sábado 11 de julio de 2009

VIDAS FINGIDAS

Fetichismos musicales en épocas de crisis

Rob Gordon (John Cusack): "El fetichismo musical es como el pornográfico. Me sentiría culpable al cobrarles si no fuera porque yo soy como ellos".

Sí, he vuelto a ver High fidelity (Stephen Frears, 2000, basada en la novela de Nick Hornby). Me siento a gusto con sus decorados llenos de vinilos y su forma de ver la vida a través de los discos. Creo que, de alguna forma, expresa una forma de sentir la vida, en especial cuando Rob saca todos sus discos de las estanterías de su casa (en la foto) y los reordena autobiográficamente.

Es posible que yo no sea un fetichista musical por el hecho de que mi sueldo no me lo permite, pero tengo empeño. De hecho, he estado buscando entre mis vinilos y mis cedés algún disco raro que mereciera la pena sólo por el hecho de tenerlo físicamente y no lo encuentro. Nunca he sido de los que se compraba el mismo álbum dos veces porque tuviera una portada distinta. Otra cosa es el afán acaparador de todo coleccionista...

En el blog Impronta de jazz leí hace tiempo un artículo llamado Disco es cultura sobre el fetichismo musical, sobre nuestras relaciones afectivas con los discos como objetos, sobre nuestra dependencia de las tiendas de discos y de la pérdida de este contacto físico debido a la preponderancia del mp3. Lo cierto es que, oyendo música por los auriculares, mientras uno hace deporte o viaja, pierde de vista esas portadas maravillosas, esos datos sobre personal de los libretos, estudio de grabación, fechas... que realmente nos son tan queridas... El artículo termina con un relato del libro Memorias de un ladrón de discos de Carlos Sampayo, libro que, automáticamente, acaba de convertirse en objeto de deseo para este que firma, digamos, en fetiche (futuro).

El tacto de los cedés no es como el de los vinilos. Deberíamos estar de acuerdo en eso. Tener un vinilo en las manos, con su enorme portada de 12" era todo un placer. Sí, hay discos que sólo por la portada merece la pena tenerlos. De los cedés sólo se aprecia la cantidad de páginas que cabe en su booklet. ¿He dicho yo esto? ¿Dónde está mi fetichismo musical? Sigo buscando un disco que merezca la pena tener como objeto físico y no por lo que suena. ¡Tengo uno! Se trata de una recopilación de Satchmo Jazz Records (¿Qué ha ocurrido con Satchmo? Su tienda online está de liquidación. Editó tan buenos artistas...) que se llama Vidas fingidas (SJR, 2002).

Vidas fingidas es mucho más que un disco. Es una especie de disco-libro, disco-comic o algo parecido. Alterna diez relatos cortos de Juan Ferrer, que en la voz de Jordi Dauder suenan a blanco y negro, con personajes al límite, tahures, boxeadores, músicos de jazz, con sus correspondientes diez temas de jazz interpretados por los artistas de Satchmo, un amplio abanico nacional que va desde Perico Sambeat, Xavi Maureta o Juan Camacho hasta vocalistas como Celia Mur o Amelia Bernet. Lo físico del disco, lo que justificaría el fetichismo, son las ilustraciones de Josep Maria Cazares, que calzan a la perfección con los relatos hard boiled de Juan Ferrer, convirtiendo el disco en una obra de arte visual con estética de comic y una cuidada y elegante presentación en libreto de cartón con un inserto para el disco, lo que hace que, a pesar de su tamaño, siga pareciendo un libro en nuestras manos.

"Para un tipo como yo, nada a perder ni nada a ganar, es una muy buena ocasión para volver a sentir el escalofrío que provoca una buena mano; esa sesión de psicología que dura eternamente mientras se va descartando; el gesto de uno, la repentina frente húmeda de otro, el vistazo de soslayo y, finalmente, el gran momento: los naipes sobre el tapete" (Vieja dama del sur, ilustrado por So many people, de Stephen Sondheim).

"Sé que me hubiese gustado ser actor, de esos que se hacen leyenda fingiendo la vida, que aun después de muertos tienen la gracia del que se sabe irrepetible mientras golpea un pitillo sobre un mostrador y mira a una diosa que le espera al final de la barra, al tiempo que una canción que hacen suya inunda el espacio fílmico"
(Luces y sombras, fragmento). Después, suena Hotel Orly de Xavier Monge Group. Una maravilla.

domingo 5 de julio de 2009

STRAIGHT TO MY HEART

Bob Belden Ensemble plays Sting


Los que hayan leído este blog anteriormente, sabrán que, aparte del jazz, tengo predilección por un músico ecléctico como es Sting. Ya dejé aquí mismo un extenso post sobre su relación con el jazz. La razón por la que Sting vuelve a este blog de jazz es que por fin he pillado (gracias a ebay y a las reediciones japonesas) un tributo a sus canciones en clave de jazz llamado Straight to my heart (Blue Note, 1991) a cargo de la Bob Belden Ensemble.

En cierto sitio leí hace tiempo dos cosas sobre el arreglista y saxo tenor Bob Belden. Una, que hacía discos oportunistas como éste de tributo. La otra, decía simplemente que caminaba al borde del jazz. Como no sabía que hubiera una frontera y padezco la adicción de comprarme todo lo de Sting que se grabe, ya sea original o versiones, tuve que comprármelo. Que me gustan las versiones no es ningún secreto (hablaba de esto cuando hablamos de la improvisación en el jazz) pero, tratándose de un músico pop, suele ocurrir que los que versionan sus canciones tienden a imitarlas. En el jazz debería ser distinto: un músico de jazz siempre tiene que aportar algo. Cierto que homenajes como Swingin’ to Sting & The Police dejan mucho que desear, especialmente en lo que a swing concierne, pero hay otros como Blue Note Plays Sting o el último que acabo de pillar, que valen la pena, aunque sólo sea por lo que aportan los arreglos de Belden o los solistas (Dianne Reeves, John Scofield, Jerry Gonzales...).

Por poner algunos ejemplos, Sister moon suena (al fin, después de oír muchas versiones) como una balada de jazz. Tiene un aire bluesy que es contagioso. Lo canta Phil Perry y Bobby Watson pone un solo de saxo alto delirante. Dianne Reeves, por su parte, hace del místico Wrapped around your finger una de sus obras de arte, dándole ese toque africano con algo de R&B que da a su jazz. Aquí John Scofield pone un solo de guitarra que no existe en la versión original.

Bob Belden admite que se inspiró en las colaboraciones de Miles y Gil Evans, que trabajaba con Sting en Nothing like the sun cuando le sorprendió la muerte. Así, afirma que estaba pensando en los arreglos de Gil para The Barbara Song (de The individualism of Gil Evans) cuando reescribió los arreglos de I burn for you para este disco o que las teorías modales de Miles en So what son la base de la versión que aquí aparece de The dream of the blue turtles, una pieza por la que Sting fue nominado en los Grammy en la categoría de mejor jazz instrumental. Con la instrumentación de Belden, adquiere aquí un tono híbrido entre big band y ese jazz abstracto y postrero de Gil Evans que cautivó a Sting. El inevitable solo de piano original tiene su continuación con la guitarra y luego con la trompeta. Sigue siendo un tema imparable que no deja indiferente.

Shadows in the rain, una canción que sonaba a rock duro en Zenyatta Mondatta (A&M, 1980) con su estribillo paranoico (“It cant’ be an optical illusion, so how can you explain shadows in the rain”) se convierte aquí en una balada etérea y onírica, con un inspirado Tim Ries al soprano, mientras que Children crusade, otra pieza de corte orquestal, es recreada por la Bob Belden Ensemble como una sofisticada balada en la que el piano (Marc Copland) cede parte del protagonismo al saxo.

Poco más que decir, sólo que es justo que una música como la de Sting vuelva al jazz. En primer lugar, porque es de los pocos músicos de rock que comenzaron haciendo jazz (en la Newcastle Big Band) o fusión (con Last Exit). En segundo, porque muchos de sus temas parten de patrones o influencias jazzísticas y la adaptación es, más que fácil, inevitable.

Si me hago con él, hablaré aquí pronto del nuevo disco de Bob Belden, en el que reinterpreta a Miles, su Bitches Brew y su In a silent way, a través de la música hindú. Promete, pero no me decido.

domingo 14 de junio de 2009

MILESTONE

1959 fue un gran año

Cuando hace unas semanas hablábamos de Mingus, recordábamos que en 1959 grabó tres álbumes: Mingus Dinasty, Mingus Ah Hum y Blues & Roots. 1959 fue un buen año para Mingus, pero también lo fue para los aficionados al jazz porque durante esos doce meses mágicos se grabaron (quizás) las mejores joyas de la Historia del Jazz.

Para empezar, no hay que obviar que en marzo y abril de ese año se grabó ese milagro de la improvisación que es Kind of blue, probablemente el mejor álbum de jazz que pueda uno tener en tu discoteca. Sumémosle también su Sketches of Spain y el Time out de Dave Brubek, ambos producidos por Teo Macero en una de las mejores etapas de su carrera. ¿Más? Jimmy Smith (On the sunny side), John Coltrane (Giant steps), Duke Ellington (Anatomía de un asesinato), Ornette Coleman (The shape of jazz to come), Bill Evans (Portrait in jazz), Modern Jazz Quartet (Pyramid), Lennie Tristano (Lennie Tristano), Chet Baker (Chet)...

Como se puede leer, una época en la que el bebop, el hard y los primeros avances del free jazz convivían en los clubs y en los discos para conformar un puzzle irrepetible. Miles improvisaba algo que se daría en llamar Jazz Modal e iniciaría una revolución propia en la que aportaría una nueva invención cada década (jazz eléctrico, jazz-rock...), mientras que Coltrane daba el primer paso de gigante hacia su particular ascensión al Olimpo de los genios inimitables con su personal percepción del jazz y de la improvisación. El Portrait in jazz de Bill Evans es, quizás, el disco más representativo de su forma de hacer jazz...

Leyendo una reseña en All about jazz, recordé que también fue un año malo: murieron Billie Holiday, Lester Young y Sidney Bechet, pero no hay duda de que 1959 es una fecha clave, quizas la más representativa de la Historia del Jazz. Los americanos tienen una palabra para estos hitos que señalan un punto importante en el camino: milestone.

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Foto: John and Alice Coltrane según Chuck Stewart.