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ENCUENTROS FUGACES Y EXTRAÑAS RELACIONES

ACORDES Y DESACUERDOS (XV)

Viendo el documental terminal sobre Anita O'Day, algunas anécdotas nos recordaron la fragilidad de las líneas que mueven el destino, en este caso la evolución del jazz y de sus figuras, del mismo modo que los científicos coinciden en afirmar que la evolución de la especie humana (especialmente en lo que se refiere al desarrollo de la inteligencia) ha sido una sucesión de casualidades y accidentes. A veces, espasmos y otras choques, encuentros, encontronazos... Pero, ¿no consiste en eso la vida, la inspiración y, en muchos casos, la Historia?


I.
Después de un año con la orquesta de Stan Kenton, donde Anita O'Day mantenía que no hacían swing sino que los demás músicos se limitaban a sostener las notas para que ella improvisara, frustrada, la cantante decidió marcharse. Kenton le dijo: "No me dejes sin cantante" y Anita buscó en el local de enfrente. Era un chino. Una orquesta comía antes de la actuación. Con ellos había una chica que debía ser la cantante. Anita le preguntó aparte: "¿Cómo te llamas?" La chica se llamaba Shirley Luster. Anita insistió: "¿Quieres ser rica y famosa? Entonces cruza la calle." La chica se cambió el nombre por el de June Christy y, en la palabras de Anita O'Day, el resto es historia.

II.
Chet Baker, en su contundente autobiografía Como si tuviera alas, de la que ya hablamos en algún momento, cuenta así como comenzó a trabajar con Gerry Mulligan: "Como casi todos los músicos interesados por el jazz, había oído Birth of the Cool cuando salió en el 48, con los arreglos de Gerry Mulligan y las composiciones de Mulligan, John Carisi y Gil Evans, un disco cargado de talentos como LeeKonitz, J.J. Johnson y Max Roach. Todavía hoy en día, casi treinta años después, suelo escucharlo con frecuencia. Cuando me enteré de que Gerry se había largado de Nueva York a Los Angeles y de que le interesaba formar un grupo, sentí curiosidad por ese tío. Quince días después me llamaron para un ensayo con Mulligan [...] El grupo funcionó como un reloj desde el principio gracias a la dirección de Gerry y, dos semanas después, comenzamos una tanda de conciertos de once meses [...] Más o menos en esta época me trincó la pasma por primera vez." Mulligan, a la postre, sería el compañero de adicción con el más veces "trincó" a Chet la policía.

III.
En 1985 Miles Davis grabó su último álbum para Columbia tras 30 años de relación: You're Under Arrest. El tema que da título al álbum es una sucesión de ritmos violentos que quieren representar la contundencia policial contra los negros. Basado en experiencias personales, Miles quería a un policía gritando en francés en su tema. Como Daryl Jones había grabado con Sting en el álbum The Dream of the Blue Turtles y Sting era europeo (?), Miles pidió al bajista que lo invitara a una sesión. Sting fue a Nueva York, entró en el estudio y... lo cuenta así: Miles lo mira. 
-Sting, ¿eh?
-Pues sí.
-Sting, qué pedazo cabezón tienes, joder.
-Exactamente, ¿qué quieres decir, Miles?
-Tío, te he visto en una peli, coño, y tu cabezón llenaba toda la pantalla.
Exactamente, nunca supo a qué película se refería. El trompetista le dio un papel con los derechos que se leen a los detenidos y le pidió que lo tradujera. Sting no se atrevió a decirle que apenas hablaba francés, llamó a su mujer a Londres y volvió al estudio con una especie de traducción. Como todo el mundo sabe, apenas se oye bien su voz en el tema. Miles hizo una señal, Sting gritó aquellos derechos en francés y Miles respondió, señalándose la entrepierna: "¿Ah, sí? ¡Pues toma tais-toi, hijo de puta!" Minutos después, Sting estaba en la calle, cuenta, "con la sensación de que acababan de atracarme, pero estaba exultante y orgullosísimo. Salía en un disco de Miles Davis." Para Miles fue una experiencia aún más traumática, ya que Sting podía ofrecerle un mejor salario a Jones, que abandonó el jazz para convertirse definitivamente en miembro fijo de la banda de Sting.

IV.
Más eufórico por encontrarse con una deidad musical, Leonard Feather en The Jazz Years: "Si estuviera bajo juramento y obligado a nombrar los tiempos más edificantes de mi carrera, vendrían inmediatamente a mi cabeza los diversos periodos, comenzando en 1942, que trabajé con Duke Ellington", confiesa. "Como le confesé a Duke muchos años después, fue como si me hubieran enviado al Cielo y me hubieran nombrado automáticamente secretario de Dios".

V.
Aunque no se trate de un encuentro sino de una reflexión, dejamos aquí este fragmento de Miles Davis for Beginners, el extraño ensayo-comic de Daryl Long: "Admitimos, quizás a regañadientes, que Miles Davis no era Dios. Y, a juzgar por algunas de sus decisiones vitales, parece improbable que ganara un lugar en el País de los Dioses. Pero (Miles lo pensó a pesar de sus faltas) los que están en el Cielo, juzgando sus méritos para un lugar junto a Dios, pudieron llegar a una sola conclusión, y se vieron obligados a decir: "Bien, fue el único capaz de tocar así; mejor dejémosle entrar."


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* No he conseguido localizar al autor de la fotografía de June Christy ni al de la de Duke con Billie y Leonard Feather.

** Para los que no lo leyeron, el post sobre el documental de Anita O'Day está aquí: 
http://jazzeseruido.blogspot.com.es/2011/12/anita-oday.html

*** La entrada sobre Como si tuviera alas la publicamos hace unos años:
http://jazzeseruido.blogspot.com.es/2007/10/como-si-tuviera-alas.html

 

ANITA O`DAY

Vida de una (indestructible) cantante de jazz

El documental, dirigido por Robbie Cavolina y Ian McCrudden, comienza con esta frase: "Sus experiencias personales incluyen la violación, el aborto, la cárcel, la adicción a la heroína...", a lo que la protagonista responde: "Así es como fueron las cosas." Poco alentador pero (desgraciadamente) típico en una figura del jazz de los 30, 40, 50... ¿Para qué concretar? Anita O`Day, como muchos otros genios, poseía un don y una maldición. La maldición, la mayor parte de las veces, consiste en relacionarse con las personas inadecuadas. El don, más interesante, es su capacidad para improvisar (se decía que le gustaba incluir cualquier ruido del club en sus canciones) y su forma particular de cantar, provocada por una amigdalectomía en la que le extirparon la campanilla por error, lo que, en sus propias palabras, la obligaba a cantar en corcheas y a sacudir la cabeza cuando quería producir un vibrato. Con don o con obstáculos, lo cierto es que Anita O'Day vivió y cantó hasta los 86 años y que, puestos a escoger, sería la nuestra única cantante blanca en el podio de las grandes cantantes de jazz.

Ser una cantante blanca en una orquesta de los años 40 no era fácil ni en Nueva York ni en los clubs de la América profunda. El documental revisa una impresionante versión de "Let Me Off Uptown" en la que Anita canta con Roy Eldridge, por entonces trompetista de la orquesta de Krupa. Aparte del valor musical, está el anecdótico. Ambos (Roy más) se jugaban la vida, literalmente, al cantar juntos ante un público que tardaría décadas aún en aceptar la integración. Pero ambos eran estrellas en ascenso y al público les encantaba. Este video es la prueba, hay un corte (probablemente censura) en el minuto 0:53 que salta el diálogo entre la cantante blanca y el trompetista negro, cuya transcripción pueden leer en este enlace.


Cuenta también Anita en el documental que, después de haber pasado por la orquesta de Gene Krupa, la de Stan Kenton parecía un mundo aparte. Cuando había un descanso, los músicos de Kenton, en lugar de desaparecer para beber o drogarse, descansaban o comían, ¡incluso leían libros!, añade. Le quedarían muchas cosas por ver. Su ingreso en la cárcel por consumir drogas, al contrario de llevarla al fondo, le permitió, en sus palabras, conocer otro tipo de gente y tener otro punto de vista sobre la vida.

Pero la vida de Anita O'Day está por encima de las circunstancias y de las décadas, ya que abarca desde los años 40 hasta su última grabación con 86 años, Indestructible (Kayo Stereophonics, 2006). No, la vida de Anita O'Day está caracterizada por la misma improvisación con que interpretaba sus temas. Con improvisación y un absoluto dominio de la voz, es considerada por muchos músicos como uno más de ellos, una auténtica instrumentista. En el documental aparece interpretando un tema llamado "Four Brothers" que originalmente fue escrito para cuatro saxofones. Anita interpreta la melodía sustituyendo a uno de ellos y los otros tres se encargan de las armonías. Es, naturalmente, un tema sin letra, en el que ella hace scat llevando la nota por caminos que sólo un instrumentos podría recorrer.

En palabras de Leonard Feather, "hay cuatro elementos que definen una gran interpretación de vocal en el jazz. El primero es la calidad tonal (el tono y el sonido de la voz), otro es el fraseo (el grado que posee o no de sentimiento de jazz), el tercero sería la elección de los músicos y el último es la elección del material."  Ella tenía, además de estos elementos, otra faceta, la más amada de Anita, su capacidad para dar vida a las letras de sus canciones, de manera que uno parece escucharlas por primera vez y, por primera vez, gritar "Ah, es de esto de lo que va la canción". Johnny Mandel aparece en el video para decir que "no se trata de las notas, no se trata de los efectos, se trata de meterse en la canción y darle vida" y ella lo consigue. Bill Holman añade que en cierta ocasión Anita O'Day, el prodigio rítmico, la cantante-instrumentista, la gran improvisadora, se definió a sí misma de esta manera: "No soy una cantante, soy una estilista de canciones".

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* Más info sobre el documental: www.imdb.com/title/tt0843838

JAZZLIFE

La fotografía es jazz para los ojos

Chet Baker toca la trompeta en la barandilla de un barco. Stan Getz lo hace bajo el claroscuro de una bombilla en la entrada de artistas del Cosmo Alley de Hollywood. Will Shade presume de su bajo casero de una sola cuerda. Durante un ensayo, Woody Herman cierra los ojos al tocar. Anita O'Day fuma, pensativa. Art Pepper sube la empinada cuesta de Fargo Street como una metáfora de las dificultades que supone luchar contra las drogas. Misas gospel, desfiles en Nueva Orleáns, sesiones de hardbop en los clubs de Chicago... En ocasiones, el salto de Hecho a Arte en un fotografía consiste sólo en saber encontrar el modelo adecuado, ensayar el encuadre perfecto y obtener la historia que, desde otro punto de vista o desde otro encuadre, jamás se contaría. El valor de William Claxton consiste en saber extraer esas historias de las imágenes y hacerlo respetando y/o descubriendo la esencia del personaje.

Recorrer Estados Unidos a bordo de un Chevrolet debe ser una aventura difícilmente igualable; hacerlo en 1960, cuando estaban en su etapa más creativa músicos como Ornette Coleman, Miles Davis, Dave Brubeck... debió ser una aventura irrepetible, histórica y musicalmente hablando. El fotógrafo William Claxton empleó en esta aventura tres meses de 1960 acompañado por el musicólogo alemán Joachim E. Berendt, de quien partió la idea, cubriendo todo el panorama desde Harlem hasta Hollywood, pasando por Louisiana, Kansas City, Chicago, San Francisco... y fotografiando clubs, ensayos, brass bands, aficionados, músicos profesionales y músicos callejeros... Al libro de Claxton sólo le falta la foto de Fats Domino siendo rescatado del Katrina en una barca.

Mi capítulo favorito del libro por cuestiones sentimentales es Nueva Orleáns. Sus personajes tienen el carisma primigenio que dio vida al jazz. Las imágenes tienen un folklorismo muy alejado de la sofisticación de los jazzmen de Nueva York o de la Costa Oeste. Paradójicamente, cuando se disponían a hacer escala en Nueva Orleans, recibieron este consejo en Nueva York: “Ni os molestéis en ir a Nueva Orleans,. El jazz en Nueva Orleans está muerto”. Es cierto que el jazz de principios de siglo desapareció una vez que los barrios “malos” como Storyville, que mantenían la mayor parte de los locales con música en directo, fueron cerrados por cuestiones morales (se adujeron otras razones de salud pública). La mayoría de los músicos se trasladaron a Kansas City, a Nueva York y a Chicago, dando paso a otros estilos que revolucionarían el concepto de jazz, como el Kansas City y el swing.  

Y lo que Claxton y Berendt encontraron en la ciudad del Mississippi fue una música más moderna y sofisticada de lo que esperaban. Quizás porque los mismos músicos orleanos pensaban que el jazz (el hot jazz) estaba muerto, explica el libro, estaban creando una música más evolucionada, más moderna. También se encontraron con reminiscencias de la inacabable guerra dialéctica sobre quién “inventó” el jazz, encarnada en Nick La Rocca (The Original Dixieland “Jass” Band) en una nueva versión: fueron los blancos los inventores (!).



El libro posee la calidad de la fotografía de Claxton en 552 gloriosas páginas, incluyendo algunas fotografías en color que no se habían incluido anteriormente y un prólogo del fotógrafo, que se suma a los incisivos aunque escasos textos de Berendt, y se ha convertido en un tesoro que, nada más abrirlo, devuelve la fe en un arte que alcanzó su punto culminante en aquellos años.

Creo coincidir con muchos aficionados en que este es El Libro de Fotografías de Jazz. Por excelencia. Es algo emocional, un objeto de culto tanto para los aficionados a la fotografía como al jazz, un libro al que siempre vuelvo cuando escucho un disco de jazz que no me convence. Este libro me redime de muchas cosas. Es Arte. En palabras de Claxton, la fotografía es jazz para los ojos.

Lo edita Taschen, por supuesto.

JAZZ ON A SUMMER'S DAY

Revisitando el final de los inocentes ‘50

He leído en algún sitio que se vuelve a reeditar el documental de Bert Stern Jazz On A Summer’s Day, un documento gráfico y sonoro irrepetible, una oportunidad de retroceder en el tiempo para ver sobre un mismo escenario a un lote de músicos casi imposibles de reunir (Sonny Stitt, Thelonius Monk, Max Roach...) o ver y oír a vocalistas como Anita O’Day haciendo su inconfundible e inimitable scat. Son ochenta y tantos minutos de música en ese momento a finales de los '50 en que el jazz buscaba nuevos caminos mientras que sobrevivían músicos en la línea más clásica. Aún no había llegado el jazz modal ni estallado el free, y América miraba a la música negra mientras algunos sectores intentaban perpetuar la inocencia racial y cultural de esta década. Para no saltarme ninguno, he aquí una lista de los músicos que aparecen:


En esta época del año en que los festivales proliferan por toda la península como si no hubiera otra para escuchar jazz (no la hay, claro, si lo que se pretende es sacar el jazz a la calle), esta imagen retrospectiva de lo que en 1958 era un festival veraniego de jazz, con sus aficionados y sus neófitos, sus estrellas y sus profanos, es tan refrescante como un poco de brisa marina en un día de calor.

Cierto que en el Newport de Jazz On A Summer’s Day aquel 4 de julio de 1958 xno parecía hacer mucho calor (el público lleva chaquetas, no todas de verano) o no debía hacer calor (en el pase de día, las sillas del público están colocadas al sol). Esto me remite al aspecto que más me fascina de este documental/musical: el público. Los espectadores del festival (jóvenes blancos bien vestidos, intelectuales con gafas, elegantes negros, parejas mayores, domingueros con ropa de playa) son los extras más perfectos que he visto jamás en la pantalla. No sólo se mueven o actúan como si lo que hacen estuviera en un guión sino que son los personajes más originales e inesperados que te puedes encontrar. Cada vez que la cámara encuadra a algún sector del público o a algún espectador en concreto constituye una sorpresa. Tipos y arquetipos del final de aquellos inocentes ’50, que la cámara de Bert Stern captura con afán de un biólogo dado a las rarezas de la Madre Natura.

Creo que la versión que se reedita ahora en DVD contiene además un CD con la banda sonora y un documental sobre el documental en sí. Igual lo pillo si la desaceleración económica lo permite. El sueldo de bloguero no da para tanto.

Por increíble que parezca, el documental está completo en este enlace de Youtube. Lo cuelgo aquí antes de que desparezca. Que el verano sea largo, si lo podéis llenar de jazz.