Miles según Sagar Forniés

El jazz es en blanco y negro, suena en blanco y negro, nació en blanco y negro en el tiempo que esas fotografías míticas de la Original Dixieland, pasando por William P. Gottlieb, o Esther Cidoncha, no es sólo de los negros ni funcionaría sólo con los blancos, el jazz es contraste. Hoy tenía ganas de compartir unas imágenes que he encontrado en la red. Jazz dibujado. En blanco y negro.

Buscando imágenes para ilustrar las cavilaciones que me venían a la mente mientras oía Cookin’ with the Miles Davis Quintet, me conecté al buscador y encontré estos dibujos en blanco y negro de Sagar Forniés, el dibujante de “Bajo la piel”, en los que da rienda suelta a otras técnicas no tan alejadas del cómic para retratar al quinteto original de Miles Davis: John Coltrane (saxo tenor), Red Garland (piano), Paul Chambers (double bass) y Philly Joe Jones (batería).

El resultado lo podéis ver en su página. Trazos oscuros, gesto relajado, sombras inspiradas y misterio. Cool. He puesto un enlace en la columna de la derecha, en Locales en la Red. Como muestra, valga el retrato de Miles que encabeza esta entrada, pero Miles no es la única imagen del jazz que renace bajo el lápiz de Sagar Forniés. Una última visión de Sonny Rollins que acaba de pasar por nuestro país o del saxo Brad Leali:

Más dibujos en: http://www.sagarfornies.com/

Que lo disfrutéis.

Notas sobre jazz y poesía

Las artes se hermanan. El artista moderno, heredero del hombre renacentista, complejo y completo ejemplar humano, expresa sus pasiones y desencantos en todos los niveles del arte. Es trompetista y escritor maldito, como Boris Vian; percusionista y poeta, como nuestro amigo Sebastián Mondéjar; como Keith Jarret, escritor y pianista; como nuestro otro amigo Víctor Arriaza, pianista y bloguero; o novelista sin éxito y cocinero desastroso, como un servidor. Es una relación transversal entre el espíritu y la comunicación, extraña y natural a un tiempo.

Esta semana, en el número 19 de la revista digital El coloquio de los perros, aparece un incisivo artículo de Rodrigo Araújo Montero titulado Acordeimagen (Notas sobre jazz y poesía), en el que se establecen curiosos paralelismos entre jazz y literatura y, más concretamente, entre el jazz y la poesía.

Comienza el autor exponiendo su visión de las analogías entre el acorde de jazz, heredado del blues, y la imagen poética, estableciendo claras correspondencias entre “la simultaneidad de grados musicales” de un acorde y la metáfora, con su mezcla de significados simultáneos. El principio es bien simple: las notas (o las palabras) toman distinto significado, suenan a “otra cosa” en un acorde de jazz o en una metáfora. Es el arte de la novedad y de la variedad, para mí: ese don de la música negra (y en su máxima expresión el jazz) gracias al cual las notas son relativas, pueden sonar de distinta manera según quién y cómo las toque, saltándose incluso las afinaciones de concierto de la música occidental (la clásica).

¿Críptico? Lo veo incluso yo, que no sé leer música y que soy un simple aficionado a dejarse estremecer por los sonidos (y por las metáforas).

Araújo Montero continúa en este artículo hilando teorías paralelas entre jazz y poesía, determinando ejemplos tan bellos como que "el jazz es en cierta medida una nueva poesía en la música [...] y la poesía es casi siempre una meditación musical de la palabra”.

Resumiendo, un artículo quizás demasiado académico, pero apasionado, en el que cualquiera que ame la literatura y el jazz (en las artes se pueden tener dos amores sin parecer adúltero) podrá disfrutar a poco que se deje llevar por la vehemencia de las palabras.

Suena mejor en las palabras del autor. Podéis leerlo aquí.

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Fotografía de Keith Jarrett tomada de Apolo y Baco.
Foto inferior tomada de El coloquio de los perros.

52nd Street themes

Lo que más me gusta de Joe Lovano es su clasicismo, su fe en el mainstream, y es que alguien tiene que mantener vivo esto. Con Scolohofo o como líder, Joe Lovano se ha caracterizado siempre por una ortodoxia maravillosa, un vamos-a-hacerlo-bien que nunca defrauda (quedan olvidados los escarceos con el avant-garde, el amor es así de benévolo) y aunque es capaz de hacerlo a su manera a mí me gusta por eso, por su clasicismo.
De hecho, hay temas en este álbum como Sippin’ at bells o Whatever possess’d me en que este noneto nos remite inevitablemente al Noneto Capitol de Miles Davis (Birth of the cool). Los músicos que acompañan al tenor de Lovano son: George Garzone y Ralph Lalama (también tenores), Steve Slagle (saxo alto), Gary Smulyan (saxo barítono), Tim Hagans (trompeta), Conrad Herwig (trombón), John Hicks (piano), Dennis Irwin (bajo) y Lewis Nash (percusión); un combo que son muchos combos, porque en los 13 temas de este disco suena siete veces el noneto, pero también hay un tema de saxo solo, un dúo, un trío, un cuarteto y dos sextetos, demasiados grupos en uno como para no reconocer de rodillas la versatilidad y la supremacía de Lovano al saxo.
A la altura de Lester Young, Lovano compila una colección de standards que nos remite a una época memorable, los años 40 y 50, cuando la Calle 52 era lo más, ya que reunía en sus aceras los mejores clubs de jazz de Nueva York: el Downbeat, el Onyx, el Three Deuces... Ian Carr, en su biografía de Miles Davis*, describe aquella Meca del jazz de este modo: “Una franja de edificios de color marrón entre las avenidas Quinta y Sexta confería su singular aspecto a la calle 52. Durante los primeros años del siglo cada edifico albergaba a una sola familia adinerada, pero hacia el final de la Ley Seca ya se habían dividido en pequeñas tiendas y clubes subterráneos. A mediados de la década de los cuarenta la calle estaba en su apogeo, con clubes como el Three Deuces, el Downbeat, el Famous Door, el Spotlite, Kelly’s Stables, el Yatch Club y el Onyx. Los sótanos, que parecían madrigueras, eran demasiado estrechos para las big bands y por lo tanto por todas partes florecían grupos pequeños”. Aquí acudía Miles Davis a escuchar y aprender a comienzos de los 40, allí acompañó al grupo de Charlie Parker en el Three Deuces a comienzos del 45 y allí se fraguaron las ideas de su cool y los conceptos de sus primeros discos como líder.
Volviendo al álbum de Lovano, encontramos momentos memorables y, por encima de todos, un tema que destaca, un tema en el que el setlist se detiene. Comienza a sonar y es como si lo hubiéramos puesto aparte, como un single con una sola canción (sí, soy de aquella época): Abstractions on 52nd street, un espléndido solo de saxo que dura todo el tema, hipnotizante, Lovano sacándose repertorio de la manga, sin red; impresionante.
El disco se crece a partir de este tema. De camino al clímax, más temazos para terminar de oír el disco como una epopeya. Primero, la melodía de la Calle 52 (52nd street theme), con doble solo de saxo incluido, un tema que suena a toda prisa, como si tuvieran que caber en cuatro minutos todas las sensaciones de esta calle que fue el paraíso del jazz en su día, para luego terminar con una versión almibarada al estilo de las orquestas de los años 50, de Embraceable you. Uno lo oye y se ve a sí mismo en blanco y negro en esta calle, en otra época.
Genial Lovano. Te traslada.
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* Ian Carr, Miles Davis. The definitive biography, 1998 (disponible en España en RBA bolsillo: ISBN 978-84-89662209).

Carbón (y nada más)

Pasaron los Reyes Magos. Y no me dejaron nada. Nada de jazz, se entiende. No me gusta hablar de otras cosas en este espacio.

Aunque en el trabajo, durante lo que yo pensaba que era una fiesta absurda (la del Amigo Invisible), mi genial amigo Juan Carlos me obsequió con un magnífico cartel de Miles, el único que había pasado por mi casa durante las vacaciones de navidad había sido el gordo aquel vestido de rojo, pero no me dejó nada más que facturas de DVDgo y algunos paquetitos procedentes de ebay (léase Joe Lovano, Sting, aquellos DVD's del Live Aid del 85...), de modo que estaba esperando a los Magos de Oriente como agua de mayo en enero, pero llegaron tímidos, con algún destello Pérez-Reverte, pero sin jazz. No se lució ni Baltasar. Ni jazz ni música negra: lo único negro que me trajeron fue carbón.

La buena noticia es que Melchor llegó en un camión y me dejó (con acento sudamericano) un enorme paquete de Ikea, que una vez montado (sí, lo monté yo... ¿o no imaginaban que los Reyes Magos somos los padres?) me ha permitido traer de vuelta de su exilio en cajas de cartón mis más de quinientos libros, todos mis cedés, que suman más de setecientos, aunque los de jazz no llegan a la mitad, y disfrutar de un estudio nuevecito y acogedor en el que poder leer, escribir y escuchar música como en una isla desierta.

Desde ese rincón apartado del mundo seguiré informando durante 2008.

Prometido.
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Fotografía de Marcelo Pereira para Terra Brasil ( Lovano en el Auditorio Ibirapuera de Sao Paulo, octubre 2007)