pero el desafío principal es ése: montar los temas sin sección rítmica, sin instrumentos de viento, sin un piano (solista o acompañante). La solución, a primera vista, es la alternancia: en temas como "Nica's Dream" ambos guitarristas se alternan para ejecutar rítmica y melodía en algunos pasajes pero no es el fundamento del álbum: es sólo un recurso puntual para este tema. Cuando hay experiencia, los límites no cuentan y todo el álbum es campo abierto para crear y crear... Entonces, surgen esos momentos que un buen oyente de jazz aprecia, especialmente cuando  las dos guitarras entablan su particular diálogo, un diálogo tan fluido que parece directo. ¿Lo mejor? Que lo es: el disco ha sido grabado en tan sólo 3 horas de estudio.

Telmo Fernández
En palabras de Marcos Pin (traducimos): "En todas las grabaciones de esta serie [Duology] las reglas son las mismas: 3 horas de estudio, dos tomas como máximo, sin añadir nada, sin mezclas ridículas; música e interacción como principal objetivo, amistad, respeto y amor". Casi nada. Una sesión mano a mano que promete momentos magistrales porque, como en todo proceso artístico, la dificultad y los límites promueven aun más la creatividad.

El álbum comienza con una declaración de intenciones. El tema "Old Folks" (que se puede traducir como viejos amigos) anuncia que estamos ante dos músicos que se conocen y ante un repertorio de standards. Ambos factores hacen que Pin y Fernández, amigos y colegas de profesión, acometan el duelo sin miedo, en un tono distendido y sereno que fluye durante todo el álbum a través del American songbook con temas como un "Nica's Dream" a ritmo de bossa nova (el original de Horace Silver sonaba a salsa), "Cry Me A River" (con toques de blues) o un "Polka Dots and Moonbeams" tocado con más recursos que la versión de Wes Montgomery (sí, lo sabemos, aquí hay dos guitarras) y menos abstracción que la de Bill Evans.

Una curiosidad para apostillar este texto que no hace suficiente justicia al repertorio: para gozo del oyente, se pueden escuchar las guitarras separadas en los canales de audio: Telmo Fernández en el canal izquierdo y Marcos Pin en el derecho, un detalle que hace que uno pueda comparar, degustar por separado o, simplemente, poner nombre a las distintas sensibilidades musicales de los protagonistas en cada momento.

Para dejarles con buen sabor de boca, aquí les dejamos el vídeo promocional del álbum, con Pin y Fernández como improvisados actores, buena música y algún toque de humor... Que lo disfruten.



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* Pueden escuchar el disco aquí: marcospin.bandcamp.com

** Marcos Pin fotografiado por Javier Pardo.

** La foto de Telmo Fernández ha sido sacada de un video de Youtube.
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ALBERTO VILAS QUINTETO

Nuevas visiones... cromáticas

Existe cierto antiguo refrán que comparaba a Liszt con Chopin. Lalo Schifrin lo (re)utilizó con los nombres de Bill Evans y Oscar Peterson. Para Schifrin, Peterson y Liszt conquistaron el piano; Evans y Chopin lo sedujeron. Extendiendo la alegoría, podríamos decir que Alberto Vilas lo enamora. La manera en que extrae la belleza de las 88 teclas con sus composiciones y su forma de tocar validan esta afirmación. En todo caso, tanto las referencias a Evans como a los clásicos vienen muy a cuento aquí porque el pianista que escuchamos hoy trae tras de sí una formacion clásica. Alberto Vilas, el músico en cuestión, presenta en su segundo disco, Crónica cromática, un álbum en quinteto, donde aúna heterodoxia y vanguardia con elegancia.

El primer punto a favor del disco cuando lo tenemos en las manos es su presentación. Ni caja de plástico ni digipack. El álbum llega en una espectacular caja de cartón sin plastificar. En su interior, el disco viene en un sobre de papel negro con el logotipo en relieve. El libreto, por su parte, es un A-4 plegado en seis partes que lleva en un lado la reproducción de una interesante pintura de Lolo Nantes y por el otro toda la información que corresponde al libreto. Una delicia para coleccionistas en estos tiempos de iTunes y sucedáneos.


En Crónica cromática está presente esa ductilidad del jazz para enredarse y transformarse con influencias externas y no tan externas. Alberto Vilas es un pianista de conservatorio (Vigo, en concreto), con formación jazzística (alumno de Abe Rábade y Paco Charlín en el Seminario Permanente de Jazz de Pontevedra) y con cierta experiencia en otras músicas como el rock y el tango (forma parte del proyecto Tangata). Todo esto tiene un peso específico en su manera de componer y se nota en el disco, donde el jazz fluye con la suficiente libertad como para adentrarse en ciertas sonoridades sin salirse de la senda.

En cierto modo, esto es lo más remarcable de Crónica cromática, el hecho de presentar un repertorio heterodoxo y transgresor a la vez, lleno de referencias jazzísticas pero innovador en estructuras, en armonías, en el mismo concepto del quinteto con piano, guitarra y saxofón, una formación no muy habitual pero que constituye un quinteto en el sentido más jazzístico de la palabra, aunque se permita la licencia de variar el número de músicos en algunos temas e incluso de hacer un maravilloso solo de piano en la coda del disco ("Alma en calma"). En lo innovador, la capacidad para integrar elementos ajenos al jazz y ese cromatismo del que Alberto Vilas presume en el título del disco, un cromatismo que queda patente en cada compás y en cada armonía. No hay que ser músico ni leer música para apreciarlo: se entiende en la diversidad de conceptos que se barajan tema a tema, en el sentimiento que hay en ellos y en la enorme paleta de colores (valga la metáfora) que podemos escuchar. A pesar de todo esto, los temas suenan de una manera fresca y natural, fácil de escuchar. Y esto no es poco.

El quinteto lo componen el guitarrista Felipe Villar, del que hablábamos hace poco por el lanzamiento de su álbum Home y que aquí tiene un papel principal, aportando color y, en cierto modo, espejando el lenguaje del piano. Nos ha gustado especialmente la manera en que ambos instrumentos se combinan, hablan y se responden en "Coma peixa na auga", un tema que contiene elementos funk de una manera sutil, un tanto sublimada. En "Onírica" también hay una conexión piano/guitarra ciertamente bella. Rosolino Marinello es nuestro descubrimiento de este disco, un saxofonista versátil (alto, soprano...) y, en cierto modo, clásico, que no defrauda y que se integra en el quinteto con eficacia. En el contrabajo está Juansy Santomé, al que hemos escuchado antes acompañando a Marcos Pin en el proyecto Organic Collective y en Factor E-Reset. Javier Barral nos ha sorprendido también por el uso que hace de las escobillas. Nunca habíamos notado tal abundancia de escobillas en un disco y con tan buen resultado. Cuando un batería es rítmico y espectacular sin recurrir al ruido ("Vai pasar", "Instante distante") tiene que recibir nuestro aplauso.

Como es nuestra costumbre, elegimos un tema del álbum. En Crónica cromática nos ha gustado especialmente este "Instante distante" porque suena canónico y, al mismo tiempo, contiene todos esos elementos de fusión con la clásica y el folk que mencionábamos, todo ello con una elegancia que es la seña distintitva de las composiciones de este disco. Que ustedes lo disfruten y, si es en formato físico, mejor.



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** Fotografía de Juan L. Amado.

BORJA CAO, CAPÍTULO 2

The Future Is Green

Por fin un nuevo disco de Borja Cao, el hombre que en 2009 nos demostró que aún hay pianistas que dominan el trío. Su nuevo disco se llama The Future Is Green (Audia, 2011) y en él continúa explorando ritmos con ese sentido del swing que tanto nos enganchó y dibujando su propio lenguaje, síntesis de su formación clásica, de su corazón negro y de esa inspiración que sólo son capaces de destilar los compositores (en este disco, de nuevo, todos los temas son originales) de mente abierta.

Esta apertura de la que hablamos se traduce en influencias tan alejadas como la música clásica y los sonidos electrónicos, pero sintetizados en una suerte de interlingua cuyas raíces pasan desapercibidas para el oyente desprevenido y que, definitivamente, suena a jazz. Porque en el futuro verde que ve Borja Cao soplan nuevos vientos, pero, como todos los vientos, son invisibles y sólo se pueden sentir. "Bosseando", por poner un ejemplo, es una mezcla de ritmos, tropicales y jazzísticos, mezclados con tal sutileza que, en una primera escucha, pasan desapercibidos, disueltos en la amalgama, ocultos bajo el tamiz personal de su forma de tocar. "Roger's illusions", por el contrario, es una suerte de síntesis de estilos. Con una introducción impresionista, el tema explota con un swing imparable que sirve de vehículo a todas las sonoridades que explota este pianista: clásica, mainstream, avant-garde... Y así hasta 9 temas.

Dejando aparte estos sutiles matices progresivos de su nuevo disco, que no hacen sino proyectar la riqueza de tonalidades de este pianista, profesor de solfeo y piano en el Conservatorio de Santiago de Compostela, remarcaremos que seguimos admirando su sentido del tempo, sus progresiones rítmicas, la riqueza de notas en cada frase pero, sobre todo, la forma en que administra esa limitación numérica del trío, poniendo en valor la presencia del bajo (muy expresivo y colorido Juansy Santomé) y de la batería (sólido Max Gómez) no como simples acompañantes sino como instrumentos con un lenguaje propio y complementario. Si no odiáramos las comparaciones, podríamos decir que tenemos ante nosotros una reencarnación ibérica, quizás un experimento tipo Frankenstein, mitad Bill Evans mitad Herbie Hancock, con un lenguaje personal. Señoras y señores, Borja Cao.




Los músicos de The Future Is Green:

Borja Cao, piano
Juansy Santomé, contrabajo
Max Gómez, batería




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* Para escuchar el disco:

PERO HERMOSO

Un libro de jazz



But beautiful fue compuesta en 1947 por Jimmy Van Heusen con letra de Johnny Burke para la película Road to Rio de Norman Z. McLeod. Luego lo cantó Billie Holiday y Freddie Hubbard lo incluyó en su Open Sesame. Pero, además de un estándar, But beautiful es también el título de un libro que todos los aficionados al jazz conocen y aman.





Geoff Dyer admite que quiso hacer un ensayo cuando comenzó su libro de ficción Pero hermoso (Jonathan Cape Ltd., Londres; en España, editado por Amaranto). Porque, aunque no es ficción todo lo que escribe (los buenos aficionados reconocerán episodios reales de todos conocidos), lo que aquí nos trae son reflexiones e historias ficcionadas, lo que él llama "crítica imaginativa", narraciones que ocurren o saltan entre las anotaciones de un viaje de Duke Ellington en coche, esos viajes de un bolo a otro, durmiendo en el coche y componiendo sobre el primer trozo de papel que encontraba. Y de esto es de lo que se trata, de componer. Duke fue el gran compositor de la Historia Negra del siglo XX (recordemos su Black, brown and beige) y, siempre atento a cazar la inspiración cuando se presenta, anota en este relato cada recuerdo que la somnolencia del viaje le trae de otros músicos. Es (habría sido, de ser real) una gran suite de la Historia del Jazz, la gran obra de Duke en homenaje a los músicos atormentados que protagonizan las historias que el libro cuenta entre pausa y pausa del viaje de Duke y que, se suponen, son recuerdos que acuden a él...

El hilo conductor del viaje nos lleva, a la manera de los impresionistas, a distintos flashbacks en los que asistimos a tormentosos momentos como el juicio militar a Lester Young, el amor que le profesaba Billie Holiday ("Pres era el hombre más amable que había conocido, su música era como una estola alrededor de sus hombros desnudos, sin ningún peso"), que aparece fugazmente para invocar el espíritu que puebla sus canciones ("Ella había vivido mil años en las canciones que había cantado, canciones de mujeres golpeadas y de hombres a los que amaban") y recordarle que todos han pasado por la cárcel. Monk no es menos. Su capítulo es pura paranoia. Su comportamiento, su arresto y su forma de tocar ("Una parte del jazz es la ilusión de espontaneidad") conforman un puzzle difícil de montar pero que da una idea bastante exacta de lo que fue su búsqueda. La alta capacidad de Bud Powell para la música ("como si el piano llevara esperando cien años la oportunidad de saber lo que se siente al ser una trompeta o un saxofón en manos de un negro") y para la autodestrucción ilustran el siguiente capítulo con momentos agónicos, como los de un Ben Webster para quien el día sólo caminaba hacia la borrachera ("Emborracharse en aquellos tiempos no requería su participación activa, sencillamente era el estado hacia el que tendía el día"). En otros capítulos, los protagonistas son la búsqueda de la identidad musical de Mingus o la belleza de la música de Chet en contradicción con su decadencia física y moral ("temblaba tanto que prácticamente vibraba"). El último flashback corresponde a Art Pepper, una metáfora para expresar cómo el jazz ha crecido gracias y a pesar de los músicos.

Lo que hace grande esta lectura es que el autor convierte episodios simplemente biográficos o incluso estereotipados en emocionantes relatos que apelan a nuestros sentimientos, hayamos o no escuchado a estos músicos. Otro aspecto curioso y que puede parecer una paradoja, aunque no lo es, el que la mayor parte de la inspiración para este libro no la haya recibido Dyer directamente de la música ni de las biografías de los músicos sino de fotografías de jazz, ese género que es un arte autónomo en sí y que ilustra, la mayor parte de las veces, más que una declaración, como ésta de Bud Powell: "encogiendo los hombros al seguir el ritmo, los ojos cerrados, una vena palpitando en la sien, sudor a raudales sobre el teclado, los labios estirados sobre los dientes, la mano derecha farfullando y bailando como agua en una roca".

Por último, Dyer nos regala, a modo de epílogo, un ensayo exento de ficciones que pone un punto brillante al libro, si uno supera los capítulos anteriores y las agonías a las que nos ha sometido, especialmente si somos de ese tipo de aficionados que nos dejamos llevar por la belleza de la música, conscientemente inconscientes del sufrimiento y, a menudo, de los pecados que hay detrás de cada disco, de cada biografía del jazz. El ensayo, titulado "Epílogo: Tradición, influencia e innovación" es una búsqueda del sentido que tiene la importante y rápida evolución de este arte musical que cuenta apenas con un siglo de vida. Ningún arte ha evolucionado tanto desde su nacimiento. Es, a la vez, un examen profundo y sereno de estilos y protagonistas. No tiene desperdicio. Termina con una reflexión sobre la forma de entrar en el jazz de los recién llegados. Hay tantas puertas que uno puede acceder a través de cualquier estilo y avanzar o retroceder en la Historia del Jazz hasta encontrar la corriente que enlaza con su espíritu, aunque Dyer sugiere como ideal el orden cronológico. "Las ideas de avance y retroceso, escribe, el sentido del pasado y del presente [del jazz], de viejos y nuevos sueños, empiezan a confundirse en el amanecer crepuscular de un perpetuo mediodía".

Si hay alguien que no conozca este libro, creo que debe anotarlo en su Lista de Libros Imprescindibles. Ignoro si a fecha de hoy está descatalogado en España. Hace poco pregunté en una librería y lo tenían, así como en tiendas de la red (El Argonauta, por ejemplo) o en sitios de libros de ocasión (Iberlibro). También se puede encontrar en inglés y en bolsillo. Para ser más concreto, se debe encontrar.

Como ilustración, les dejo con el Trío de Bill Evans: Marc Johnson al bajo y Joe LaBarbera a la batería, en Iowa, 1979, intrepretando, por supuesto, But beautiful:




KIN GARCÍA

El trío desde la perspectiva del bajo

Por alguna razón, los discos de contrabajistas despiertan siempre en mí una insólita avaricia. Quizás porque es un instrumento que me hubiera gustado dominar o porque es difícil de tocar (al carecer de trastes) o por su humildad (es capaz de acompañar de manera imprescindible todo un tema sin destacar) o por su rotundidad o por su versatilidad... El caso es que siempre que veo un disco de un contrabajista me viene a la mente esa escena de Lunes tormentoso (Mike Figgis, 1988) en la que Sting desahoga su rabia arrancando notas de dolor a su contrabajo. Entonces, compro el disco y lo añado a mi colección, donde ya cohabitan Brown, Chambers, Mingus, McBride, Pastorius, Spalding...

El del bajista Kin García, O lobo morde a man (Audia, 2005) es un disco extraño, intimista en exceso sin que esto signifique un defecto, con muy buenas melodías, también paradójico, porque cuando un músico compone para sí mismo busca habitualmente algo que ya conoce: busca el lucimiento personal con la técnica que ya domina y que conoce mejor que nadie, pero aquí Kin García toca el contrabajo con esa humildad de la que hablaba antes, que permite que el protagonismo del trío lo lleve, como debe ser, el piano, a pesar de que es notable la influencia del contrabajo en los patrones rítmicos (a nivel compositivo) ya que casi todos los temas están compuestos por el líder/bajista, con tres excepciones: un tema del pianista (Gabriel Evens), el "Solar" de Miles Davis y "Time remember" de Bill Evans (declaración de intenciones y más protagonismo para el piano).



Por destacar, destacaría de este álbum el tema compuesto por el pianista ("Delgado") en el que brilla con una digitación alocada; "Fisterra", por tu tempo obstinado y la forma en que el tema va creciendo en intensidad (intensidad contenida, de todos modos) a lo largo de sus seis minutos largos de duración; "Home falcon", por su solo bajo, enmascarado de conversación bajo/piano, que muestra lo dulce que puede sonar un instrumento tan contundente (los americanos lo llaman bull fiddle, violín toro); y "Solar" de Miles Davis, el tema más espectacular del disco, que exige un despliegue de virtuosismo a todos los músicos (Andrés Rivas a la batería completa el trío) con sus solos breves de toma y daca: solo, respuesta del grupo, solo, respuesta... Fabuloso.

El disco incluye un cuidado diseño gráfico a cargo de Celia Lago que contiene ilustraciones como la que sigue:


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* Web de Kin García: www.kingarcia.wordpress.com/

MILESTONE

1959 fue un gran año
Cuando hace unas semanas hablábamos de Mingus, recordábamos que en 1959 grabó tres álbumes: Mingus Dinasty, Mingus Ah Hum y Blues & Roots. 1959 fue un buen año para Mingus, pero también lo fue para los aficionados al jazz porque durante esos doce meses mágicos se grabaron (quizás) las mejores joyas de la Historia del Jazz.

Para empezar, no hay que obviar que en marzo y abril de ese año se grabó ese milagro de la improvisación que es Kind of blue, probablemente el mejor álbum de jazz que pueda uno tener en tu discoteca. Sumémosle también su Sketches of Spain y el Time out de Dave Brubek, ambos producidos por Teo Macero en una de las mejores etapas de su carrera. ¿Más? Jimmy Smith (On the sunny side), John Coltrane (Giant steps), Duke Ellington (Anatomía de un asesinato), Ornette Coleman (The shape of jazz to come), Bill Evans (Portrait in jazz), Modern Jazz Quartet (Pyramid), Lennie Tristano (Lennie Tristano), Chet Baker (Chet)...

Como se puede leer, una época en la que el bebop, el hard y los primeros avances del free jazz convivían en los clubs y en los discos para conformar un puzzle irrepetible. Miles improvisaba algo que se daría en llamar Jazz Modal e iniciaría una revolución propia en la que aportaría una nueva invención cada década (jazz eléctrico, jazz-rock...), mientras que Coltrane daba el primer paso de gigante hacia su particular ascensión al Olimpo de los genios inimitables con su personal percepción del jazz y de la improvisación. El Portrait in jazz de Bill Evans es, quizás, el disco más representativo de su forma de hacer jazz...

Leyendo una reseña en All about jazz, recordé que también fue un año malo: murieron Billie Holiday, Lester Young y Sidney Bechet, pero no hay duda de que 1959 es una fecha clave, quizas la más representativa de la Historia del Jazz. Los americanos tienen una palabra para estos hitos que señalan un punto importante en el camino: milestone.

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Foto: John and Alice Coltrane según Chuck Stewart.

TÚ DÓNDE ESTÁS


Bill Evans en clave flamenca

Después de leer la biografía de Peter Pettinger sobre Bill Evans, no podía dejar de pensar en tapar los “agujeros” que tengo en mi discoteca sobre el pianista. Para mi sorpresa, encontré el disco de tributo más impensable.

El Niño Josele, el guitarrista flamenco más original y exquisito que se puede oír ahora mismo en España, grabó Paz en 2006 para Calle 54, la discográfica de Trueba. No es un disco de jazz (lo advierto para que los puristas dejen de leer en este punto) sino un disco de flamenco basado en las composiciones y en los arreglos de Bill Evans. Digo esto último porque los temas que toca el Niño Josele no son sólo temas originales de Evans sino los más adorados de su repertorio, como el I do it for your love, que grabó en uno de sus últimos discos (Affinity, 1978) con Toots Thielemans y que formó parte del repertorio de Bill Evans hasta el final de sus días, o The peacocks, compuesto por Jimmy Rowles y que el pianista hizo suyo tras tocarlo con Stan Getz.

Siempre he dicho que no soy un amante de las fusiones. Son pocos los ejemplos que invalidan mi rechazo. Me cuesta especialmente el llamado flamenco-jazz, pero Paz no es un disco de fusión, ni siquiera un disco de jazz, sino un homenaje flamenco con todos los componentes. Puede que la carpeta del disco diga otra cosa, pero para mí es flamenco, nace de una guitarra flamenca y suena a flamenco, a bulerías, a soleá, sin perder el espíritu original de los temas.

Por eso, lo que más sorprende de este homenaje es la cantidad de músicos de jazz que participan en él, porque a luminarias del flamenco como El Negro, Estrella Morente o Javier Limón, se unen en esta grabación Marc Johnson (sí, el último bajista de Bill Evans, que también colabora en Something for you, el homenaje de Eliane Elias), Javier Colina en Never let me go, Joe Lovano al saxo tenor en The peacocks y el trompetista neoyorquino Jerry González, que tiene la mitad de la culpa de este disco, porque protagonizó el primer encuentro del Niño Josele con el jazz. La otra mitad de culpa la tiene Bebo Valdés, a quien el Niño escuchó por primera vez Waltz for Debby.

En 2007, el Niño Josele salió de gira para promocionar este disco acompañado por Esperanza Spalding al bajo y Horacio ‘El Negro’ Hernández a la percusión, llegando incluso a poner de pie al público del Village Vanguard, según una crónica de El Mundo.

Lo mejor del álbum, desde mi punto de vista (¿oído?) llega con Tú dónde estás (Turn out the stars), el único o quizás el tema más fussion del disco, donde Horacio el Negro y Marc Johnson consiguen convertir una bulería en toda regla en una inspirada balada con aires de swing y fusión que revive el espíritu del tema compuesto por Bill Evans.

Para oírlo un millón de veces.

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La foto es de una crónica del diario El Popular (Argentina).

How my heart sings (y II)

Por fin he acabado la biografía de Peter Pettinger sobre Bill Evans y tengo que decir antes que nada que, no siendo un fan incondicional del pianista (mis amigos saben qué tipo de jazz prefiero antes que el elaborado lirismo de Bill Evans) he podido leer en palabras en qué consiste la magia de Nardis, aunque espero que nadie me obligue a expresarlo.

El libro es una biografía, pero está escrito por un pianista clásico desde una óptica analítica que desmenuza cada grabación y cada sesión de Bill Evans que ha llegado hasta nuestros días, a pesar de lo cual la narración es tan fluida que casi parece una novela.

La "novela" comienza con el impulso de Bill Evans hacia el swing, las primeras orquestas de baile en las que participó, como el trío de Mundell Lowe (con el que tocó durante dos semanas a principios de los 50 en Calumet City, Illinois, en un club donde el escenario estaba separado del público por una alambrada para que no les alcanzaran los botellazos que lanzaba el público), las primeras grabaciones en el estudio que Rudy van Gelder tenía montado en su casa (Stenway de cola incluido, donde el ingeniero grababa para Savoy miércoles y jueves, para Prestige los viernes y para Blue Note los domingos), la llamada de Miles Davis, por recomendación de George Russell (Miles pregunta: “¿Es blanco?” Sí. “¿Lleva gafas?” Sí. “Ya sé quién es ese hijoputa; lo vi una noche en el Birdland y vaya si toca. Tráemelo el jueves por la noche al Colony, en Brooklyn”) y su forma de entender e interpretar la música a través de sus diferentes tríos (con Paul Motian y Scott LaFaro, con Eliot Zigmund y Eddie Gómez, con Joe LaBarbera y Marc Johnson) o en sus discos en solitario (Conversations with myself, Further conversations with myself, New conversations, en los cuales innovó tocando varias pistas de piano superpuestas o utilizando teclados electrónicos Rhodes, con los que nunca llevó a congeniar del todo, en los últimos).

Como he comentado, el autor no se centra en los problemas de salud y sus causas, pero describe perfectamente su estado físico y de ánimo, y la influencia que esto tenía en su forma de tocar. En el capítulo final, deja constancia de la forma en que el trío encaraba los directos, cada vez con un tempo más rápido, más fluido, con un Joe LaBarbera plenamente integrado que casi ahogaba a los otros músicos con sus platillos. Parecía como si la vida se le escapara de las manos (a Evans le quedaban meses de vida), con la conciencia ya antigua de que lo único que lo empujaba hacia adelante era la música. En el verano del 80 estaba totalmente enganchado. Rehusó varias veces el tratamiento médico (solía decir que lo único que necesitaba era tocar) y prácticamente se alimentaba de caramelos. Murió el 15 de septiembre después de un largo y lento suicido.


En resumen, una vida intensa, siempre buscando nuevos caminos en el teclado, nuevas teorías, reinterpretando las anteriores, un nunca acabar.

No es una historia para contarla, pero me gustaría dejar caer aquí la transcripción de un maravilloso capítulo. La situación: el trío de Bill Evans, con Eddie Gómez al bajo y Marty Morell a la batería, aparece en un programa de la NBC con el flautista Jeremy Steig como invitado. Después de tocar el tema de la película Espartaco, una de sus favoritas, Bill Evans explica al público desde su teclado los ingredientes de lo que a continuación van a cocinar: So what. Transcribo: “Empezaremos con una introducción o un pasaje preparatorio, que será totalmente libre, lo primero que nos venga a la cabeza. Comenzaremos sin demasiada tensión y ésta irá en aumento hasta llegar a un punto en el que podremos relajarla y dejar que Eddie entre con la primera frase cuando quiera. Después de la presentación del tema, Jeremy tocará un par de coros, pero nada demasiado elaborado. Yo acompañaré su intervención durante un coro con un obligato y haré algunos ornamentos en el siguiente. A continuación, improvisaré con la sección rítmica durante dos coros y luego volverá a entrar Jeremy para hacer otros dos, y en esta ocasión podrá tocar lo que le apetezca. Después le tocará el turno a Eddie: haz un ocoro que nos devuelva al tema. Haremos un coro de tema y alargaremos el fnal aguantando el tempo hasta que el tema se desvanezca por sí solo”. Esto es organización del trabajo y no otra cosa.

Bill Evans era un genio musical de una inteligencia desbordante que, las más de las veces, desborda a los oyentes, especialmente a los que esperan oír un jazz mainstream. De los pocos discos que tengo de Evans, sólo suelo poner You must believe in spring, el único álbum que (para mí) equilibra los sentidos lírico y jazzístico del pianista (traducido: lo que me gusta de Evans y lo que espero de un disco de jazz), porque sigo considerándolo más un intérprete clásico que un compositor de jazz.
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Más sobre Bill Evans en la magnífica página The Bill Evans Webpages

De la primera foto no tengo constancia de autoría.
La segunda es de Henry Kahanek.


How my heart sings (I)

Estoy acabando de leer la biografía de Bill Evans. Como dice un amigo poeta al que últimamente cito demasiado a menudo, no soy un crítico al uso (y menos de los que ejercen la crítica literaria o musical por oficio), de esos que leen dos libros a la semana y luego escriben en las revistas por qué debemos (o no) leerlos. Sé que después de este comentario no tendré mucho futuro el día que mi novela llegue a los críticos, pero me voy a limitar a anotar lo que me impresionado de este libro. 

El título de la entrada, How my heart sings, corresponde al título original del libro y hace referencia al afán de Bill Evans de conseguir una expresividad tal en el teclado que pareciera que su piano “cantara”. El título en español, Vida y música de Bill Evans es menos evocador. Bill Evans era un pianista clásico que tocaba jazz. Esto puede prestarse a discusión o, al menos, a un debate teórico al que no me voy a apuntar porque mi formación musical es limitada. Bill Evans se formó como pianista clásico y jamás abandonó su pasión por la música clásica ni cuando tocaba. En sus últimos años, solía viajar acompañado de una grabadora portátil JVC que el promotor de su gira japonesa le había regalado. Oía sin cesar a Rachmaninoff. Aunque dijo frases tan apasionadas y jazzísticas como Me saca de quicio que la gente quiera analizar el jazz como si fuera un teorema intelectual. No lo es. Es sentimiento”, su carrera se estructura a través de los pasos que daban sus teorías musicales, a través de sus avances técnicos, de sus “descubrimientos”, porque nunca dejó de investigar y teorizar sobre su propia música. 

Y esto siempre lo hizo desde la óptica de sus referencias clásicas. La biografía escrita por Peter Pettinger comienza realmente cuando Evans decide ser un músico de jazz, empapándose de las influencias de muchos pianistas de la época, entre los que estaban Lennie Tristano, del que admiraba su frialdad, y sus preferidos: Oscar Peterson y Thelonius Monk. Nunca llegó a convertir a ninguno de ellos en una única influencia (aunque de Bud Powell dijo que en él estaba todo), pero jamás se sentó a imitar la música de ninguno de ellos. Estudiaba sus teorías y las traía a su propio contexto. Si le sumamos a esta alquimia el componente clásico, tenemos la ecuación Bill Evans. Vida y música de Bill Evans es un ensayo, pero un ensayo que se lee como una novela, un melodrama de superación personal que, escrito por un pianista clásico, como es Peter Pettinger, se entiende como un relato de superación musical, una búsqueda épica de la teoría perfecta, que comprende tres décadas. 

