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AUTÉNTICO SONIDO DE CLUB

CARAMELO DE CUBA, Berlín Live Sessions #1 (2022)

Hace tiempo que no voy al Café Berlín, que cumple 10 años en la Costanilla de los Ángeles, donde se ha consolidado como un referente del jazz en la capital. Este es un hecho que nadie duda y que se afianza día a día, pero el lanzamiento de una serie de discos grabados en vivo en el mismo club lo eleva a otra dimensión, a esa de los locales míticos que aparecen en los títulos de Coltrane, Evans, Rollins... Si ya sonaba excitante leer en una portada Live at Village Vanguard o Live at Ronnie Scott's, respiren hondo porque llega la versión española con Café Berlín Live Sessions. Casi nada.

El artífice de este proyecto es Antonio Sánchez, técnico de la sala que hace aquí las veces de productor y de ingeniero de sonido. Hemos podido escuchar el primer vinilo de la serie, protagonizado por Javier Gutiérrez Masó "Caramelo de Cuba" y es una maravilla. Antonio Sánchez ha conseguido un documento brillante y nítido del concierto realizado por Caramelo de Cuba el 2 de julio de 2021, con una calidad de estudio y, al mismo tiempo, con el calor del directo. 

El Café Berlín es un club con una seña de identidad clara, la fusión, fusión sin miedo a las etiquetas. Por su extensa programación pasa mucha gente interesante del jazz flamenco, latin jazz, world music y otras músicas tan eclécticas que a menudo cuesta trabajo etiquetar. El disco de Caramelo es una prueba patente de esto, y hay en él un tema tema (llamado precisamente "Caramelo de Cuba") en el que el pianista, acompañado por la voz de Rafita de Madrid (y un combo espectacular), lleva el flamenco a los ritmos latinos con una naturalidad apasionante. Con su habitual don para hacer de la síncopa sentimiento, Caramelo de Cuba está arropado en este tema por una sección de percusión brutal que reúne sonidos y percusionistas de distintos orígenes (Georvis Pico, Nasrine Rahmani y Ramón González "El León"). El guitarrista Josemi Carmona aparece en "Tangroove", tema escrito por el guitarrista y que es otra síntesis de estilos donde sobresale el piano como aglutinador y voz cantante

El disco repasa, con el virtuosismo de Caramelo, todas las estéticas por las que se mueve, con temazos de gran fuerza ("Juntos en un nuevo amanecer" con un fantástico Miron Rafajlovic a la trompeta), temas llenos de nostalgia latina como "Fusión", con la voz de Alana Sinkey, y "Cartas de amor que se queman", con la voz de Amanda Gaviria, y un espectacular final ("Tremendo Chekendengue"), en el que participa Diego Guerrero y donde fusiona flamenco, música cubana, un solo brillante y frenético, y un final rumbero apoteósico lleno de percusión y coros repetitivos, como debe ser, alrededor del piano de Caramelo, intenso, festivo, poderoso.

El primer vinilo se presentará el próximo 25 de marzo como parte de una programación especial por el décimo aniversario del club con invitados especiales. Esperamos que la colección continúe con grabaciones de esta calidad. 



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Más info: berlincafe.es

JAZZ EN EL PARÍS DEL SIGLO XXI

THE EDDY (Netflix, 2020)

La escena comienza con ritmo y sin música. El protagonista, Elliot Udo (André Holland) mueve la cabeza al ritmo de la música mientras rellena un cubo con hielo. La música es casi inaudible hasta que el protagonista vuelve a la sala. Estamos en un club de jazz de París llamado The Eddy. Este es el comienzo de la serie que Netflix estrenó el año pasado creada por  Jack Thorne y dirigida entre otros por Damien Chazelle (La La Land, Whiplash). Houda enyamina, Laïla Marrakchi y Alan Poul dirigen también, a razón de dos episodios por director. Los temas que suenan han sido compuestos por Glen Ballard y Randy KerberLo primero que hay que alabar de la serie es que todo el jazz que se oye se ha grabado y filmado en directo. Y poco más. No es una gran serie. Hay mucho jazz, sí, abundante, en actuaciones, fondos, música undertext y apariciones fugaces de músicos, y esto atrae, pero no es suficiente para hacer de esta serie una imprescindible para los amantes del jazz como fue Tremé, a la que, por cierto, intenta copiar en muchos momentos, tanto en ritmo como en ambientes, sin llegar a la sinceridad y a la humanidad de la serie de David Simon.

Como parte de esa inspiración, el guión busca cierta crudeza, explorando el París más feo, el de los barrios degradados, la noche sucia, los pisos más pobres. Es difícil empatizar con el carácter de los personajes, turbios en su mayoría, salvo los músicos, a los que vemos brillar en el escenario y bajar a la tierra en la calle, en el camerino, en sus relaciones... El resto es poco atractivo. Si a esto le sumamos intentos de emular a Godard con un ritmo voluntaria y obsesivamente lento (salvo en las escenas con música), y el empeño del director de fotografía por demostrar que no tiene pulso ni trípodes, el visionado se hace en algunos momentos muy difícil. 


Pero nos quedamos con el jazz. Músicos en su mayoría desconocidos interpretan el jazz actual que se mueve en Francia, algunas veces mirando a los clásicos y otras con esa fusión de culturas en la que se ha convertido París en los últimos cincuenta años. Recomiendo un momento en el primer capítulo en el que el pianista del club (Randy Kerber) desayuna frente a su piano ensayando unos acordes mientras la percusionista (interpretada por la croata Lada Obradović) toca la batería para una persona encamada y, en la calle, el contrabajista (el cubano Damián Nueva Cortés) camina tarareando el ritmo del bajo. Todo junto es un ejercicio musical muy original que culmina cuando Elliot hace un breve scat mientras intenta arrancar la moto. Momentos como este o como la discusión entre Elliot y Maja, que coincide con los solos más rabiosos de la banda, valen la pena. 

Como hemos dicho antes, son músicos reales interpretando a músicos. Estos son la banda residente en The Eddy, junto al trompetista francés Ludovic Louis, al saxofonista canadiense-haitiano Jowee Omicil y a la cantante polaca Joanna Kulig. También aparecen en la serie otros combos muy interesantes en escena, algunos de los cuales muestran la fusión de culturas que alimenta el multicultural jazz francés. 

En la parte interesante, la serie refleja la realidad de un club de jazz y de los músicos, y puede atraer a todos los que siempre hemos querido tener un club de jazz (con todos sus problemas) y a los que nos excita que las películas suenen a jazz, pero ni la historia ni la manera en que está contada aportan mucho y se queda en un ejercicio estoico de visionado de 8 horas que nos deja, eso sí, buenos momentos de jazz y la curiosidad de saber cómo suena París. La banda sonora es recomendable.


BUENAS NOCHES, Y BUENA SUERTE

De acuerdo, puede que Buenas noches, y buena suerte (George Clooney, 2005) no sea una película de jazz, pero recupera una época histórica, la de los años 50 en Estados Unidos, cuando el maccarthysmo aterrorizaba a los artistas, la televisión parecía ser aún una inofensiva novedad y el jazz gozaba de buena salud. La banda sonora justifica este comentario.
George Clooney, que tuvo la suerte de triunfar tarde como actor, hace aquí las veces de director con un guión propio (junto a Grant Heslov), continuando en la ardua tarea de demostrar que sabe hacer algo más que poner cara de guapo en las comedias (estuvo impresionante en Syriana) y adorna su trabajo con una impagable banda sonora a cargo de Dianne Reeves, quince temazos, quince standards que la tres veces ganadora del Grammy borda con un combo fantástico: Matt Catibung al saxo alto y tenor, Peter Martin al piano, Jeff Hamilton a la batería, Robert Hurst y Christoph Luty al bajo y contando además en los créditos con dos músicos como Alan Estes y el incombustible Alex Acuña tocando la percusión en sendos temas.

Hablemos del disco, que no de la película porque derivaría este comentario hacia otros cauces (políticos) de una era (la de MacCarthy) que aunque pasada es más actual que nunca.

El disco, pues, comienza con un increíble Straighten up and fly right que yo daría cualquier cosa sólo por escucharlo en un club pequeño, lleno de humo, a medianoche. Aún estoy bajo el hechizo de haber visto en una misma semana Alrededor de la medianoche y El perseguidor, dos películas de ambiente de club, y, si cerramos los ojos y dejamos correr el disco hasta el segundo tema, I've got my eyes on you, podríamos imaginar que estamos en ese pequeño club de jazz e incluso jurar que el club se ha quedado vacío, que quedan cuatro parroquianos desperdigados por las mesas, viejos apurando sus whiskies, suspirando por una cantante que no cobra lo que canta, una Dianne Reeves terrenal que deja caer las notas con una cadencia celestial, parroquianos que encienden sus últimos cigarrillos baratos y exprimen las cajetillas con rabia, cerrando los ojos para soportar el dolor de un recuerdo, quizás el de una decisión mal tomada en un momento inoportuno (Gotta be this or that) o la renuncia a un imposible (How high the moon), murmurando una seña al camarero, adormilado, por una copa más, la penúltima, que llegará como una esperanza inútil (There'll be another spring), lenta, pesada, lánguida, para encontrarlos mudos, con los pensamientos en silencio. Entonces sonará un maravilloso instrumental y, sin darse cuenta, más de uno tarareará entre dientes una letra bailada con alguien lejano entre los brazos, en otro momento de su vida, When I fall in love it will be forever... Al final, el dolor por la soledad (Solitude, sí, a mí también me trae recuerdos de otra voz esta voz) podrá más que el cansancio y los pies lo arrastrarán fuera del local, mientras el saxo desgrana notas urgentes, fuera del local antes de que el combo, que tampoco tiene a dónde ir, acometa canciones más optimistas y rítmicas (Too close for comfort o TV is the thing this year), una vez que el local, vacío ya del todo, vea deambular por entre las mesas al camarero, quien, semidormido, recogerá los últimos vasos y barrerá entre las mesas desengaños que alguien olvidó al salir, al tiempo que los últimos ritmos pierden sus ecos en la madrugada. Y en la madrugada, fundiéndose en negro por algún callejón, alguno de estos personajes, rendido a la autocomplacencia de la resignación (Into each life some rain must fall) creerá escuchar desde un rincón perdido de su mente una melodía fugaz, complicadamente feliz, desordenadamente rítmica (You’re driving me crazy) y sacudirá la cabeza para alejar una imposible sonrisa.

Y así hasta que el disco deje de sonar y la realidad nos recuerde que es sólo un pedazo de plástico por el que hemos pagado quince euros, parte de una película que iba de otra cosa, música para acompañar una historia que no es la nuestra.

Nada más que eso.

MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

(Barcelona, 27/07/1939 - Bangkok, 18/10/2003)

Poned el tema musical para poder "oír" este poema de Vázquez Montalbán.




Jamboree


La muchacha era negra y cantaba
una experiencia agridulce, metálica
de micrófono, metálico el hielo usado
en la penumbra del vaso opaco
gin
y manos espontáneas abofeteándose
en la bromúrica África europea del sábado
Baudelaire
estaba detrás del frenesí de las caderas
cadenciosas de muchachas emancipadas
abiertas al sol nocturno del saxo
y nadie
intentaba decir a los de la Navy: yankee
go home, porque los yanquis –tal vez
exiliados de algún Harlem blanco– escalaban
el estrado en un salto de tragamillas
o de puntero de rugby en el partido cumbre
para recuperar el jazz y amable
en el piano de aquel pianista poeta
sabio como un soltero sin compromisos
lícitos
y batíamos palmas si la muchacha
negra nos cantaba Remember When, ya tarde,
hacia las tres de la mañana, cuando
en la plaza del exterior, con estatua,
vomitaba algún padre de familia
y
abajo
–en Jamboree– la triste risa negra de Gloria
nocturna como su piel y su voz de Ella
Fitzgerald tímida, nos hacía inteligentes
de libros y cubalibres, comprobando
que
tampoco había sido aquél el octavo,
el tan esperado octavo día de la semana.


Manuel Vázquez Montalbán,
del libro de poemas 
Una educación sentimental (El bardo, 1967)

HONEYDRIPPER BLUES BAR

Cuentos de la era del blues

Creo que Honeydripper blues bar (John Sayles, 2007) es la mejor película de clubs que he visto. Lejos del superficial tratamiento de Stormy Monday, por ejemplo, donde el club era solamente una excusa para una trama de cine negro, Honeydripper refleja la competencia y la lucha por la supervivencia de un club en la América rural, negra y nocturna previa al rock and roll. Por entonces, el blues era una muestra rústica de lo que quedaba atrás y la electricidad un pecado.

Alabama, 1950, Tyrone “Pinetop” Purvis (Danny Glover) es propietario de un club de blues abocado a la ruina por la competencia con un bar rival donde el juego y la jukebox son los principales atractivos. Una cantante de blues en el escenario no es suficiente para competir y el club está abocado a la ruina. Pinetop decide dar un paso adelante sustituyendo a su vieja cantante, Bertha Mae, por un cantante de éxito en la radio, el rocanrolero y engominado Guitar Sam, a pesar de que a causa de una vieja historia Pinetop odia a los guitarristas.

El argumento es sencillo. La atmósfera, crepuscular. La crisis del club envuelve todos los aspectos de la vida de Pinetop: su matrimonio, sus relaciones con los pocos amigos que tiene, su sumisión al sheriff blanco...

¿Qué más añadir? La banda sonora, llena de blues del delta, rhythm’n’blues y sus formas previas al rock and roll es fabulosa. La América racista y rural está dibujada con trazos leves, sin pesadez y sin cursilería. Algunos diálogos son para enmarcar:

–¿Cuántos años tiene esa guitarra que tocas, viejo?
–Es la segunda que crearon. El diablo se quedó con la primera.

–¿Cómo se llama este pueblo?
(El revisor señala el cartel donde dice “Harmony”)
–Con un nombre como ése, parece ser un buen sitio para un músico.
–La única noche que estuve en la cárcel fue en un pueblo llamado Libertad.

–Si queremos obtener nuestros derechos en este país, debemos darlo todo.
–¿Negros disparándole a los amarillos para mantener a los blancos felices?
–Debemos superar este tipo de ideas.
–Supéralo, Shack: Luego vuelves y nos cuentas cómo es.


Y esta descripción de cómo el protagonista imagina que el piano entró a formar parte del blues:
–En los tiempos de la esclavitud, nos hacían trabajar en casa de los patrones. No siempre teníamos zapatos. Los pantalones no tenían agujeros. No recogíamos algodón.
–Negros domésticos.
–Sí, así los llamaban. Tenían todo tipo de instrumentos africanos: tambores, maracas, algo parecido a un banjo. Pero el piano...
–No traían pianos en esos barcos desde África.
–El piano estaba allí en el gran salón de los blancos, bien pulido. Yo imagino que el primero debió de pasar cerca de él unas quince, veinte veces al día. Lo miraba de reojo. Él estaba allí cuando tocaban los maestros con sus minués. (Pinetop toca un minué con la mano derecha) Él parado allí con una bandeja de comida para los blancos, simulando no tener ningún pensamiento dentro de la cabeza, pero mira sus dedos, mira las teclas... Ese chico, el primero, sabe cómo tocar todo tipo de instrumentos africanos. Podía tocar cualquier cosa si le dabas un tono y un tempo. Sí, tenía música en su cabeza y en su corazón. En cada parte de él, hay música. Un día, el amo no está y él solo en esa habitación con el piano.
–Ten cuidado.
–Y se acerca y se sienta en el banco y él extiende sus dedos sobre él del modo que había visto que tocaban los minués. Y piensa: “Señor, ayúdame. Podría hacer daño con esta cosa.”
–Me hubiera gustado estar ahí.

Si podéis, no os la perdáis en versión original.


Amelia Bernet

Formada en el Real Conservatorio de Música de Madrid y en los escenarios de clubs americanos, franceses y holandeses, Amelia Bernet es, por encima de todo, una artista dueña de una voz con la hondura desgarrada de una Billie Holiday sin el peso de las drogas: con un timbre cercano, es menos visceral y más musical, su scat nace de la técnica, su improvisación es inagotable. Domina la voz como el más complicado y versátil de los instrumentos, con una expresividad que se transmite a todo su cuerpo, aúna cuerpo e instrumento en un todo: es una artista del gesto. Supongo que es un don.

Desgraciadamente, sólo he podido encontrar de ella un álbum como líder: I remember you (Satchmo Jazz Records, 2000), un disco que tuvo la amabilidad de regalarme este verano después de una actuación, probablemente por todos los halagos que dediqué a su voz (o porque era ya demasiado tarde y el club estaba a punto de cerrar). Son once standards que grabó en compañía de Albert Bover, Javier Colina y Carlos González.

A los profanos les sonará (y a los aficionados al jazz puede que les escandalice) por su participación como profesora de canto en el programa de televisión Operación Triunfo (si mis fuentes ajenas al jazz no me engañan), pero, aparte de su faceta como profesora de canto, que creo lleva a cabo en Madrid y en numerosos seminarios, es una cantante hecha en los escenarios con su cuarteto o como sidewoman.

Más abajo os dejo unas fotos de esa noche. El escenario: el Berlín Jazz Café, cerca de Callao, en Madrid. Sus acompañantes son el trío de Santiago de la Muela, con Jordi Gaspar al contrabajo y Carlos 'sir Charles' González a la batería. Tuvimos la suerte de oír los dos pases. Más intenso el segundo, creciendo de tono, con interpretaciones fabulosas de My secret love y del Love for sale de Cole Porter, sin desmerecer un fabuloso Angel eyes del primer pase.

Todas las fotos son de mi impagable amigo Manolo Sosa.



Amelia Bernet en Myspace: click aquí.

HÉROES ANÓNIMOS

Mi amigo Manolo Sosa es de esos amigos con mala uva, que se van a Bélgica a ver la fórmula 1 y vuelven contándote anécdotas que te ponen los dientes largos, como los clubs de jazz donde ha estado. No es despierte en mí envidia… sino Envidia Malsana.

Como “regalo” me ha enviado la foto que ilustra esta entrada. Está tomada en un club de Bruselas llamado The Music Village (¿resonancias neoyorquinas?) situado en Rue des Pierres, 50 (Steenstraat 50 si es en el bendito idioma valón, como él dice), en una de las salidas de la Grand Place (el sitio más céntrico de Bruselas). Música en vivo de miércoles a domingo.

La banda era Trio Rosso’s (Bert Dockx-guitarra, Frederic Jacques-Bajo y Andivo Sans-batería). Mi amigo comenta que sonaban bien. Y añade: “El club es muy agradable y mientras escuchas jazz te puedes tomar uno de los 160 tipos de cerveza (precio de Bruselas centro obviamente, 2-3 €) que tienen. Incluso en una esquinita hacen la vista gorda si fumas (para las fotos de jazz ambienta mucho).” Si no supiera que lo que le gusta es el jazz (y que además no suele beber) pensaría que había ido a emborracharse…

Además de lo anterior, en este local se celebra del 3 al 7 de octubre la tercera competición internacional de cantantes de jazz. Cada día a las 9 de la noche actúan 3 concursantes. La gran final el domingo 7 desde las 7,30 con actuaciones de los finalistas y varios músicos de jazz.

Y yo, admirando la espléndida fotografía en blanco y negro, con su serena estructura de balada, siento que casi se puede oír la música. ¿Son buenos? Eran muy buenos, contesta mi amigo. Y uno, que nunca ha oído estos nombres y puede que gracias a las multinacionales oigamos un millón de nombres más este año en lugar de éste, uno se pregunta: ¿Cuántos genios más, capaces de ponernos los pelos de punta tocando Jazz con mayúsculas, deleitando única y exclusivamente a los afortunados que acudan a este o aquel club, creando maravillas sin cd ni portada, pasarán a la historia olvidados como héroes anónimos?