miércoles 21 de mayo de 2008

Manteca!

Pensaba escribir hoy acerca de otro disco, pero éste se me ha colado en la discoteca y me ha enganchado de tal forma que me he puesto a escribir.

Manteca! Jazz Trío es un combo de Buenos Aires formado por Marcelo Camisay (batería), Lucas de Araujo e Sá (bajo) y César Guerberoff (teclados). Se autoproclaman jazz... contemporáneo (sic) y acaban de terminar su primer álbum, que distribuyen de forma gratuita en su página web y en Myspace como medio de promoción.


La primera escucha

En un principio, la poco usual mezcla de teclado electrónico, batería y bajo eléctrico te hace suponer que vas a escuchar un disco poco acústico, más cerca del jazz rock o del nu jazz que del mainstream, pero no es así. Es funk y es jazz. Tanto la batería como el bajo casan maravillosamente con el esquema funky del disco desde el primer tema Pijama party (composición original del grupo, como el segundo tema, titulado con un divertido Chef Guevara) hasta el final. A destacar el bajo, que tiene momentos magistrales en que adopta con arrogancia un papel cercano al de la guitarra solista, con fragmentos inspiradísimos (Footprints). Una gozada para quienes andamos siempre a la búsqueda de sonidos nuevos.


Sin complejos

La versión de So what de Miles Davis recupera el espíritu inmortal de este tema a la vez que revela su lado funk gracias al bajo y a un piano eléctrico que arremete sin complejos con esta vena, machacando las notas (¿os acordáis del Minimoog?) en un viaje lleno de improvisaciones, un viaje que va desde el lado serio-eléctrico-estilo-Herbie-Hancock hasta el más discotequero-setentero-Shakatak. Excitante.

Pero la falta de complejos aflora con más descaro si cabe en el tema The inspector theme (un clásico que aparecía en la banda sonora de La pantera rosa), donde el órgano juguetea con el hard bop más naif y con el soul más pop. Es uno de mis temas favoritos de Henry Mancini y cuya melodía se me engancha a cada escucha con más fuerza.

De ahí a Coltrane hay un paso de gigante (valga el juego de palabras), pero tampoco hay reparos en Manteca! a la hora de retomar un temazo enorme como es Psalm, que sirve de introducción a una especie de medley (yo lo llamaría “odisea”) que comienza en su forma más mística para derivar en una melodía de aires latinos y funkys acordes con el resto del disco. ¿Cómo se cocina esto? Pasando de Psalm a Footprints de Wayne Shorter como por arte de magia, encajando los acordes para volar luego a Berimbau (¿Baden Powell?) y a Stolen moments (Oliver Nelson).

Como he comentado, el disco está siendo distribuido de forma gratuita por el grupo a modo de promoción. Así que no desaprovechéis la ocasión. Podéis conseguirlo enviando un e-mail a esta dirección o visitando los sitios web que he citado.

Resumiendo, un muy buen sonido, un combo bien conjuntado y todo un abanico de placeres funky para los que amen el jazz.



miércoles 14 de mayo de 2008

Jazz at Massey Hall

15 de mayo de 1953. Hace 55 años. Toronto, Canadá. La New Jazz Society, una asociación de aficionados, ha organizado un concierto en el Massey Hall. Tocarán Bud Powell, Mingus y Max Roach, a los que se unirán más tarde en formato de quinteto Dizzy Gillespie y Charlie Parker. El concierto coincide con el combate entre Rocky Marciano y Jersey Joe Walcott por el título mundial de los pesos pesados. Se venden apenas 700 de las 2.500 entradas. Los periódicos hablarán al día siguiente de fracaso: en el intermedio entre las actuaciones del trío y del quinteto, el público cruza la calle hasta el Brass Rail para beber y averiguar cómo marcha el combate. Aún el bebop no ha alcanzado la categoría de mito que ya tenían los boxeadores.

Afortunadamente, Mingus ha llevado un magnetófono que grabará el concierto para el nuevo sello que acaba de fundar junto a Max Roach: Debut. Esta es la razón por la que en la portada del disco no se ve la cara Charlie Parker, que tenía por entonces un contrato vigente con otro sello: Mercury. Tan sólo se ve su inconfundible saxo alto. Aparece acreditado como “Charlie Chan”, entrecomillado para despertar la curiosidad del aficionado menos observador. Para esos, apuntamos que la mujer de Charlie Parker se llamaba Chan.

El quinteto. Cinco elementos, las cinco patas de un raro animal, perseguido por unos y adorado por otros, que se llamó bebop: Dizzy, en opinión de algunos, el verdadero y único padre del bop junto a Charlie Parker; a la batería, Max Roach, siempre revolucionario, bopper indiscutible; al bajo, un Mingus en la cresta de la ola; y, al piano, Bud Powell, que acababa de demostrar lo que nadie creía: que el bebop podía trasladarse al ordenado lenguaje del piano. Todo ellos estrellas ascendentes, compositores, líderes de sus bandas, genios en definitiva.

Y es bien sabido que los frutos de la mente de los genios no nacen precisamente de la disciplina y la concentración. Cuenta la leyenda que Charlie Parker y Dizzy Gillespie hicieron una tregua en sus malas relaciones para este concierto, pero Bird no puso todo de su parte: tocó con un saxo de plástico prestado porque había llegado a Toronto sin el suyo, que seguramente había empeñado en New York para pagarse una dosis. Powell, por su parte, recién salido de una institución mental, tocó bebido. Todo prometía desastre. El disco, sin embargo, es un clásico por sus interpretaciones. El único que resultó perjudicado fue Mingus, que vio a la postre cómo la “calidad” del magnetófono apenas había registrado el sonido de su bajo. Posteriormente, volvió a tocar y regrabar toda su parte antes de editar el disco.

El repertorio es, más o menos, la Biblia-del-Bop-Según-Dizzy, e incluye sus temas Salt peanuts y A night in Tunisia, además del standard Perdido (donde Dizzy está inmenso, lleno de swing, explosivo), All the things you are (el único tema en un tempo medio, un tempo que hace que el grupo se desencaje: da la impresión de que el bajo no va con la batería, sino cada uno por su lado), Wee (lo mejor de Bird en este disco) y Hot house de Tadd Dameron.

El concierto se editó en disco dos años después, cuando Bird ya había muerto.


Hubo un tiempo en que yo sólo escuchaba bebop. Es más: en aquella época para mí el jazz “era” el bebop. Ninguna otra cosa. No entendía el jazz sin la improvisación, la velocidad y las acrobacias imposibles de los mejores boppers. Afortunadamente, uno se serena con la edad, pero cada vez que oigo a estos cinco músicos tocar juntos y a ese nivel, formando el mítico Quintet’, pienso que con este disco se puede explicar qué es y qué nos gusta del bebop.

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La foto de la fachada del Massey Hall está sacada de la Wikipedia. El resto es de la época y no he podido averiguar la fuente.

miércoles 7 de mayo de 2008

Piratas del nuevo siglo

Existen dos definiciones de discos pirata. La primera alude a esos discos que podemos comprar en cualquier tienda y que alguien copia para ganar dinero sin pagarle al artista ni al distribuidor. La segunda es la que yo denomino Discos Imposibles.

Discos imposibles son aquellos que nunca han salido a la venta: conciertos retransmitidos por radio o televisión que algún aficionado graba, material inédito que se queda en el estudio de grabación y que el personal saca a la luz de forma subrepticia y todo aquello que el artista jamás ha pensado vender y que se convierte en material de primera para aficionados curiosos y coleccionistas con ansias de llegar más allá de que simplemente se edita de forma comercial.

En algunas ocasiones, son pequeñas casas de discos (suelen ser italianas o alemanas) que se hacen con el material sin permiso del artista, imprimen quinientas o mil copias, las venden y luego desaparecen. En otras, el material llega a los aficionados y son éstos los que lo guardan como oro en paño, dándoles su verdadero valor de documentos históricos, esclarecedores en algunos casos, para luego compartirlos o intercambiarlos con otros aficionados, enriqueciendo e iluminando sus colecciones con joyas únicas que no están al alcance de cualquiera.

Las grabaciones piratas tienen dos lados malos: uno, que los los músicos no ganan dinero con ellas; el otro, el descuido.

