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ELEGANCIA A TIEMPO PARCIAL

OH PEOPLE, Part Time Elegance (April Records, 2025)

Instrumentistas de una perfección casi rara en el jazz actual, brillantemente grabados, con un profundo sentido del jazz clásico, actualizados, elegantes (el título lo sugiere y es inevitable decirlo)... el quinteto danés Oh People presenta Part Time Elegance, una colección de composiciones originales que exploran influencias de todas las décadas del siglo pasado traduciendo el lenguaje del jazz clásico (desde Ellington hasta Monk) a un sonido actual y limpio, jazz moderno "con instrumentos reales que suenan reales", como escribe Jesper Løvdal en las notas del álbum, jazz sin aditivos, 

Los miembros del quinteto son Jonas Due a la trompeta y fliscorno (DR Big Band, OTOOTO), Andreas Toftemark al saxofón (premio Bent Jædig Prize), Casper Christensen a la guitarra (Nana Rashid, Jesper Lødval), Lasse Mørck al contrabajo y Henrik Holst Hansen a la batería (Kathrine Windfeld Big Band, Jeppe Zacho Quintet, Mike Stern...), cinco solistas emergentes de la escena danesa, músicos jóvenes y ya muy solicitados que se unen aquí para explorar sus más íntimas influencias musicales. 


Publicado en vinilo y CD, Part Time Elegance contiene referencias musicales a estétitcas del jazz anteriores al bebop: baladas de amor atormentado al más puro estilo años 20 ("Part Time Elegance" con su sordina y solo de contrabajo, o "Parisian Love Affair" con ese solo que nos recuerda a los saxofonistas de la orquesta de Duke Ellington), ritmos brasileños y solos deliciosos en la guitarra de Casper Christensen ("Beginnings", "Sosa"), estructuras de Monk (el intrincado bebop de "Oh!", una montaña rusa movida por el contrabajo y detenida a saltos por las armonías de los vientos en el chorus), swing juguetón al estilo Cotton Club pasado por el tamiz de un estudio del siglo XXI ("Disco Double Trouble" con esa sordina que excita los recuerdos, un walking bass de libro y un solo de guitarra brutal)...

Con una visión estética renovada y limpia del hot jazz y del bebop, solos brillantes, virtuosismos inesperados y cero nostalgia en las influencias (todo se puede renovar y por tanto no está muerto) el quinteto vive sus influencias con ese desparpajo de la juventud y mucha, mucha técnica. Recomendable. 


* Más info: https://ohpeople.bandcamp.com/album/part-time-elegance

TIEMPO DE HOMENAJES

CLARK TERRY, WAYNE SHORTER, MONK...

Recopilamos en este artículo (sin interés comparativo) tres álbumes monográficos editados recientemente. Cada uno de ellos se mira en un jazzman clásico para enfocar su repertorio con una personalidad nueva. Son un saxofonista que reimagina a Monk, un guitarrista que lleva a su terreno temas de Wayne Shorter y un saxofonista barítono que versiona a Clark Terry con toda una big band detrás. Cosas del jazz.


ADAM SCHROEDER & MARK MASTERS, CT! 
(Capri Records, 2024)

El arreglista Mark Masters aparece con regularidad en el panorama del jazz al frente de discos muy interesantes en los que juega simplemente el papel de arreglista o de director. En el disco que hoy escuchamos, se ha aliado con el saxofonista barítono Adam Schroeder para versionar nada más y nada menos que a Clark TerrySeguramente, los standards compuestos por Clark Terry no tengan los títulos más recordados entre los aficionados al jazz, pero todos reconocen perfectamente la voz de su trompeta. En este disco, el papel protagonista lo tiene Adam Schroeder (no interpreta a Terry salvo en espíritu), uno de los músicos más solicitados de Los Angeles, que se mueve con elegancia y contundencia en temas como "Groundhog" o "Boardwalk", con un swing enérgico que se aprecia mejor en el barítono. 


Schroeder concibió el proyecto como una celebración del centenario de CT, pero el parón de la pandemia le hizo posponer el proyecto, ahora publicado por Capri Records. En alianza con el arreglista Mark Masters, ha definido este proyecto a lo grande, con una docena de músicos (Sal Lozano, saxo alto; Bob Sheppard, tenor y soprano; Kirsten Edkins, tenor; Adam Schroeder, barítono; Francisco Torres, trombón solista; Ido Meshulam y Lemar Guillary, trombones; Dan Fornero; trompeta solista; James Ford y Aaron Janik, trompetas; Edwin Livingston, bajo; Peter Erskine, batería) y temas arreglados de una manera muy inteligente, respetando el espíritu juguetón de la música original pero acercándola (mérito de Masters) a la filosofía de Duke o de Count Basie, jugando con el ritmo y con intervenciones explosivas de los vientos, eso sí, con un brillante sonido de big band moderna. Los temas de CT, llenos de solos, guardan constantes momentos de esos que un aficionado al jazz aprecia. También continen pasajes que nos recuerdan aquella complicidad entre Clark Terry y Pepper Adams... o Bob Brookmeyer. Nostalgias... 




* Más info en Capri Records: caprirecords.com

* Foto: Joe Masters.






CHRISTOPH GRAB'S REFLECTIONS QUINTET, Oneness
(Lamento Records, 2023)

En Oneness, el saxofonista suizo Christoph Grab y su quinteto Reflections hacen un particular homenaje a la música de Thelonious Monk con un repertorio que se sale de lo habitual, rebuscando en su discografía para construir su propia versión de los grandes éxitos de Monk sin sus temas más conocidos. Sí, están "Ugly Betty" y "We See", pero muchos echarán en falta temas mucho más escuchados (y repetidos). A este repertorio inesperado se une una formación bastante inusual, un quinteto sin instrumento armónico, con tres vientos al frente: saxo, trompeta y trombón (Christoph Grab, Lukas ThoeniAndreas Tschopp, respectivamente), bajo (Bänz Oester) y batería (Pius Baschnagel).


Los arreglos (todos de Grab) respetan los indecisos ritmos de Monk (ah, esa seductora versión de "Skippy") y adapta su peculiar manera de escribir los acordes al lenguaje de un quinteto con la peculiar tímbrica de tres instrumentos de viento sonando al unísono. A eso se añade una dosis bastante importante de improvisación. El grupo suena bastante melódico en los chorus y, por momentos salvaje, en temas donde la improvisación "empuja" a las composiciones de Monk hasta sonoridades callejeras que nos recuerdan a Nueva Orleans ("Wee See") o más contemporáneas y atonales ("Work") sin perder de vista la filosofía monkiana en ningún momento.

En definitiva, un disco recomendable, tanto para fans de Monk como para seguidores de sonidos más modernos, en especial porque demuestra que la modernidad de este pianista fallecido hace 40 años sigue vigente.



* Más info: www.christophgrab.com


ERAN HAR EVEN, Shorter Days (World Citizen Music, 2024)

El homenaje (quizás) más inesperado es el del guitarrista Eran Har Even. Su álbum Shorter Days es toda una revelación. A priori, reinterpretar las armonías de un músico tan complejo como Wayne Shorter a las seis cuerdas parece imposible. Transportar su música para saxo es, ya de por sí, un trabajo que no puede dar buenos resultados, pero el guitarrista (a trío con el bajista Omer Govreen y el baterista Wouter Kühne) se ha centrado en las melodías y las armonías para construir un sólido homenaje donde trae a su terreno los temas de Shorter para que parezcan escritos para guitarra. 


Documentales como Zero Gravitydirigido por Dorsay Alavi (y producido por Brad Pitt, entre otros) para Prime Video, no hacen sino avivar la nostalgia por este compositor tan espiritual, siempre buscando nuevas dimensiones musicales. Puede que, a la guitarra, sus temas no suenen tan místicos, y tengamos que asumir que, en el fondo, Shorter era humano, pero su jazz, especialmente el de sus inicios, suena efervescente y swingueante en las manos de Eran Har Even ("One by One", "Capricorn"), evocador en la desnudez del trío ("Night Dreamer", que mantiene su delicioso 3/4 original) o lleno de extensos discursos melódicos ("Nefertiti").

Quizás sea un álbum que vaya a gustar más a los aficionados a la guitarra de jazz que a los fans de Shorter (a quienes también recomiendo) pero es un buen ejemplo de cómo hacer un tributo a un músico respetando su filosofía musical y, al mismo tiempo, empleando una voz personal, nueva.



* Más info: www.eranhareven.com

UNA VUELTA DE TUERCA

YOKO MIWA, Keep Talking (Ocean Blue Tear Music, 2019)

El nuevo álbum de la pianista japonesa radicada en Boston Yoko Miwa da muestra de su constante evolución como compositora y como pianista. Sus nuevas composiciones, su excitante reescritura de standards y su búsqueda de nuevos desafíos versionando temas pop, convierten este disco en un catálogo que describe su personalidad y también su poderosa versatilidad.


Acompañada, como en su disco anterior Pathways de 2107, por el contrabajista Will Slater y por su marido, el baterista Scott Goulding, y con la participación puntual de otro contrabajista (otra vez Brad Barrett), esta profesora de Berklee crece con cada disco y en éste, especialmente, da una vuelta de tuerca a más de un tema clásico y a más de una teoría. Vamos a escuchar todos los temas como merece un buen disco de jazz.

El álbum comienza con un tema original titulado "Keep Talkin'" que nos arrastra con un groove contagioso que suena a boogaloo y cuyos destellos funk son realmente divertidos. Un comienzo inesperado donde ya el trío derrocha compenetración en los cambios de ritmo y donde, como siempre, se percibe el poderoso swing de Miwa. 


El segundo tema es el clásico de Monk "In Walked Bud", que comienza con una presentación muy original: con el contrabajo tomando el protagonismo en el reconocible riff monkiano y llevando el peso del tema, con una batería que suena cruda, hot, y ese brillante y sincopado estilo de Miwa por encima, un swing que se convierte en delicadeza en "Secret Rendezvous". Sigue "Sunset Lane", escrito por la pianista y con fuertes influencias de Bill Evans, a quien intenta ser homenaje con un estilo muy lírico, sublimando la melodía hasta lo cerebral sin perder la poesía. A este momento de profunda belleza sigue el tema de Mingus "Boogie Stop Shuffle", donde la pianista realiza una fantástica reinterpretación a las teclas de lo que Mingus escribió para los metales.

En la mitad del álbum escuchamos quizás el experimento más arriesgado. Yoko Miwa versiona dos temas de Lennon & McCartney, "Golden Slumbers" y "You Never Give Me Your Money", ambos fusionados en un solo corte donde el disco parece decaer hasta que llega al solo y reaparece la pianista versátil y ágil, con unos cambios de ritmo de esos que nos gustan a los que nos gusta el jazz. Tras el principio, aparentemente pop (pero con una coloratura muy jazzística) y el solo, el tema deriva en un final con mucho blues, muy intenso. Vale la pena escucharlo.


"Tone Portrait" funciona a tiempo medio, especulativo, muy expresivo en las teclas más bajas. "Casa Pre-fabricada" es un tema que la pianista escuchó en la voz de Maria Rita (hija de Elis Regina, a quien Miwa admira) y del que se enamoró por la belleza de sus líneas caprichosas. Un toque brasileño que aporta, una vez más, datos fiables sobre su versatilidad. En "Conversation" encontramos una nueva versión jazzística de Joni Mitchell, una cantante cada vez más homenajeada por los músicos de jazz. Hay una cierta estética rock adaptada al lenguaje armónico e improvisador del jazz en la grabación, fuerza de gospel y una lírica que proviene del original, fuerzas que se adormecen en el lenguaje sincopado del trío de piano. 

El álbum termina con dos composiciones nuevas. "If You're Blue" suena monkiana desde el primer compás. Además, hay cambios de ritmo cogidos directamente del "Puttin' On The Ritz" de Irving Berlin. Una delicia que confirma, además, lo que siempre afirmamos: que el trío de jazz es la formación perfecta. "Sunshine Follows The Rain" es una balada demasiado lenta para encajar en el disco pero la explicación es que fue grabada durante las sesiones de Pathways en 2017 para una banda sonora. Íntima y conmovedora, el uso de las escobillas por parte de Goulding y del arco en el contrabajo por parte de Brad Barrett consiguen elevar la delicada melodía del piano a un punto que nos deja con ganas de más. 

Un disco muy recomendable, tanto si conocen a Yoko Miwa como si quieren descubrirla y disfrutarla al máximo nivel.

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* Web oficial: www.yokomiwa.com

MONK, MINGUS Y EL SILENCIO EN MOZART

TONI SAIGI, La Prinsire de la Sal (Underpool, 2018)

Podríamos decir que Toni Saigi es un brillante pianista bop, pero nos quedaríamos cortos. Las composiciones y la ejecución de Saigi son una especie de conjuro que nos devuelve a los mejores tiempos del jazz, que fueron los 50 y los 60. Esto es una opinión personal pero es menos subjetivo afirmar que hay una clara influencia monkiana en su forma de atacar las notas del piano, y que con su cuarteto, armonizado muy al estilo Mingus, convierten este álbum en una experiencia singular.

Sin duda, una carta de presentación para un primer disco como líder. La Prinsire de la Sal fue grabado en los estudios UnderPool el 17 de diciembre del 17 y publicado en 2018. En el disco, Saigi junto a su cuarteto Tronik, formado por músicos jóvenes y sólidos de la escena barcelonesa: Jaume Ferrer al saxo, Marc Cuevas al contrabajo y Carlos Falanga como batería, habituales del sello Underpool y que aquí funcionan muy bien en conjunto.

A pesar del titular, Saigi está lejos de versionar a Monk pero sus fraseos sobre las teclas ahondan en ese estilo de ritmo roto y recompuesto que hizo inmortal al pianista de Carolina del Norte. El jazz debe sonar espontáneo, como música nacida del sentimiento que es, pero sin duda hay algo cerebral en esta manera de dominar el ritmo y sus cambios, y de expresar con los silencios, haciendo buena esa frase de Mozart que dice que la música se encuentra en los silencios entre las notas, teoría que impulsó Monk con su swing único.


Como buen jazzista, Saigi busca en la tradición y ofrece su propia visión del bop tardío y menos furioso de principios de los 60, algo que aplaudo. Ofrece también guiños (Bud, Tete) que no sabemos si están en la composición o es algo que contagia a sus músicos (hay guiños a Golson y a Rollins en algún solo de Jaume Ferrer, por poner algún ejemplo, incluso a altos como Bird). El tema final ("Holland Inn Hotel"), una balada tremenda en su brevedad y su presentación (piano solo) es, más que un guiño, casi un dejá vu en el que parece que va a entrar Billie Holiday para hacer su clásico "Lover Man".


En las baladas ("Magalí", "La Prinsire de la Sal"). comparte protagonismo con el saxo, que lleva casi todo el tiempo la melodía y a quien ofrece unas respuestas aparentemente parcas pero tremendamente expresivas. Una delicia. En los temas más atrevidos, como "Dieletif", experimenta con el ritmo y con la banda como si todos (incluido el saxo) fueran exclusivamente instrumentos de ritmo. Algo parecido pero menos atonal es "L'Anell que no tinc", duro, con un sonido muy crudo que recuerda otras épocas donde los discos de jazz no sonaban a asépticos compact discs. Aquí, mientras la sección rítmica fluye en su propia salsa, el piano crea una tensión sólo rota por el solo de saxo, templado pero muy bien llevado, con unas réplicas del piano muy personales que también acompañan al solo de contrabajo (qué sólido y mainstream suena Marc Cuevas cuando, sin embargo, como líder, busca experimentaciones más alejadas del jazz convencional) para terminar el tema con un chorus muy articulado y cantable, al unísono, casi hardbop 

En resumen, un disco ambientado en la tradición pero con toques muy originales y con un pianista al frente lleno de erudición y, al mismo tiempo, de ganas de abrir nuevos caminos. Toni Saigi tiene lo que tiene que tener un músico de jazz: su propia voz. Supongo que es pronto para afirmarlo juzgando por un solo álbum, pero confío en poderlo escuchar en un futuro próximo con nuevas grabaciones. Y que se parezcan a ésta.

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* Web: www.underpool.org/laprinsiredelasal

JEFF HAMILTON TRIO

Live From San Pedro (Capri Records, 2018)

No puedo expresar lo bien que lo he pasado escuchando este disco. Está lleno de swing, de improvisación, de un ritmo contagioso, de sabor a club, de puro jazz. La primera vez que recuerdo haber visto/escuchado a Jeff Hamilton fue como baterista de Diana Krall. Recuerdo que pasé buena parte del tiempo esperando a que alguien dijera su nombre, esperando a que lo presentaran. Y me quedé con su cara.

Lo que más me gusta de Hamilton es que maneja todos los registros en todos los elementos de la batería con absoluta solvencia. Es tan entretenido oírle que es casi enciclopédico. Y en trío, más.

Jeff Hamilton empezó en 1975 con el pianista Monty Alexander, pasó por la orquesta de Woody Herman, grabó con Diana Krall, entre otros muchos, y es co-líder en el Clayton-Hamilton Jazz Orchestra, junto a los hermanos Jeff y John Clayton. Pero desde 1997 mantiene un interesante trío con el pianista israelí-americano Tamir Hendelman y el bajista Christoph Luty. Con ellos ha grabado ocho álbumes, algunos de los cuales han recibido una buena cantidad de premios. La experiencia acumulada por el trío a lo largo de los años se nota en la conjunción, en esa comunicación que se da de manera natural entre los instrumentos y que aquí, en un disco en directo, brilla de manera especial.

Hace tiempo tuve una discusión (por llamarlo de alguna manera interesante) con un músico local sobre los discos de jazz y los discos en directo en particular. Según su postura, no tiene sentido grabar discos de jazz porque el jazz es una música del momento, irrepetible, y cualquier sonido grabado es tan efímero que mañana se tocará de otra manera. ¿Por qué perpetuar una interpretación en concreto?, exponía. Yo, que soy mitómano y adoro las anécdotas, le respondí que debían grabarlas todas, como en esas reediciones históricas en las que aparecen diez tomas del mismo tema... Es cierto que en el jazz no tienen sentido los discos mezclados o grabados con cada músico en un estudio distinto. La interpretación caliente, con todos los músicos tocando al mismo tiempo, es el hecho natural. ¿Por qué entonces un disco en directo? Si en un estudio se puede conseguir esa frescura de los músicos tocando juntos (con las prisas del productor, que cuenta las horas de alquiler), improvisándose, escuchándose y mirándose, y sumemos el calor del público, la presión de las miradas de cientos (o una docena) de exigentes aficionados, y tendremos un jazz más vivo y cálido que el del estudio. ¿Por qué no perpetuar ese momento para los que no estuvimos ahí?

Ese calor y esa tensión orgánica del directo es lo que tiene este Live From San Pedro grabado en Alvas Showroom en San Pedro (California) el 8 de enero de 2018 y a la venta el 16 de febrero. ¿La inmediatez de la tecnología o la ausencia de mezclas y trucajes que pudieran alargar el lanzamiento? Lo cierto es que es un disco/concierto donde el trío rítmico se muestra muy natural, pero también complejo y dinámico, explorando diversos ritmos, con composiciones originales tocadas y reelaboradas durante años ("I Have Dreamed", "Bennissimo"), homenajes a otros bateristas como Joe LaBarbera ("Hoosier Friend") o pianistas, como en "In Walked Bud", donde el trío da una nueva dimensión al tema enlazando las notas de Monk en un todo fluido que es (casi) la antítesis del original.

"Sybille's Day" es el explosivo tema con el que comienza el álbum. El siguiente vídeo está grabado en otro lugar (The Memphis Drum Shop) pero muestra toda la fuerza que desprende el trío. Que lo disfruten.


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* Web oficial: hamiltonjazz.com

NOCHE DE JAZZ

Con permiso, les presento mi nuevo libro

Muy bien, supongo que debería ser yo el primero en hablar de esto. No lo consideren inmodestia sino el placer enorme que supone para mí presentarles mi nuevo libro, un volumen de relatos en los que el jazz es leitmotiv, escenario o incluso el mismo protagonista. El título es Noche de jazz. En el fondo, este que firma ama el jazz por encima de todas las músicas, pero no es más que un escritor de ficciones.

Hay músicos que tienen la capacidad de dar vida a un sentimiento; otros, se dejan la vida en ello. De esa magia y de ese sacrificio tratan los relatos incluidos en Noche de jazz.


Para ser sincero, quería escribir ese libro que ando buscando siempre y que rara vez encuentro, un libro de ficción donde el jazz sea un personaje más, un motivo, el alma de la historia.

¿De qué va? Encontrarán en estas páginas relatos que apelan al espíritu, en especial a la manera en que las artes (y la música en particular) tienen influencia en nuestra vida, ya seas lector/oyente/espectador o un creador con sus glorias y sus miserias, relatos realistas, fantásticos, alguno erótico, otros de intriga e incluso algún relato de viajes (Nueva Orleáns, por supuesto) y algún texto que recrea un momento de la Historia del jazz. 






Los relatos
Solitude es la historia de una joven cantante que se cree Billie Holiday; Nostalgia en Times Square nos muestra a un músico caduco y hastiado de haber vivido a tope que, mientras se emborracha en un local cutre, hace inventario de sus experiencias musicales y, de paso, de la Historia del Jazz de las últimas cuatro décadas; Chet Baker canta cuenta cómo un periodista novato se enfrenta al juicio por drogas en el que se vio envuelto el músico en Italia en 1961, lo que le abre la mente al jazz y a una terrible pregunta: ¿Cómo puede un drogadicto como Chet ser capaz de lucir y crear la mayor de las bellezas?; Lo que significa añorar Nueva Orleáns es la historia de un joven alemán admirador de William Claxton que visita la ciudad después de ver por televisión Tremé; Una especie de tristeza nos muestra al Miles Davis del periodo electrónico, un genio en la cima, con sus dudas y la añoranza de aquel escalofrío de ser un principiante; Cuerpo y alma y Boogie de batería son relatos fantásticos en los que la magia se mezcla con el jazz para demostrar que la música puede elevarnos a un status superior de la existencia... Así hasta trece relatos en los que aparecen Dexter Gordon, Mingus, Monk, Sonny Rollins, Michel Legrand, Herbie Hancock y otros muchos en un complejo puzzle que trata de ilustrar los diversos matices del mundo del jazz: la música, la belleza, la búsqueda de la perfección, las drogas, el racismo y, por encima de todo, la pasión.


184 páginas
Rústica con solapas  
15x21cm
ISBN: 978-84-9126-360-9


ESPAÑA: 15€ (gastos de envío gratis)



AMÉRICA: 15€ (+7,95€ DE gastos de envío)



También disponible en eBook :




(*)  Para otros destinos postales,  contacte con info @ jazzeseruido.com

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PERO HERMOSO

Un libro de jazz



But beautiful fue compuesta en 1947 por Jimmy Van Heusen con letra de Johnny Burke para la película Road to Rio de Norman Z. McLeod. Luego lo cantó Billie Holiday y Freddie Hubbard lo incluyó en su Open Sesame. Pero, además de un estándar, But beautiful es también el título de un libro que todos los aficionados al jazz conocen y aman.





Geoff Dyer admite que quiso hacer un ensayo cuando comenzó su libro de ficción Pero hermoso (Jonathan Cape Ltd., Londres; en España, editado por Amaranto). Porque, aunque no es ficción todo lo que escribe (los buenos aficionados reconocerán episodios reales de todos conocidos), lo que aquí nos trae son reflexiones e historias ficcionadas, lo que él llama "crítica imaginativa", narraciones que ocurren o saltan entre las anotaciones de un viaje de Duke Ellington en coche, esos viajes de un bolo a otro, durmiendo en el coche y componiendo sobre el primer trozo de papel que encontraba. Y de esto es de lo que se trata, de componer. Duke fue el gran compositor de la Historia Negra del siglo XX (recordemos su Black, brown and beige) y, siempre atento a cazar la inspiración cuando se presenta, anota en este relato cada recuerdo que la somnolencia del viaje le trae de otros músicos. Es (habría sido, de ser real) una gran suite de la Historia del Jazz, la gran obra de Duke en homenaje a los músicos atormentados que protagonizan las historias que el libro cuenta entre pausa y pausa del viaje de Duke y que, se suponen, son recuerdos que acuden a él...

El hilo conductor del viaje nos lleva, a la manera de los impresionistas, a distintos flashbacks en los que asistimos a tormentosos momentos como el juicio militar a Lester Young, el amor que le profesaba Billie Holiday ("Pres era el hombre más amable que había conocido, su música era como una estola alrededor de sus hombros desnudos, sin ningún peso"), que aparece fugazmente para invocar el espíritu que puebla sus canciones ("Ella había vivido mil años en las canciones que había cantado, canciones de mujeres golpeadas y de hombres a los que amaban") y recordarle que todos han pasado por la cárcel. Monk no es menos. Su capítulo es pura paranoia. Su comportamiento, su arresto y su forma de tocar ("Una parte del jazz es la ilusión de espontaneidad") conforman un puzzle difícil de montar pero que da una idea bastante exacta de lo que fue su búsqueda. La alta capacidad de Bud Powell para la música ("como si el piano llevara esperando cien años la oportunidad de saber lo que se siente al ser una trompeta o un saxofón en manos de un negro") y para la autodestrucción ilustran el siguiente capítulo con momentos agónicos, como los de un Ben Webster para quien el día sólo caminaba hacia la borrachera ("Emborracharse en aquellos tiempos no requería su participación activa, sencillamente era el estado hacia el que tendía el día"). En otros capítulos, los protagonistas son la búsqueda de la identidad musical de Mingus o la belleza de la música de Chet en contradicción con su decadencia física y moral ("temblaba tanto que prácticamente vibraba"). El último flashback corresponde a Art Pepper, una metáfora para expresar cómo el jazz ha crecido gracias y a pesar de los músicos.

Lo que hace grande esta lectura es que el autor convierte episodios simplemente biográficos o incluso estereotipados en emocionantes relatos que apelan a nuestros sentimientos, hayamos o no escuchado a estos músicos. Otro aspecto curioso y que puede parecer una paradoja, aunque no lo es, el que la mayor parte de la inspiración para este libro no la haya recibido Dyer directamente de la música ni de las biografías de los músicos sino de fotografías de jazz, ese género que es un arte autónomo en sí y que ilustra, la mayor parte de las veces, más que una declaración, como ésta de Bud Powell: "encogiendo los hombros al seguir el ritmo, los ojos cerrados, una vena palpitando en la sien, sudor a raudales sobre el teclado, los labios estirados sobre los dientes, la mano derecha farfullando y bailando como agua en una roca".

Por último, Dyer nos regala, a modo de epílogo, un ensayo exento de ficciones que pone un punto brillante al libro, si uno supera los capítulos anteriores y las agonías a las que nos ha sometido, especialmente si somos de ese tipo de aficionados que nos dejamos llevar por la belleza de la música, conscientemente inconscientes del sufrimiento y, a menudo, de los pecados que hay detrás de cada disco, de cada biografía del jazz. El ensayo, titulado "Epílogo: Tradición, influencia e innovación" es una búsqueda del sentido que tiene la importante y rápida evolución de este arte musical que cuenta apenas con un siglo de vida. Ningún arte ha evolucionado tanto desde su nacimiento. Es, a la vez, un examen profundo y sereno de estilos y protagonistas. No tiene desperdicio. Termina con una reflexión sobre la forma de entrar en el jazz de los recién llegados. Hay tantas puertas que uno puede acceder a través de cualquier estilo y avanzar o retroceder en la Historia del Jazz hasta encontrar la corriente que enlaza con su espíritu, aunque Dyer sugiere como ideal el orden cronológico. "Las ideas de avance y retroceso, escribe, el sentido del pasado y del presente [del jazz], de viejos y nuevos sueños, empiezan a confundirse en el amanecer crepuscular de un perpetuo mediodía".

Si hay alguien que no conozca este libro, creo que debe anotarlo en su Lista de Libros Imprescindibles. Ignoro si a fecha de hoy está descatalogado en España. Hace poco pregunté en una librería y lo tenían, así como en tiendas de la red (El Argonauta, por ejemplo) o en sitios de libros de ocasión (Iberlibro). También se puede encontrar en inglés y en bolsillo. Para ser más concreto, se debe encontrar.

Como ilustración, les dejo con el Trío de Bill Evans: Marc Johnson al bajo y Joe LaBarbera a la batería, en Iowa, 1979, intrepretando, por supuesto, But beautiful:




SOBRE LA ESENCIA INDESCRIPTIBLE DEL JAZZ

ACORDES Y DESACUERDOS (VII)

I.

“Cuando no sabes lo que es, es jazz.”
(Pruitt Taylor Vince en Novecento, la leyenda del pianista en el océano, dirigida por Giuseppe Tornatore, 1998)

II.
Miles Davis a Coltrane: "No toques lo que está [escrito] ahí, toca lo que no está ahí."

III.
“Ser natural lo es todo. Donde hay un sentimiento de esfuerzo o trabajo... no hay nada natural y, consecuentemente, no hay swing.” (Stephane Mougin, Jazz-Tango-Dancing Magazine, 1933)

IV.
“De las mezclas no puede salir nada malo.” (Manolo Sosa, aficionado, fotógrafo y amigo)

V.
Monk a Coltrane: "Tío, deja de pensar y toca."

Clifford Brown

AULLIDO

Allen Ginsberg mira a Dios a los ojos

Hoy quiero poner vuestra atención en esta foto. Se trata de una instantánea tomada por Jim Marshall en el backstage del Festival de Monterey de 1963. Jim Marshall es un fotógrafo/periodista que ha dedicado gran parte de su trabajo a fotografiar a grandes personajes de la música, desde el jazz hasta el rock de los 60, desde Monterey hasta Woodstock, desde Miles hasta Dylan.

En ésta, aparece el poeta beat Allen Ginsberg junto a Thelonius Monk. Nadie duda que la poética de Ginsberg guarda en cierto modo un alma negra y rebelde en su transfondo, esa rebeldía de quien vive la esclavitud de las reglas y osa pronunciar en voz alta sus ansias de ser manumitido, esa visión global y cruda del que ha sido testigo de la decadencia que le rodea, la de esos personajes que son en Aullido «las mejores mentes de su generación destruidas por la locura», esos personajes que «haraganean hambrientos y solos por Houston buscando jazz o sexo o sopa»; nadie duda de que su forma de componer está en muchos puntos inspirada en la cadencia del jazz, en el ritmo y en la libertad de la improvisación. En esta foto se aprecia perfectamente cómo el poeta admira a Monk. Lo mira a los ojos y lo hace como si mirara a Dios de cerca y por primera vez.
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* Más info sobre Jim Marshall.

* Aullido y otros poemas de Allen Ginsberg traducidos al castellano:
http://www.elortiba.org/ginsberg.html#seleccion%20poetica

JAZZ ON A SUMMER'S DAY

Revisitando el final de los inocentes ‘50

He leído en algún sitio que se vuelve a reeditar el documental de Bert Stern Jazz On A Summer’s Day, un documento gráfico y sonoro irrepetible, una oportunidad de retroceder en el tiempo para ver sobre un mismo escenario a un lote de músicos casi imposibles de reunir (Sonny Stitt, Thelonius Monk, Max Roach...) o ver y oír a vocalistas como Anita O’Day haciendo su inconfundible e inimitable scat. Son ochenta y tantos minutos de música en ese momento a finales de los '50 en que el jazz buscaba nuevos caminos mientras que sobrevivían músicos en la línea más clásica. Aún no había llegado el jazz modal ni estallado el free, y América miraba a la música negra mientras algunos sectores intentaban perpetuar la inocencia racial y cultural de esta década. Para no saltarme ninguno, he aquí una lista de los músicos que aparecen:


En esta época del año en que los festivales proliferan por toda la península como si no hubiera otra para escuchar jazz (no la hay, claro, si lo que se pretende es sacar el jazz a la calle), esta imagen retrospectiva de lo que en 1958 era un festival veraniego de jazz, con sus aficionados y sus neófitos, sus estrellas y sus profanos, es tan refrescante como un poco de brisa marina en un día de calor.

Cierto que en el Newport de Jazz On A Summer’s Day aquel 4 de julio de 1958 xno parecía hacer mucho calor (el público lleva chaquetas, no todas de verano) o no debía hacer calor (en el pase de día, las sillas del público están colocadas al sol). Esto me remite al aspecto que más me fascina de este documental/musical: el público. Los espectadores del festival (jóvenes blancos bien vestidos, intelectuales con gafas, elegantes negros, parejas mayores, domingueros con ropa de playa) son los extras más perfectos que he visto jamás en la pantalla. No sólo se mueven o actúan como si lo que hacen estuviera en un guión sino que son los personajes más originales e inesperados que te puedes encontrar. Cada vez que la cámara encuadra a algún sector del público o a algún espectador en concreto constituye una sorpresa. Tipos y arquetipos del final de aquellos inocentes ’50, que la cámara de Bert Stern captura con afán de un biólogo dado a las rarezas de la Madre Natura.

Creo que la versión que se reedita ahora en DVD contiene además un CD con la banda sonora y un documental sobre el documental en sí. Igual lo pillo si la desaceleración económica lo permite. El sueldo de bloguero no da para tanto.

Por increíble que parezca, el documental está completo en este enlace de Youtube. Lo cuelgo aquí antes de que desparezca. Que el verano sea largo, si lo podéis llenar de jazz.

Clint Eastwood presents Thelonius Monk

Monk desde dentro de Monk

La imagen es elocuente. Monk toca ‘Round midnight con la mano izquierda. Con la derecha anda buscándose un pañuelo en el bolsillo. Parece que lo ha encontrado. Ahora toca sólo con la derecha. Es difícil. Tiene en esa mano el pañuelo mientras toca, pero la izquierda sostiene un cigarrillo y tiene que tocar mientras busca un lugar seguro donde dejarlo.

Monk repasa unas composiciones con Teo Macero en el estudio. Un momento antes, el productor ha estado mofándose de sus gafas, pero Monk es el Elton John del jazz. Sin la extravagancia, sólo sería un genio de la música. Un genio único. No sería un icono que, visto de lejos, alcanza a sonar de cerca. Desde dentro.

Monk nunca separa los ojos de las teclas. Desgrana las notas como si las recordara una a una, dándole una nueva significación al ejercicio de sincopar. Parece que imagina, que crea sobre la marcha, la obra musical.

Monk se levanta del piano. Deja de interpretar We see. Se levanta y va hacia sus músicos. Los músicos siguen tocando. Alguien entre el público silba. Monk no está contento con cómo suena. La segunda vez que se levanta, los músicos callan. El público aplaude, confundido. Monk retoma el tema al piano. Sólo Monk. Ahora podéis seguirme... Y We see estalla de nuevo.
Monk gira sobre sí mismo como en un rito vudú del que él, sólo él, conoce el significado. Monk pasea haciendo el tonto mientras sus músicos esperan sentado a que llegue la hora de tocar. Monk se interpreta a sí mismo delante de la cámara. Monk es Monk.

Monk ya no está, pero sobrevive su música, sobrevive su icono, sobreviven sus gatos y sobrevive este increíble collage de imágenes. En Straight no chaser no hay narrador. Es Monk con sus gestos y sus actitudes quien nos cuenta, involuntariamente o adrede, cómo quiere que lo veamos. Un rompecabezas que se nos presenta desarmado, para nuestro mejor entender. Lo mejor de visionar Straigth no chaser una y otra vez no son las opiniones de otros músicos acerca de Monk ni las giras por las que lo vamos ‘acompañando’, lo mejor es que uno no se cansa de ver/escuchar las distintas versiones/interpretaciones que se van sucediendo en la pantalla. Imaginador incansable o compositor iluminado, su catálogo de obras es uno de standards es de los más repetidos aún hoy. Pianista impresionista o tacaño con las notas, verlo tocar es una sensación que no se olvida jamás.
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* Straight no chaser (Charlotte Zwerin,1988) tiene como productor ejecutivo a Clint Eastwood (yes, he’s the Great Aficionado). De hecho, es un documental de su productora, Malpaso, del mismo año en el que dirigió Bird.

* La foto es del mismo documental y pertenece al Festival de Newport.

DE BRUJAS Y PIANISTAS

JORDI ROSSY TRIO, Wicca (Fresh Sound New Talent, 2007)

Antes que nada, puntualizar que, hasta que llegó la chica del correo hace unos días, el nombre de Jordi Rossy era para mí un concepto ambiguo leído de pasada en el blog Sopa de hielo, un concepto vagamente abstracto que fue adornándose con el adjetivo de “pianista” e inflándose con los elogios que le dedicaba Sebastián en su blog, hasta que explotó en esa forma monstruosa de obsesión que nos hace lanzarnos a la tienda de discos (en este caso, virtual).

El disco de Jordi Rossy, Wicca (Fresh Sound Records, FSNT 309) es, desde la portada, con un maravilloso trabajo plástico de Ana Golobart, hasta el último tema un álbum introspectivo, reflexivo, intuitivo y lleno de otros aspectos que no riman, pero que explicarían mejor en qué consiste este trabajo íntimo construido en el reducido espacio de un trío, pero plagado de matices tan heterogéneos que la obsesión de tenerlo se ha convertido ahora en la obsesión por volverlo a escuchar cada vez que acaba.


Antes de quitar el maldito plástico que envuelve todos los cedés, ese plástico que dicen que se llama fleje y que, aparte de contaminar, sólo sirve para aumentar tu ansia por pinchar el disco, lo que más sorprende de este trío es su singular formato: piano, órgano Hammond y batería. Es cierto que el órgano Hammond puede sustituir a muchos instrumentos en un combo de jazz (puede hacer las veces de bajo, de metales, de piano...), pero hacerlo sonar junto a un piano sólo nos hace pensar que va a “tapar” el sonido del otro instrumento, pero es todo lo contrario. La sonoridad cáustica y heterodoxa del Hammond (aquí en las manos de Albert Sanz) dota al conjunto de un trasfondo melancólico y lleno de matices que hace que brillen con más nitidez las notas del piano (llamémosle) acústico. La capacidad polimórfica del batería R.J. Miller redondea el conjunto.

Aunque es su primer disco como líder/compositor, Jordi Rossy no es una rising star cualquiera. Procedente de Barcelona, vía Boston y New York, donde formó el grupo The Bloomdaddies con Chris Cheek y Seamus Blake, tiene detrás una larga carrera en la que ha colaborado como sideman para Perico Sambeat, Paquito de Rivera y Brad Mehldau, en cuyo trío tocaba la batería.

Los temas de Wicca, compuestos por Jordi Rossy (a excepción de dos de ellos, escritos por el organista Albert Sanz) son herederos de Bill Evans, de Oscar Peterson y suenan a pensamientos en voz alta, tanto en los tiempos lentos como en los medios. Un trabajo inspirado que obliga a escuchar, a dejar lo que estamos haciendo y pararnos a esperar la siguiente nota, a entender de qué va. No es uno de esos discos que se puede dejar correr mientras leemos un libro o escribimos en el blog.

Destaca de entre todo el setlist el tema que da título al álbum, no sólo porque se trata de una melodía más vital y enérgica (alegre, si se quiere) sino porque es el único tema grabado en formato quinteto, ya que se unen al trío el saxofonista Enrique Oliver y a la trompeta Félix Rossy, un pequeño genio preadolescente, hijo del pianista, del que ya había oído hablar en Sopa de hielo, quien, aunque no tiene la oportunidad de hacer un solo, acompaña apropiadamente al saxo tenor durante todo el tema. Pero si tuviera que elegir un tema del disco, no lo dudaría. Me gusta la forma de entrar a la melodía en El bardo, que me recuerda a Oscar Peterson o ese don (no puede tener otro nombre) que tiene Jordi Rossy de detener el tiempo con los dedos en Moose love o la maravillosa conjunción de piano y Hammond intercambiando notas al tiempo en Loving tone (que tiene un comienzo casi Monk), pero mi preferido, el tema que hace que ponga el disco una y otra vez es Sexy time. Comienza con un ritmo sincopado de escobillas y pedal que casi parecen batería y bajo. Sigue el órgano Hammond con su peculiar sonido, muy cool, a modo de introducción a la melodía del piano, que te entra por los oídos y te engancha durante más de siete minutos. Sexy time. Lo curioso es que a la primera escucha pasé este tema por alto, fui esperando un tema y otro para encontrar el por qué había comprado el disco, pero luego de oído, el primer tema es el que te devuelve las ganas de escucharlo entero de nuevo. Sexy time. Señoras y señores, Jordi Rossy Trio. 
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* Fotografía de Gema Darbonens (tomada de Tomajazz).