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RECUERDOS DE GREENWICH VILLAGE

JON GORDON, 7th Ave South (ArtistShare, 2024)

El Village neoyoruino y en especial la 7ª Avenida Sur, hogar de clubs de jazz como el Village Vanguard, el Sweet Basil, el Village Gate... y un club propiedad de los hermanos Brecker llamado Seventh Avenue South, no era en los años 80 lugar para principiantes y el saxofonista alto Jon Gordon era por entonces solo un aspirante a músico de 16 años. Cuenta que acudió con esa edad a ver al cuarteto de Art Taylor, donde estaban el trompetista Clark Terry, el saxofonista Brandford Marsalis y el bajista Ron Carter. Vaya primer concierto al que asistió. En 2024 ha grabado un álbum (7th Ave South) donde rememora el hechizo de aquellos tiempos y de la comunidad de músicos que llenaba aquellos templos del jazz, una mirada atrás para reflexionar sobre el impacto que tuvieron en sus 40 años de carrera musical. 

Jon Gordon es un músico neyorquino que ha trabajado a lo largo de su carrera al lado de artistas como Maria Schneider, Benny Carter, Aretha Franklin, Harry Conick Jr., Bob Mintzer, Clark Terry... La lista es interminable. Su álbum de 2021 Stranger Than Fiction fue nominado como Mejor Disco de Jazz en los premios JUNO, y ganó la Thelonious Monk International Jazz Saxophone Competition con un jurado formado por Wayne Shorter, Jackie McLean, Joe Lovano, Jimmy Heath y Joshua Redman. Su estilo es el de un saxofonista alto melódico creador de frases fluidas y poéticas  con facilidad, al tiempo que intérprete (y compositor) caleidoscópico. Ha trabajado con orquestas sinfónicas y filarmónicas y se permite introducir el álbum con un reprise de su tema "Witness" (de su álbum homónimo de 1995), un tema para coro y trío de piano. Es una introducción inusual, etérea y mística, que da paso a un disco melancólico, de melodías cálidas, que incluye, entre composiciones originales, una versión de "Here, There and Everywhere" (Lennon/McCartney) con la voz de Erin Propp

Desde el vibrante "7th Ave South", que da título al álbum, hasta el final "7th Ave South Reprise" que lo cierra (con su intro en solitario, sin acompañamiento, con ese saxo alto desnudándose y apelando a todas las emociones posibles, para después crear un clímax final con grupo y coro) el disco es un compendio de sus recuerdos en forma musical. Temas tan cool como "Spark", con sus solos, o "Ponder This", donde el tempo lento le permite expresarse con mucha más emoción, son solo ejemplos de un disco basado en la experiencia y el amor al jazz. Recomendable.




SONIDOS DE NUEVA YORK

MANEL FORTIÀ, Despertar (Miscroscopi, 2022)

En cada proyecto en el que hemos escuchado al contrabajista catalán Manel Fortià, hemos podido comprobar su solidez y su capacidad creativa. En su nuevo disco, Despertar, grabado junto a viejos conocidos (Marco Mezquida al piano y Raphäel Pannier en la percusión) presenta un disco meditativo, melancólico, donde recrea sus experiencias en Nueva York, donde vivió entre 2016 y 2020. El disco contiene composiciones originales que brillan por la interacción de los músicos y por la manera tan precisa y bella con que cada uno de ellos ejecuta su papel. 


Manel Fortià es un músico con una dilatada experiencia. A pesar de su juventud, cuenta con más de 50 grabaciones como líder o co-líder e innumerables colaboraciones con músicos de primera línea (Dave Liebman, Chris Cheek, Arturo O'Farrill, Chano Dominguez, Scott Hamilton, Dena Derose...), entre las que destacan su disco de 2021 Libérica, experiencia de jazz y flamenco ideada también en Nueva York pero con un enfoque radicalmente diferente: la nostalgia, nostalgia de la música traidicional catalana que echaba de menos durante su estancia en Nueva York y que fusiona con el flamenco.  

"This album is very important to me because it reflects one of the most transcendent moments in my artistic life. I feel that living in NYC changed me tremendously and I grew a lot there", confiesa Fortià en el libreto del disco.

Despertar es ese crecimiento al que se refiere el contrabajista y, de alguna manera, es también una continuación lógica de otro de sus discos, Bulería Brooklyniana (2018), grabado con un trío similar (con Raphäel Pannier pero con Albert Marquès al piano), una continuación evolucionada, porque aquí encontramos otro tipo de inspiración, más modulada, con un lirismo patente en la perfección del sonido. 



También es el primer disco de Manel Fortià en el que ha firmado todas las composiciones, melodías llenas de sentimientos que pasan de lo íntimo a la euforia y vuelta (""Circular"); momentos muy especulativos ("Saudades", "El día después") en los que se pueden escuchar influencias (confesas) de Charlie Haden y Keith Jarrett escritas para un Marco Mezquida con una personalidad tan fuerte que lleva siempre a un punto brillante y original cada pasaje, como desafiándose a tocar algo que no se hubiera tocado nunca; melodías compuestas con detalle y donde la música americana (ese escenario neoyorquino que suena a blues, a espiritual y a canción) se fusiona con sonidos y ritmos mediterráneos con sutileza, borrando fronteras. 

Recomendable, inclasificable y muy personal trabajo de Manel Fortià y su trío.


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* Web: manelfortia.com

ARTE ROBADO

JASON PALMER, The Concert: 12 Musings for Isabella 
(Giant Step Arts, 2020)

Según cuenta el trompetista Jason Palmer en el libreto de su último álbum, durante su estancia en el Conservatorio de Nueva Inglaterra en Boston, asistió a un concierto del Thelonious Monk Institute en el museo Isabella Stewart Gardner. De aquel concierto han pasado 20 años y guarda un recuerdo muy particular: una serie de cuadros de los que el museo solo mostraba sus marcos vacíos. Detrás de esto había una historia, la de un robo que era, además, un atentado contra el arte. Dos ladrones habían entrado en 1990 en el museo disfrazados de policías y habían sustraído 13 obras de arte de Degas, Vermeer, Rembrandt... Cuando surgió la oportunidad de grabar este disco, Palmer puso sobre el atril doce composiciones, doce reflexiones (como reza el título) inspiradas en esas obras, su belleza, sus historias... Así, Palmer "devuelve" las obras robadas al lugar donde deben estar, en la mente del espectador, donde sus melodías y sus armonías crean imágenes concretas y perdurables.

Jason Palmer sigue avanzando de una manera prolífica por la senda innovadora y personal que abrió en 2008 con Songbook, publicado por la española Ayva Music. De su penúltimo trabajo (Rhyme and Reason) hablamos aquí hace unos meses y aún seguimos escuchándolo. En este nuevo episodio de su discografía, nos presenta un concierto en doble CD con doce temas que ahondan en su propio estilo. Su bop del siglo XXI se sostiene en esta ocasión con sus composiciones y con un equipo impecable: Mart Turner (saxofón tenor), Joel Ross (vibráfono), Edward Perez (bajo) y Kendrick Scott (batería), un quinteto típico de hardbop, con trompeta y saxo, y con vibráfono en lugar de piano, un instrumento que aporta una base rítmica o melódica (según el momento) movediza, aportando un punto salvaje a esa manera de Palmer de reinterpretar el hardbop.

Foto: Jimmy Katz
The Concert: 12 Musings for Isabella se grabó en vivo, en el Hotel InterContinental Barclay de Nueva York en dos sesiones en mayo de 2019 y sale a la venta este 18 de marzo. Como en su disco anterior, los temas tienen una extensión considerable, entre 8 y 15 minutos cada uno, sobrepasando los 10 minutos 8 de ellos, temas enormes donde los solos fluyen sin prisas. Esta laxitud aparentemente anticomercial deja mucho, mucho espacio a los músicos para sus improvisaciones y añade un extra de libertad a su jazz.

En su blog, el mismo Palmer nos explica cómo traslada esa inspiración a la partitura. Nos explica, por ejemplo, como una de las obras robadas (un gu chino con forma de campana o trompeta) le llevó a crear una melodía que buscaba lo folklórico, lo rancio, en la escala pentatónica de la trompeta para darle un aire melódico chino. O como quiso plasmar el río en la pintura Paisaje con obelisco de Flinck con una introducción fluida y una coda con rubato. La simetría en el rostro de Rembrandt en uno de sus autorretratos, llevó a Palmer a "Miyako", un tema de Wayne Shorter simétricamente armónico, en el que se inspiró para escribir un contrafacto ("Self Portrait (Rembrandt)"). Tres jinetes de Degas le dio la idea para un ritmo de 6/4 con una melodía dividida en frases de 3 compases (uno por cada jinete). O como la pintura de Rembrandt Una mujer y un hombre de negro le sugirió una melodía solo con las notas de la teclas negras del piano. Curiosidades de la inspiración. Interesante lo escuchen como lo escuchen.

No es una banda sonora, no es música descriptiva, pero la desbordante imaginación de Jason Palmer como compositor y de todo el equipo a la hora de improvisar, ofrecen motivos musicales suficientemente elocuentes para entender (o imaginar) la historia detrás de cada pintura. Lo recomendable, por supuesto, es escuchar la música al tiempo que contemplan las otras obras de arte, las robadas.


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* Jason Palmer: www.jasonpalmermusic.com

* Más sobre las obras robadas aquí:
   https://www.wbur.org/lastseen/2018/09/15/program-for-an-artistic-soiree

* Giant Steps Arts: www.giantsteparts.org     
[Giant Steps Arts es una fundación creada por el fotógrafo Jimmy Katz y su mujer Dena, una organización sin ánimo de lucro destinada a promover el nuevo jazz. No venden discos, afirman al explicar su filosofía, sino que ofrecen a los músicos facilidades para grabar sin limitaciones ni de espacio ni de creatividad (los discos que hemos escuchado eran todos dobles) y facilitan al músico una buena cantidad de CD's para su promoción.]

MIENTRAS, EN UN CLUB DE NUEVA YORK...

STRANAHAN · ZALESKI · ROSATO, Live at Jazz Standard 
(Capri Records, 2019)

No se me ocurre mejor lugar para grabar un disco en directo que Nueva York. El ambiente es cálido y los clubs pequeños (en su mayoría), lo que produce un cálido interplay entre los espectadores y los músicos. Además, el público suele ser entendido y, en su mayoría, crítico, lo que redunda en un mayor esfuerzo por parte de los músicos. El trío de piano formado por el batería Colin Stranahan, el pianista Glenn Zaleski y Rick Rosato al bajo (se presentan en el disco en este orden), ha elegido el Jazz Standard de Nueva York para grabar su tercer álbum juntos. El nombre del trío, Stranahan / Zaleski / Rosato ya indica claramente un protagonismo compartido. Escuchándolos, se deduce lo mismo: es un organismo vivo que funciona con todas sus partes en una muy buena sincronía.

Pero de los tres, cabría destacar la sofisticación rítmica (y, sobre todo, armónica) del pianista Glenn Zaleski, una joven promesa destacada de la escena neoyorquina que ha tocado en los combos de Ravi Coltrane, Lage Lund, Ari Hoenig... Claro que, si hablamos de ritmo (y estando frente a tres instrumentos de ritmo), habría que destacar el estimulante despliegue de recursos del baterista Colin Stranahan, un músico que lleva grabando desde los 17 años (dicen que fue un niño prodigio) y que ha tocado junto a estrellas como Kurt RosenwinkelFred HerschHerbie Hancock, Wayne Shorter... Si el oyente es capaz de sustraerse al sonido del trío y se concentra únicamente en el trabajo de la batería, escuchará a un músico extraordinario que no solo mantiene el groove todo el tiempo, que no solo permite una cohesión fácil del trío sino que tiene la capacidad de sorprender. Por su parte, el contrabajista Rick Rosato es uno de esos músicos jóvenes que hace de puente entre el jazz clásico y el moderno, un "fabricante de ritmos" que enlaza un sonido tradicional, fácil para el aficionado pero con una personalidad que apunta a lo nuevo.

De izquierda a derecha:
Rick Rosato, Colin Stranahan y Glenn Zaleski
(Foto de Christopher Drukker) 
Entre los tres, ofrecen un concierto de 6 temas entretenido, fácil de escuchar pero que se hace más interesante cuantas más veces se escucha, por lo que es una ventaja tenerlo en disco y no en directo (nunca pensé que escribiría algo así). 

El disco fue grabado en directo en el club Jazz Standard de Nueva York en dos sesiones, los días 7 y 8 de agosto de 2018. Sobre los temas, podríamos decir que es un setlist para descubrir al trío, con cinco composiciones originales (cuatro son de Zaleski y una de Rosato), lo que nos permite apreciar hacia dónde miran estas tres rising stars musicalmente. El tema restante es el standard de Jerome Kern "All The Things You Are". Para no describir tema a tema, podríamos destacar el poderoso riff de contrabajo con el que comienza el álbum, un bajo que se templa para engranar el trío con unos acordes de piano y ritmo, mucho ritmo en todas sus facetas, tanto exploradoras ("Sullivan Place") como baladas. Esta es la manera en que está construido el álbum y el trío, como una poderosa máquina rítmica sin líder


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* Más info: https://www.caprirecords.com

* Web de Zaleski: www.glennzaleski.com

TRADICIÓN E INVENCIÓN

LAFAYETTE GILCHRIST, Dark Matter 
(Lafayette Gilchrist Music, 2019)

Los discos de piano solo ofrecen, al mismo tiempo, un desafío para el músico y una oportunidad para el oyente de escuchar hasta dónde es capaz de llegar el pianista. Escuchando el nuevo trabajo de Lafayette Gilchrist titulado Dark Matter, comprobamos no solo las habilidades físicas e intelectuales del músico (velocidad, versatilidad, fuerza) sino que se nos muestra como un libro abierto: toda su experiencia en proyectos anteriores (The New Volcanoes, Inside Out o David Murray), toda su personalidad y toda su erudición están ahí. Podríamos incluso decir que resume de una manera eficaz (en un viaje que dura 11 temas) no solo las diferentes estéticas de la Historia del Jazz sino de todas las músicas negras. Y, sin embargo, su manos parecen improvisar, moviéndose como olas de un compás al siguiente, de una manera fresca y viva. Una delicia.

Lafayette Gilchrist
Hay músicos (y pianistas en particular) capaces de mostrar un gran virtuosismo a una gran velocidad. Gilchrist tiene, además, una capacidad expresiva que llena los temas. Y no sólo en las blue notes. Sus progresiones de acordes son una maravilla para estudiarse a fondo... junto con su capacidad para improvisar. Su tradicionalismo, por llamar de algún modo a su erudición, no es sumisa sino que usa la tradición a favor de una inventiva fluida y vívida, ese estilo por el que es conocido. Su sonido, vale la pena decirlo, ilustra escenas de series de David Simon como The Wire Tremé. En 2018 ganó el prestigioso Baker Artist Award.

El primer tema ("For The Go-Go") está inspirado en ese estilo musical llamado Go Go que nació en los años 60 y se desarrolló solo hasta finales de los 70 en la zona de Washington D.C., por lo que se considera un estilo local, una rama del funk que se mueve en una curiosa mezcla de rhythm and blues y hip hop de la vieja escuela, una fórmula perfecta para improvisar, que es lo que hace Gilchrist en este tema de presentación con una elocuencia y una expresividad fantásticas, convirtiendo estos 6 minutos en todo un viaje estilístico.



Este es el segundo álbum a piano solo de Gilchrist, tras The View from Here (2014). La inspiración del álbum, que da título al disco, es la materia oscura vista como un elemento físico que une las distintas partes del Universo. Con este peregrino planteamiento, el pianista realiza once ejecuciones que resultan adictivas y únicas, más cuando leemos en la nota de prensa que el disco fue grabado en vivo el 18 de septiembre de 2016 en el teatro Wright de la Universidad de Baltimore para una pequeña y afortunada concurrencia.

Su forma de tocar se mueve en ideas, desde pensamientos íntimos ("Child's Play") hasta gritos de protesta (siempre sin estridencias, como "Spontaneous Combustion" o "Blues for Our Marches to End"), desarrollándose en movimientos circulares que van y vienen con fluidez, expresándose a dos manos con elocuencia, algo que hemos escuchado a pocos pianistas actuales en este estilo (Lluís Coloma podría entrar dentro de este rango) y que nos trae a la mente recuerdos del inimitable Professor Longhair.

Y, al final, uno siente que ha escuchado tanta erudición que es como si hubiera hecho un repaso a la Historia del Jazz y, sin embargo, Gilchrist sigue admitiendo que él viene de la cultura del hip-hop... Lo cierto es que Lafayette Gilchrist tiene una voz propia y única en el jazz, una voz que merece la pena ser escuchada.


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* Web oficial: www.lafayettegilchristmusic.com

* Las fotografías son de la página web de Lafayette Gilchrist.

HISTORIAS DE NUEVA YORK

STÉPHANE SPIRA, New Playground (Jazzmax, 2018)

Afincado en Nueva York, el francés Stéphane Spira presenta en su quinto álbum como líder, una colección de temas inspirados por la ciudad de los rascacielos, temas que suenan modernos pero que tienen su raíz indudable en saxofonistas sopranos de la vieja escuela como Sidney Bechet, Steve Lacy..., eso sí, sin ataduras, como otros de la Vieja-Moderna Escuela, como Ravi o John Coltrane. Comparaciones aparte, Spira destila un sonido personal y vitalista.

Quizás habría que buscar el origen de su personal estilo en su recorrido profesional. Autodidacta, Spira comenzó a tocar el saxo a los 22, enrolándose en las jam sessions de los sótanos de París, donde colaboró con músicos de la escena francesa como el pianista Giovanni Mirabassi y el trompetista Stéphane Belmondo, convirtiéndose en protegido del pianista Michel Graillier, que había acompañado al piano a Chet Baker durante más diez años. De ahí, se mudó a la vanguardia del jazz neoyorquino. Bien tratado por la crítica en sus cuatro álbumes anteriores, presenta ahora un disco en cuarteto con el pianista (también usa el Fender Rhodes) Joshua Richman, el bajista Steve Wood (ha tocado con Herbie Hancock, Wynton Marsalis, Melissa Aldana...) y el joven batería Jimmy McBride.

Foto: Nicolas Guillemot
El repertorio muestra un jazz moderno donde alternan baladas delicadas (pero sin amaneramiento)  como "Nocturne (Song For My Son)" y temas más rítmicos donde se crean ambientes, atmósferas, de una sonoridad original. Hay algo de París y algo de Nueva York en el estilo de Spira. Los temas (casi todos son composiciones suyas) destilan un jazz amable, juguetón, con recursos pero sin prisas, recreándose en el juego rítmico y armónico, ya sea en partituras movedizas ("Peter's Run", "Solid Wood") o en momentos en voz baja ("Underground Ritual").

New Playground es, por encima de todo, una declaración de intenciones. Spira se siente cómodo en Nueva York (quizás por eso use la palabra "playground"), donde ha encontrado músicos a su medida y un lugar donde jugar y experimentar. El álbum está lleno de referencias a la Gran Manzana, como "New York Windows" (que, sin embargo, está inspirado en una canción rusa que era la favorita del padre de Spira, quien, por cierto, adoraba el jazz de Django Reinhardt) o "Underground Ritual" (que hace referencia a una tienda en un sótano donde gente como Wayne Shorter, Mark Turner o incluso Ravi Coltrane solían ir a comprar sus boquillas y reunirse... como en un ritual). Un homenaje a Nueva York que está firmado, como casi siempre, por alguien que ha llegado de fuera para enamorarse de la ciudad... y de su jazz.

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* Web oficial: www.spirajazz.com

JAZZ ENTRE LA BELLEZA Y EL CAOS

MOSTLY OTHER PEOPLE DO THE KILLING, 
Paint (Hot Cup Records, 2017)


Nos llega el último disco del prolífico grupo de Nueva York que todo el mundo conoce por la más manejable abreviatura de MOPDtK, un cuarteto que ahora aparece reducido a trío, con el bajista Moppa Elliott, el preciso baterista Kevin Shea (ambos miembros fundadores del cuarteto original) y, al piano, el versátil Ron Stabinsky, un músico igualmente productivo e imaginativo que se unió a la formación en 2014, en el disco Blue.  


Paint es una ciudad de Pensilvania que sirve para dar título al álbum y, jugando con el significado del nombre y continuando la metáfora, Moppa Elliott va tomando prestados los nombres de otras ciudades del estado cuyo topónimo incluye algún color para los títulos de sus temas y así construir una colección temática, una especie de lista obsesiva, como la de algún asesino en serie, como si fueran pistas para un detective no muy avispado... "Yellowhouse", "Orangeville", "Black Horse"... hasta siete composiciones originales más una de Duke Ellington, "Blue Goose", que, fuera o no una referencia a esa ciudad de Pensilvania, ha acabado formando parte de este álbum. 


En algún lugar leí que algún periodista los había apodado La banda terrorista del bebop, un título que cuadra muy bien con la estética que se presenta en este nuevo trabajo donde el grupo juega a un lado y a otro de la frontera que separa el bop del caos. Siempre experimentando y sin miedo a las etiquetas, MOPDtK se atreven, por ejemplo, a hacer un disco como Loafer's Hollow (publicado también en 2017) con composiciones originales que parecen sacadas de la Era del Swing, o, como su nuevo Paint, un álbum a primera vista mainstream con piezas de corte tan clásico que parecen traídas del pasado. Como es habitual y sus aficionados esperan, el grupo mantiene su habilidad para cruzar esa Línea del Caos en el momento oportuno para convertir cualquiera de estos temas en jazz moderno, atonal y libre hasta lo imposible. Ocurre en "Orangeville", donde el solo de piano se rompe y vuelve a recomponerse casi sin sentido, o en "Black Horse", por ejemplo, un tema de espíritu bebop en el que Stabinsky muestra una agresividad brillante en el ataque al piano, o en "Plum Run".

Por ahí se dice que el jazz moderno debe estar reñido con la belleza, el canon o la perfección, pero encontramos en este disco momentos de inestimable belleza que el grupo asume sin vergüenza: cuando Elliott toca con el arco en "Blue Goose" o el blues final "Whitehall", que tiene un comienzo delicioso y placentero que acaba cargándose de energía, o el tema para piano "Golden Hill", de una emoción casi excesiva...


En palabras de Elliott, "en lugar configurarse en un estilo o periodo histórico, MOPDtK fusiona todo el espectro del jazz y las diversas formas de música improvisada, engendrando una mezcla única e inconsútil de super-jass".

Lo cierto es que la libertad del formato de trío permite al grupo momentos de improvisación colectiva sin obligarle a excentricidades más notorias como las de sus primeros álbumes. Esto dicen que es una filosofía, no una estética. No entraré en eso. Me quedo con la energía y el inestimable interplay de estos tres músicos y su visión libre y lenitiva del bop.

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* MOPDtK en la web de Hot Cup Records: www.hotcuprecords.com

* Web de Moppa Elliott: www.moppaelliott.com

MADE IN NEW YORK

Exploraciones de Luis González Trío 


Made in New York (PSM Records, 2016) es el sexto álbum de este trío liderado por el pianista Luis González. Once temas grabados en el Samurai Hotel Estudio de Nueva York en los que muestran un jazz de factura original, a caballo entre las influencias bop y la llamada Tercera Vía, presenta aquí unos temas imaginativos, de una bellísima fluidez, donde el trío se permite coquetear con influencias latinas y flamencas, sutiles, elegantes.

El estilo del pianista Luis González (Jerez de la Frontera, 1980; formado en el Conservatorio de Gerona) es un compendio de estilos, que lo han llevado de una formación a otra: flamenco jazz (Soniketeké), jazz fusión (Free Zone 4tet), jazz inspirado en la música sefardí (Sepharazz Mishpaha)... además de colaboraciones con orquestas clásicas como Orquestra Simfònica del Vallès, Orquestra de Cambra de l’Empordà..., que podrían explicar sus especulaciones jazzísticas en torno a la música de Bach ("Sarabande BWV 812"), un compositor que está llegando al jazz con demasiada frecuencia últimamente y con muy interesantes resultados; aquí, procesada en un delicioso tempo medio, como corresponde a esta danza tradicional, ejercicio que se repite con Bartok en  un tema que alterna ritmos binarios y ternarios, algo propio de algunas músicas tradicionales de los Balcanes (y también del flamenco) y que Bartok denominó ritmo búlgaro (el tema es "Bulgarian Rhythm" y contiene una obsesiva línea de contrabajo que remarca la expresividad del piano).



El trío lo completan Joan Solà-Morales al contrabajo (un bajista que suena a clásico y que se oye serio, incansable, tanto acompañando como cuando le toca protagonismo) y el baterista César Martínez (contundente y versátil como corresponde a un baterista de jazz), pero a lo largo de los seis discos de la carrera de este trío, han grabado (paradójicamente) en cuarteto, quinteto, sexteto... En el presente álbum colaboran músicos de diferentes nacionalidades afincados en Nueva York, como el  guitarrista israelí Gilad Heckselman (Esperanza Spalding, John Scofield...), capaz de aportar el toque oriental del flamenco mientras González deshace el teclado en notas de blues ("Frigi Blues"); el saxo tenor Lucas Martínez (emotivamente porteño en la versión del "Libertango" de Piazzola) y la vocalista Laura Noah, que hace una convincente revisión jazzística del clásico de Jimmy Cliff "Many Rivers to Cross", amén de aportar una composición de su propia autoría ("Dentro de mí").

En resumen, una amalgama de experiencias e influencias que se entrecruzan en la biografía de Luis González tanto como en su música, un punto de encuentro que cataliza en Nueva York, ciudad a la que el pianista dedicó una compleja e interesantísima suite y que es, también, el gran ejemplo de la fusión de culturas, músicas, músicos...

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* Web oficial: luisgonzalezmusic.com

** PSM Records: www.psm-music.com/luisgonzaleztrio/

POTENCIA CONTROLADA

Espectacular debut del joven cuarteto Earprint

Earprint es un cuarteto sin piano ni guitarra, algo poco habitual. Formado por los americanos Kevin Sun (saxo) y Tree Palmedo (trompeta) con el bajista chileno Simón Willson y el baterista israelí Dor Herskovits, el cuarteto lanzan estos días su primer trabajo, titulado como el grupo, Earprint, y editado por la discográfica Endectomorph Music, ubicada en Brooklyn.




Al escuchar el álbum, lo primero que sorprende es el comienzo, impresionista y monkiano, deconstruyendo la melodía de una manera muy inteligente, más grato cuando uno se da cuenta de que está ante un cuarteto muy joven, hecho que quizás justifica lo arriesgado de su propuesta musical, agresiva, contundente, donde sobresale el ansia de riesgo y donde brilla un jazz forzado hasta las últimas consecuencias. "Quería montar algo donde realmente pudiera trabajar en escribir música difícil" ("I wanted to put something together where I could really work on writing difficult music,"), manifiesta Kevin Sun, quien, por cierto, fue discípulo de Miguel Zenón. No hay complacencia.

Earprint es otro disco incómodo que termina siendo un placer para los oídos. Lo mejor: la conjunción espiritual entre los dos instrumentos de viento y la contundencia y el protagonismo que tiene Dor Herskovits en la percusión (un ejemplo fantástico podría ser "The Golden Girder Strikes Again", pero la fuerza de Herskovits está en todo el álbum), algo complejo y demasiado feroz para algunos oídos (estoy seguro) pero que provoca placer, el placer de volver a sentir que el jazz puede transmitir energía.

Cuarteto sin piano. Parecen preguntarse: ¿Para qué un piano?

El álbum contiene temas agresivos como "Happy", cuyos momentos atonales y sus cambios de ritmo dan sentido al concepto del álbum. Según Herskovits, está inspirado en las teorías de Ornette Coleman, pero a mí me recuerda en algunos momentos al Mingus de "A Foggy Day". Otras composiciones, como "School Days", inspirado por el rítmico colorido de una pintura de Allan Rohan Crite, ofrecen una sonoridad rítmica distinta, por momentos festiva, que recuerda (vagamente) sonidos rockeros o caribeños, como si se hubieran traído el concepto de calypso de Sonny Rollins a la batería moderna de jazz. "Anthem" es eso, un peculiar e intenso himno. "The Holy Quiet" está inspirado en los sucesos de Charleston (Carolina del Sur) y está lleno de experimentaciones tímbricas y rítmicas que se completan con el uso de ruidos y efectos; este tema contrasta con el dinamismo de "Colonel", inspirado por los movimientos de un Yorkshire Terrier. "Six Nine" es quizás el tema más completo y complejo del disco, un ejercicio de maestría y temperamento, donde furia y paz, calidez y dureza, se alternan en una composición sorprendente. 

En resumen, 11 temas originales y un cuarteto que asume los riesgos del jazz sin miedo. Recomendable para mentes abiertas.

"Malinger" es quizás uno de los momentos de (falsa) paz en el disco:

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ARRIESGADO ECLECTICISMO

Beekman Vol. 02 (Ropeadope Records, 2016)

Hace un año, nos sorprendió el primer disco de Beekman, un combo formado en Nueva York con músicos de varias nacionalidades. Andaban presentando Beekman Vol. 1 (editado en Chile por Discos Pendiente) un repertorio original y ecléctico donde la experimentación y la interacción entre sus miembros era continua, un festival interminable de sonidos e ideas que  fluía con una naturalidad sorprendente. Ahora nos acaba de llegar Beekman Vol. 02, publicado por la discográfica neoyorquina Ropeadope Records, la misma que ha publicado a Christian Scott, Grant Green Jr. o Christian McBride.

Nacido en 2012 en Brooklyn, el cuarteto está formado por el saxofonista Kyle Nasser (que obtuvo muy buenas críticas con su disco de debut como líder, Restive Soul), el experimentado pianista gallego Yago Vázquez (que forma parte tambien del trío Stream y que debutó en 2011 como líder con Chorale), más dos chilenos: el bajista Pablo Menares (ha tocado con Arturo O’Farrill, Randy Brecker, Greg Osby, Melissa Aldana, Claudia Acuña...) y Rodrigo Recabarren (miembro de varias formaciones en activo y sideman de Chris Potter, Kenny Barron, Melissa Aldana, entre otros).

Como en casi todos los discos de jazz, el equilibrio entre las distintas personalidades de los músicos y el trabajo en equipo es fundamental. Aquí, esta mezcla aporta una rica diversidad que se traduce en un jazz muy difícil de etiquetar, donde el oyente puede (debe) dejarse sorprender por unas partituras cambiantes, que evolucionan a lo largo de los temas sin contemplación, mostrándonos desde experimentos y acrobacias rítmicas acometidas con pulso firme y templado hasta momentos líricos e íntimos (recomendable "En otro lugar", con un Nasser clásico y sólido). Beekman es un sistema de fuerzas en el que se da un equilibrio tenso, principalmente entre los instrumentos armónicos, creando un tira y afloja entre la ruda matemática del saxo (Nasser maneja con rebeldía el tenor y el soprano) y la expresividad sincopada del piano (a veces, Rhodes) de Vázquez. Sorprende el peso de la sección rítmica y la diversidad colorista que logran en algunos temas.

Beekman
Beekman Vol. 02 es un disco exigente, que obliga al oyente a prestar un extra de atención y a mostrar cierta cultura musical, un disco no apto para principiantes ni neófitos, atractivo desde el punto de vista de lo inusual, aunque gustará también a los fanáticos del jazz mainstream. Sus temas, eclécticos y heterogéneos, son fruto del talento compositor de sus distintos miembros (por separado) y conforman un álbum ambicioso y cambiante, con momentos de gran inspiración, momentos de serenidad y momentos de gran tensión, como los últimos (y viscerales) minutos de "Moved by Clouds". 

Sin embargo, queda patente que esta filosofía inquieta es también aplicable también a los tempi lentos, donde el cuarteto sigue manifestando su jazz inconformista con igual éxito, como en "Something Unsettled" o en la bellísima coda del álbum que es "Farewell", que es como un bálsamo lenitivo tras las píldoras de energía que han ido cayendo durante la escucha. Beekman vuelven a sorprender.

El tema del vídeo es "Veredict's Out". Ojo al intro, que en el álbum aparece como un tema separado. Como dicen en la página web de Ropeadope Records, "One must hear to understand".

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* Web oficial: http://beekmanmusic.com 


 

PADRE & HIJO

A Spike Lee joint

La película comienza con un cartel que aboga por que Brooklyn se independice de los Estados Unidos, forme su propia república y redacte su propia constitución. Es el primer grito negro, reivindicativo, medio en broma, medio en serio, de la primera película de Spike Lee, Nola Darling (She’s gotta have it, 1986). La peli, sin embargo, no tiene carácter político ni nada por el estilo. Es una película sobre la vida sexual de una mujer, la que da título a la versión española, Nola Darling, una mujer que disfruta de tres relaciones al mismo tiempo. Tiene tres novios, uno que la hace reír, otro que le ofrece la perfección superficial (es elegante, sofisticado, tiene dinero y se preocupa por su cuerpo) y un tercero que conecta con su interior (le escribe poemas y comparte sus sentimientos).
Este lío sentimental contiene muchos clichés de los 80, unos positivos y otros más plastificados, como esa sofisticación impostada de aquellos postmodernos de mediados de los 80, algunos de los cuales Lee parece haber heredado de otro neoyorkino: Woody Allen; en especial, esa técnica de hacer que los personajes se autoanalicen, que pongan sus sentimientos sobre la mesa intentando demostrar esa filosofía postmoderna que propugna que hay que desmenuzar la vida sexual del individuo para entender su verdadera personalidad, cosa que hacen los propios personajes en escena una y otra vez. En este sentido, Nola Darling es una película (casi) de Woody Allen, en blanco y negro (correcta fotografía de Ernest Dickerson), esta vez, para ser concretos, en negro.

La productora de Spike Lee se llama 40 Acres and a Mule, y compagina sus películas con trabajos más ligeros como video-clips musicales, entre otros alguno de Miles Davis. Nola Darling es su primer largometraje como director y para crear la banda sonora, como ya había hecho en algunos cortometrajes, sea por nepotismo, por genialidad o por falta de presupuesto (se rodó en 12 días, con 175.000$ y recaudó 7 millones), Spike eligió a su padre, Bill Lee, para llenar de jazz esta película. Después participaría en otras bandas sonoras (Mo’ better blues, Do the right thing).
Y este es su acierto. La peli comienza como una película muda, con una sucesión de fotografías en blanco y negro (todo el metraje es en blanco y negro salvo una escena, otra excentricidad sólo permisible en la época en que se rodó). Suena una balada que recuerda las bandas sonoras de las películas de los 40, con un piano (Cedar Walton) que recrea la sonoridad de aquellos que acompañaban las películas mudas en los cines de barrio y una trompeta (Virgil Jones) de un laconismo que encaja a la perfección con la templanza con que Nola Darling vive su vida y que da paso a su primera aparición en la pantalla, fabulosa, en su cama rodeada de velas, promesa de la sexualidad alrededor de la que ronda la cinta, y su primera confesión dedicada a la cámara, otro truco heredado de Woody Allen, que, al mismo tiempo, es un desafío al espectador, al que se va hacer juez y parte de este juicio de valor en torno a la vida sexual y aparentemente desordenada que nos van a contar.
Como en las bandas sonoras que acompañaban a las películas mudas, la partitura debe reflejar de una forma descriptiva las incidencias del argumento. Hay cierta displicencia en las baladas que describen la falta de vehemencia con la que Nola vive su(s) vida(s); una casi total (y significativa) ausencia de música para describir a los personajes masculinos; un tema cantado en la línea de los musicales de Fred Astaire (sin abandonar la línea principal de la banda sonora) a cargo de Ronnie Dyson; y toques de jazz avant-garde, mezcla de ritmos rotos y asonancias, para los momentos en que se desestructura la vida de Nola... Jazz al servicio del argumento, que no es poco.
Aparte de ser padre de cineasta, de actores y de un fotógrafo, aparte de sus escarceos con las drogas y de sus bandas sonoras, Bill Lee es reconocido como un sideman de largo recorrido (ha trabajado, por ejemplo, con Clifford Jordan en The adventurer y en Glass bead games...), así como por ser el bajista de Bob Dylan, pero sobre todo por su trabajo como director musical de películas y de obras de teatro. En los temas de esta película, Bill Lee (bajo) aparece acompañado por Harold Vick (saxos soprano y alto), Virgil Jones (trompeta y fiscorno), Cedar Walton y Stanley Cowell (piano), Joe Chambers (percusiones) y Kenny Washington (batería).
Esta película es el comienzo y la explicación: Bill Lee es el secreto de cómo y a qué suenan las películas de Spike Lee.
Más info en la web Black classic movies.

Ésta es la única escena en color de la película:

FEDERICO GARCÍA LORCA

El rey de Harlem (fragmento)

Un estudiante pelirrojo lee apoyado en el alféizar de la ventana. Hace rato que ha pasado la medianoche y Nueva York se yergue aún, priápica, sobre el lodo de las calles.

Lee a Lorca en silencio:



[...]Es preciso cruzar los puentes
y llegar al rubor negro
para que el perfume de pulmón
nos golpee las sienes con su vestido
de caliente piña.
Es preciso matar al rubio vendedor de aguardiente
a todos los amigos de la manzana y de la arena,
y es necesario dar con los puños cerrados
a las pequeñas judías que tiemblan llenas de burbujas,
para que el rey de Harlem cante con su muchedumbre,
para que los cocodrilos duerman en largas filas
bajo el amianto de la luna,
y para que nadie dude de la infinita belleza
de los plumeros, los ralladores, los cobres y las cacerolas de las cocinas.
¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!
No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
a tu violencia granate sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero, con un traje de conserje.

De fondo, suena Charlie Mingus, interpretando la angustia y la oscuridad...



Tenía la noche una hendidura
y quietas salamandras de marfil.
Las muchachas americanas
llevaban niños y monedas en el vientre,
y los muchachos se desmayaban
en la cruz del desperezo.
Ellos son.
Ellos son los que beben el whisky de plata
junto a los volcanes
y tragan pedacitos de corazón
por las heladas montañas del oso.

Aquella noche el rey de Harlem,
con una durísima cuchara
arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara.
Los negros lloraban confundidos
entre paraguas y soles de oro,
los mulatos estiraban gomas, ansiosos de llegar al torso blanco,
y el viento empañaba espejos
y quebraba las venas de los bailarines.
Negros, Negros, Negros, Negros.
La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca arriba.
No hay rubor. Sangre furiosa por debajo de las pieles,
viva en la espina del puñal y en el pecho de los paisajes,
bajo las pinzas y las retamas de la celeste luna de cáncer.
Sangre que busca por mil caminos muertes enharinadas y ceniza de nardos,
cielos yertos, en declive, donde las colonias de planetas
rueden por las playas con los objetos abandonados.
Sangre que mira lenta con el rabo del ojo,
hecha de espartos exprimidos, néctares de subterráneos.
Sangre que oxida el alisio descuidado en una huella
y disuelve a las mariposas en los cristales de la ventana.
Es la sangre que viene, que vendrá
por los tejados y azoteas, por todas partes,
para quemar la clorofila de las mujeres rubias,
para gemir al pie de las camas ante el insomnio de los lavabos
y estrellarse en una aurora de tabaco y bajo amarillo [...]

En cualquier momento, el día despuntará con el temblor de una duda que se hace visible.
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* La foto se titula Black jews, Harlem (1929) y retrata a un grupo de judíos negros delante del Moorish Zionst [sic] Temple en Harlem. Fue tomada por James Van Der Zee, el fotógrafo afroamericano que retrató el Renacimiento de Harlem, el movimiento literario que da fe del peso de los escritores negros en los años 20.

ENLACES:
* Sobre el poema de Lorca: www.liceicassano.it
* Juan de Dios García habla sobre la cultura del blues y del jazz en García Lorca en La música y las fieras.

HISTORIAS DE LA NOCHE (A TODO COLOR)

Jorge González & Horacio Altuna, Hate Jazz (Sinsentido)

La noche. La Nueva York previa al 11-S. El odio. Así comienza Hate jazz, el cómic de Jorge González y Horacio Altuna que demuestra gráficamente que del peor odio puede surgir el mejor jazz, algo que los mal pagados músicos de los años 40, que tocaban en clubs de lujo donde sólo podían entrar los blancos, sabían muy bien.

Gran formato, espectaculares y heterodoxos dibujos que van desde el más simple bosquejo a lápiz hasta el colorismo más efectista, referencias y más referencias a músicos y standards, un guión amargo y lleno de cicatrices, las palabras justas, el mensaje exacto y varias historias entrelazadas dan vida a Hate jazz...

La de Clarence T comienza cuando, empujado por el mono, irrumpe en el club Dolphins para pedir los atrasos necesarios para chutarse y termina de forma fatal. En el Dolphins toca un cuarteto formado por Nat y Emmet Gayle, dos hermanos enamorados de la misma mujer; por Cecil, un pianista ambicioso pero mediocre, que quiere triunfar plagiando descaradamente solos de McCoy Tyner, Hank Jones... y, por último, está Chester, al saxo, un músico privilegiado que tiene el don de evadirse mientras toca. Su historia es la más compleja y la más dramática. Chester libera su asco existencial oyendo a Sonny Rollins en el taxi que conduce y tocando por las noches en el Dolphins. Una serie de casualidades y unos pijos snobs enredan una trama (que podría haber escrito Paul Auster) cuando le pagan para que toque jazz mientras tienen una sesión de sexo y drogas. Chester acepta, pero se evade, desvaneciéndose en su propia música, cada vez más abstracta y pura, construyendo maravillas a partir de It’s easy to remember, Too young to go steady, All or nothing at all... y de los compases de su propio odio. Dos asesinatos ponen punto y final a este clímax.

Porque todas las historias de este volumen tienen un final trágico, como la ciudad, esa Nueva York que acabará abatida por el terrorismo islámico, y demuestran, como lo hacen los personajes con su música, que hay mucha buena música nacida del peor odio. 

Hate jazz es la segunda colaboración, tras Hard story, de Jorge González con Horacio Altuna, ese dibujante argentino autor de Ficcionario, ese dibujante que trabajó para la edición argentina de Playboy, uno de los pocos cuyas mujeres hacen sombra a las de Milo Manara, el primer extranjero galardonado con el Gran Premio en el Salón Internacional del Cómic de Barcelona (2004)... y que aquí ejerce sólo de guionista para los dibujos de Jorge González ya que, como dijo en una entrevista en el blog Comic Peru, tiene "más ideas que tiempo para dibujarlas". Así pues, un dibujante que ejerce de guionista para otro dibujante. Eso se llama confianza. 

Hate jazz es un descubrimiento que encontré hace tiempo en Lenoir.es (sí, esa tienda que sólo tiene libros sobre música) y que me resistía a comprar porque hace tiempo que sólo encuentro cómics estereotipados y superficiales. Esta historia, sin embargo, confieso que me sigue rondando la cabeza pidiéndome una relectura que, de momento, guardo para otro momento más sosegado, quizás una tarde de lluvia, en ese momento en que comienza a hacerse de noche y apetece algo amargo para beber. Pero, para eso, habrá que esperar al otoño.

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Las imágenes son del cómic. Hay más imágenes y algunos bocetos en b/n y color en la página de Jorge González: www.jorge-g.com


52nd Street themes

Lo que más me gusta de Joe Lovano es su clasicismo, su fe en el mainstream, y es que alguien tiene que mantener vivo esto. Con Scolohofo o como líder, Joe Lovano se ha caracterizado siempre por una ortodoxia maravillosa, un vamos-a-hacerlo-bien que nunca defrauda (quedan olvidados los escarceos con el avant-garde, el amor es así de benévolo) y aunque es capaz de hacerlo a su manera a mí me gusta por eso, por su clasicismo.
De hecho, hay temas en este álbum como Sippin’ at bells o Whatever possess’d me en que este noneto nos remite inevitablemente al Noneto Capitol de Miles Davis (Birth of the cool). Los músicos que acompañan al tenor de Lovano son: George Garzone y Ralph Lalama (también tenores), Steve Slagle (saxo alto), Gary Smulyan (saxo barítono), Tim Hagans (trompeta), Conrad Herwig (trombón), John Hicks (piano), Dennis Irwin (bajo) y Lewis Nash (percusión); un combo que son muchos combos, porque en los 13 temas de este disco suena siete veces el noneto, pero también hay un tema de saxo solo, un dúo, un trío, un cuarteto y dos sextetos, demasiados grupos en uno como para no reconocer de rodillas la versatilidad y la supremacía de Lovano al saxo.
A la altura de Lester Young, Lovano compila una colección de standards que nos remite a una época memorable, los años 40 y 50, cuando la Calle 52 era lo más, ya que reunía en sus aceras los mejores clubs de jazz de Nueva York: el Downbeat, el Onyx, el Three Deuces... Ian Carr, en su biografía de Miles Davis*, describe aquella Meca del jazz de este modo: “Una franja de edificios de color marrón entre las avenidas Quinta y Sexta confería su singular aspecto a la calle 52. Durante los primeros años del siglo cada edifico albergaba a una sola familia adinerada, pero hacia el final de la Ley Seca ya se habían dividido en pequeñas tiendas y clubes subterráneos. A mediados de la década de los cuarenta la calle estaba en su apogeo, con clubes como el Three Deuces, el Downbeat, el Famous Door, el Spotlite, Kelly’s Stables, el Yatch Club y el Onyx. Los sótanos, que parecían madrigueras, eran demasiado estrechos para las big bands y por lo tanto por todas partes florecían grupos pequeños”. Aquí acudía Miles Davis a escuchar y aprender a comienzos de los 40, allí acompañó al grupo de Charlie Parker en el Three Deuces a comienzos del 45 y allí se fraguaron las ideas de su cool y los conceptos de sus primeros discos como líder.
Volviendo al álbum de Lovano, encontramos momentos memorables y, por encima de todos, un tema que destaca, un tema en el que el setlist se detiene. Comienza a sonar y es como si lo hubiéramos puesto aparte, como un single con una sola canción (sí, soy de aquella época): Abstractions on 52nd street, un espléndido solo de saxo que dura todo el tema, hipnotizante, Lovano sacándose repertorio de la manga, sin red; impresionante.
El disco se crece a partir de este tema. De camino al clímax, más temazos para terminar de oír el disco como una epopeya. Primero, la melodía de la Calle 52 (52nd street theme), con doble solo de saxo incluido, un tema que suena a toda prisa, como si tuvieran que caber en cuatro minutos todas las sensaciones de esta calle que fue el paraíso del jazz en su día, para luego terminar con una versión almibarada al estilo de las orquestas de los años 50, de Embraceable you. Uno lo oye y se ve a sí mismo en blanco y negro en esta calle, en otra época.
Genial Lovano. Te traslada.
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* Ian Carr, Miles Davis. The definitive biography, 1998 (disponible en España en RBA bolsillo: ISBN 978-84-89662209).