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HISTORIAS Y JAZZ

MIGUEL GARCÍA URBANI, Calle 52, historias y jazz

Hoy, leyendo con música alrededor, se me ha ocurrido hablar de un libro muy especial, un libro que no es un libro sino un laberinto de historias que no son historias sino poemas que suenan en una voz de radio entre temas de un jazz que no es jazz sino sensación y sentimiento. El libro es Calle 52, historias y jazz, un título que a muchos aficionados les sonará porque fue, allá por la primera década del 2000, un blog, un podcast, un experimento que unía literatura, jazz y vida en textos y músicas. El culpable de todo ello era/es el argentino Miguel García Urbani, escritor altamente influenciado por artes tan lejanas y próximas al mismo tiempo como la poesía y la música. Su obra se ha inspirado constantemente en el tango (el libro de relatos Tangos y falsas promesas y el heterogéneo Plateados por la luna) y en el jazz principalmente. Su prosa tiene una sonoridad rítmica y musical que hasta ahora solo habíamos encontrado en algunos poetas y, por supuesto, en Julio Cortázar.


A lo largo de las más de 200 páginas del libro, audazmente ilustradas por Luis Scafati, se van sucediendo los textos (textos apasionados, porque García Urbani es un poeta) que exploran y homenajean las sensaciones que el jazz produce en el oyente. Algunos capítulos son más narrativos pero todos son poesía. Basta escuchar/leer alguno de sus textos para sentirlo en la piel, pero en la mayoría rinde tributo a toda esa enciclopedia de nombres que (nos) inspiran a los aficionados al jazz, desde músicos (Dexter Gordon, Bill Evans, Lennie Tristano... y muchos más) hasta escritores como, por ejemplo, Lezama Lima, Lorca o el inevitable Cortázar, al que llama El hombre que escucha bebop en diez acertadas y líricas definiciones de las que reproduciremos dos:

El hombre que escucha bebop sabe qué es el jazz si no se lo preguntan. Ignora los tratados, los postulados y jamás oyó hablar de los caballeros templarios.

El hombre que escucha bebop es las doce de la noche y la voz de una mujer. Es un contrabajo con pasos de gigante mojado.

Narrativas poéticas que envuelven al lector y que van acompañadas (como hacía en su podcast) de sugerencias discográficas, temas que escuchar al tiempo, antes o después de cada texto, especialmente ilustrativas cuando escribe sobre Jobim o sobre Chet... o, en el texto que sigue, sobre Jimmy Scott:

Él es el hombre abandonado y la mujer seducida, es el narrador y cada uno de los personajes de las canciones. Su voz suena como una extraña trompeta, con una aguda y cálida sordina. Tiene la textura de un tejido que puede servir a veces como mortaja y otras como lecho para el amor. 
(Jimmy Scott, el niño mimado por los dioses. (Fragmento)

En resumen, un libro para sentir el jazz y entender que otros lo sienten como nosotros, para regalar a poetas y también a haters (odiosa palabra de moda) del jazz, pero sobre todo para gozar leyendo y escuchando. 


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* Web del autor: www.miguelgarciaurbani.com

* El libro: www.amazon.es/Calle-52-historias-y-jazz

JAZZ DE LIBRO

ACORDES Y DESACUERDOS (XXVIII)

En esta sección ya veterana (esta es la vigésimo octava entrega) que llamo Acuerdos y desacuerdos, me gusta recopilar pensamientos, opiniones y fragmentos de libros o películas o entrevistas en los que el jazz es adorado, vilipendiado o, simplemente, utilizado. Pero son más interesantes, de eso no hay duda, aquellos fragmentos en que los personajes (ya sean ficticios o reales) opinan que el jazz es algo dañino o inútil. También aquellos en que el jazz se mezcla con los sentimientos y se vuelve algo vivo. Van ahí unos cuantos fragmentos:


I. 
Ignatius J. Reilly, el reaccionario (y delirante) protagonista de La conjura de los necios (obra única y postrera de John Kennedy Toole) vive en Nueva Orleáns y tenía, por supuesto, que apostillar su "propia" opinión sobre el jazz:

Yo, en mi inocencia, sospeché que la raíz de la apatía que había observado entre los obreros era aquel jazz indecoroso que emitían los altavoces estridentes de las paredes. La psique bombardeada por esos ritmos no puede aguantar mucho tiempo, y se descompone y atrofia.




II.
Pero, si hay alguien capaz de irritar más al lector que Ignatius, ése es Boris Vian con su irreverente Escupiré sobre vuestra tumba (J'irai cracher sur vos tombes) de 1946. En una escena en la que Lee charla con Lou sin que ella sepa que él tiene parte de sangre negra, él defiende el origen negro del jazz, mientras que Lou defiende que las buenas orquestas son de blancos:

—No lo creo. Todas las grandes orquestas son de blancos.
—Claro, los blancos están en mejor posición para explotar los descubrimientos de los negros.
—No creo que tengas razón. Todos los grandes compositores son blancos.
—Duke Ellington, por ejemplo.
—No, Gershwin, Kern y todos esos.
—Todos europeos emigrados —le aseguré—. Son los peores explotadores. No creo que en todo Gershwin se pueda encontrar un solo pasaje original, que no haya sido copiado, plagiado o reproducido. Te desafío a que encuentres uno solo en toda la Rhapsody in Blue...
—Eres extraño —respondió—. Detesto a los negros.



III.
El jazz está presente, de una manera inexorable (¿orgánica?) en cualquier relato de Ami Baraka. En el relato "The Screamers", incluido en su libro Tales, publicado en 1967 aún bajo su nombre de nacimiento (Leroi Jones), aparece este fragmento, que nos recuerda que Baraka/Jones, influenciado desde pequeño por el jazz, quería ser como Miles Davis. 
Adelantó un pie y agitó una mano. La otra colgaba descuidadamente de su trompeta. Y sus turbantes se agitaron entre aquellas sombras. El de Lynn más apretado, más ordenado y brillante, de hermoso amarillo incrustado en piedra verde. También verdes aquellos pedruscos brillantes que bailaban en sus meñiques. A-boomp, bahba bahba, A-boomp, bahba bahba, A-boomp, bahba bahba, A-boomp, bahba bahba, los turbantes se mecían tras él. Y sonrió, antes de levantar la trompeta, a Deen o a Becky, que estaba borracha, y nosotros buscamos en la oscuridad a las chicas.


IV.
En el comic Hate Jazz, de Jorge González & Horacio Altuna, hay una descripción ciertamente dura de un combo de jazz tocando en un club. Todos hemos asistido alguna vez a un concierto en el que ha habido músicos así:
En el Dolphins comenzó a sonar "What's News"... Cuando fue su turno, el solo de Chester fue imaginativo y muy sensual, como siempre. Hacía tiempo que iba gente al Dolphins a escucharlo solamente a él... Peor eso él no lo sabía. Cuando tocba desaparecía del mundo... y quedaban sólo él y su alma. Cecil, en cambio, era superficial y, cuando hacía un solo bueno, no era de él... porque no tenía demasiado que decir sobre sí mismo, o no quería. Entonces, plagiaba. McCoy Tyner. 
Luego hay una descripción que nos introduce en la parte humana: una mujer, quizás un triángulo.
Miles Davis decía que lo más fuerte que había experimentado (con la ropa puesta) fue cuando escuchó por primera vez a Gillespie y Parker, en St. Louis. A los hermanos Gayle, que completaban el cuarteto, lo más fuerte que les había pasado era haber conocido a Velma. Y si, musicalmente, sonaban conjuntados, como un metrónomo, sus almas estaban en disonancia, competían... por Velma. Y ella lo sabía. A lo mejor por eso también, la atmósfera de la música que hacía el cuarteto era densa, excitante y dramática. 


V.
En el cuento The Blues I'm Playing de Langston Hughes, la joven pianista Oceola y su vieja mecenas tienen objetivos distintos, objetivos que chocan cuando ella se enamora y su mecenas le aconseja que no se case o será como echar a perder su carrera musical. En ese momento, las manos de Oceola dejan caer sobre el piano de cola unas notas de blues:
Y sus dedos comenzaron a deambular lentamente arriba y abajo del teclado, flotando sobre la suave y perezosa síncopa de un blues negro, un blues que se hundía y se transformaba en un jazz juguetón, y luego en un ritmo palpitante que sacudió los lirios de las vasijas persas de la sala de música de Mrs. Ellsworth. Más fuerte que la voz de la mujer blanca que gritaba que Oceola estaba desertando de la belleza, desertado de su verdadero yo, desertando de su esperanza en la vida, la marea de salvaje síncopa llenó la casa, y luego se hundió en el lento y cantarín blues con el que había comenzado. [...] Qué triste y alegre es. Triste y feliz, riendo y llorando... Qué blanco como usted y qué negro como yo... Como un hombre... Y como una mujer... Cálido como la boca de Pete... Así es el blues... que estoy tocando.




IMPROVISACIONES SOBRE UN LIBRO DE JAZZ

Ildefonso Rodríguez, El jazz en la boca (Dos Soles, 2007)


Gracias a mi amigo, Sebastián Mondéjar, jazzista, percusionista, poeta y hombre de espíritu polifacético al estilo de los renacentistas (lo cual no sé si es positivo en los tiempos que corren, tan malos para la cultura no-fácil) acabo de leer El jazz en la boca (Editorial Dos Soles, 2007), un libro de Ildefonso Rodríguez lleno de textos inclasificables (en el más positivo sentido de la palabra), donde analiza, revive, interpreta y hace lírica sobre dos cosas tan controvertidas como el jazz y la vida. 

La vida propia es, quizás, una de las peripecias más difíciles de entender para los demás y, en especial. por quien la vive. Ildefonso Rodríguez se sumerge en sus experiencias, que no son de tiempos sino de sensaciones y sentimientos, y elabora con estos ingredientes una prosa poética que es, por momentos, analítica, apasionada, escéptica o incluso ensayística, pero que es, sobre todo, emocional. Y en esto contribuye su pasión por el jazz. Músico desde siempre, saxofonista de muy diversa experiencia, escribe desde lo vivido, pero también sobre lo leído, sobre lo escrito... y sobre ese eterno diálogo de hermanas, socias o amantes entre jazz y poesía, del que hemos hablado en más de una ocasión. Literatura y jazz. El jazz en la boca como palabra, como música soplada pero también como sabor, experiencia culinaria porque, al final, los placeres se unen y se disfrutan unos a otros.


Mientras escribo esto, vuelvo a escuchar a Duke y a Johnny Hodges. A Ildefonso Rodríguez hay que leerlo con la vehemencia con que se vive la poesía y con el ritmo poético de las especias rítmicas, armónicamente exóticas del jazz. Aunque no es un diario, la sucesión de textos personales a modo de almanaque de la memoria, me devolvió sensaciones parecidas a las vividas en la lectura del Dietario voluble de Vila-Matas publicado por Anagrama un año después que el de Rodríguez. De manera similar, episodios de vida o de memoria se traladan al papel con la sensibilidad del artista-persona como experiencia musical, poética, existencial. No caben las comparaciones. La prosa de El jazz en la boca es prosa poética, escrita con la autoridad del poeta y con el criterio del músico. 
SEGUNDA TOMA
Si me pidiesen que describiera la música de aquel instrumento soñado, respondería: era como ésta que suena ahora. ¿Por qué? Porque suena, porque es.
El jazz es, sin duda, la música más inspiradora de cuantas puede uno tener en su discoteca. Ni la música clásica en los siglos que tiene de vida ha inspirado tantos textos, pinturas o películas como el jazz. El autor cita a Kafka y a Joyce cuando habla de fraseo, enlaza anécdotas de Dexter Gordon y Ben Webster, cita a los griegos para explicar la ligazón (Simploké) entre lo escrito y lo interpretado, pone a Monk al lado de Horowitz ("No comparo, analizo"), cita a Wallace Stevens para explicar lo lejos que puede llegar el silencio como expresión, y es capaz de relacionar cualquier aspecto vital con el más puro y libre ejercicio de la música. 

Recuerda (y reconstruye un momento casi vivido) con Al Cohn y Zoot Sims, y, entre ambos, Kerouac, "que dice los versos como si tocara la batería", algo que Rodríguez describe de manera categórica y apasionada:
No es posible comprender la escritura de esa generación sin relacionarla con el jazz, no sólo como música, sino como modo de vida. Las páginas torrenciales, las insignificancias, los descuidos, el dar entrada a todo lo que va llegando: automatismos de un stream of conciousness guiado por los pulsos de la improvisación. Se vive, se escribe improvisando, ése es el surrealismo norteamericano.
El libro es una experiencia transmitida, la vida sobre la experiencia del jazz y la improvisación, escrita desde la óptica del improvisador con un saxo en las manos, del lector impactado, del poeta sobre el papel en blanco y también sobre el amarillento papel de los poemas escritos donde el tiempo pierde casi su memoria. Un autor que uno lamenta no haber descubierto antes y un libro que, citando al autor, "Como el poema, no puede ser contado.".



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* Más artículos sobre jazz y poesía en este enlace.

* Editorial Dos Soles: editorialdossoles.es/el-jazz-en-la-boca/

EL BRILLO DE LO MALDITO

Habana Jazz Club de Lola Mariné ( + entrevista )

A menudo traemos al blog novelas inspiradas en el universo del jazz o que guardan alguna relación con músicos o películas sobre el tema. Hoy vamos a hablar de una novela de pasiones y desgracias ambientada en un club de jazz, la historia de una joven cubana que llega a España por amor y acaba cantando en un club de jazz. Se trata de Habana Jazz Club, una historia de supervivencia, una novela que habla de cantar y habla de la vida, de esas vidas desbaratadas y tortuosas que a menudo leemos en las biografías de músicos y cantantes de jazz y que, también a menudo, dan personalidad a su forma de crear, moldeando artistas únicos cuya desgracia adquiere el brillo de lo maldito.

Conversamos con la escritora Lola Mariné. En su biografía se puede leer que nació en Barcelona y que emigró a Madrid con 18 años para ser actriz. Es licenciada en psicología y autora de Nunca fuimos a Katmandú, Gatos por los tejados y Habana Jazz Club, que triunfa en las listas de la tienda Kindle de Amazon y que llamó nuestra atención por las referencias jazzísticas, la recreación de un club de jazz barcelonés con claras referencias a las viejas películas de género y la manera en la que el mito de Billie Holiday da vida al personaje principal de la historia.

Billie, de niña, creía que la vida tenía banda sonora, como las películas, porque no podía recordar un solo día de su infancia, en su Cuba natal, en que la música no hubiera acompañado cada uno de sus gestos cotidianos. 
Con los años, llegar a ser una gran cantante de jazz y de alguna manera, cumplir de este modo el sueño de su madre se convirtieron en su máxima aspiración.
(Lola Mariné, Habana Jazz Club)



ENTREVISTA A LOLA MARINÉ

Jazz, ese ruido: La referencia a Billie Holiday es obvia, no sólo en esta presentación sino en la descripción física y en la manera en que describes la forma de cantar de la Billie de la novela. ¿Fue Billie Holiday la inspiración primera de esta historia?

Lola Mariné: La verdad es que no. Mi idea inicial era escribir una novela que transcurriera en un club de jazz y en torno a una serie de personajes habituales. La imagen de Billie Holiday surgió de manera espontánea, porque siempre me ha gustado, y me sirvió en bandeja el nombre de la protagonista y la historia de su madre, Celia. El espíritu de Lady Day se coló en la novela por su cuenta y la convirtió en un homenaje a su figura, lo cual le da un valor añadido.

J,ER: ¿Qué tiene que ver Billie Holiday el personaje real con el de tu novela? 

LM: Yo no pretendía escribir una biografía de Billie Holiday, por lo que traté de que las similitudes fuesen mínimas para no confundir al lector. Lo único que tienen en común es que ambas son de color, aman el jazz y la Billie de ficción imita y admira a la real, como antes lo hizo su madre. Las vivencias de cada una de ellas son muy distintas, aunque ninguna de las dos tuvo una vida demasiado fácil.

J,ER: Aparte de Billie Holiday, ¿qué tipo de jazz te gusta o te inspira?

LM: No soy una entendida, ni mucho menos. Simplemente disfruto con este tipo de música y me llega más que otros estilos. Me gusta el jazz clásico, el swing, el dixieland. Me encanta Miles Davis, Duke Ellington, por supuesto, Billie Holiday y muchos más.

J,ER: ¿Existe de algún modo el "Dixieland", el club de jazz de la novela?

LM: El "Dixieland" es una mezcla entre el "Zeleste" de la Barcelona de los años setenta, que estaba en el barrio del Born, donde descubrí el jazz , y el "Jamboree", en la plaza Real, al que sigo acudiendo de vez en cuando. De hecho, Billie acaba viviendo en la plaza Real, justo enfrente de este local. Y su vida en Barcelona transcurre entre esas callejuelas del casco antiguo.

J,ER: La protagonista de Habana Jazz Club canta desde pequeña canciones de son cubano (su madre se llama Celia, nombre emblemático donde los haya) y escucha a Sarah Vaugh, Ella Fitzgerald, Billie..., una cultura que no hemos tenido ni tenemos en españa. ¿A qué crees que se debe esa ignorancia del jazz en nuestro país?

LM: Supongo que no es un tipo de música del gusto español. Aquí nos han educado con el porompompero y el pasadoble de la España cañí. Ahora los jóvenes tienen más acceso a toda clase de música, pero creo que el jazz, como la música clásica, es para paladares exquisitos. No es facilón ni se presta a bailoteos ni estridencias discotequeras.

J,ER: Como autor de novelas de ficción, tengo interés personal en preguntarte cómo ha sido la acogida de tus libros, especialmente en estos tiempos de reinado de Kindle.

LM: Mi primera novela, Nunca fuimos a Katmandú, fue publicada por una editorial convencional (Viceversa); tuvo muy buena acogida, pero ya se sabe que los libros en papel tienen una vida bastante limitada, por lo que al año de su publicación decidí subirla a Amazon; se vendieron unos 10.000 ejemplares y fue uno de los ebooks más vendidos en 2012. Eso me animó a publicar un libro de relatos, Gatos por los tejados, y después Habana Jazz Club. En los dos últimos casos apareció primero el ebook y más tarde el libro en papel porque creo que hay un público que todavía prefiere el libro tradicional y a mí misma me gusta ver mis libros impresos. Pero lo importante es que se lea, lo de menos es el formato. Creo que tenemos que asumir la convivencia entre digital e impreso sin que una cosa quite la otra sino que haya más opciones. Y por suerte, mis libros son bien acogidos en ambos formatos.

J,ER: Recomienda a los lectores de nuestro blog algún aspecto de la novela que haga imprescindible su lectura.

LM: Bueno, la propia trama de la novela, desde la infancia de Billie en la Habana dónde nace su pasión por el jazz y su deseo de ser cantante, pasando por el amor que trastoca su vida y la lleva a huir de Cuba y trasladarse a España, y todos los avatares por los que pasa hasta recalar en Barcelona, hacen interesante la lectura. Tiene además el aliciente de que la música es uno de los protagonistas de la historia; se mencionan temas y canciones reconocibles por todos los aficionados al jazz y al blues y me gusta pensar que leer la novela provoque en el lector el deseo de escuchar esos temas o de descubrirlos si no se conoce. Y en el "Dixieland" se sentirán como en su club de jazz favorito.

J,ER: Acabas de sacar una nueva novela, háblamos de ella.

LM: Mi nueva obra está en proceso editorial y saldrá en el mes de abril, para el Día del Libro. En este caso no se trata de una novela sino de una experiencia personal. Nepal, cerca de las estrellas, narra mi estancia como voluntaria en una escuela del Nepal a principios del 2013. En ella comparto con el lector vivencias, reflexiones, anécdotas y curiosidades de los contrastes culturales entre oriente y occidente. Es un libro muy especial para mí que he escrito con mucho cariño.
J,ER: Gracias, Lola, y por favor, continúa creando historias.


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Enlaces de Lola Mariné:

* Libros en Amazon: click aquí

** Blog de Lola Mariné: click aquí.

* * * Blog de Nunca fuimos a Katmandú.

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LEONARD FEATHER

Testigo auricular de una Era

Leonard Feather (1914-1994) es probablemente el escritor que más ha influido y aportado al mundo del jazz, tanto es así que su trabajo como músico, productor y compositor quedó eclipsada por sus escritos. Quizás también el que más páginas haya publicado (sus liner notes en cientos de álbumes aumentan su bibliografía de una manera exagerada) pero me gustaría destacar que la publicación de su libro Inside Be-Bop en 1949 sentó cátedra y evitó que cientos de puristas escépticos pasaran por alto el bop, y contribuyó a convertirlo en un hito perdurable. Su primitiva pasión por el jazz cuando era adolescente se fue incrementando a lo largo de seis prolíficas décadas de textos, madurando un sentido crítico envidiable: en 1964 recibió el primer Grammy otorgado a un texto en el libreto de un disco. Fue por The Ellington Era. El humilde aficionado que firma este blog, que se defiende mejor con la ficción que con la crítica, está disfrutando de la lectura de uno de los libros de Feather: The Jazz Years: Earwitness to an Era (1986) que, traducido literalmente, podría sonar así: Los años del jazz: Testigo auricular de una Era

Espero que esta breve reseña les inspire escuchas, búsquedas, descubrimientos y ganas de jazz.

Leonard Feather dedicó seis décadas de su vida al jazz. En 1964, recibió el primer Grammy a las notas de un álbum.  Es doctor honoris causa en Berklee. Hizo radio, producción y publicó varios libros. The Jazz Years... comienza narrando su descubrimiento del jazz durante sus estancias adolescentes en París y Berlín., y sus excursiones al nada recomendable barrio de Whitechapel para comprar discos. Era el comienzo de la década de los 30:

Aun así, mereció la pena el viaje en autobús hasta Whitechapel para rebuscar entre pilas de novedades e invertir cuatro chelines y tres peniques (poco más de un dólar) en un fascinante nuevo disco de Duke Ellington llamado Mood Indigo, aun cuando la otra cara del disco estuviera dedicada a Benny Payne, un vocalista invitado de su orquesta, cantando "When a Black Man's Blue" (compuesta, por supuesto, por tres tipos blancos).

Por supuesto, conocer a Duke fue lo más grande de su carrera, y también su gran oportunidad, porque pudo trabajar para él.
Si estuviera bajo juramento y obligado a nombrar la época más feliz y fructífera de mi carrera, los diversos periodos en que trabajé para Duke Ellington, comenzando por 1942, vendrían inmediatamente a mi mente. Como le dije a Duke muchos años después, fue como si hubiera subido al Cielo e inmediatamente me hubieran nombrado secretario de Dios.
Duke Ellington, Leonard Feather, 
Nat 'King' Cole y Johnny Hodges (1951). 

No vamos a diseccionar las opiniones vertidas en el libro porque seguramente son más válidas y autorizadas que la mayoría de los que aquí opinamos, pero me gustaría dejarles algunos párrafos que no tuve más remedio que subrayar con vehemencia y algo de devoción.
La amistad entre Milton Mesirow (más conocido en Harlem y donde quiera que tuviera sus asuntos como Mezz Mezzrow) y yo era algo más allá de cualquier explicación racional. Él era un tradicionalista para quien el estilo Nueva Orleáns era virtualmente la única verdad del jazz; yo estaba más interesado por la evolución y, en los años siguientes, defendí el bebop que él despreciaba.

Y bien, tampoco es cuestión de contarles todo el libro. Leonard Feather es prolífico en detalles (como lo es en libros, y cualquiera valdría para ahondar suficiente en el mundo del jazz) y sólo he leído unas cien páginas. Les dejo con una cita que, por su ironía y por el cariño que le tengo a Fats Waller, hará que vuelva con una sonrisa a la lectura de The Jazz Years.


Había oído rumores de que Fats grababa con la ayuda de una botella de ginebra a cada lado del piano. El mito pronto fue desmentido: sus requerimientos eran, en realidad, una jovencita sexy a un lado y una botella de brandy al otro.

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* Página oficial: www.leonardfeather.com

FEDERICO GARCÍA LORCA

El rey de Harlem (fragmento)

Un estudiante pelirrojo lee apoyado en el alféizar de la ventana. Hace rato que ha pasado la medianoche y Nueva York se yergue aún, priápica, sobre el lodo de las calles.

Lee a Lorca en silencio:



[...]Es preciso cruzar los puentes
y llegar al rubor negro
para que el perfume de pulmón
nos golpee las sienes con su vestido
de caliente piña.
Es preciso matar al rubio vendedor de aguardiente
a todos los amigos de la manzana y de la arena,
y es necesario dar con los puños cerrados
a las pequeñas judías que tiemblan llenas de burbujas,
para que el rey de Harlem cante con su muchedumbre,
para que los cocodrilos duerman en largas filas
bajo el amianto de la luna,
y para que nadie dude de la infinita belleza
de los plumeros, los ralladores, los cobres y las cacerolas de las cocinas.
¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!
No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
a tu violencia granate sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero, con un traje de conserje.

De fondo, suena Charlie Mingus, interpretando la angustia y la oscuridad...



Tenía la noche una hendidura
y quietas salamandras de marfil.
Las muchachas americanas
llevaban niños y monedas en el vientre,
y los muchachos se desmayaban
en la cruz del desperezo.
Ellos son.
Ellos son los que beben el whisky de plata
junto a los volcanes
y tragan pedacitos de corazón
por las heladas montañas del oso.

Aquella noche el rey de Harlem,
con una durísima cuchara
arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara.
Los negros lloraban confundidos
entre paraguas y soles de oro,
los mulatos estiraban gomas, ansiosos de llegar al torso blanco,
y el viento empañaba espejos
y quebraba las venas de los bailarines.
Negros, Negros, Negros, Negros.
La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca arriba.
No hay rubor. Sangre furiosa por debajo de las pieles,
viva en la espina del puñal y en el pecho de los paisajes,
bajo las pinzas y las retamas de la celeste luna de cáncer.
Sangre que busca por mil caminos muertes enharinadas y ceniza de nardos,
cielos yertos, en declive, donde las colonias de planetas
rueden por las playas con los objetos abandonados.
Sangre que mira lenta con el rabo del ojo,
hecha de espartos exprimidos, néctares de subterráneos.
Sangre que oxida el alisio descuidado en una huella
y disuelve a las mariposas en los cristales de la ventana.
Es la sangre que viene, que vendrá
por los tejados y azoteas, por todas partes,
para quemar la clorofila de las mujeres rubias,
para gemir al pie de las camas ante el insomnio de los lavabos
y estrellarse en una aurora de tabaco y bajo amarillo [...]

En cualquier momento, el día despuntará con el temblor de una duda que se hace visible.
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* La foto se titula Black jews, Harlem (1929) y retrata a un grupo de judíos negros delante del Moorish Zionst [sic] Temple en Harlem. Fue tomada por James Van Der Zee, el fotógrafo afroamericano que retrató el Renacimiento de Harlem, el movimiento literario que da fe del peso de los escritores negros en los años 20.

ENLACES:
* Sobre el poema de Lorca: www.liceicassano.it
* Juan de Dios García habla sobre la cultura del blues y del jazz en García Lorca en La música y las fieras.

¡OH, LA HABANA!

Cuando la noche era cubana

Después de Mi vida saxual, nadie le niega a Paquito D’Rivera licencia para escribir cuando no está saxo en mano. De hecho, no sé si me sorprendió menos encontrar en la librería otro libro suyo o enterarme de que en 2002 recibió un premio de ¡periodismo! ¡Oh, La Habana! es el título del libro en cuestión. Tomado de una rumba, el título acentúa la intención de Paquito D’Rivera de bailar por La Habana como por su casa durante 180 páginas. Y para el caso, elige el vehículo de la ficción, fabulando con su colorido lenguaje narrativas a partir de anécdotas reales, para retratar la época dorada de Cuba al final de la dictadura de Batista y justo antes de la era castrista, una época en la que la ciudad bullía de ambiente nocturno y de personajes del cine, de la literatura y del jazz llegados de todos los lugares del mundo. Un personaje llamado El Tío Antonio nos cuenta sus andanzas por las orquestas de La Habana en primera persona, implicando a personajes tan diversos como Hemingway, Tommy Dorsey, Bebo Valdés, Stan Getz, Philly Joe Jones, Eartha Kitt, Cachao... y Pucho Escalante.

Precisamente, la parte más divertida de la novela es la búsqueda del trombonista Pucho Escalante, huido después de una chiquillada que él y sus amigos le han hecho a un músico de la marina. Aparecen retratados con detalle todos los clubs y garitos importantes del ambiente nocturno de aquella Habana de los 50 en cuya guía telefónica aparecían “1.170 bares y cantinas con ambiente musical, 214 cafeterías con jukebox [...] alrededor de 600 restaurantes –muchos de ellos con música en vivo-, un centenar de tiendas de discos, tres docenas de establecimientos de venta de fonógrafos, 150 casas de venta de pianos y accesorios musicales, 250 sociedades de recreo y clubes con animación musical, medio centenar de orquestas populares e igual número de cabarets”. Por si fuera poco, se podían escuchar por la radio de onda corta los conciertos de Benny Goodman en el Waldorf Astoria de Nueva York. ¿No iban a salir buenos músicos de aquella isla de antaño? Finalmente, Pucho reaparece en un capítulo huyendo desnudo hacia cualquier lugar, para terminar dando la vuelta al mundo con cualquier charanga u orquesta que lo contratara hasta establecerse definitivamente en Nueva York, donde grabaría, entre otros, con Machito y Herbie Mann. Divertido e histórico al tiempo.

Aparte de los personajes musicales, la ironía de Paquito D’Rivera retrata todos los aspectos de La Habana en la que creció, llena de color y contrastes, un imán para personajes singulares como el Caballero de París, el pordiosero más elegante y famoso de La Habana o uno de mis preferidos, el violonchelista ruso Gustav Putin, cuyos numeritos, ya sean vestido de gladiador para sorpresa de la KGB o acudiendo a una cita desnudo y con corbata, son espectaculares. También hay personajes más reales y amargos, como cierto tipo de comunista pre-Castro, el típico comerciante con dinero que por un lado odia a los ricos (por capitalistas) y por otro desprecia a los pobres (porque no pueden pagarle). D’Rivera llama a estos ricos de pueblo “capitocialistas” y, si le añade el componente de ignorancia, “Cubá-non-sapiens billetosus”.

La sensación es la de estar leyendo una novela de David Lodge, con personajes fuera de lo común, en una época en la que la dolce vita duraba en La Habana hasta el amanecer, como si los americanos hubieran trasladado sus felices años 20 a algún paraíso cercano y lo hubieran encontrado en la capital de Cuba. La música y las anécdotas hacen inolvidable una lectura que por momentos nos hace olvidar que es real, fruto de la experiencia y del recorrido vital de este músico.

Cuando uno cierra (¿definitivamente?) el libro, le queda la sensación de haber estado allí en aquellos años, y de haber vivido la mejor época de su vida, porque “no hay duda de que la vida cambia totalmente de color cuando se mira desde un convertible en marcha; sobre todo si el coche se desplaza por el Malecón habanero, una noche fresca de principios de enero, en compañía de buenos amigos y mujeres hermosas. La brisa húmeda y salobre acaricia el rostro y hace florecer el alma, haciéndote caer en un trance del que ya no deseas salir nunca más.”

VIDAS FINGIDAS

Fetichismos musicales en épocas de crisis

Rob Gordon (John Cusack): "El fetichismo musical es como el pornográfico. Me sentiría culpable al cobrarles si no fuera porque yo soy como ellos".

Sí, he vuelto a ver High fidelity (Stephen Frears, 2000, basada en la novela de Nick Hornby). Me siento a gusto con sus decorados llenos de vinilos y su forma de ver la vida a través de los discos. Creo que, de alguna forma, expresa una forma de sentir la vida, en especial cuando Rob saca todos sus discos de las estanterías de su casa (en la foto) y los reordena autobiográficamente.

Es posible que yo no sea un fetichista musical por el hecho de que mi sueldo no me lo permite, pero tengo empeño. De hecho, he estado buscando entre mis vinilos y mis cedés algún disco raro que mereciera la pena sólo por el hecho de tenerlo físicamente y no lo encuentro. Nunca he sido de los que se compraba el mismo álbum dos veces porque tuviera una portada distinta. Otra cosa es el afán acaparador de todo coleccionista...

En el blog Impronta de jazz leí hace tiempo un artículo llamado Disco es cultura sobre el fetichismo musical, sobre nuestras relaciones afectivas con los discos como objetos, sobre nuestra dependencia de las tiendas de discos y de la pérdida de este contacto físico debido a la preponderancia del mp3. Lo cierto es que, oyendo música por los auriculares, mientras uno hace deporte o viaja, pierde de vista esas portadas maravillosas, esos datos sobre personal de los libretos, estudio de grabación, fechas... que realmente nos son tan queridas... El artículo termina con un relato del libro Memorias de un ladrón de discos de Carlos Sampayo, libro que, automáticamente, acaba de convertirse en objeto de deseo para este que firma, digamos, en fetiche (futuro).

El tacto de los cedés no es como el de los vinilos. Deberíamos estar de acuerdo en eso. Tener un vinilo en las manos, con su enorme portada de 12" era todo un placer. Sí, hay discos que sólo por la portada merece la pena tenerlos. De los cedés sólo se aprecia la cantidad de páginas que cabe en su booklet. ¿He dicho yo esto? ¿Dónde está mi fetichismo musical? Sigo buscando un disco que merezca la pena tener como objeto físico y no por lo que suena. ¡Tengo uno! Se trata de una recopilación de Satchmo Jazz Records (¿Qué ha ocurrido con Satchmo? Su tienda online está de liquidación. Editó tan buenos artistas...) que se llama Vidas fingidas (SJR, 2002).

Vidas fingidas es mucho más que un disco. Es una especie de disco-libro, disco-comic o algo parecido. Alterna diez relatos cortos de Juan Ferrer, que en la voz de Jordi Dauder suenan a blanco y negro, con personajes al límite, tahures, boxeadores, músicos de jazz, con sus correspondientes diez temas de jazz interpretados por los artistas de Satchmo, un amplio abanico nacional que va desde Perico Sambeat, Xavi Maureta o Juan Camacho hasta vocalistas como Celia Mur o Amelia Bernet. Lo físico del disco, lo que justificaría el fetichismo, son las ilustraciones de Josep Maria Cazares, que calzan a la perfección con los relatos hard boiled de Juan Ferrer, convirtiendo el disco en una obra de arte visual con estética de comic y una cuidada y elegante presentación en libreto de cartón con un inserto para el disco, lo que hace que, a pesar de su tamaño, siga pareciendo un libro en nuestras manos.

"Para un tipo como yo, nada a perder ni nada a ganar, es una muy buena ocasión para volver a sentir el escalofrío que provoca una buena mano; esa sesión de psicología que dura eternamente mientras se va descartando; el gesto de uno, la repentina frente húmeda de otro, el vistazo de soslayo y, finalmente, el gran momento: los naipes sobre el tapete" (Vieja dama del sur, ilustrado por So many people, de Stephen Sondheim).

"Sé que me hubiese gustado ser actor, de esos que se hacen leyenda fingiendo la vida, que aun después de muertos tienen la gracia del que se sabe irrepetible mientras golpea un pitillo sobre un mostrador y mira a una diosa que le espera al final de la barra, al tiempo que una canción que hacen suya inunda el espacio fílmico"
(Luces y sombras, fragmento). Después, suena Hotel Orly de Xavier Monge Group. Una maravilla.

MÚSICA PARA CRONOPIOS

Dejo aquí este cartel para todos los que estéis cerca de Sevilla el próximo lunes. A mí me será del todo imposible, por lo que espero que alguien tenga la crueldad de contármelo.

La Asociación Apoloybaco va a presentar en la Feria del Libro de Sevilla 2009 el libro de su tercer certamen literario. Al final del acto, pondrá el toque jazzístico el cuarteto de Manuel Calleja con un homenaje a Julio Cortázar y a Charlie Parker. Nada menos.

Histeria #2: El jazz es peligroso

Como comentaba en la entrada anterior, Boris Vian jamás ganó un céntimo como músico de jazz, incluso presumía del título de músico amateur. Esto no deja de ser una ironía porque su mayor frustración fueron los fracasos económicos de sus libros, así como del resto de sus peripecias artísticas. Como crítico de jazz, tampoco dejó jamás de ser un escritor amateur.

Durante casi diez años, Boris Vian envió a la revista francesa Jazz Hot crónicas en las que hablaba incluso de jazz. En un medio en el que se supone que se debe hablar sólo de jazz, él escribía sobre cualquier cosa, preconizando que no se debía entender la música en sentido absoluto sino en relación a la época. Sus primeras críticas en Jazz Hot eran revisiones de artículos americanos aparecidos en revistas especializadas; después, fue dejando salir su estilo, aprovechando cualquier tema para escribir, tuviera o no relación con el jazz, pero siempre postulando la idea de que la crítica de jazz debía ser imparcial y atendiendo siempre a la música en sí.


El jazz está patente en casi todas sus obras de ficción, marcando el tono oscuro en escenas que sin música quedarían artificiales y almibaradas. Según el análisis de Jean Clouzet en su estudio sobre Boris Vian, el escritor usa el jazz de una forma específica en cada una de sus obras: en Vercoquin y el pláncton, el jazz en estado puro hace vivir a unos personajes que son incapaces de bailar, beber o follar sin música, mientras que en La espuma de los días el jazz ilustra de forma sutil el deseo de que las dos únicas cosas que hay en la vida (las mujeres y el jazz) sean sensuales e inexplicables (“Hay solamente dos cosas: cualquier forma de amor con bellas muchachas y la música de New Orleans y de Duke Ellington).

Pero la pasión de Vian por el jazz fue también la pasión por lo prohibido. Cuando era un adolescente, se le prohibió tocar a causa de una enfermedad coronaria crónica; de adulto, asistió con consternación a la proscripción social de la música negra. En respuesta a ciertas actitudes vigentes enfrentadas al jazz, publicó en 1949 en Jazz Hot un elocuente artículo titulado El jazz es peligroso: Fisioterapia del jazz, en el que escribió fragmentos tan irónicos y, a la vez, elocuentes como éstos: “Tan lejos como uno quiera remontarse hasta la antigüedad, pueden encontrarse ejemplos de la acción esclerosante y necrosanta del jazz sobre la célula viva y las macromoléculas del citoplasma [...] Los trabajos del doctor René Theillier, relativos a las lesiones provocadas por la repetida agresión de una causa cualquiera, dilucidan igualmente el peligro de cualquier música de ritmo regular; el jazz es el ejemplo más típico, y por ello sería necesario que los poderes públicos (aquí Vian acusa sarcástica y directamente a los responsables de la prohibición) se decidieran por fin a aplicar el bisturí en esta llaga y a encontrar un remedio para las psicopatías cada vez más grandes que parecen apoderarse por completo de nuestros jóvenes contemporáneos”.

En el mismo artículo, llega a divagar sobre el supuesto experimento en el que “un perrito de pocos días” es sometido de forma regular a la audición de lo que llama “grabaciones de esta música de salvajes”. El resultado parece ser de necrosis y degeneración grasa de ciertas partes del organismo, por lo que añade un rebelde: “Existe un gran peligro al dejar a sus hijos escuchar la radio” (naturalmente, se refiere a una época en la que el jazz sonaba por la radio) Por eso os digo: padres, desconfiad del jazz”. Termina relacionando el jazz con los problemas que hacen flaquear la “armadura de la sociedad actual” y proclamando, histriónico: “Por ello es por lo que decimos a la Administración: ¡Cuidado! Hay peligro. Suprimid el jazz y habréis matado en el mismo huevo todos los gérmenes de la rebelión social que engendrarán a corto o largo plazo la guerra atómica.”. (Jazz Hot, noviembre de 1949).

Histeria #1: Boris Vian a la trompeta

Lo han definido como ecléctico y canalla, bohemio y espectacular, imprevisible improvisador y con muchos más adjetivos que encajan con la definición que me gusta del jazz, pero Boris Vian fue un artista (poeta, novelista, músico) que supo venderse tan bien que es muy común confundir autor y personaje. En el ensayo que acabo de leer, Jean Clouzet recurre a términos médicos para definir la personalidad de Boris Vian. “La psiquiatría, al esquematizar en extremo, nos enseña tres tipos principales de estructuras caracteriológicas: las obsesivas, las esquizoides y las histéricas”, escribe, y sitúa al escritor, sin titubear, en la tercera de estas tipologías. Boris Vian fue un bohemio, pero no por histeria o por accidente: Boris Vian fue un actor de la bohemia, un fingidor con las aptitudes necesarias para llamar la atención allá donde fuera, y encontró en la noche de París y en el jazz el método para expresar su espíritu singular.

Dicen que tocaba la trompeta al límite de la pasión, algo que le habían prohibido desde la adolescencia porque arrastraba una insuficiencia crónica pulmonar.



Cuando veo esa foto de Cortázar, perdido en su París desordenado y lleno de eternos estudiantes anclados en la displicencia, agarrado a una vieja trompeta que jamás aprendió a tocar, no puedo evitar pensar que intentaba imitar inútilmente a Boris Vian, un escritor que, como él, hizo de la escritura un camino que se salía de lo marcado, que construyó una prosa llena de improvisaciones que se reinventaba continuamente a sí misma con un inacabable diccionario de palabras con nuevos sentidos (conductor de pimienta, rasca-menú de los trópicos) y nuevos nombres para cosas de lo más trivial (bailar es, por ejemplo, la producción de interferencias por parte de dos elementos animados con un movimiento oscilatorio rigurosamente sincrónico), prosa imprevisible pero no ilógica sino (prefiero esta definición) inhabitual, un don que lo define más como amante de la improvisación que sus diez años de crónicas en Jazz Hot.

Como músico, Boris Vian no pasó de cierta pose. La música fue un medio más para sus poemas, convertidos en canciones. Más abajo elegiré uno de mis favoritos para ilustrar este tema. Sus letras siguen sorprendiendo a pesar del paso del tiempo. La prueba es el disco de Andy Changó, nada jazzístico (las canciones de Vian no lo eran), en el que recrea, actualizando el lenguaje y los guiños, poemas/canciones como Complainte du progrès, Le déserteur, J'suis snob o Ah! si j'avais un franc cinquante.

Pero abrí este blog para hablar de jazz. Aunque, como músico, no destacó en absoluto, su pasión adolescente (dicen que como reacción a la prohibición de la música negra) se materializó a los 18 años con su primera banda de jazz. Más tarde, en la orquesta de su amigo el clarinetista Claude Abadie, con la que penetró en el barrio de Saint-Germain-des-Près, donde se rodeó de la intelectualidad nocturna del momento (Camus, Sartre...) en las cavas del Tabú y en el Club Saint Germain. Sin embargo, la cima de la modernidad estaba muy lejos de la del jazz. Jamás llegó a triunfar como trompetista y su única incursión “profesional” en el jazz fue a través de sus reseñas en la revista francesa Jazz Hot. Quizás provocador, quizás realista, solía referirse a sí mismo con el orgulloso título de músico amateur.

Boris Vian
VALS TONTO

He compuesto para ti
Un vals así
Que nadie cantará
He querido que haya
De comer y de beber
En mi vals y está aquí
El resultado

Un vals en forma de silla
Sin posar en el suelo
Un vals con forma de fresa
Que se come con los dedos
Un vals con escamas
Como un pececillo
Un vals para las aves
Y para los embutidos
Un vals en madera de las islas, un vals de hilo de hilo
Un vals para afilar los romos cuchillos
Un vals en piel de anchoa
Un vals en pasta de oca
Vayamos al bosque, cantemos
Un vals sólido y espeso
Para construir una mansión
Un vals para hacer un pozo
En cualquier estación

Ya me he dado cuenta
Que mi torcido vals
No te rendía homenaje
Y he hecho enseguida
Un bonito cuplé
Para celebrar mi vida
Y helo aquí

Un vals en forma de endivia
Como tus ojazos azules
Un vals de larga cola y furtiva
Para llorar los dos
Un vals en forma de cabra
Tumbémonos en el prado
Pronto, déjame tus labios
Sí, te los devolveré
Ven, te daré mi corazoncito
Bailemos el vals sin parar hasta el amanecer
Sobre el puente de un buque tú y yo valseamos
Un buque con corderos que va a Santiago
Un vals tierno y sutil
Igual que tú y yo
Oh, qué fácil es la vida
Cuando estoy en tus brazos...

EL JAZZ EN EL AGRIDULCE BLUES DE LA VIDA

De gira con Wynton Marsalis

Hacía mucho, mucho tiempo que tenía este libro en mi interminable lista de lecturas pendientes. Menos mal que existen las vacaciones.

El jazz en el agridulce blues de la vida (Jazz in the bittersweet blues of life) prometía ser, en un principio, un experimento periodístico en el que el escritor Carl Vigeland acompañaría al septeto de Wynton Marsalis durante toda una gira para después publicar algo así como un “diario de carretera”. «Adoro la carretera», escribe el músico. «Para mí no supone ningún esfuerzo actuar en público. No lo siento como una obligación. Adoro salir ahí cada noche, y lanzarme de cabeza al swing con la banda, con la gente que viene a escucharnos. Espíritu de equipo, estilo y dar en el clavo, eso es el swing. Y, cuando lo pruebas, siempre quieres más.» Después describe esa sensación de que un lugar le trae a la mente otro lugar, una actuación le recuerda otra anterior. «En la carretera, ese tipo de cosas pasa cada día.»

Pero esta road movie en papel no es sólo un libro sobre música y mucho menos una biografía. Es casi un diario íntimo en el que el alma del músico se revela hacia el exterior en forma de palabra, con parrafadas, páginas enteras, que no se pueden describir como periodismo ni como entrevista ni como conversación. Son, simplemente, pensamientos en voz alta o monólogos en los que Marsalis expresa su concepción de la vida. lo que ve y lo que siente, lo que tiene entre manos y lo que proyecta y, sobre todo, en qué se inspira cuando escribe o cuando toca: 
«Una vez en Lincoln, Nebraska, pero para el caso podría haber sido cualquier otro sitio, tocamos You don’t know what love is, de nuestro repertorio habitual. Lo tocamos a menudo pero nunca del mismo modo. [...] Esa noche recuerdo que cuando tocamos You don’t know what love is yo pensaba en alguien que reía, un niño o una niña por la calle que oyes mientras estás sentado en el portal de tu casa al atardecer; o una mujer al teléfono a miles de millas de distancia, a la que haces feliz con algo que dices; o tus hijos jugando en la bañera. La risa. Pensaba en eso cuando llegamos al final de la canción y empecé a alargarme con unas cuartas, intervalos de cuartas: un minuto más o menos, no estaba contando. Después, fin.» .

Si en la portada aparece el nombre de Wynton Marsalis al lado del de Carl Vigeland es porque las impresiones del músico llenan tantas o más páginas que el trabajo del periodista.
También es un diario de toda la gente que aparece y desaparece día a día en la intermitencia de una vida llena de ciudades, conciertos, estudios de grabación, televisiones, pero sin contabilidades innecesarias. Es un diario de lo que pasa y de lo que permanece («Nunca dimos el mismo concierto dos veces. En realidad, “interpretar” no es realmente la palabra adecuada para describir lo que hacemos [...] Nunca sé qué pasará. En la vida pasa lo mismo») y una enciclopedia sobre sus esfuerzos. Queda constancia de sus continuos problemas para acabar a tiempo los encargos que le hacen, especialmente cuando se trata de componer para otros, su apretado calendario para grabar, actuar de aquí para allá con algún alto en algún instituto para dar una clase de música a los alumnos, sus vivencias en ese autobús que traslada al septeto y que siempre encuentra un lugar para parar donde hay una pista de baloncesto para que los chicos de la banda jueguen sus habituales partidillos. Los escenarios recorren todo Estados Unidos, Puerto Rico, Francia, España...

El septeto de esta gira proviene de un quinteto de los 80 que se convirtió en cuarteto cuando su hermano Brandford y el pianista Kenny Kirkland lo abandonaron para tocar con Sting. Marsalis nunca ha superado esta experiencia. Tras algunos cambios, quedó en septeto a finales de los 80, una formación que duraría casi quince años. Está formada por el trompetista y por Todd Williams (saxo), Wess Anderson (saxo alto), Wycliffe Gordon (trombón), Marcus Roberts (piano), Reginald Veal (bajo) y Herlin Riley (batería). Siete personajes memorables, humanos y cercanos, cada uno de ellos con tantos apodos que es imposible aprendérselos. Sus experiencias y opiniones terminan haciéndose familiares e imprescindibles.

El jazz en el agridulce blues de la vida está destinado a convertirse en uno de mis libros de cabecera. Después de haberlo terminado, es como si hubiera viajado con Wynton en ese autobús, estado entre bastidores con su banda y escuchado sus pensamientos mientras componía o improvisaba. No sólo es un documental fabuloso sobre Wynton Marsalis sino una experiencia viva que pienso repetir.

«¿Quieres saber lo que me enseñaron todos esos músicos de jazz con los que crecí? No hay ningún precio que pagar por la vida, excepto vivirla. Y, si alguien quiere hacerte pagar un precio por ello, que se joda. Deja que el filo azulado del amor te abra lo dulce y lo amargo y, cuando te toque el hueso y sientas aún que haces el amor como si el filo de la navaja te hubiera abierto el corazón por primera vez y encendido la sangre, deja tu alma en libertad y, cuando cada vez que toques sea así, entonces habrás encontrado el jazz en el agridulce blues de la vida.» (Wynton Marsalis)


HISTORIAS DE LA NOCHE (A TODO COLOR)

Jorge González & Horacio Altuna, Hate Jazz (Sinsentido)

La noche. La Nueva York previa al 11-S. El odio. Así comienza Hate jazz, el cómic de Jorge González y Horacio Altuna que demuestra gráficamente que del peor odio puede surgir el mejor jazz, algo que los mal pagados músicos de los años 40, que tocaban en clubs de lujo donde sólo podían entrar los blancos, sabían muy bien.

Gran formato, espectaculares y heterodoxos dibujos que van desde el más simple bosquejo a lápiz hasta el colorismo más efectista, referencias y más referencias a músicos y standards, un guión amargo y lleno de cicatrices, las palabras justas, el mensaje exacto y varias historias entrelazadas dan vida a Hate jazz...

La de Clarence T comienza cuando, empujado por el mono, irrumpe en el club Dolphins para pedir los atrasos necesarios para chutarse y termina de forma fatal. En el Dolphins toca un cuarteto formado por Nat y Emmet Gayle, dos hermanos enamorados de la misma mujer; por Cecil, un pianista ambicioso pero mediocre, que quiere triunfar plagiando descaradamente solos de McCoy Tyner, Hank Jones... y, por último, está Chester, al saxo, un músico privilegiado que tiene el don de evadirse mientras toca. Su historia es la más compleja y la más dramática. Chester libera su asco existencial oyendo a Sonny Rollins en el taxi que conduce y tocando por las noches en el Dolphins. Una serie de casualidades y unos pijos snobs enredan una trama (que podría haber escrito Paul Auster) cuando le pagan para que toque jazz mientras tienen una sesión de sexo y drogas. Chester acepta, pero se evade, desvaneciéndose en su propia música, cada vez más abstracta y pura, construyendo maravillas a partir de It’s easy to remember, Too young to go steady, All or nothing at all... y de los compases de su propio odio. Dos asesinatos ponen punto y final a este clímax.

Porque todas las historias de este volumen tienen un final trágico, como la ciudad, esa Nueva York que acabará abatida por el terrorismo islámico, y demuestran, como lo hacen los personajes con su música, que hay mucha buena música nacida del peor odio. 

Hate jazz es la segunda colaboración, tras Hard story, de Jorge González con Horacio Altuna, ese dibujante argentino autor de Ficcionario, ese dibujante que trabajó para la edición argentina de Playboy, uno de los pocos cuyas mujeres hacen sombra a las de Milo Manara, el primer extranjero galardonado con el Gran Premio en el Salón Internacional del Cómic de Barcelona (2004)... y que aquí ejerce sólo de guionista para los dibujos de Jorge González ya que, como dijo en una entrevista en el blog Comic Peru, tiene "más ideas que tiempo para dibujarlas". Así pues, un dibujante que ejerce de guionista para otro dibujante. Eso se llama confianza. 

Hate jazz es un descubrimiento que encontré hace tiempo en Lenoir.es (sí, esa tienda que sólo tiene libros sobre música) y que me resistía a comprar porque hace tiempo que sólo encuentro cómics estereotipados y superficiales. Esta historia, sin embargo, confieso que me sigue rondando la cabeza pidiéndome una relectura que, de momento, guardo para otro momento más sosegado, quizás una tarde de lluvia, en ese momento en que comienza a hacerse de noche y apetece algo amargo para beber. Pero, para eso, habrá que esperar al otoño.

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Las imágenes son del cómic. Hay más imágenes y algunos bocetos en b/n y color en la página de Jorge González: www.jorge-g.com


How my heart sings (y II)

Por fin he acabado la biografía de Peter Pettinger sobre Bill Evans y tengo que decir antes que nada que, no siendo un fan incondicional del pianista (mis amigos saben qué tipo de jazz prefiero antes que el elaborado lirismo de Bill Evans) he podido leer en palabras en qué consiste la magia de Nardis, aunque espero que nadie me obligue a expresarlo.

El libro es una biografía, pero está escrito por un pianista clásico desde una óptica analítica que desmenuza cada grabación y cada sesión de Bill Evans que ha llegado hasta nuestros días, a pesar de lo cual la narración es tan fluida que casi parece una novela.

La "novela" comienza con el impulso de Bill Evans hacia el swing, las primeras orquestas de baile en las que participó, como el trío de Mundell Lowe (con el que tocó durante dos semanas a principios de los 50 en Calumet City, Illinois, en un club donde el escenario estaba separado del público por una alambrada para que no les alcanzaran los botellazos que lanzaba el público), las primeras grabaciones en el estudio que Rudy van Gelder tenía montado en su casa (Stenway de cola incluido, donde el ingeniero grababa para Savoy miércoles y jueves, para Prestige los viernes y para Blue Note los domingos), la llamada de Miles Davis, por recomendación de George Russell (Miles pregunta: “¿Es blanco?” Sí. “¿Lleva gafas?” Sí. “Ya sé quién es ese hijoputa; lo vi una noche en el Birdland y vaya si toca. Tráemelo el jueves por la noche al Colony, en Brooklyn”) y su forma de entender e interpretar la música a través de sus diferentes tríos (con Paul Motian y Scott LaFaro, con Eliot Zigmund y Eddie Gómez, con Joe LaBarbera y Marc Johnson) o en sus discos en solitario (Conversations with myself, Further conversations with myself, New conversations, en los cuales innovó tocando varias pistas de piano superpuestas o utilizando teclados electrónicos Rhodes, con los que nunca llevó a congeniar del todo, en los últimos).

Como he comentado, el autor no se centra en los problemas de salud y sus causas, pero describe perfectamente su estado físico y de ánimo, y la influencia que esto tenía en su forma de tocar. En el capítulo final, deja constancia de la forma en que el trío encaraba los directos, cada vez con un tempo más rápido, más fluido, con un Joe LaBarbera plenamente integrado que casi ahogaba a los otros músicos con sus platillos. Parecía como si la vida se le escapara de las manos (a Evans le quedaban meses de vida), con la conciencia ya antigua de que lo único que lo empujaba hacia adelante era la música. En el verano del 80 estaba totalmente enganchado. Rehusó varias veces el tratamiento médico (solía decir que lo único que necesitaba era tocar) y prácticamente se alimentaba de caramelos. Murió el 15 de septiembre después de un largo y lento suicido.


En resumen, una vida intensa, siempre buscando nuevos caminos en el teclado, nuevas teorías, reinterpretando las anteriores, un nunca acabar.

No es una historia para contarla, pero me gustaría dejar caer aquí la transcripción de un maravilloso capítulo. La situación: el trío de Bill Evans, con Eddie Gómez al bajo y Marty Morell a la batería, aparece en un programa de la NBC con el flautista Jeremy Steig como invitado. Después de tocar el tema de la película Espartaco, una de sus favoritas, Bill Evans explica al público desde su teclado los ingredientes de lo que a continuación van a cocinar: So what. Transcribo: “Empezaremos con una introducción o un pasaje preparatorio, que será totalmente libre, lo primero que nos venga a la cabeza. Comenzaremos sin demasiada tensión y ésta irá en aumento hasta llegar a un punto en el que podremos relajarla y dejar que Eddie entre con la primera frase cuando quiera. Después de la presentación del tema, Jeremy tocará un par de coros, pero nada demasiado elaborado. Yo acompañaré su intervención durante un coro con un obligato y haré algunos ornamentos en el siguiente. A continuación, improvisaré con la sección rítmica durante dos coros y luego volverá a entrar Jeremy para hacer otros dos, y en esta ocasión podrá tocar lo que le apetezca. Después le tocará el turno a Eddie: haz un ocoro que nos devuelva al tema. Haremos un coro de tema y alargaremos el fnal aguantando el tempo hasta que el tema se desvanezca por sí solo”. Esto es organización del trabajo y no otra cosa.

Bill Evans era un genio musical de una inteligencia desbordante que, las más de las veces, desborda a los oyentes, especialmente a los que esperan oír un jazz mainstream. De los pocos discos que tengo de Evans, sólo suelo poner You must believe in spring, el único álbum que (para mí) equilibra los sentidos lírico y jazzístico del pianista (traducido: lo que me gusta de Evans y lo que espero de un disco de jazz), porque sigo considerándolo más un intérprete clásico que un compositor de jazz.
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Más sobre Bill Evans en la magnífica página The Bill Evans Webpages

De la primera foto no tengo constancia de autoría.
La segunda es de Henry Kahanek.