Cuando creíamos haber escuchado todas las fusiones posibles del jazz, nos llega este magnífico trabajo titulado Artze y firmado por cinco músicos, dos formaciones muy diferentes unidas para un proyecto único; por un lado, un trío de jazz formado por músicos de trayectorias muy diversas que han coincidido en el jazz: el acordeonista Javier López Jaso, el contrabajista Marcelo Escrich (ambos protagonizaban aquel trabajo tan singular llamado Aporia) y el baterista Juanma Urriza (Fran Serrano Quintet, Ennio Pinillos); por el otro lado, algo más sorprendente que un trío de acordeón: un dúo de músicos de txalaparta, ese instrumento de percusión típico de Navarra y el País Vasco que posee el sonido evocador de la madera de los paisajes del norte y del tan desconocido folklore vasconavarro. El grupo, formado en 2011 por Mikel Urrutia y Anai Gambra, se llama Hutsun Txalaparta.
La heterogénea mezcla de estos cinco músicos consigue una fusión inédita en el jazz y en el panorama musical general, y suma un punto más a favor de Errabal Jazz, que estos años ha publicado trabajos de fusión tan interesantes y sorprendentes como Aldapeko Basque Latin Jazz, que mezclaba folklore vasco con músicas latinas, o Gaur, que enlazaba directamente canciones en euskera con ritmos jazzísticos.
Con una tímbrica cercana a la marimba, muy melódica y con la peculiaridad de que lo tocan dos intérpretes a la vez, la txalaparta es un instrumento cuya naturaleza vive de la improvisación y de la escucha activa de ambos músicos. Así, nos encontramos con temas muy desarrollados, donde los polirritmos arrastran los temas a improvisaciones efervescentes en las que todo se fusiona de una forma fluida y con una naturalidad sorprendente.
Rizando el rizo y puestos a buscar la fusión de las fusiones, el jazz y la txalaparta se encuentran con el tango. Con un acordeonista en la banda, el tango parece algo inevitable.Hay ráfagas de nostalgia porteña que aparecen y desaparecen como guiños, aunque se hace más que evidente en "Libertango", homenaje que alcanza en este disco una intensidad brutal con la colaboración de vibráfono y txalaparta. Además de esta versión de Piazzola, se incluye otra de Roy Hargrove ("Strasbourg St. Denis"), pero el resto de los temas son originales, compuestos por López Jaso, Escrich o Hutsun.
Artze supone una nueva mirada al jazz y a sus posibilidades, y un goce para el aficionado que guste de los experimentos que dan como resultado músicas sensibles, bien construidas y, al mismo tiempo, placenteras de escuchar.
Made in New York (PSM Records, 2016) es el sexto álbum de este trío liderado por el pianista Luis González. Once temas grabados en el Samurai Hotel Estudio de Nueva York en los que muestran un jazz de factura original, a caballo entre las influencias bop y la llamada Tercera Vía, presenta aquí unos temas imaginativos, de una bellísima fluidez, donde el trío se permite coquetear con influencias latinas y flamencas, sutiles, elegantes.
El estilo del pianista Luis González (Jerez de la Frontera, 1980; formado en el Conservatorio de Gerona) es un compendio de estilos, que lo han llevado de una formación a otra: flamenco jazz (Soniketeké), jazz fusión (Free Zone 4tet), jazz inspirado en la música sefardí (Sepharazz Mishpaha)... además de colaboraciones con orquestas clásicas como Orquestra Simfònica del Vallès, Orquestra de Cambra de l’Empordà..., que podrían explicar sus especulaciones jazzísticas en torno a la música de Bach ("Sarabande BWV 812"), un compositor que está llegando al jazz con demasiada frecuencia últimamente y con muy interesantes resultados; aquí, procesada en un delicioso tempo medio, como corresponde a esta danza tradicional, ejercicio que se repite con Bartok en un tema que alterna ritmos binarios y ternarios, algo propio de algunas músicas tradicionales de los Balcanes (y también del flamenco) y que Bartok denominó ritmo búlgaro (el tema es "Bulgarian Rhythm" y contiene una obsesiva línea de contrabajo que remarca la expresividad del piano).
El trío lo completan Joan Solà-Morales al contrabajo (un bajista que suena a clásico y que se oye serio, incansable, tanto acompañando como cuando le toca protagonismo) y el baterista César Martínez (contundente y versátil como corresponde a un baterista de jazz), pero a lo largo de los seis discos de la carrera de este trío, han grabado (paradójicamente) en cuarteto, quinteto, sexteto... En el presente álbum colaboran músicos de diferentes nacionalidades afincados en Nueva York, como el guitarrista israelí Gilad Heckselman (Esperanza Spalding, John Scofield...), capaz de aportar el toque oriental del flamenco mientras González deshace el teclado en notas de blues ("Frigi Blues"); el saxo tenor Lucas Martínez (emotivamente porteño en la versión del "Libertango" de Piazzola) y la vocalista Laura Noah, que hace una convincente revisión jazzística del clásico de Jimmy Cliff "Many Rivers to Cross", amén de aportar una composición de su propia autoría ("Dentro de mí").
En resumen, una amalgama de experiencias e influencias que se entrecruzan en la biografía de Luis González tanto como en su música, un punto de encuentro que cataliza en Nueva York, ciudad a la que el pianista dedicó una compleja e interesantísima suite y que es, también, el gran ejemplo de la fusión de culturas, músicas, músicos...
La sensibilidad de Evans, la travesura de Piazzola
Confieso que amo los folkores de forma ocasional. Escuchar fado en Lisboa o sevillanas un domingo de romería son ejercicios placenteros que, en cambio, en casa se me hacen intolerables. Aprecio el tango y la música celta y creo que tengo capacidad para valorar el flamenco cuando de muy tarde en tarde asisto a una actuación flamenca, pero nada me obliga a aceptar las fusiones de estas músicas con el jazz que amo.
El caso de Adrián Iaies es distinto. Pone sobre el teclado el tango con el espíritu y la técnica de un maestro del jazz, su forma de tocar jamás abandona la síncopa, en sus melodías siempre queda un hueco para la improvisación... No voy a discutir que sea un hijo putativo más de Piazzola, pero posee una sensibilidad que no había encontrado en este tipo de fusiones desde la primera vez que oí a la conmovedora Lila Horovitz.
Anda por ahí presentando su último álbum, Esa sonrisa es un santo remedio, para el que dice que ha creado un sello discográfico propio porque no sabe qué será de los discos en el futuro... Lo hace en forma de trío, con una mayoría de composiciones propias, acompañado por Pepi Taveira (batería) y Ezequiel Dutil (contrabajo), pero de este músico argentino formado en Berklee y director del Festival de Jazz de Buenos Aires sigo prefiriendo aquel emocionante trabajo suyo llamado ‘Round midnight y otros tangos (2002), que comienza con Nardis, el tema de Miles Davis que Bill Evans articuló como estándar de piano. Aquí suena absolutamente intimista y porteño con el acompañamiento de Pablo Mainetti al bandoneón. Iaies despliega un enorme abanico de sonoridades para ilustrar el tema. Es algo más que jazz, es puntillismo en la cuerda floja. Y el tema funciona.
Le siguen Valsecito para una rubia tremenda, dedicado a su hija, un tema en el que juegan al escondite el jazz y ese aire folk que los argentinos heredaron de los italianos... Round midnight, temas de Monk, de Michel Legrand, incluso Nefertiti de Wayne Shorter, componen el puzzle de méritos para hacer de éste su disco más emocionante (¿el mejor? no los tengo todos...) hasta culminar con un personal Astor changes en el que explora, estudia y canoniza los malabarismos sonoros de su maestro Piazzola.
Puede que para muchos el jazz argentino sea ese invento que no puede escapar a sus raíces, como ocurre tan a menudo con el jazz made in Spain, al que le cuesta tanto eludir la fusión con el flamenco, pero no hay duda de que Argentina ha dado muchos y muy brillantes músicos de jazz. Ya hablamos en su día de Oscar Alemán y hoy citamos a Adrián Iaies. Son ejemplos suficientes. Este último, en pleno dominio de su creatividad, lleva años asentando un pilar más, uno original, sincrético. No en vano, posee la sensibilidad de Bill Evans y el don para la travesura de Astor Piazzola.