Y en esto las grabaciones piratas que se venden son las peores, porque un buen aficionado jamás equivocaría las fechas, jamás insertaría títulos de los que no está seguro ni olvidaría citar los músicos si conoce sus nombres (o dejaría de investigar al respecto). ¿Qué hay mejor que un libreto plagado de información? Por otro lado, no todas las grabaciones vienen de la televisión digital. He podido oír conciertos grabados de la radio hace cuarenta años, llenas de ruidos de fondo, cuando no existía el estéreo o incluso grabaciones al aire donde se oye más a la audiencia que al grupo. Bill Evans se quejaba de las que se publicaban en los años 70 sin su permiso, porque a menudo aparecían editadas a mayor o menor velocidad dependiendo de lo malos que fueran los magnetófonos de la época. Esto supone un semitono por encima o por debajo de la interpretación real o, lo que es lo mismo, supone mayor o menor énfasis en las notas, supone un estado de ánimo distinto al del momento en que se capturó la música; supone una mentira para el aficionado, en definitiva, que busca estas interpretaciones únicas o, simplemente, anecdóticas, que las mantiene en su colección con afán historicista, porque, de otra forma, se habrían perdido en el natural discurrir del tiempo, cuando la emisión radiofónica se diluyera en el aire, cuando los que estuvieron presentes en aquel concierto olvidaran los detalles, los temas, el momento.

¿A quién no le hubiera gustado estar, por ejemplo, en aquel momento, en el Kongresshaus de Zurich la noche del 8 de abril del 60? Toca Miles Davis. El set comienza con un standard que grabó en el 56, un tema del musical de Frank Loesser Guys and dolls. Se trata de If I were a bell, que inicia Wynton Kelly imitando sobre las teclas el repique de una campana al ritmo de los platillos. Jimmy Cobb arranca a más velocidad de la que anteriormente habíamos oído este tema en Relaxin’. Con este prodigioso colchón rítmico, Miles se luce con la sordina Harmon, ésa que Ian Carr definía en la biografía de Miles como el sonido de una fiera enjaulada. Toca de forma salvaje, llenando el aire de notas hasta el solo de Coltrane, único, como un tema aparte del que tocan los demás. El viejo esquema: tema, solo, tema, etcétera. Son casi diecisiete minutos en los que todos tienen su solo, casi diecisiete minutos de locura que termina la trompeta con un tirabuzón a modo de coda y el eco del redoble en los platos. Es un momento irrepetible, como todo en el jazz, que sigue con un repertorio propio de Miles: Fran dance, So what (también tocado en un tempo acelerado, feroz), All blues y, para terminar, como era costumbre en los conciertos de aquella época, un esbozo leve, minuto y medio de The theme. Podría describir cada momento de cada tema, pero jamás sería como haber estado allí.

Cierto que oír un concierto en CD no equivale a haber estado allí, pero se acerca mucho a esos momentos mágicos que en el jazz, las más de las veces, ocurrieron antes de que la mayoría de nosotros comenzáramos a apreciar todo esto. Nunca he sido partidario de comprar discos donde el artista ni cobra ni ha dado el visto bueno a su edición, pero creo que conservar esos momentos mágicos, esos Discos Imposibles, es hacer un favor a los que vienen detrás. ¿O no?


lunes 28 de abril de 2008

Acordes y desacuerdos

Paradójico. Llevo unos días sin conseguir que el navegador de internet responda a mis clics y hoy que puedo no me apetece escribir. Hay días que me apetece y otros me siento vago y leo, sólo leo. Esto hace que se me queden pegadas ideas ajenas que, con el tiempo, se convierten en estribillos saltarines que nadan en escorrentías de mi cabeza con divagaciones que nunca conducen a nada.

Así que hoy mejor os presto unas cuantas de esas frases, a ver si con esta generosidad interesada me deshago de algún pensamiento superfluo y, de paso, me ayudáis a despejar la incógnita: qué hay de cierto y qué de especulación en estos pensamientos.

I
La primera frase que cuelgo es una de mis preferidas. Es de Miles Davis, claro: “El silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de los ruidos”. ¿Quién da más?

II
Otra frase, ésta de Carlos Santana: "El rock es una piscina. El jazz es todo un océano". Esta explicaría por qué nunca tendré una colección de jazz decente (ni suficiente).

III
Esta la he sacado de la biografía de Bill Evans, pero la frase se atribuye a Art Farmer, quien, al parecer, dijo que “el final de los años 50 y principios de los 60 fue el momento de máximo esplendor del jazz”. Pensad los nombres, pensad. Yo creo que sí, pero todo se puede discutir.

IV
Una más, una frase de Woody Allen en Sueños de un seductor (1972), pensando qué disco poner para impresionar a una chica: “Ahora he de tomar una decisión importante: ¿Me decido por Oscar Peterson o el Cuarteto de Cuerda número 5 de Bartok?”. Podríamos empezar a discutir sobre clásica y jazz...

V
Por último, pero no menos sangrienta, una frase de Bill Evans, que se pasó la vida teorizando, investigando y trabajando para mejorar su estilo y, sin embargo, dijo: “Me saca de quicio que la gente quiera analizar el jazz como si fuera un teorema musical. No lo es: es sentimiento”.

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Las fotos, por cierto, son de Herman Leonard: Dizzy Gillespie en 1948 y Chet Baker en 1965.

sábado 19 de abril de 2008

Demandando jazz

Se sorprendía hace unos días el Sr. Erradizo cuando comentamos que había asistido a un concierto de la Dizzy Gillespie United Nations Orchestra (creo que más o menos ese era su nombre completo), un prodigio de alquimia jazzística universal importada directamente desde Babel. No creía que tal milagro pudiera haber ocurrido en España.

Aquí están las pruebas fotográficas. Son recuerdos que mi amiga Maribel, que tiene un cajón lleno de recuerdos, un cajón del tamaño de Luxemburgo, más o menos. Hace tiempo ella y yo recorríamos los patios de butacas juntos, no nos perdíamos un concierto y éramos jóvenes. Sólo he tenido que pedírselos y robar un scanner para traerlos aquí. Ahora estos recortes parecen sacados del Album de la Juventud Perdida. Noviembre del 90... Ha llovido desde entonces (no mucho en algunos sitios) y nuestros gustos han cambiado, pero aún nos estremecemos cuando pronunciamos los nombres mágicos. Dizzy... Chick Corea... Fue una buena época. Huelva, trasero del mundo (con perdón) tenía festival de jazz. A las habituales luminarias locales (Antonio Mesa al saxo, por ejemplo) se unieron en la sexta edición estos dos nombres.

¿Por qué desapareció? ¿Falta de financiación? ¿Falta de acuerdos entre los organizadores? Ayuntamiento y diputación tienen ahora signos diferentes: no hay que ser matemático para saber que positivo por negativo da siempre negativo, pero sigo sin entender esta desgraciada desaparición.

El caso es que, salvando una noche de música improvisada que la Universidad de Huelva reserva dentro de su festival Noctámbula, Huelva es una ciudad sin jazz. Mucha fresa y poco swing. Dicho sea de paso, es muuuy difícil escuchar música en directo en los locales de copas. Sólo algunos bares programan a salto de mata a cantautores y grupos de rock, pero pocos, muy pocos. La última vez que recuerdo haber oído jazz en vivo en un local fue en El Trastero Bar hace un par de años, cuando los domingos por la tarde tocaba Antonio Esperón con su trío (guitarra + guitarra + batería), pero ignoro si este bar sigue programando actuaciones.

A unos kilómetros de aquí, en la playa de Punta Umbría (sí, suena como Umbria en Italia, pero no es lo mismo) se viene celebrando desde hace unos cuantos años un festival de jazz internacional (“internacional” significa que también vienen combos de Portugal), pero la organización es tan... tan... que te puedes pasar el verano preguntando o buscando por la red y no te enteras de la programación hasta que un día coges el periódico y aparece la reseña de un concierto del día anterior. Un desastre. De todas formas, mi amiga Ana me ha comentado que este año ha cambiado la organización y se esperan cosas mejores, nacionales, que hay gente muy buena, pero mejor organizadas.

¿A qué todo esto? Pues que reclamo un festival de jazz, una oportunidad de oír buena música, un concierto de vez en cuando que no venga auspiciado por los poderes públicos, en tanto en cuanto tenga la oportunidad de ver cumplido mi deseo, Sr. Erradizo.

En tanto en cuanto, aquí os dejo esta reseña: