Mostrando entradas con la etiqueta Paquito D'Rivera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Paquito D'Rivera. Mostrar todas las entradas

CALEIDOSCOPIO

FELIPE SALLES INTERCONNECTIONS ENSEMBLE,
Home Is Here (Tapestry, 2023)

Tras su The New Inmigrant Experience, publicado en 2020, Felipe Salles sigue incidiendo como compositor en la inmigración como leitmotiv de su obra y como base de su música, tan mestiza como el jazz en sí. Su Interconnections Ensemble, inaugurado con The Lullaby Project (2018) reúne a 19 músicos de diferentes orígenes y un punto de vista tan heterogéneo que se adapta perfectamente a la sincrética filosofía musical de Salles. 

Nacido en São Paulo, Felipe Salles es, desde 2010, profesor asistente de Jazz and African-American Music Studies en la University of Massachusetts Amherst. Desde que comenzó a tocar en 1995, se ha subido a los escenarios con gente de la talla de Randy Brecker, David Liebman, Melissa Aldana, Lionel Loueke, Jerry Bergonzi... y ha girado por Europa, India, Australia y toda América como líder y como sideman. Home is Here es el tercer álbum de su Interconnections Ensemble. 


Foto: Jeff Schneider

Los ocho temas que presenta en su nuevo disco comienzan con el singular sonido del clarinete de Paquito D'Rivera, mezcla de jazz y música clásica, con una reinvención ("Re-Invention") de un tema de Bach, que se mueve por momentos a ritmo de tango, de chorinho brasileño o de sones cubanos. Entre esa reinvención y el final, una tensa melodía donde el elocuente saxo tenor de Melissa Aldana nos arrastra como un hábil narrador de historias, hay media docena de temas en los que confluyen folkores, polirritmias y tantos sabores como cabría esperar. Un caleidoscopio, en definitiva, como los que suele dibujar en sus partituras Felipe Salles, adornado con los colores de invitados como cantantes como Magos Herrera, la argentina Sofia Rei, el saxofonista francés (de Guadaloupe) Jacques Schwarz-Bart, la fliscornista australiana Nadje Noordhuis, el saxofonista y percusionista cubano Yosvany Terry y el guitarrista brasileño Chico Pinheiro, amigo de Salles desde la infancia. 




Además de los solistas e invitados, estos son los músicos que Salles dirige en su Interconnections Ensemble: 

Viento madera:
Jonathan Ball, saxos alto y soprano, flauta y piccolo
John Mastroianni, saxos alto y soprano, flauta y clarinete
Mike Caudill, saxos tenor y soprano, flauta y clarinete
Carl Clements, saxos tenor y soprano, flauta y flauta alta
Tyler Burchfield, saxo barítono y clarinete bajo

Trompetas y fliscornos:
Don Clough
Jeff Holmes
Seth Bailey
Bill Fanning
Jerry Sabatini

Trombones:
Clayton DeWalt
Randy Pingrey
Bob Pilkington
Angel Subero


Sección rítmica:
Kevin Grudecki
, guitarra
Luke Giavanovits, vibráfono
Nando Michelin, piano
Keala Kaumeheiwa, bajo
Bertram Lehmann, batería y percusión

* Más info: www.sallesjazz.com

¡OH, LA HABANA!

Cuando la noche era cubana

Después de Mi vida saxual, nadie le niega a Paquito D’Rivera licencia para escribir cuando no está saxo en mano. De hecho, no sé si me sorprendió menos encontrar en la librería otro libro suyo o enterarme de que en 2002 recibió un premio de ¡periodismo! ¡Oh, La Habana! es el título del libro en cuestión. Tomado de una rumba, el título acentúa la intención de Paquito D’Rivera de bailar por La Habana como por su casa durante 180 páginas. Y para el caso, elige el vehículo de la ficción, fabulando con su colorido lenguaje narrativas a partir de anécdotas reales, para retratar la época dorada de Cuba al final de la dictadura de Batista y justo antes de la era castrista, una época en la que la ciudad bullía de ambiente nocturno y de personajes del cine, de la literatura y del jazz llegados de todos los lugares del mundo. Un personaje llamado El Tío Antonio nos cuenta sus andanzas por las orquestas de La Habana en primera persona, implicando a personajes tan diversos como Hemingway, Tommy Dorsey, Bebo Valdés, Stan Getz, Philly Joe Jones, Eartha Kitt, Cachao... y Pucho Escalante.

Precisamente, la parte más divertida de la novela es la búsqueda del trombonista Pucho Escalante, huido después de una chiquillada que él y sus amigos le han hecho a un músico de la marina. Aparecen retratados con detalle todos los clubs y garitos importantes del ambiente nocturno de aquella Habana de los 50 en cuya guía telefónica aparecían “1.170 bares y cantinas con ambiente musical, 214 cafeterías con jukebox [...] alrededor de 600 restaurantes –muchos de ellos con música en vivo-, un centenar de tiendas de discos, tres docenas de establecimientos de venta de fonógrafos, 150 casas de venta de pianos y accesorios musicales, 250 sociedades de recreo y clubes con animación musical, medio centenar de orquestas populares e igual número de cabarets”. Por si fuera poco, se podían escuchar por la radio de onda corta los conciertos de Benny Goodman en el Waldorf Astoria de Nueva York. ¿No iban a salir buenos músicos de aquella isla de antaño? Finalmente, Pucho reaparece en un capítulo huyendo desnudo hacia cualquier lugar, para terminar dando la vuelta al mundo con cualquier charanga u orquesta que lo contratara hasta establecerse definitivamente en Nueva York, donde grabaría, entre otros, con Machito y Herbie Mann. Divertido e histórico al tiempo.

Aparte de los personajes musicales, la ironía de Paquito D’Rivera retrata todos los aspectos de La Habana en la que creció, llena de color y contrastes, un imán para personajes singulares como el Caballero de París, el pordiosero más elegante y famoso de La Habana o uno de mis preferidos, el violonchelista ruso Gustav Putin, cuyos numeritos, ya sean vestido de gladiador para sorpresa de la KGB o acudiendo a una cita desnudo y con corbata, son espectaculares. También hay personajes más reales y amargos, como cierto tipo de comunista pre-Castro, el típico comerciante con dinero que por un lado odia a los ricos (por capitalistas) y por otro desprecia a los pobres (porque no pueden pagarle). D’Rivera llama a estos ricos de pueblo “capitocialistas” y, si le añade el componente de ignorancia, “Cubá-non-sapiens billetosus”.

La sensación es la de estar leyendo una novela de David Lodge, con personajes fuera de lo común, en una época en la que la dolce vita duraba en La Habana hasta el amanecer, como si los americanos hubieran trasladado sus felices años 20 a algún paraíso cercano y lo hubieran encontrado en la capital de Cuba. La música y las anécdotas hacen inolvidable una lectura que por momentos nos hace olvidar que es real, fruto de la experiencia y del recorrido vital de este músico.

Cuando uno cierra (¿definitivamente?) el libro, le queda la sensación de haber estado allí en aquellos años, y de haber vivido la mejor época de su vida, porque “no hay duda de que la vida cambia totalmente de color cuando se mira desde un convertible en marcha; sobre todo si el coche se desplaza por el Malecón habanero, una noche fresca de principios de enero, en compañía de buenos amigos y mujeres hermosas. La brisa húmeda y salobre acaricia el rostro y hace florecer el alma, haciéndote caer en un trance del que ya no deseas salir nunca más.”