Es cierto que datos como la hepatitis crónica que obligó al músico a tocar durante temporadas en un estado lamentable, al límite de sus fuerzas, o su apego a varias drogas por impulso social, por conjuntarse con el grupo, son temas que tienen que aparecer en el libro, pero son detalles de atrezzo, no el hilo argumental del relato. Peter Pettinger centra la narración en la partitura y en la ejecución, describe los estados de ánimo y el resultado de cada grabación, de cada sesión que ha llegado en forma de álbum o de grabación pirata, todo ello analizado nota por nota, escala por escala, con sus improvisaciones y sus variaciones, un libro que va más allá de la simple biografía y que podría ser un simple libro de teoría musical, un estudio sobre la evolución de un músico en singular, pero el libro va más allá. A mí aún me sigue estremeciendo la anécdota que cuenta sobre una jeringuilla en mal uso que le dejó el brazo derecho inútil. Principios de los sesenta, en parte por culpa de la droga, fue una mala época económicamente hablando para Bill Evans, lo cual en lo musical se convirtió en fecundidad. Se prodigada en todos los clubs que lo llamaban, grababa con dúos, quintetos, big bands... gracias a que era capaz de adaptarse a cualquier formato, pero una jeringuilla sucia le infectó el brazo derecho, dejándoselo sin sensibilidad, por lo que tuvo que tocar una semana entera en el Village Vanguard con una sola mano. Afortunadamente, si algo caracteriza el estilo de Evans es su habilidad para crear motivos musicales con ambas manos, esto, ayudado por lo pedales y el truco de apoyar la mano insensible sobre el teclado a modo de acompañamiento no sólo salvó la situación sino que atrajo la curiosidad y la presencia de numerosos pianistas en el Vanguard aquella semana. 

El libro es prolífico, extenso, cuatrocientas páginas, y está lleno de detalles. No os canso más. En cuanto acabe de leer el libro y antes de llegar a las 60 jugosas páginas de discografía que incluye, terminaré esta crónica. 

La continuación de la reseña se puede leer aquí: https://jazzeseruido.blogspot.com/2008/06/how-my-heart-sings-y-ii.html

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Fotografía: Bill Evans en 1957, de Sy Johnson.

DE BRUJAS Y PIANISTAS

JORDI ROSSY TRIO, Wicca (Fresh Sound New Talent, 2007)

Antes que nada, puntualizar que, hasta que llegó la chica del correo hace unos días, el nombre de Jordi Rossy era para mí un concepto ambiguo leído de pasada en el blog Sopa de hielo, un concepto vagamente abstracto que fue adornándose con el adjetivo de “pianista” e inflándose con los elogios que le dedicaba Sebastián en su blog, hasta que explotó en esa forma monstruosa de obsesión que nos hace lanzarnos a la tienda de discos (en este caso, virtual).

El disco de Jordi Rossy, Wicca (Fresh Sound Records, FSNT 309) es, desde la portada, con un maravilloso trabajo plástico de Ana Golobart, hasta el último tema un álbum introspectivo, reflexivo, intuitivo y lleno de otros aspectos que no riman, pero que explicarían mejor en qué consiste este trabajo íntimo construido en el reducido espacio de un trío, pero plagado de matices tan heterogéneos que la obsesión de tenerlo se ha convertido ahora en la obsesión por volverlo a escuchar cada vez que acaba.


Antes de quitar el maldito plástico que envuelve todos los cedés, ese plástico que dicen que se llama fleje y que, aparte de contaminar, sólo sirve para aumentar tu ansia por pinchar el disco, lo que más sorprende de este trío es su singular formato: piano, órgano Hammond y batería. Es cierto que el órgano Hammond puede sustituir a muchos instrumentos en un combo de jazz (puede hacer las veces de bajo, de metales, de piano...), pero hacerlo sonar junto a un piano sólo nos hace pensar que va a “tapar” el sonido del otro instrumento, pero es todo lo contrario. La sonoridad cáustica y heterodoxa del Hammond (aquí en las manos de Albert Sanz) dota al conjunto de un trasfondo melancólico y lleno de matices que hace que brillen con más nitidez las notas del piano (llamémosle) acústico. La capacidad polimórfica del batería R.J. Miller redondea el conjunto.

Aunque es su primer disco como líder/compositor, Jordi Rossy no es una rising star cualquiera. Procedente de Barcelona, vía Boston y New York, donde formó el grupo The Bloomdaddies con Chris Cheek y Seamus Blake, tiene detrás una larga carrera en la que ha colaborado como sideman para Perico Sambeat, Paquito de Rivera y Brad Mehldau, en cuyo trío tocaba la batería.

Los temas de Wicca, compuestos por Jordi Rossy (a excepción de dos de ellos, escritos por el organista Albert Sanz) son herederos de Bill Evans, de Oscar Peterson y suenan a pensamientos en voz alta, tanto en los tiempos lentos como en los medios. Un trabajo inspirado que obliga a escuchar, a dejar lo que estamos haciendo y pararnos a esperar la siguiente nota, a entender de qué va. No es uno de esos discos que se puede dejar correr mientras leemos un libro o escribimos en el blog.

Destaca de entre todo el setlist el tema que da título al álbum, no sólo porque se trata de una melodía más vital y enérgica (alegre, si se quiere) sino porque es el único tema grabado en formato quinteto, ya que se unen al trío el saxofonista Enrique Oliver y a la trompeta Félix Rossy, un pequeño genio preadolescente, hijo del pianista, del que ya había oído hablar en Sopa de hielo, quien, aunque no tiene la oportunidad de hacer un solo, acompaña apropiadamente al saxo tenor durante todo el tema. Pero si tuviera que elegir un tema del disco, no lo dudaría. Me gusta la forma de entrar a la melodía en El bardo, que me recuerda a Oscar Peterson o ese don (no puede tener otro nombre) que tiene Jordi Rossy de detener el tiempo con los dedos en Moose love o la maravillosa conjunción de piano y Hammond intercambiando notas al tiempo en Loving tone (que tiene un comienzo casi Monk), pero mi preferido, el tema que hace que ponga el disco una y otra vez es Sexy time. Comienza con un ritmo sincopado de escobillas y pedal que casi parecen batería y bajo. Sigue el órgano Hammond con su peculiar sonido, muy cool, a modo de introducción a la melodía del piano, que te entra por los oídos y te engancha durante más de siete minutos. Sexy time. Lo curioso es que a la primera escucha pasé este tema por alto, fui esperando un tema y otro para encontrar el por qué había comprado el disco, pero luego de oído, el primer tema es el que te devuelve las ganas de escucharlo entero de nuevo. Sexy time. Señoras y señores, Jordi Rossy Trio. 
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* Fotografía de Gema Darbonens (tomada de Tomajazz).

ACORDES Y DESACUERDOS

Ah, el jazz.....

Paradójico. Llevo unos días sin conseguir que el navegador de internet responda a mis clics y hoy que puedo no me apetece escribir. Hay días que me apetece y otros me siento vago y leo, sólo leo. Esto hace que se me queden pegadas ideas ajenas que, con el tiempo, se convierten en estribillos saltarines que nadan en escorrentías de mi cabeza con divagaciones que nunca conducen a nada.

Así que hoy mejor os presto unas cuantas de esas frases, a ver si con esta generosidad interesada me deshago de algún pensamiento superfluo y, de paso, me ayudáis a despejar la incógnita: qué hay de cierto y qué de especulación en estos pensamientos.

I
La primera frase que cuelgo es una de mis preferidas. Es de Miles Davis, claro: “El silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de los ruidos”. ¿Quién da más?

II
Otra frase, ésta de Carlos Santana: "El rock es una piscina. El jazz es todo un océano". Esta explicaría por qué nunca tendré una colección de jazz decente (ni suficiente).

III
Esta la he sacado de la biografía de Bill Evans, pero la frase se atribuye a Art Farmer, quien, al parecer, dijo que “el final de los años 50 y principios de los 60 fue el momento de máximo esplendor del jazz”. Pensad los nombres, pensad. Yo creo que sí, pero todo se puede discutir.

IV
Una más, una frase de Woody Allen en Sueños de un seductor (1972), pensando qué disco poner para impresionar a una chica: “Ahora he de tomar una decisión importante: ¿Me decido por Oscar Peterson o el Cuarteto de Cuerda número 5 de Bartok?”. Podríamos empezar a discutir sobre clásica y jazz...

V
Por último, pero no menos sangrienta, una frase de Bill Evans, que se pasó la vida teorizando, investigando y trabajando para mejorar su estilo y, sin embargo, dijo: “Me saca de quicio que la gente quiera analizar el jazz como si fuera un teorema musical. No lo es: es sentimiento”.

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Las fotos, por cierto, son de Herman Leonard: Dizzy Gillespie en 1948 y Chet Baker en 1965.

Reconciliación (Something for you)

Me siento con una copa de vino. Debería ser un café, pero he tenido un día (digamos) regular. Eliane Elias se sienta a mi lado, los dedos en el piano, y deja que nazcan al aire unas notas. Son de un tema de Bill Evans.

Canta: Here is something for you... Sabe que no andamos bien. Llevo un tiempo un poco tirante con ella. Digamos que andaba algo decepcionado. Sí, creo que esa es la palabra. Eliane y yo estábamos bastante distantes. Sus últimos trabajos, Dreamin’ (2004) y Around the city (2006) no sólo me habían resbalado como si no fueran para mí, no, me habían decepcionado. Los compré esperando oír a esa pianista delicada, intuitiva, personal, que oí por primera vez en Illusions (1987), pero me encontré con “temitas” casi-casi pop, cancioncillas anodinas que no tenían nada que vez con el jazz, cancioncillas (por llamarlas de algún modo) que podría oír en casa de mi sobrina cuando pone The Corrs.

¿Que qué tengo en contra de The Corrs? Absolutamente nada, no, señor. Pero cuando pongo un disco de jazz es porque quiero oír jazz.

Eliane lo sabe y entona Waltz for Debby, con la letra que el propio Bill encargó a su amigo Gene Lees. No quiero oír a la Eliane Elias cantante, pero tengo que admitir que la letra es bellísima y que también tiene tiempo de tocar, de hacer su solo in crescendo, con esas escobillas animando el tema, esa delicada melodía que tantas veces habíamos considerado el canon de Bill y que aquí suena gloriosa.

Ahora deja de cantar y se inclina sobre el teclado para componer en el aire la intrincada figura de Five, un tema que Bill Evans escribió para New jazz conceptions, su primer álbum como líder, un temazo complicado y cambiante donde mi pianista brasileña echa todo lo que tiene. Sí, vale la pena callarse y escuchar. El trío (no podía ser de otro modo versionando a Bill Evans) es genial. Joey Baron a la batería y nada menos que Marc Johnson al bajo, sí, el mismo Marc Johnson que compartió escenarios con Bill en el último tramo de su vida. El trío era la formación preferida de Bill Evans, en la que más trabajó. Heredó el esquema de los tríos de Nat King Cole, cuya elegancia a la hora de improvisar inspiró sus primeros escarceos en el jazz, llegando a afirmar que Cole era el pianista más infravalorado del jazz.

Aprovecho las últimas notas de Five para comentarle: “Warren Bernhardt, un alumno de Bill, dijo que tocar este tema era una putada”. Eliane sonríe. Sabe que he comenzado a leer How my heart sings, la biografía de Bill Evans según Peter Pettinger, que en España han traducido muy originalmente como Vida y música de Bill Evans. Lo sabe. Y quiere una reconciliación.

Para ello, me pide silencio mientras entona una muy mejorable versión de Blue in green, ese tema que amantes y no amantes de Miles Davis sabemos que compuso en gran parte Bill Evans, y no hablo sólo de la delicada introducción del piano. Según cuenta Pettinger en el libro, Bill Evans afirmaba que Miles le había invitado a una sesión y que él se había presentado “con un tema propio titulado «Blue in green». El origen parece más claro en otro comentario en el que cuenta que una noche en el apartamento de Miles éste anotó en una partitura un sol menor y un la aumentado, y le preguntó qué haría con eso. Bill afirma que compuso Blue in green.

Bill tenía una forma de tocar heredada de su formación clásica. No acariciaba las teclas de forma superficial, como los músicos de jazz, no. Bill atacaba las teclas hasta el fondo, y usaba el peso del brazo para absorber el impacto, para moderar el sonido según sus deseos, me dice. Yo me encojo de hombros. A mí no me lo digas, respondo. Yo ni siquiera aprendí a solfear.

Suelo preferir con vehemencia el jazz rítmico al melódico, pero el lirismo de Bill Evans siempre acaba hipnotizándome. Eliane lo sabe y sabe que voy a tener que callar y rendirme a escucharla en todos los temas porque recupera la inventiva de Evans al piano, porque sostiene sin complejos esa poética de su estilo durante todo el álbum y porque nunca está de más recordar.

Como premio, me pincha una grabación del propio Bill Evans, un fragmento de una cinta que Marc Johnson rescató del olvido, una de las cintas que grabó en el último periodo del trío. Son temas en proceso de composición, temas inacabados que el bajista sacó del olvido y sirvieron de inspiración para que ella grabara este disco. Sirve para introducir Something for you. Me cuenta que a partir de esta grabación surgió todo: transcribió nota a nota lo que oyó, lo que ahora toca. Me parece fascinante. Melodías resucitadas. Bill Evans redivivo.

Pero no toca sólo temas compuestos por Bill Evans. Bill, a fin de cuentas, desarrolló una genialidad tal como intérprete que la mayoría olvidamos a menudo que también componía. No, no sólo toca temas compuestos por Bill. Todo lo que eligió o versionó estaba ahí, al alcance de la mano, y Eliane ha sabido sacar partido.

Al final, voy a tener que callar y aceptar la reconciliación. Eliane Elias me sigue gustando como pianista de Jazz.


Nota para los más afortunados: Eliane en vivo el 9 de abril en Salamanca y el 19 en Valladolid.


Personal:
Eliane Elias, piano y voz
Marc Johnson, bajo
Joey Baron, batería
Bill Evans, piano en "Introduction to Here's Something For You"

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Fotos: http://www.elianeelias.com

KIND OF BLUE

La obra maestra

KIND OF BLUE es el mejor disco de jazz de la historia. Puede sonar pretencioso o exagerado. Lo es. Es el mejor disco de jazz de la historia. Y no sólo porque sea el disco de jazz (en estado puro, sin mezclas remezclas o zarandangas modernas) más vendido de la historia.

En Kind of blue confluyen el genio de Miles Davis, la inteligencia de unas composiciones que Miles confió en sus músicos como un padre da unos consejos a unos hijos en los que confía, la elegancia de Bill Evans… Kind of blue está en la cima del jazz. Haciendo una extraña pirueta con las palabras, es cuestión de equilibrio. En los temas de este disco se aúna y equilibran todos los estilos de jazz inventados hasta entonces. Si lo escuchas en vinilo, el placer ya es insuperable.

Completan el combo: Bill Evans, al piano (sustituido por su amigo Wynton Kelly en Freddy Freeloader); Paul Chamber, al bajo; Jimmy Cobb, a la batería; John Coltrane, al saxo tenor y Julian “Cannonball” Adderley, al saxo alto.

Editado en agosto del 59, supuso el clímax del jazz modal del que Miles venía hablando desde Milestones, nada de improvisar a partir de los tonos y de la melodía con progresiones de acordes: se trataba de trabajar a partir de los modos (escalas). Según cuenta la leyenda, Miles llegó al estudio de la Columbia en la Calle 30, un edificio de techos altos que había sido usado por los inmigrantes rusos como iglesia, el 2 de marzo de 1959 con unas partituras que había escrito durante la noche y las repartió a los músicos.

Eran cinco composiciones totalmente originales. Nada de standards ni ensayos: improvisación. ¿No es esta la esencia del jazz? Como escribe Evans en la contraportada del LP, ninguno de los músicos había ensayado ni siquiera leído las partituras antes de grabar. De hecho, Miles las había compuesto la noche antes, una por una. No eran partituras completas, sino breves esbozos de unas melodías sobre las que los músicos debían aplicar las normas de la improvisación modal y su propio genio. Sólo un corto ensayo y a grabar. Un subterfugio tan arriesgado como brillante para conseguir que los artistas se centraran en su interpretación. En un combo tan pletórico de luminarias del jazz como el de este disco, podría haber ocurrido de todo, pero el resultado es simplemente fabuloso.

Desde el comienzo aparentemente clásico (Bill Evans se había formado académicamente en la música clásica), con esa línea de bajo a la vez elegante y seductora, la música nos envuelve en una atmósfera perfecta, vital, redonda, donde todos los temas encajan unos con otros sin distorsiones, como si no hubieran sido creados como piezas individuales sino como una obra de conjunto.

Cinco temas que aún hoy siguen sorprendiendo, que siguen siendo imitados, versionados, un disco que se regala y se disfruta; un icono, y no sólo del jazz: el cine ha usado a Miles y especialmente los temas de Kind of blue en infinidad de ocasiones. Sin ánimo de ser exhaustivos, pongamos unos ejemplos: todo el mundo recuerda que el personaje de Julia Roberts en “Novia a la fuga”, película que me obligaron a ver, regala al de Richard Gere un vinilo de Kind of blue, aunque el tema de Miles que suena en la película es It never entered my mind; So what suena en “Pleasantville” (1998) de Gary Ross, en “Bésame antes de morir” (1991) de James Dearden y en “Absolute beginners” (1986) con letra; podemos oír Blue in green en “Levity” (2003) de Ed Solomon; el personaje de Clint Eastwood, singular jazzmen, en “En la línea de fuego” (1993) en una escena del film deja las llaves junto a la portada de Kind of blue mientras se escucha All blues; Flamenco sketches está en la banda sonora de “Una historia del Bronx” (1993) dirigida por Robert de Niro, en la de “Sneakers: los fisgones” (1992) de Phil Arden Robinson y en “Basquiat” (1997). Casi todas son películas de los últimos quince años, lo que demuestra la vigencia del disco, aunque sólo sea como icono.

Y todo ello creado en dos sesiones. Parece increíble. La segunda tuvo lugar en abril del mismo año. En total, nueve horas de grabación que dieron lugar, a una obra maestra. Como ya hemos dicho más arriba, Miles escribió los esbozos de los temas durante la noche antes, aunque se dice que el propio Bill Evans tuvo que ayudarle a retocar estas partituras improvisadas para que los músicos pudieran tocar a partir de ellas. De hecho, hay quien cuenta que Blue in green es una composición de Evans, así como parte de la autoría de Flamenco sketches, y cada músico puso lo suyo, pero en definitiva ¿no son todas las grabaciones de jazz creaciones corales?

Recomendable:
Ashley Khan Miles Davis y Kind of Blue, la creación de una obra maestra (Alba Editorial, 2002), con prólogo del baterista Jimmy Cobb.