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JAZZ DE IDA Y VUELTA

BRUNA SONORA, Ritual (2022)

Músico, compositor e investigador de caminos poco trillados, Javier Bruna es uno de esos espíritus musicales que nos seducen porque son imposibles de encasillar. Su música está tan llena de referencias y sus trabajos tocan (directa o tangencial-mente) tantas estéticas que el oyente se siente a veces desbordado. No lo escuchábamos desde su Tarareando de 2018, donde ponía cara a cara temas tradicionales españoles con ritmos de jazz, klezmer, bereberes... en un fabuloso cóctel (agitado, no mezclado) que llevó posteriormente a otro terreno en este disco titulado Ritual, grabado en 2021, donde predominan las referencias cubanas... con muchas sorpresas.

Unos acordes a ritmo de reggae dan paso al primer tema del disco. Primera sorpresa: una melodía tradicional navarra tocada con ritmo caribeño, cantada en vascuence y portugués, y con improvisaciones jazzísticas. A partir de aquí, cualquier cosa puede pasar. Y pasa. Javier Bruna vuelve a componer sobre melodías tradicionales llevándolas a un terreno universal donde la improvisación y el swing hacen que todo suene coherente, y lo hace con tal sutileza que el disco suena homogéneo a lo largo de todo el repertorio, a pesar de las fusiones y de lo inesperado.

El tema que más nos ha fascinado es "Ritual", tema que nace de la admiración de Bruna por Manuel de Falla y su Amor brujo, inspiración que llega del mismo modo que a los compositores americanos de jazz, que han buscado siempre referencias en sus musicales y sus bandas sonoras (a falta de unos compositores clásicos autóctonos). Sus arreglos nos llevan a Cuba, a la bossa y al swing; su melodía, al folk español y a principios del siglo XX, con algún pasaje que nos lleva mentalmente a Gershwin...

Pero la mayoría de los temas serían dignos de un análisis detallado. Más anclado en el jazz está "Jamal", aunque no exento de referencias a la música brasileña, entre otras. "El tablao de Cuba" afronta ritmos cubanos con una sección de vientos fantástica y un brillante protagonismo de la flauta. "Las chinitas de Jaén" funde dos temas populares ("Café de Chinitas" y "Las morillas de Jaén") a ritmo de bulería y swing. Y con un potente solo de saxo. "Cero" también tiene un interesante solo de saxo, que aquí tontea con giros flamencos con solvencia y con notas emocionantes. El tema que cierra el disco es "Serendipia Connection", un tema polirrítmico dominado por el sonido big band, un contrabajo poderoso ... y más solos de saxo.

En resumen, Bruna Sonora nos lleva en Ritual a un lado y a otro del Atlántico con la sutileza de un buen solo, mezclando culturas siguiendo la filosofía primigenia del jazz pero con la originalidad de fusionar lo ibérico con lo cubano y que suene (casi) neoyorquino.

Los músicos: Javier Bruna (saxo tenor y flauta), Bea Montero (piano y voz), Victor Bruna (flauta travesera), Carlos Blázquez (clarinete), Juan Ramón Callejas (saxo alto), Jordi Ballarín (saxo barítono), Diego Aragón Antonio García (trompetas), Luis Zenner Nico García (trombones), Gerardo Ramos (contrabajo), Matías López (percusión) y Chuchi Crespo (batería). 

 


* Web: www.javierbruna.com

LA MALDICIÓN DEL RITMO

TELMO FERNÁNDEZ & THE LATIN SOUL BEAT, 
El Maldecido (Color Red, 2022)
Suelo escuchar pocos discos de música latina por un tema pasional que me hace mirar hacia Nueva Orleans (aun siendo del sur) y porque pocos discos de ritmo latino me han enganchado como el que hoy estoy escuchando. El guitarrista gallego Telmo Fernández ha compuesto en El Maldecido una serie de temas cargados de sentimiento y ritmo (¿qué otra cosa es la música latina?) que mezcla en este inesperado repertorio con temas tradicionales. Digo inesperado porque solo conocía a Telmo de discos de jazz y soul grabados con otros músicos. Aquí, cambiando The Soul Jazz Beat por The Latin Soul Beat y manteniendo la misma filosofía de poner en el álbum todo lo que se puede aportar, nos ofrece un discazo de música latina con tantas lecturas como oyentes pueda tener.

Maldecido por el ritmo, Telmo Fernández es un explorador incansable, como se puede escuchar si lo seguís en redes o en las grabaciones que hace con otros artistas. Lo que no sabíamos era que componía y ha elegido un terreno tan alejado del jazz (y tan cercano) como estos aires caribeños que mueven El Maldecido. Porque Telmo ha compuesto y ha escrito letras con un sabor auténtico, llenas de sentimiento y mensaje, y además de la guitara toca el tres macho y hasta hace coros. Todo un cubano (y no hablamos del puro).

Lo mejor del disco son los arreglos. Ahí Telmo se ha dejado la piel. El disco está lleno de referencias, arreglos cambiantes, de los que no aburren y sorprenden a cada nueva estrofa. Suena a bolero, a rumba, a guajira, pero también a a jazz, a funk y a hiphop ("Mis Hermanos Latinoamericanos")... con una sutileza y una solvencia que parece que hubiera nacido al otro lado del Atlántico en lugar de Galicia. La influencia africana suena nítidamente en "Asojano (Arará)", que refleja la persistencia de la tradición africana en los ararás cubanos, o el tema "La Palma", un homenaje a la que es quizás la conexión más clara entre nuestro país y Cuba, de ida y vuelta: África - Cuba - Canarias... 

El guitarrista y educador Rodney Jones alaba la complejidad compositiva y armónica de Telmo Fernández con estas palabras:

His compositions has the modern harmonic sense of a Herbie Hancock with the soulfulness of Stanley Turrentine. A rare combination indeed.
El disco necesita muchas escuchas para captar en profundidad su valor. Del chachachá a los temas más festivos, Telmo Fernández confirma que, dentro de las músicas improvisadas, las músicas latinas tienen mucho que decir (¡qué solos los de "Nereida, La Facultosa" y el bolero "Tierras de Bibijagua"!). Y aplaudimos su creatividad. 

Además de Telmo Fernández, aparecen en el disco los cantantes Yuvisney Aguilar (que también toca timbal y batá), Orisbely Laugart, Piter Carri “El Carri”, Kirenia Martínez y Yadira Ferrer; el trompetista Jorge Vistel; Alejandro Escalera, flauta; Escandaloso Xpósito al saxo alto; Arnaud Desprez al saxo tenor; el trombonista G.B “Mandela” Bell; Ton Risco en el vibráfono; Angelito Herrera a los bongos; Juan Viera a la conga; el pianista Harold Rey; el bajista Yarel Hernandez y Christian Delgado en la batería. 

Un disco muy recomendable al que solo podemos añadir que merece la pena escuchar el tumbao con el que viene Telmo Fernández esta temporada.

DIÁLOGOS (A)TONALES

DON BYRON & ARUÁN ORTIZ, Random Dances and (A)tonalities (Intakt, 2018)

Este no es un disco fácil de clasificar. El clarinetista Don Byron y el pianista Aruán Ortiz han recogido en estudio 10 piezas muy libres e imaginativas en las que improvisan sobre standards (Ellington, Golson), partituras clásicas (Mompou, Bach) y composiciones originales; todo ello con aires cambiantes y un resultado más fácil de escuchar que de clasificar, a medio camino entre el free jazz y la tercera corriente.


Byron, músico imprevisible y que se mueve en muy variados estilos (repasando su discografía oímos klezmer, musicales, bandas sonoras...) forma un inesperado dúo con el cubano Aruán Ortiz. Ambos se educaron en la música clásica y sus carreras caminan en ese territorio sin nombre que les permite alternar el jazz con otras músicas.


Tras ser invitado por Byron a acompañar a su cuarteto durante la gira "Music & Architecture" de 2014, Ortiz tocó con el clarinetista durante una serie de conciertos en los que tuvieron la oportunidad de conocerse y poner sobre la mesa sus puntos de vista, encontrando suficientes lugares comunes para decidir montar este improbable dúo en el que Cuba y el Bronx se unen en una relación cuyo aspecto más interesante es la desigualdad: es un dúo que no fluye a la par, donde no hay paralelismo, sino libertad y expresividad individual, lo cual lo hace mucho más apasionante. Mientras que Ortiz añade influencias multiétnicas a cada pasaje, Byron aporta esa elegante rebeldía suya basada, paradójicamente, en lo académico. 

Foto: Jimmy Katz
Desde el comienzo del disco, un homenaje de Aruán Ortiz a Tete Montoliu ("Tete's Blues"), uno de sus referentes, el álbum derrocha originalidad en cada compás. Su revisión de Bach (aunque no sea la primera ni la undécima vez que se reinterpreta a Bach bajo el prisma del jazz) es algo más que erudita, es cautivadora, no menos que la etérea visión de un tema de Mompou ("Musica callada, Vol. 1 No. 5, Quarter Note = 54"). El tema que cierra el álbum ("Impressions on a Golden Theme") es una reinterpretación de "Along Came Betty" de Benny Golson, donde ambos músicos componen e improvisan admitiendo que, tras tocarlo de gira, el tema "evolucionó y evolucionó, yendo en una dirección dsitinta cada vez. De modo que decidimos sentarnos y tuvimos una conversación musical sin preocuparnos de cuál pudiera ser el resultado". Y con esta filosofía parece haber surgido este disco tan original. Incluso su recreación de "Black and Tan Fantasy" resulta excitante, convirtiendo el clásico de Ellington en una pieza aún más negra, más enigmática y llena de matices que el original. Puede parecer un comentario herético hacia el Duque pero Ortiz y Byron se mueven en otra dirección, igualmente especulativa, con la diferencia cultural y la perspectiva que proporcionan 90 años de diferencia. 

Publicado por el sello suizo Intakt, Random Dances and (A)tonalities es un disco para paladares exquisitos que sepan degustar los temas momento a momento, una colección de sonidos que pasan de la libertad más absoluta al sonido más limpio y académico, con una ambición estilística que roza lo pantagruélico pero que, por momentos, se torna íntimista y lírica. Como dije al principio, más fácil de escuchar que de clasificar.

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CONEXIÓN CUBANA

ALEJANDRO VARGAS CONSORT  con  CAMERATA EGERIA 
y ROSA CEDRÓN, Chané na Habana (aCentral Folque, 2017)
   
Para que se hagan una idea, el disco comienza con "A Foliada", etiquetado en el libreto como muiñeira-afro. A partir de aquí, pensarán que todo es posible. Y lo es. Latin jazz cantado en gallego. Casi nada. Pero nada es fortuito en este álbum. Cuando, en el siguiente tema (un bolero con aire gallego), la voz de Rosa Cedrón canta eso de "Pasa xa, Gaiteiro" y lo que suena es una trompeta con sordina, el resultado es genial y uno no tiene más remedio que preguntarse de dónde viene todo esto.

José Castro Chané (Santiago de Compostela, 1856-La Habana, 1917) fue un exponente del romanticismo musical gallego, recordado como creador de la canción gallega de concierto e impulsor del movimiento coral contemporáneo; en resumen, uno de los exponentes de la música popular gallega tal como ha llegado hasta nosotros.
En 2017, coincidiendo con el centenario de Chané, aCentral Folque (el Centro Galego de Música Popular de Compostela), dentro de su enorme labor de difusión, organizó un espectáculo musical en el que se rendía homenaje al músico, para lo cual se realizaron no sólo arreglos sino también una extensa labor de investigación en archivos locales y de Cuba y Norteamérica que dio como resultado el hallazgo de varias composiciones que se consideraban perdidas. El director musical del proyecto, el pianista cubano afincado en Galicia Alejandro Vargas, reunió un Consort con viejos conocidos de los que hemos hablado en alguna ocasión (Mayquel González a la trompeta, el contrabajista José Manuel Díaz y los percusionistas Javier Barral y LAR Legido), a los que se añadió la voz de Rosa Cedrón y las cuerdas de la Camerata Egeria, todo un plantel de músicos que vienen del jazz, del folk y de la música clásica para hacer de este disco un homenaje único.

Vargas y José Manuel Díaz han realizado para el proyecto unos arreglos que reúnen todas estas influencias musicales en perfecta simbiosis (nada desentona ni es discordante), ofreciendo así un repertorio que podría sonar natural en cualquier escenario jazzístico, salvo por el uso de la lengua gallega (una maravillosa sorpresa cómo suena con estos ritmos mestizos) y las cuerdas, que no las encontrarán en ningún club de jazz y que aquí suman un elemento dramático, nostálgico, que enlaza a la perfección tanto con los aires gallegos como con los cubanos. Pero es solo un elemento más. En todos los temas se percibe de una manera orgánica la interrelación entre todas estas músicas: los ritmos cubanos, el jazz latino y la canción gallega, heredera en las composiciones de Chané de la balada del Romanticismo, a la que devuelve su origen popular, pero también es inevitable notar que hay un gran ejercicio de adaptación y fusión en arreglos de los temas, tanto cuando se funden las canciones con el ritmo jazzístico (en sus diferentes sonidos) como en los temas que fluyen como una montaña rusa, cambiantes, vivos.


Escuchados de manera individual, es un placer conocer a este pianista cubano afincado en España. Sus arreglos son imaginativos y tiene algunos solos que ponen el acento en algunos temas con originalidad y fuerza, como en el chachachá "Cantiga", donde derrocha libertad y blues a partes iguales, o "Com'as Frores", con su contrapunto moderno e impresionista.


El trompetista Mayquel González, con su dominio de las armonías, de la sordina y la manera relajada en que improvisa, nos devuelve la fe en que se puede hacer un jazz cubano sin estridencias, con elegancia y maestría al mismo tiempo. Fantástico su solo conclusivo en "Un adiós a Mariquiña". De la sección rítmica ni hablamos: hay que escucharla. Tanto mestizaje confiere un desafío a cada tema y tanto Díaz como los percusionistas dominan la situación en cada momento. El contraste es la voz de la cantante Rosa Cedrón (Mike Oldfield, Luar na Lubre, La Barbería del Sur), folk y gallega 100%, una voz con sentimiento que podría hacer jazz y que aquí, sin embargo, sin perder la raíz, resulta un contrapunto excitante.

Y todo ello en una edición espectacular, en caja y con un cuidado libreto de más de 50 páginas con abundante material gráfico e información musicológica para quien quiera ir más allá de la simple y placentera escucha.


Alejandro Vargas Consort son:
Piano: Alejandro Vargas
Trompeta: Mayquel González
Contrabajo: José Manuel Díaz
Percusión: Javier Barral
Batería: Luis Alberto Legido
Voz: Rosa Cedrón

Camerata Egeria son:
Violines primeros: Ildikó Oltai, Irina Gruia, Michal Riczel
Violines segundos: Kiyoko Ohashi, Elina Viksne, Enrique Roca
Violas: Ioana Ciobotaru, Iriana Fernández
Cellos: Xusa Hervás, Bárbara Switalska
Contrabajo y dirección: Alfonso Morán
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* Web del proyecto: www.folque.com

* Web de Alejandro Vargas: https://alejandrovargas.info

* Fotografías de Alejandro Vargas © Rafa Pasadas: www.rafapasadas.com


DEAR DIZ

Arturo Sandoval as Dizzy Gillespie

Lo que tenemos entre las manos es un proyecto de amor a la música y, más concretamente, a la música de Dizzy Gillespie. Dear Diz (Every Day I Think of You) (Concord, 2012) es el homenaje total grabado, arreglado e interpretado por Arturo Sandoval (Artemisa, Cuba, 1949),  para quien Dizzy fue algo más que un ídolo, más que un gurú, más que un maestro.




Sandoval conoció a Gillespie en el año 1977 en la misma Cuba. La isla, que había sido en los años 40 una de las mecas del jazz gracias a los turistas norteamericanos, estaba ahora fuera de los circuitos. Se cuenta que Dizzy fue hasta allí con Stan Getz para realizar unos bolos, algo parecido a una gira improvisada. De paso, quería conocer las músicas autóctonas y encontró el guía adecuado en un trompetista de veintitantos: Arturo Sandoval. La amistad entre ambos trompetistas duró hasta la muerte del primero y tuvo muchos y muy provechosos capítulos. Diz ayudó a Sandoval a salir de la Cuba comunista y en los 80 el cubano formó parte, entre otras grandes luminarias del latin jazz, de la United Nation Orchestra...

El que hoy nos trae aquí es un álbum en el que se repasan un puñado de temazos de Dizzy arreglados para big band e interpretados con la pasión del hijo cubano y la sabiduría de sus muchos años de experiencia. No es sólo un gran tributo al icono sino una muestra de que (locuras aparte) Arturo Sandoval puede tocar como si fuera Dizzy, reproduciendo las complejidades armónicas del original, paseando por las notas altas sin miedo y reproduciendo ese timbre tan particular de aquella trompeta doblada... Esto, y figuras en el álbum como Gary Burton, hace muy apetecible la escucha, pero una vez dentro, uno puede creer que hemos vuelto a la época en que Machito y Dizzy hacían sus travesuras (entonces innovadoras y desafiantes) sobre los escenarios, la época en la que el latin jazz eclosionó en los USA, o con Machito y Charlie Parker, o con Dizzy y Chano Pozo...

Pero no es así. El sonido, aunque excitante, es tan aséptico y perfecto que esta posibilidad suena inverosímil. Es, con todo, un gran álbum y escuchar a Arturo Sandoval siempre es un placer, mucho más cuando se pone a la altura de Dizzy imitando su estilo para gozo de los admiradores de ambos.


La big band está formada por Arturo Sandoval (voz y trompeta); Dustin Higgins, Brian Nova (guitarras); Ralph Morrison, Sara Parkins (violines); Roland Kato (viola); Trevor Handy (cello); Dan Higgins (flauta, flauta alta, piccolo, saxo alto); Rusty Higgins (flauta y saxo alto); Rob Lockart, Brian Scanlon, Bob Sheppard (clarinetes y saxo tenor); Greg Huckins (clarinete bajo, saxo barítono); Bob Mintzer (saxo tenor); Willie Murillo, Dan Fornero, Gary Grant, Wayne Bergeron (trompeta, fiscorno); Steven Holtman, Andy Martin, Bruce Otto (trombón); Craig Gosnell (trombón bajo); Shelly Berg (piano); Joey DeFrancesco (Hammond b-3); Gary Burton (vibráfono); Gregg Field (batería); Andy Garcia (bongos); Joey de Leon, Munyingo Jackson (percusión).

BUENA VISTA SOCIAL CLUB

El milagro de Wim Wenders

Mientras el mundo cae a los pies de la historia de Chico y Rita, de su música y de sus hipnotizantes dibujos, hemos vuelto a ver Buena Vista Social Club, la película que podríamos considerar "de referencia" a la hora de hablar de cine y música cubana, una cinta atípica pero también un milagro del cine moderno. ¿Por qué? Yo lo entiendo así. En una década en que los valores del cine se miden por cantidad de efectos digitales, vender (y hacer amar) un documental a tantos espectadores obstinados en lo comercial es un milagro; que el tema del documental sea la música es algo insólito. El milagro de Wenders, fruto de la comunión de documento y música, prendió una llama que luego avivó Trueba en su Calle 54 y en otras producciones que han desembocado en la aclamada Chico y Rita.

La historia de esta película comienza cuando Ry Cooder visita La Habana  en 1996 buscando referencias africanas en la música de Cuba. Aunque no consiguió llevar a buen fin su investigación, el contacto con los músicos cubanos (Compay Segundo, Eliades Ochoa, Ibrahim Ferrer) dio como resultado un disco titulado Buena Vista Social Club, que tomó el nombre de un salón de baile habanero desaparecido. El álbum ganó un Grammy y devolvió la música cubana a muchos aficionados que habían perdido el contacto. Dispuesto a producir un segundo álbum, Ry Cooder volvió a La Habana acompañado de su hijo Joachim y de Wim Wenders, un cineasta propenso a hermanar música y cine (en 1970 debutó con Summer in the City, un homenaje a The Kinks; más tarde incluyó a U2 en sus proyectos) y que previamente había colaborado con Cooder en Paris, Texas (1984).


El resultado es un documental que repasa el ambiente musical de La Habana, con el decadente escenario de sus bellísimas calles, y el impacto que tiene en el extranjero el álbum producido por Ry Cooder. Viviendo esta tardía fama internacional, podemos ver y oír a estos músicos en Amsterdam y en un glorioso concierto en el Carnegie Hall de Nueva York.
Porque los protagonistas de la cinta son los músicos (aunque en ocasiones tienen que compartir estrellato con los fantásticos escenarios). Eliades Ochoa (ex-Cuarteto Patria, Quinteto Oriente) y Compay Segundo (ex-Conjunto Matamoros) tocan guitarras diseñadas por ellos mismos para adaptarlas a su forma de tocar. Joachim Cooder toca la batería. También aparecen el pianista Rubén González, la cantante Omara Portuondo,  Cachaíto al contrabajo, Amadito Valdés, Guajiro Mirabal a la trompeta... e Ibrahim Ferrer, que, en palabras de Ry Cooder, "llegó de la calle, como un Nat 'King' Cole cubano": había abandonado la música y lustraba zapatos en La Habana en aquellos años, una anécdota que ha inspirado al personaje del músico retirado de Chico y Rita. ¿Otro punto en común entre ambas películas? ¿Es que nadie ha notado el parecido físico entre Wenders y Mariscal?


La película, recomendable para los aficionados a la música cubana y para los profanos, debería verse /oírse aunque sólo fuera por los escenarios, por esa otra "música" del acento cubano de los protagonistas o por la remarcable y seductora fotografía de (Jörg Widner, Robby Müller y Lisa Rinzler). Les dejo aquí un fragmento:

CHICO & RITA

Amor, bolero y jazz latino

Cuando aún resuenan los sones del Continental Latin Jazz, el primer festival de jazz latino en España, y se acaba de estrenar Chico y Rita, la película de Trueba y Mariscal, nuestro corazón late a ritmo tropical, como un eco de lo que nos circunda. Este mes de marzo comienza a ritmo del jazz con raíces y ramas (léase mezclas) que es el jazz latino, con su particular forma de sincopar al piano y sus influencias, todas sus influencias africanas, tropicales, españolas... Si nos cabe, y el tiempo nos lo permite, buscaremos este mes algún disco y revisaremos alguna película rescatada en Amazon y la traeremos al blog.

Sin duda, la noticia más excitante de la semana ha sido el estreno (por fin) del visionario largometraje de Trueba, que ha llevado a la pantalla su largometraje animado Chico y Rita en colaboración con el dibujante Mariscal, que manifestó haber cumplido un sueño al convertir sus dibujos en un largo.

La película es una historia de amor entre un pianista cubano (inspirado en Bebo Valdés) y una cantante, pero también es una película sobre el éxito, sobre músicos olvidados, sobre lo que fue La Habana como centro de la música negra y mestiza, y sobre aquello en lo que se convirtió, sobre el jazz de los años 40 y sobre cómo se vivieron los 50 en Estados Unidos, sobre el bebop, sobre los boleros y, en especial, sobre ese titulado "Rita" que compuso Bebo Valdés.

Porque, en realidad, esta historia de amor es un trío. En uno de sus vértices está Trueba, cuya Calle 54 le unió a Mariscal, a quien encargó el cartel de la película, y a Bebo Valdés, pilar de la música cubana. Valdés ha grabado la banda sonora de la película con 92 años cumplidos, dando valor a la experiencia y al sentimiento acumulado, una oferta irrechazable para cualquier aficionado. 



En un principio, Trueba pensó en coger temas de Dizzy Gillespie y de Charlie Parker, pero después decidió sensatamente contratar músicos actuales para recrear el jazz de aquellos años. Trueba ha dicho: “Tenía que encontrar un saxo tenor que tocase como Ben Webster tocaba, o un saxo alto que tocase con el estilo de Charlie Parker, y eso era muy interesante desde el punto de vista de un músico. Tener a Freddy Cole, el hermano de Nat King Cole, fue realmente divertido. Pero la grabación fue tremendamente complicada. Hicimos sesiones en España, Nueva York y Cuba. Fue mucho trabajo. Tuvimos dúos y combos y música Big Band, teníamos secciones de cuerdas...” Pero además de Bebo Valdés, aparecen en la banda sonora Jimmy Heath, Freddy Cole (hermano de Nat 'King'), Amadito Valdés (Buenavista Social Club)...

Estrella Morente interpreta el tema central de la película, "Lily", con el trío de Bebo Valdés (Andy González, bajo, y Steve Berrios, batería). Los músicos que aparecen en la película son Bebo Valdés (que interpreta a Chico), Idania Valdés (como Rita), Freddy Cole (interpretando a Nat King Cole), Jimmy Heath (como Ben Webster), Michael Phillip Mossman (como Dizzy Gillespie), Amadito Valdés (como Tito Puente), Germán Velasco (como Charlie Parker), Yaroldi Abreu (como Chano Pozo), Pedrito Martínez (como Miguelito Valdés)... Casi nada.

Si a esto le unimos el guión y la calidad de los dibujos (especialmente memorables los cuidados escenarios de Cuba y Nueva York y la fidelidad de los músicos que "tocan" en la pantalla), nos sale una película imprescindible.

Aquí les dejo el trailer para abrir boca:



¡OH, LA HABANA!

Cuando la noche era cubana

Después de Mi vida saxual, nadie le niega a Paquito D’Rivera licencia para escribir cuando no está saxo en mano. De hecho, no sé si me sorprendió menos encontrar en la librería otro libro suyo o enterarme de que en 2002 recibió un premio de ¡periodismo! ¡Oh, La Habana! es el título del libro en cuestión. Tomado de una rumba, el título acentúa la intención de Paquito D’Rivera de bailar por La Habana como por su casa durante 180 páginas. Y para el caso, elige el vehículo de la ficción, fabulando con su colorido lenguaje narrativas a partir de anécdotas reales, para retratar la época dorada de Cuba al final de la dictadura de Batista y justo antes de la era castrista, una época en la que la ciudad bullía de ambiente nocturno y de personajes del cine, de la literatura y del jazz llegados de todos los lugares del mundo. Un personaje llamado El Tío Antonio nos cuenta sus andanzas por las orquestas de La Habana en primera persona, implicando a personajes tan diversos como Hemingway, Tommy Dorsey, Bebo Valdés, Stan Getz, Philly Joe Jones, Eartha Kitt, Cachao... y Pucho Escalante.

Precisamente, la parte más divertida de la novela es la búsqueda del trombonista Pucho Escalante, huido después de una chiquillada que él y sus amigos le han hecho a un músico de la marina. Aparecen retratados con detalle todos los clubs y garitos importantes del ambiente nocturno de aquella Habana de los 50 en cuya guía telefónica aparecían “1.170 bares y cantinas con ambiente musical, 214 cafeterías con jukebox [...] alrededor de 600 restaurantes –muchos de ellos con música en vivo-, un centenar de tiendas de discos, tres docenas de establecimientos de venta de fonógrafos, 150 casas de venta de pianos y accesorios musicales, 250 sociedades de recreo y clubes con animación musical, medio centenar de orquestas populares e igual número de cabarets”. Por si fuera poco, se podían escuchar por la radio de onda corta los conciertos de Benny Goodman en el Waldorf Astoria de Nueva York. ¿No iban a salir buenos músicos de aquella isla de antaño? Finalmente, Pucho reaparece en un capítulo huyendo desnudo hacia cualquier lugar, para terminar dando la vuelta al mundo con cualquier charanga u orquesta que lo contratara hasta establecerse definitivamente en Nueva York, donde grabaría, entre otros, con Machito y Herbie Mann. Divertido e histórico al tiempo.

Aparte de los personajes musicales, la ironía de Paquito D’Rivera retrata todos los aspectos de La Habana en la que creció, llena de color y contrastes, un imán para personajes singulares como el Caballero de París, el pordiosero más elegante y famoso de La Habana o uno de mis preferidos, el violonchelista ruso Gustav Putin, cuyos numeritos, ya sean vestido de gladiador para sorpresa de la KGB o acudiendo a una cita desnudo y con corbata, son espectaculares. También hay personajes más reales y amargos, como cierto tipo de comunista pre-Castro, el típico comerciante con dinero que por un lado odia a los ricos (por capitalistas) y por otro desprecia a los pobres (porque no pueden pagarle). D’Rivera llama a estos ricos de pueblo “capitocialistas” y, si le añade el componente de ignorancia, “Cubá-non-sapiens billetosus”.

La sensación es la de estar leyendo una novela de David Lodge, con personajes fuera de lo común, en una época en la que la dolce vita duraba en La Habana hasta el amanecer, como si los americanos hubieran trasladado sus felices años 20 a algún paraíso cercano y lo hubieran encontrado en la capital de Cuba. La música y las anécdotas hacen inolvidable una lectura que por momentos nos hace olvidar que es real, fruto de la experiencia y del recorrido vital de este músico.

Cuando uno cierra (¿definitivamente?) el libro, le queda la sensación de haber estado allí en aquellos años, y de haber vivido la mejor época de su vida, porque “no hay duda de que la vida cambia totalmente de color cuando se mira desde un convertible en marcha; sobre todo si el coche se desplaza por el Malecón habanero, una noche fresca de principios de enero, en compañía de buenos amigos y mujeres hermosas. La brisa húmeda y salobre acaricia el rostro y hace florecer el alma, haciéndote caer en un trance del que ya no deseas salir nunca más.”