Mike JONES, Penn JILLETTE & Jeff HAMILTON, Are You Sure You Three Guys Know What You’re Doing? (Capri, 2023)
La historia comienza en su teatro en Las Vegas, donde Penn Jillette representa cada noche su show de ilusionismo y humor junto a Teller (Penn & Teller llevan 45 años actuando juntos) con el pianista Mike Jones como director musical. Jeff Hamilton se le acerca y le propone grabar un disco juntos. "Penn se asustó", recuerda Jones. “Estaba más nervioso que nunca. Era un caso perdido y repetía: 'Esto es absurdo. Estoy fuera de mi liga'. Pero lo tranquilicé y fue una sesión divertida que resultó genial”. Esto ocurrió hace varios años. Entre medias, Penn se atrevió a grabar con Jones a dúo un disco: The Show Before The Show (Capri Records, 2018), del que hablamos en su día, pero aquí la temperatura sube con la presencia de Jeff Hamilton, quizás el batería más efervescente y placentero de escuchar del panorama actual, todo experiencia y elegancia. Juntos, hacen ese jazz clásico y lleno de momentos que nos gusta, jazz serio que divierte. Y no hablamos de humor, sino de placer.
Foto: Ezekiel Zabrowski
El disco comienza con el chispeante "'S Wonderful" de Gershwin y sí, Penn hace caminar a su contrabajo. Como dice Bill Prady en las notas del disco acerca del "mago que toca el contrabajo", es un bonito walking, de esos "en los que te quitas el sombrero para saludar a las damas y sonreír". Juegos de palabras aparte, el humor está en los recursos inagotables de estos músicos, en la sorpresa continua. El trío se compenetra a la perfección (Penn no es un músico principiante y se acerca al estilo de Ray Brown) y el disco burbujea desde el principio, especialmente cuando tocan blues como "Doxy" de Sonny Rollins (qué solo de batería) o temas más amables a los que sacar brillo, como "On Green Dolphin Street" o "The Girl From Ipanema", donde el contrabajo lleva la melodía desde el inicio.
El repertorio, de principio a fin (como uno espera de un disco donde esté Jeff Hamilton) es el que a cualquier aficionado al jazz clásico le gustaría. Un trío tradicional, un sonido brillante y muchos recursos no exentos de humor. Por cierto, la portada es de David Silverman, animador en The Simpsons.
En esta época en que no hay una estética de jazz dominante, el aficionado encuentra, en consecuencia, una oferta tan variada como apabullante. ¿Qué escuchar? La calidad, sin duda. Calidad, creatividad y virtuosismo garantizan siempre el placer. Sin embargo, todos volvemos de vez en cuando la mirada al pasado, a aquellos clásicos del jazz que rompieron moldes. ¿Por qué? Probablemente porque la síncopa, el blues y el swing inherente a aquellas improvisaciones son lo que nos hicieron enamorarnos del jazz. Hoy escuchamos varios discos de músicos actuales que reviven esos sonidos con temas nuevos o versiones de standards.
GRAHAM DECHTER, Major Influence (Capri Records, 2021)
El primer álbum que ponemos es Major Influence y, como su nombre indica, está fuertemente influenciado por los Grandes. El guitarrista de Los Angeles Graham Dechter ha compuesto 7 de los 8 temas del disco abducido por la influencia palpable de guitarristas clásicos (Charlie Christian, Kenny Burrell, West Montgomery), pianistas (Monk) o saxofonistas (Bird). Este es su tercer álbum como líder.
Dechter es un joven virtuoso de las seis cuerdas que se mueve con facilidad entre estilos, desde el bop ("Billy's Dilemma") a la bossa ("Coracao Brasileiro"), que sabe mantener el ritmo y el interés del oyente durante todo el álbum con recursos inagotables y frases que parecen hacer cantar a la guitarra y es capaz de hacer riffs vertiginosos, como ese juego final de llamada-respuesta en "Orange Coals", es una montaña rusa.
En este, su tercer álbum, el primero en diez años, le acompañan Tamir Hendelman al piano, John Clayton al bajo y Jeff Hamiltonen la batería. Desde su anterior disco hasta ahora, ha estado involucrado en proyectos como The Clayton-Hamilton Jazz Orchestra o The All Saints Church Jazz Vespers, aparte de sus colaboraciones con Michael Bubblé, John Pizzarelli... Major Influence contiene un repertorio que presenta a un guitarrista inefable, con una voz personal y que apunta a una larga carrera. No se lo pierdan.
ALEXANDER BEETS, Big Sounds (Maxanter Records, 2021)
Otro "monstruo" que estamos escuchando con pasión es el saxofonista holandés Alexander Beets, que hace honor a su apodo (The Hurricane) en su nuevo disco, titulado Big Sounds y donde interpreta a un ritmo devastador grandes temas clásicos. Swing demoledor, armonías en los vientos y ritmo, ritmo, ritmo, todo ello con un estilo en el tenor que recuerda a los grandes colosos de la época dorada del jazz. Este álbum llega después de otros trabajos de Beets donde homenajeaba a sus héroes (Tribute to Stanley Turrentine y Sandborn Sound) y viene acompañado por Ellister van der Molen a la trompeta, Miguel Rodríguez y Sebastiaan van Bavel al piano, Marius Beets al bajo y Tim Hennekes a la batería.
Desde que abre el álbum con un apropiado "Blues For The Legends" Beets muestra su predilección por los sonidos mainstream que van del cool al hardbop, con constantes guiños a los grandes del tenor, todo ello a todo tren, en composiciones nuevas y en clásicos como "The Look Of Love" o "The Man I Love", para terminar con un vitalista "What Happened To The Days?" que podría interpretarse como una pregunta filosófica sobre hacia dónde camina el jazz.
Hasta que llegue un vídeo de su nuevo álbum, les dejo este testimonio de su virtuosismo junto a la New York Round Mignight Orchestra.
MARTIN WIND, My Astorian Queen (Laika Records, 2021)
El bajista alemán Martin Wind celebra sus 25 años en Nueva York con un álbum dedicado a la ciudad que le acogió y en cuya escena jazzística consiguió integrarse de una manera estable. Fue el pianista Bill Mays, al que conoció en el North Sea Jazz Festival de Rotterdam en 1992, quien le animó a mudarse y se convirtió en su mentor. Después de una veintena de grabaciones como líder o co-líder, y de experimentar con nuevos sonidos en sellos como ACT o What If? Music, Wind mira hacia el jazz clásico para homenajear a Nueva York.
Con su cuarteto: Bill Mays, Scott Robinson (saxo tenor, saxo bajo, clarinete y trompeta) y el baterista Matt Wilson, Wind presenta My Astorian Queen como un álbum conceptual en el que nos cuenta su historia en la ciudad, comenzando con "Mean What You Said" de Thad Jones para contarnos la primera vez que entró en el mítico Village Vanguard:
Pero el tema de Thad Jones no es la única versión que podemos escuchar. Aparte de los temas originales (tres de Wind y uno de Bill Mays), escuchamos "Broadway" (Wilbur H. Bird) con el que recuerda su paso por las orquestas de musicales, un tema donde Scott Robinson toca el saxo bajo, con un rudo sonido que desafía, con una voz potente y casi humana, la versión de Stan Getz (In Paris 1958). Getz hizo famoso junto a Joao Gilberto "E Preciso Perdoar", un tema que aquí adquiere una personalidad única con el liderazgo del bajo. Con el enorme "There’s a Boat that’s Leaving Soon For New York" de George Gershwin (Porgy & Bess) como metáfora de su llegada a la Gran Manzana, y el inevitable "New York, New York" (Fred Ebb & John Kander) popularizado por Sinatra, Martin Wind redondea un álbum que es un homenaje al regalo musical e inspirador que es la ciudad de los rascacielos y, de paso, nos devuelve una parte considerable de la magia que esta ciudad infundió al jazz a partir de los años 20.
Keith Oxman, últimamente muy prolífico, se une a Houston Person en Two Cigarettes In The Dark sin más pretensiones que deleitarnos con buen jazz, clásico y sentimental, poniendo el foco no en la innovación sino en una interpretación llena de alma y sentimiento, ese sentimiento que solo el saxo tenor es capaz de compartir. Durante toda la Historia del Jazz han sido muchos los saxofonistas que han destacado por saber explotar esa sentimentalidad que solo es posible en el tenor y en la suavidad de sus graves (Webster, Young, Rollins, Gordon...), cualidad que Oxman y Person comparten.
El año pasado fui a un concierto de Houston Person en la Universidad Iberoamericana de La Rábida pero, a última hora y por motivos de salud, Person no llegó. Lo sustituyó Jesse Davis, que dio un concierto magnífico... pero tengo la espina clavada de no haber escuchado al tenor de Carolina del Sur. Ahora, Keith Oxman nos lo trae en este formato ya tan clásico de two-tenors-album del que hablamos no hace mucho cuando hablábamos del álbum de Enric Peidro y Ray Gelato.
Desde el swingueante "Voss Is Boss" hasta el blues de "Sweet Sucker" pasando por el soul jazz ("Wind Chill"), el álbum explota este formato con un repertorio de temas clásicos y también originales, y lo hace sobre una sección rítmica muy clásica y eficaz formada por Jeff Jenkins al piano (un contrapunto excitante a las melodías de ambos tenores), Ken Walker al contrabajo y Paul Romaine a la batería. La cantante Annette Murrell se suma en dos canciones ("Everything Happens To Me" y "Crazy He Calls Me"), aportando un tono aún más anacrónico, atemporal.
A toda esta intención clasicista hay que sumar la gentileza de indicar en la contraportada en qué canal suena cada saxofonista, algo que se agradece (y que ya se hacía en los discos clásicos de principios del estéreo) para que el aficionado escuche y disfrute de la diferencia, con esa calidez llena de sentimentalidad de Person y esos fraseos largos, inspirados, sentidos, de Oxman.
El tema más estimulante del disco es, sin duda, el que le da título. "Two Cigarettes In The Dark" fue escrita para el musical Kill That Story en 1934 por Lew Pollack con una letra de Paul Francis Webster que luego cantó Betty Carter y que aquí no aparece, pero la versión instrumental cantada por ambos tenores a dúo es fabulosa al tiempo que delicada. Sobre la base rítmica del piano, con sus acordes a tempo medio, complacientes, Oxman despliega la melodía clásica en toda su extensión para ofrecer a Person, mediado el tema, la oportunidad de replicar con elegancia. El piano hace de árbitro con un solo central bien desarrollado y lleno de recursos. Oxman, respondido por Person, culmina el tema con esa atmósfera que solo el jazz clásico puede ofrecer.
El álbum ha sido lanzado en marzo pero fue grabado el 14 de diciembre de 2018 en los estudios Mighty Fine Productions, en Denver, donde vive Keith Oxman.
ENRIC PEIDRO SWINGTET, Keep That Swing in your Soul
(Snibor, 2018)
El tenor Enric Peidro sigue afirmándose como uno de los baluartes del jazz mainstream en España. Con una evolución de su sexteto (al que llama swingtet), nos trae ahora una colección de standards de esos que te hacen amar el jazz, y lo vamos a escuchar por partida doble, con su Swingtet en el álbum Keep That Swing In Your Soul (2018) y en quinteto, compartiendo liderazgo con Dan Barrett en el disco And The Angels Swing (2019).
Ya lo comentamos en su anterior trabajo, ajeno a la moda y proyectando su filosofía no en la ruptura sino en la personalidad de sus fraseos y de sus arreglos, el jazz mainstream de Enric Peidro tiene un sonido tan perfecto, tan armónico, tan fácil de escuchar, que puede herir sensibilidades entre los modernos y modernizantes. Como otros conservadores de ese jazz clásico que nunca dejaremos de escuchar (léase Scott Hamilton, por ejemplo), Peidro se mueve con comodidad por el American songbook, aunque esta vez se trate de standards contundentes pero no muy conocidos firmados por VIPs como Illinois Jacquet,y otros que no son tenores, como Benny Carter, ni músicos de jazz, como Johnny Mandel. Pero lo que más encontramos son temas compuestos por trombonistas, como Dicky Wells y Trummy Young, aunque esto último no es de extrañar dado el (afortunado) protagonismo del trombón (Pedro Ortuño) en este disco.
Este remodelado Swingtet, con Paul Evans a la trompeta, Pedro Ortuño al trombón, Richard Busiakiewicz al piano, Andrés Lizón al contrabajo y Simone Zaniol a la batería, y con arreglos de Peidro en casi todos los temas (también de Dan Barrett y Diego Barberá), que dejan espacio para el lucimiento de todos los músicos, el sexteto funciona como una pequeña big band en sus planteamientos (legato potente, ritmo continuo, juegos de llamada/respuesta entre solista y banda...), haciendo de la escucha una experiencia estimulante y muy, muy entretenida. Lo cierto es que hoy en día un sexteto puede considerarse (casi) una orquesta. Y así funciona, lleno de swing, armonías en los vientos y solos que se suceden gozosamente y a todo ritmo. En medio, co-protagonizando generosamente, el líder, Enric Peidro, un saxo tenor de los clásicos, con un fraseo limpio, que se expresa como un swing contenido y medido o, como diría el Duke, in a mellow tone, más afilado en algún blues como "The Blues I Like to Hear" (qué titulo tan fantástico) o cuando hace un homenaje a Coleman Hawkins en "Thru For The Night".
Por destacar, destacaría "Flying Home", que es uno de mis standards favoritos de siempre de Benny Goodman. Fue compuesto por el clarinetista y Lionel Hampton pero podría jurar que Peidro tiene como referencia ineludible la versión que grabó Lionel Hampton con su orquesta, en la que se puede escuchar un solo de saxo tenor a cargo de un jovencísimo Illinois Jacquet. Con la diferencia de años, la grabación de Peidro, sin superar la frescura del original, añade más fuerza gracias a los arreglos del sexteto y a un sonido brillante que con los medios de 1942 era impensable... En resumen, así es la Historia del Jazz, un continuo ir y venir de sonidos personales y únicos que van haciendo resucitar el espíritu del jazz una y otra vez. Y para eso nada mejor que un buen grupo con las ideas claras como el Swingtet de Enric Peidro.
Este es uno de los bonus tracks del álbum, una versión de "How Can You Lose" de Benny Carter grabada en Denia con David Herrington a la trompeta y Paco Soler al trombón.
The Dan Barrett-Enric Peidro Quintet, And The Angels Swing
(Snibor, 2018)
La segunda grabación que nos llega del prolífico Enric Peidro es And The Angels Swing,. Si en el anterior disco el trío tenor-trompeta-trombón tenía protagonismo, en este Peidro comparte liderazgo con el trombonista Dan Barrett (Benny Goodman, Buck Clayton, Woody Herman). Nueve temas dura el fascinante diálogo entre estos dos músicos cargados de experiencia, un diálogo que versa sobre temas clásicos (Ellington, Donaldson, Getz...) con una fluidez hipnotizante favorecida por el lenguaje cool de ambos músicos y por la electrizante sección rítmica presidida por el piano británico Richard Busiakiewicz, habitual de Peidro, con Lluis Llario al contrabajo y con nada más y nada menos que Carlos 'Sir Charles' González en la batería.
Tras todo lo reseñado más arriba acerca de Keep The Swing In Your Soul, sobra hablar sobre las motivaciones de este otro disco. La diferencia entre este tándem y el combo anterior es, a mi parecer, la libertad que tienen ambos líderes para expresarse. Hay menos solos de los sidemen y más diálogo de tú a tú, fluido y afable por la cercanía de ambos lenguajes pero, aún así, lleno de momentos coloridos, de citas y de complicidad. Mainstream, buenas ideas, fraseos elegantes y seductores... todo ello en una dialéctica de la que se podría deducir que ambos músicos llevan toda la vida tocando juntos...
Repasando el panorama actual, resulta paradójico que el Mediterráneo, desde Murcia hasta Valencia, genere más músicos mainstream o, por decirlo de alguna manera, anclados a la tradición, que el resto de la Península, donde el jazz moderno, las vanguardias y el free (que dejó de ser vanguardia hace mucho) es más habitual. Dicho esto, es fantástico que dos músicos tan tradicionales como Dan Barrett (Pasadena, 1955) y Enric Peidro (natural de Alcoy) se unan en un estudio para dejarnos este regalo que suena a swing pero tocado con una frescura tal que parece actual.
Les dejo con un vídeo en directo grabado en un bar de hotel (¿qué hay más clásico?) con un sonido directo aceptable y el mismo quinteto del disco. Es el tema que cierra el álbum, "Sultry Serenade". Que ustedes lo disfruten.
Quizás no vivamos en la mejor época del jazz o quizás lo sea y no nos demos cuenta hasta dentro de una década o dos... o quizás sólo se trate de que yo llego tarde. Tuve la oportunidad de escuchar a Sonny Rollins cuando tenía 77 una memorable noche en Sevilla, a Pedro Iturralde con 84 y ya tocaba sentado, y anoche asistí al increíble espectáculo de ver a un increíble Benny Golson con 89 años y toda la experiencia de la vida en su tenor.
Todos los veranos la Universidad Internacional de Andalucía en La Rábida organiza tres noches de jazz dentro de sus cursos de verano. El acceso es libre (aunque no seas estudiante) y gratuito, y se suelen ver buenos músicos, casi siempre extranjeros, pero nada tan emocionante como ver subir al escenario a un Benny Golson octogenario, tan pequeño detrás de su tenor.
Golson sube al escenario despacio. Es más pequeño y delgado de lo que uno imagina en las portadas de los discos, derrocha simpatía y cercanía desde el primer momento. Y, desde el primer momento, uno nota que la fuerza que caracteriza su estilo sigue presente aunque para ello no tenga (ni pueda) soplar con tanta energía como en esos discos que guardamos en casa. Viene acompañado por músicos españoles para la ocasión: Joan Monné (qué enorme este pianista y qué poco sabíamos de él), el contrabajista Ignasi González (perfecto, como siempre, tan melódico en sus solos) y el super-baterista Jo Krause. Promete noche mágica.
De repente, noto que detrás de mí hay una docena de estudiantes charlando a gritos como si estuvieran en el Arenal Sound. En escena, Golson se mueve despacio, toca en voz baja, con energía, lo mismo en sus baladas clásicas (que emocionante "Whisper Not" en su propia voz y en directo) o en composiciones más rítmicas y más complejas armónicamente, como "Mister P.C.", momento que aprovecha para recordar a su compañero Coltrane, a quien conocía desde sus años de instituto en Philadelphia. Pero sonríe siempre. Cuando hay un solo, se sienta, asiste con admiración a las evoluciones del músico del momento. Quizás lo haya conocido hace dos días como improvisado compañero de gira. El caso es que esa admiración se transforma en una sonrisa por cada solo. Golson sonríe todo el tiempo. Disfruta. Intento captar alguna de sus sonrisas pero estoy muy lejos del escenario y no quiero molestar. Para eso (para fotografiar, no para molestar) están los profesionales. Pero no quiero dejar pasar la ocasión de dejar constancia gráfica y rebatir esa controvertida injusticia que se hizo cuando apareció en The Terminal (Steven Spielberg, 2004) como el único músico de la famosa fotografía de Art Kane que no le había dado el autógrafo al padre de Viktor, cuando realmente (sus amigos y sidemen lo atestiguan) que es un tío amable y que siempre sonríe. Incluso ahora, con el paso de los años.
Toca "I Remember Clifford" (qué fuerte tuvo que ser para él la pérdida del amigo para escribir algo tan bello). Es mágico. Incluso los estudiantes se han callado. Termina el tema y Golson no deja pasar la oportunidad de llenar cada presentación con una anécdota o un comentario, se ríe del humo que la organización derrocha para dar vistosidad a un escenario que no lo necesita, hace bromas cuando el micrófono no suena para presentar un tema, lucha contra los mosquitos de La Rábida... y sonríe otra vez. Se pone serio para volver a recordar a Clifford Brown con un de sus temas ("Tiny Capers"). Sigue sonriendo y apreciando cada solo. Y a cada solo se sienta y escucha, sonríe, pero también hace otras cosas: mima al saxo, pone la funda a la boquilla para que no se seque la caña, lo besa y, finalmente, saca la funda y la mete en la campana del tenor para tocar (¡nunca había visto esto!). Habla de los músicos que lo acompañan. No lo dice pero queda claro que no recuerda sus nombres, pero es un profesional y ya trae en el bolsillo la manera de compensarlos: los presenta como unos fantásticos músicos y les cede un tema a trío (en sus palabras, "sin Golson") y nosotros disfrutamos de "All The Things You Are" a trío de piano. Qué noche.
Tras un intenso y enorme "Blues March", que comienza con una explosión rítmica a cargo de Krause, El concierto termina con el público en pie, sin bises, pero nadie los pide porque sería injusto exigirle más, y Golson baja del escenario sonriendo todavía, y su jazz sigue sonriéndonos en los oídos cuando salimos.
Nos llega el último disco del prolífico grupo de Nueva York que todo el mundo conoce por la más manejable abreviatura de MOPDtK, un cuarteto que ahora aparece reducido a trío, con el bajista Moppa Elliott, el preciso baterista Kevin Shea (ambos miembros fundadores del cuarteto original) y, al piano, el versátil Ron Stabinsky, un músico igualmente productivo e imaginativo que se unió a la formación en 2014, en el disco Blue.
Paint es una ciudad de Pensilvania que sirve para dar título al álbum y, jugando con el significado del nombre y continuando la metáfora, Moppa Elliott va tomando prestados los nombres de otras ciudades del estado cuyo topónimo incluye algún color para los títulos de sus temas y así construir una colección temática, una especie de lista obsesiva, como la de algún asesino en serie, como si fueran pistas para un detective no muy avispado... "Yellowhouse", "Orangeville", "Black Horse"... hasta siete composiciones originales más una de Duke Ellington, "Blue Goose", que, fuera o no una referencia a esa ciudad de Pensilvania, ha acabado formando parte de este álbum.
En algún lugar leí que algún periodista los había apodado La banda terrorista del bebop, un título que cuadra muy bien con la estética que se presenta en este nuevo trabajo donde el grupo juega a un lado y a otro de la frontera que separa el bop del caos. Siempre experimentando y sin miedo a las etiquetas, MOPDtK se atreven, por ejemplo, a hacer un disco como Loafer's Hollow (publicado también en 2017) con composiciones originales que parecen sacadas de la Era del Swing, o, como su nuevo Paint, un álbum a primera vista mainstream con piezas de corte tan clásico que parecen traídas del pasado. Como es habitual y sus aficionados esperan, el grupo mantiene su habilidad para cruzar esa Línea del Caos en el momento oportuno para convertir cualquiera de estos temas en jazz moderno, atonal y libre hasta lo imposible. Ocurre en "Orangeville", donde el solo de piano se rompe y vuelve a recomponerse casi sin sentido, o en "Black Horse", por ejemplo, un tema de espíritu bebop en el que Stabinsky muestra una agresividad brillante en el ataque al piano, o en "Plum Run".
Por ahí se dice que el jazz moderno debe estar reñido con la belleza, el canon o la perfección, pero encontramos en este disco momentos de inestimable belleza que el grupo asume sin vergüenza: cuando Elliott toca con el arco en "Blue Goose" o el blues final "Whitehall", que tiene un comienzo delicioso y placentero que acaba cargándose de energía, o el tema para piano "Golden Hill", de una emoción casi excesiva...
En palabras de Elliott, "en lugar configurarse en un estilo o periodo histórico, MOPDtK fusiona todo el espectro del jazz y las diversas formas de música improvisada, engendrando una mezcla única e inconsútil de super-jass".
Lo cierto es que la libertad del formato de trío permite al grupo momentos de improvisación colectiva sin obligarle a excentricidades más notorias como las de sus primeros álbumes. Esto dicen que es una filosofía, no una estética. No entraré en eso. Me quedo con la energía y el inestimable interplay de estos tres músicos y su visión libre y lenitiva del bop.
Creo que es una manera genial de comenzar el año presentarles un discazo de jazz inspirado en el cool, un disco lleno de swing y de improvisaciones a toda máquina. Special Delivery es el segundo disco que graban juntos The Levin Brothers (Pete y Tony). El combo del álbum está formado por Erik Lawrence (saxo y flauta) y Jeff "Siege" Siegel (batería), además de Tony Levin al contrabajo y chelo y Pete Levin, que toca órgano y piano.
Después de décadas de colaborar con otros músicos y de tocar en solitario, Tony y Pete Levin grabaron su primer álbum juntos en 2014. En sus instrumentos, la experiencia de haber tocado y grabado con gente como Buddy Rich, Steps Ahead, Gary Burton, Herbie Mann... El resultado de todo esto es un álbum que suena a cool jazz, que nos retrotrae a esa época dorada de los '50s, cuando el jazz tenía clase y algunos, que miraban a la West Coast, hacían estas maravillas con sonidos elegantes, comerciales pero seductores, expresándose con una pulsión calmada, huyendo de los vertiginosos ritmos del bebop. Y, aunque los hermanos Levin aceleren de tanto en tanto llevados por la melodía ("Fire Drill"), el combo habla de jazz con serenidad y mucha clase.
Special Delivery es su segundo disco juntos, como decía, y contiene temas extraídos de la grabación de tres conciertos durante la gira del año pasado presentando su anterior álbum. En concreto, se grabó en Rochester (Nueva York), Natick (Massachusetts) y Schenady (Nueva York).
El disco comienza con un tema lleno de ritmo titulado "Gimme Some Scratch", para continuar con una swgingueante melodía sincopada de las que se quedan en la cabeza ("Special Delivery"). Ahí Pete Levin nos engancha con uno de esos irresistibles solos de órgano. "Ostropolya" es un tema clásico, para amantes del mainstream, pegadizo y con mucho swing, como casi todos los temas de The Levin Brothers, con un melódico solo de saxo de Erik Lawrence. En el siguiente tema, el sentido del ritmo y la veloz digitación de Tony Levin convierten "Fire Drill" en una carrera contrarreloj.
Y hasta ahí las composiciones originales. El disco continúa con la balada "Scarborough Fair", en la que Lawrence con la flauta expande un aire místico al principio y muy jazzy conforme avanza el tema, mucho más allá del original de Simon & Gartfunkel. El delicado (y a la vez apasionado) solo de Pete al piano engrandecen un tema que podría haber sonado fantástico en su interpretación más fácil y que en las manos de estos artistas alcanza un nivel espiritual. El siguiente tema que suena es una balada compuesta por Erik Lawrence, muy protagonista durante todo el álbum. "Weight of Action" es una de esas baladas donde el saxo parece contener el paso del tiempo dotando al tema de una solidez pétrea, como una balada de Dexter Gordon. Incluso el lacónico solo de Tony Levin al contrabajo suena duro y categóricamente triste. El resto de los temas son homenajes a Ennio Morricone ("Theme From Cinema Paradiso"), Astor Piazzola ("Milonga del Angel")...
Pero el tema indiscutible del álbum es "Pete's Blues". Tiene un arranque bestial en el órgano, con una intro falsa que rompe en puro ritmo, con un diálogo muy interesante entre saxo y órgano, para convertirse en un solo enorme a las teclas que despliega muchos recursos pero, sobre todo, un gran uso de la mano izquierda y del vibrato. El solo de saxo resulta demasiado moderno para el disco pero el ritmo lo estaba pidiendo... Se convierte en pura velocidad. El final, en un toma y daca con la batería, sube la temperatura y contagia al órgano para, de nuevo al unísono, redondear un tema que es una bomba. La coda la pone Pete al piano, con una balada compuesta por el batería Jeff "Siege" Siegel y que aparecía en su álbum King of Xhosa.
Esta joven artista (nacida en Los Angeles en 1988) presenta su segundo disco con muy buenas críticas a sus espaldas. En su web leemos un comentario de Quincy Jones que dice "This girl is IT!". No en vano, el compositor-director la ha contratado y actualmente Katie Thiroux es artista residente en el club de Quincy Jones en Dubai. También forma parte del Larry Fuller Trio. El álbum, con temas cantados y también instrumentales, muestra una bajista llena de energía, con un gran dominio de la velocidad y gusto por lo complicado y lo complejo (armónica y rítmicamente hablando).
Off Beat (el título ya muestra el sentido del humor que preside el repertorio) comienza con el tema que le da título, una composición de Leon Pober que sirve de declaración de intenciones: "I follow my own design, I walk no-one else's line, so everyone says that I'm off beat!" y, aunque el estilo de Thiroux tiene un punto original, se nota la presencia en muchos momentos de la figura de Ray Brown, influencia confesada. El tema es vocal y Thiroux nos gusta también cuando canta.
Más de la mitad de los temas son vocales, con la propia Katie Thiroux cantando, pero no deja de ser bajista en ningún momento: el bajo es director en todos los temas, presentados como elementos rítmicos. Me gustaría reivindicar aquí la creciente presencia de mujeres como líderes en los combos de jazz (aunque el hecho de abordar el tema ya suponga una discriminación) porque cualquier pasaje de este disco bastaría para rebatir cualquier prejuicio hacia las mujeres del jazz no vocalistas. Quizás, como le pasó a Nat King Cole, cuya habilidad como pianista quedó eclipsada por su popularidad como cantante, el público menos atento escuche a la cantante y deje de percibir la solidez con la que Thiroux toca el contrabajo y sostiene con poder todos los temas. Canta, hace scat pero es, por encima de todo, una instrumentista: todo el álbum está dominado por el ritmo y cualquier intervención del contrabajo, no únicamente en los solos, es significativa, nunca un simple acompañamiento. Esto la convierte en una contrabajista muy interesante.
Sólo hay una composición propia en el disco ("Slow Dance With Me"), un tempo medio instrumental que el bajo lleva con autoridad. Es un gran momento del álbum, como más adelante el cover de Ray Brown "Ray's Idea", donde juega con humor con el ritmo y con la fluidez del clarinete de Ben Peplowski. En una entrevista, Thiroux aseguró que posee un par de zapatos italianos que habían pertenecido a Brown. Se los regaló Jeff Hamilton (baterista de, entre otros, Diana Krall), que produce el disco. En la escucha, no hay duda de que hay una influencia notable del estilo de Ray Brown en la forma de tocar de Katie Thiroux. Me ha gustado especialmente el último tema del álbum, donde Thiroux aborda una sorprendente versión de "Willow Weep For Me" a voz y contrabajo solo, un desafío en el que percibimos esa sombra de Brown en la manera en que dosifica el ritmo y, al mismo tiempo, lo acompaña golpeando el mástil como si fuera un instrumento de percusión. Un final emocionante.
Que andamos siempre a la busca de cosas nuevas y que cualquier cosa, efecto o artilugio que contenga la palabra JAZZ nos atrae como una luz a las polillas es cierto. Nuestro último descubrimiento es un viejo libro encontrado en una librería de lance y que lleva por título Cómo dárselas de experto en jazz. El título dice menos de lo que en realidad pretende. Sus autores, Peter Gammon y Peter Clayton, no sólo son dos expertos fingiendo ser unos farsantes sino que resultan de lo más divertido. Publicado en España en la colección de Guías del enterado por Mondadori, tenía en su edición inglesa un título más interesante y transparente: A Bluffer's Guide To Jazz. Gammon y Clayton son también autores de Jazz Man's A-Z to Guinness y de Fourteen Miles On A Clear Night. An Irreverent, Sceptical And Affectionate Book About Jazz Records.
En realidad, el libro comienza intentando ser lo que parece, una chorrada acerca del jazz que trata de convencer (o atraer) a profanos y detractores. En este sentido, las primeras páginas se llenan de falsos mitos y nombres inventados que alternan con anécdotas auténticas acerca del jazz, sus orígenes y sus músicos, una terrible mezcla que pone en juego los conocimientos de los lectores expertos y que puede confundir enorme y definitvamente a cualquier profano que intente leer el libro para aprender algo. Por ejemplo, cuando hablan del origen de la palabra "jazz" proponen (aparentemente en serio) que su origen puede estar en el término vulgar "jizz" o en "jars", vocablo que aparece definido aquí como "el cambio de música que se produjo cuando, a consecuencia de la llegada(a África)de un cargamento de la famosa mermelada Cooper's Oxford, a dichos nativos les dio por golpear los botes de cristal vacíos con huesos secos de buitre"(sic). Lo dicho, un despropósito.
En otros casos, los datos van un poco más encaminados a formar y esclarecer dudas, y lo hacen con un sentido del humor que es, al mismo tiempo, crítico, lo cual es de agradecer.
Mainstream - Término que viene a designar un tipo de jazz situado a mitad de camino entre lo moderno y lo antiguo. Fue inventado durante una noche de insomnio por el eminente crítico y ellintólogo Stanley Fosdick Dance, después de haber asistido a una jam session (véase Glosario), en la que intervinieron el propio Ellington y los miembros de su banda, Brad Gowans, Horsecollar Draper y Eddie Condon. Careciendo de palabras para definir lo que había visto y oído, pero queriendo dignificarlo, lo llamó mainstream. Logró categorizar este tipo de jazz.
Sobre el jazz de Kansas City: Era más o menos como el jazz de Nueva York, sólo que los de Kansas estaban colgados por los riff.
Ya habíamos intentado hablar de jazz con un toque de humor al traer al blog el libro Jazz for Dummies, de Dirk Sutro, pero resultó que es el único libro para dummies en el que el humor brilla por su ausencia. Demasiada enciclopedia y una exhaustiva clasificación de músicos y estilos no nos convenció como nos hubiera convencido un toque de buen humor. En este libro de Gammon y Clayton, en cambio, el humor juega un papel esencial.
En un consejo para los profanos que quieran mantener una charla sobre jazz sin saber nada sobre el tema, acerca de Pres, Bird, Satch y The Lion, por ejemplo, argumentan: "Si el músico del que se discute no tiene mote, utilice su nombre de pila, o su contracción si es posible, pero nunca el nombre y apellido. Nadie va a caer en desgracia preguntándole que a quién se refiere usted.".
Este es el espíritu del libro: concebido originalmente para la inglesa The Bluffer's Guide, está enfocado de manera divertida hacia los profanos, con el
planteamiento de que cualquiera puede mantener una conversación de jazz
sin entender ni conocer el jazz, basándose en dos premisas: a) que no
existe una definición del jazz universalmente aceptada, y b) que sus
orígenes son un misterio sin resolver. Con sarcasmo británico, proponen
que, manejando algunas frases hechas y algunos datos,cualquiera puede mantener una conversación sobre jazz y fingir que sabe de lo que habla. En muchas ocasiones, especialmente hablando de Nueva Orleáns y del hot jazz, el argumento es lo confuso de algunas biografías. En cualquier caso, Gammon y Clayton aprovechan cada comentario para criticar o poner en evidencia ciertas posturas que, en muchos casos, forman parte de la iconografía y de la parafernalia de este arte que llamamos jazz.
Sobre Miles Davis (1905-1973): A lo largo de su vida, Davis ha tenido que soportar prejuicios sociales, insultos, equívocos, los efectos de haber quedado enganchado a la heroína y luego desengancharse, enfermedades prolongadas, grandes dolores, una adulación desmesurada y una gigantesca cantidad de dinero. A cambio, sus audiencias, sus promotores, algunos amigos personales y uno o dos músicos, contemporáneos suyos, han tenido que soportarle a él.
Sobre Charlie Parker:"Su
fama se consolidó a base de interpretar con su saxo alto melodías
populares y muy conocidas, pero de forma tan rápida y brillante que
nadie las reconocía. Solía darles además nuevos nombres, cosa que aún
logró confundir más a los aficionados. Es obligado saber que el
"Cherokee" de Ray Noble se convirtió en "Koko" en manos de Charlie
(aunque Duke Ellington haría después otra versión de "Koko" totalmente
diferente, contribuyendo con ello a la leyenda de que había una
conspiración en torno a esta pieza).
Sobre Milton "Mezz" Mezzrow (1899-1972): Recordado fundamentalmente: a) por ser coautor de un libro sorpendentemente sincero llamado Really the Blues; b) por pasar narcóticos con tanta prodigalidad que durante un tiempo el canuto de marihuana se le llamó "mezz" en su honor.
Como no queremos (ni podemos) dejarles aquí el libro completo, a pesar de que son escasamente 64 intensas páginas, nos vamos a quedar con esta reflexión, no exenta de razón ni de acidez, acerca de las grabaciones de jazz primitivas:
Hay montones de entusiastas que nunca entran en contacto con el jazz en vivo. Sólo lo escuchan en discos. Lo cual les lleva inevitablemente a la creencia de que es ahí donde reside el auténtico jazz. Cuando cotorrean alegremente acerca del Armstrong del periodo 1934 piensan exclusivamente en el sonido Armstrong que casualmente (ojo al adverbio) tienen en un disco u otro, cosa que pone como locos a muchos músicos de jazz. La mayoría de ellos solían trabajar noche tras noche y las pocas horas que pasaban en los estudios de grabación eran para ellos de muy relativa importancia; y probablemente ni siquiera hacían allí lo que consideraban sus mejores trabajos.
Resumiendo, breve, entretenido, ácido y más recomendable que muchos libros serios.
Scott Hamilton es un clásico. Ya lo era cuando apareció a mediados de los 70, enarbolando el saxo como un Coleman Hawkins redivivo, como un nuevo Zoot Sims, reivindicando un clasicismo que sonaba reaccionario en la época de Weather Report y de los desvaríos electrónicos de Miles Davis, con ese bigotillo que lo hace único, como un viajero del tiempo que hubiera llegado directamente desde los años 50. Scott Hamilton es un clásico (amarás al swing por encima de todas las cosas) y sigue ahí.
Anoche apareció en el patio del Campus de la Merced sin bigotillo. Fue la única sorpresa que nos tenía preparada. Se subió al pequeño escenario ante un público escaso pero expectante (según los organizadores unas 300, casi todos entregados, pocos ajenos al jazz) y demostró lo que todos esperábamos, que el swing sigue vivo.
Ante la expectación insoportablemente silenciosa de los que allí estábamos, el cuarteto tomó posesión del escenario y Hamilton, en solitario, entonó con su saxo los primeros compases de What is this thing called love, el tema que abría su álbum de 2005 Back in New York. Los primeros compases tienen su encanto y Hamilton se permite el lujo de tomarse unos minutos para su solo antes de que 'conozcamos' a sus músicos. Entonces, la sección de ritmo se une y todo cambia, el aire se mueve, el público sacude la cabeza contagiado por el ritmo. A partir de ahí, todo es jazz. Ritmo, gandes solos, público participativo,
El acierto de Scott Hamilton no es sólo el estilo (mainstream, bendito mainstream entre tanta fusión) sino saber moverse (metafóricamente) sobre el escenario. Casi todos los temas, salvo las baladas, tienen cuatro solos, uno para cada músico. Otro acierto es la elección del grupo, magnífico, impecable y espectacular en esos solos (es muy difícil preparar siete u ocho solos para un concierto, especialmente para el bajista o para el batería): Esteve Pi, impresonante todo el tiempo, versátil, imparable, el auténtico motor de todo el concierto; Ignasi González al contrabajo, con un sonido perfecto, increíblemente lleno de matices; y al piano Gerard Nieto, que dio un color especial a los temas con una variedad de registros imposibles de asimilar. Sumémosle a todo esto que después de cada tema el público aplaudía de tal manera que Hamilton tenía que interrumpirlos arrancando las primeras notas del tema siguiente con su saxo para poder continuar.
El repertorio, con mucho swing, incluyó desde temas grabados por SH hasta standards de Woody Herman y Duke Ellington, así como algunas baladas (Skylark y This is the end of a beautiful friendship) y temas es-pec-ta-cu-la-res como Apple honey, con un solo olímpico de Steve Pi. Precisamente, había pensado llamar a este post Apple honey, porque la noche fue una delicia, pero al final, Hamilton me traicionó interpretando Tonight I shall sleep (with a smile on my face) y me sentí tan identificado que cambié de opinión. El escenario no estuvo mal, teniendo en cuenta que faltaron sillas, aunque mejor desbordados que solos... El sonido, correcto. La iluminación, desastrosa. No había cañón y los focos estaban tan mal dispuestos que casi no apreciábamos las expresiones en las caras de los músicos desde la tercera fila. Es por eso que pido un poco de clemencia (Esther, please, perdónanos) porque a mi amigo Manolo Sosa se le olvidó llevar su Cámara (con Mayúsculas) y mi pobre Fuji compacta no daba para la penumbra que cayó sobre nosotros.
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Para Jota, que compartió anoche con nosotros su primer concierto de jazz. Que sean más.
Por último: el vídeo. Gracias a Daniel Mantero, aquí va un pequeño resumen del concierto, impresionante: