LA LEYENDA DEL PIANISTA EN EL OCÉANO



(Giuseppe Tornatore, 1998)
En el salón de baile de un trasatlántico, en medio de una tormenta, el pianista quita los topes que mantienen sujeto el piano y toca al ritmo que le pide el instrumento mientras se desliza de un lado a otro del salón. El pianista comienza a arrancar notas entre las notas que tiene escritas. El swing se convierte en improvisación. El resultado es electrizante y nuevo.


Si cuando comentaba Nace una canción decía que era una película para principiantes en el jazz, La leyenda del pianista en el océano (The legend of 1900) dirigida por Giuseppe Tornatore en 1999, aunque no es una película de jazz, ofrece un concepto nítido que distingue el swing de ese otro jazz en el que es posible la improvisación, lo cual me recuerda otra escena en otra película (Rebeldes del swing) en la que los chicos discuten porque alguien clasifica el swing dentro de los estilos del jazz (¡Cree que el swing es jazz!).

Novecento fue, en primer lugar, un monólogo teatral escrito por Alessandro Baricco, el autor de Seda. Luego, esta película con un Tim Roth espléndido en uno de esos papeles enigmáticos, casi autistas, que hay que sentir para comprender, el de un niño que nace el 1 de enero de 1900, el primer día del siglo XX, en un barco de emigrantes europeos que está a punto de llegar a Nueva York. El niño jamás llega a desembarcar y (espero no ser spoiler al contar esto) no llega a desembarcar en ningún momento de su vida (esto es parte del encanto y de la originalidad del personaje) por distintos motivos. Después de realizar diversos trabajos en el barco, un día descubre a través de un cristal la imagen de un piano. Aprenderá a tocar después de oír el Peacherine rag de Scott Joplin y acabará convirtiéndose en pianista de la orquesta que ameniza las fiestas de la clase de lujo.

En la escena que describí más arriba, Novecento descubre el jazz por inspiración propia. A partir de ahí, su fama recorre el mundo, e incluso hay quien lo bautiza como el Rey del Jazz. Esto hace que un furibundo Jelly Roll Morton embarque para intentar conocer (y, si es posible, ridiculizar) al supuesto impostor que “pretende” robarle el título. En una escena demencialmente esperpéntica, se enfrentan en un duelo de pianos. El resultado, en la película.

Aparte de la tormenta, hay dos momentos musicales memorables en la película: el primero, cuando compone e interpreta sobre la marcha una balada inspirada en el rostro de una chica que se ve a través del cristal (la película es de un romanticismo contenido que, sin embargo, alumbra en todo momento los mejores silencios del protagonista); la segunda, cuando le preguntan de dónde saca la inspiración para tocar y afirma que se inspira en lo que ve, y comienza a describir a los personajes que hay alrededor.

La banda sonora, compuesta por el versátil Ennio Morricone, incluye el ragtime de Scott Joplin y algunas piezas originales de Jelly Roll Morton. Tim Roth toca el piano en alguna escena, pero no he podido corroborar si todo lo que aparece en la banda sonora ha salido de sus manos.

NACE UNA CANCIÓN (A SONG IS BORN)

El jazz es para disfrutar

Cada vez que entro en el blog de mi amigo fmoreno y leo el título, Jazz para principiantes, me viene a la mente Nace una canción (A song is born, Howard Hawks, 1948), una película que yo recomiendo a todos los principiantes o no-aficionados al jazz. Puede ser una película superficial, contada en tono de broma, más ligera e insustancial que la primera versión (Bola de fuego, también dirigida por Howard Hawks e igualmente escrita por el inefable Billy Wilder), pero está llena de ejemplos sonoros y visuales para que cualquier profano entienda lo que algunos amamos del jazz.

La excusa (llamémosle trama): a mediados de los años 40, un grupo de estudiosos llevan diez años encerrados en una mansión escribiendo una enciclopedia de la música que va a contener, como hecho novedoso, discos que ilustren las teorías. En un punto crítico en el que están a punto de perder la subvención para su proyecto, aparecen dos limpiacristales negros que les piden ayuda para ganar un programa de radio. Cuando uno de los negros interpreta al piano su propia versión a ritmo de boogie-boogie de una fuga de Bach que uno de los catedráticos acaba de tocar al clarinete, otro profesor le pregunta: “¿Y hay otras formas de música popular además de ésta?” “Claro. Boogie-boogie, swing, jazz, jam, blues, doobie-dixie, rebop...”, responde el limpiacristales. A partir de ahí, los “expertos” se dan cuenta de lo que ha cambiado la música popular en diez años. Estamos hablando de los años 40 y ya habían surgido una docena de evoluciones y estilos del jazz, ¿cómo explicar hasta dónde puede llegar? El más joven de los catedráticos, el que está escribiendo el tomo de música popular, decide salir a la calle a investigar. La trama se complica con gángsters y una chica (condición sine qua non en Hollywood), pero lo más interesante es la presencia de músicos como Benny Goodman, Tommy Dorsey, Louis Armstrong, Lionel Hampton, Charlie Barnet... en la película.

Aparte del hecho anecdótico que supone la presencia de todos estos músicos “reales” en la pantalla, realmente interesante para cualquier aficionado, la película habla de esa constante evolución que lleva aparejado el jazz dentro de sus propios cánones y, como dije más arriba, la suelo recomendar a todo aquél que me dice que no entiende lo “moderno” del jazz.

Benny Goodman, Tommy Dorsey, Charlie Barnet, Louis Armstrong y Lionel Hampton
e
n la película

Puede que Danny Kaye no sea tan profundo como el Gary Cooper de la primera versión, pero es más divertido y me encanta cuando hace esas gilipolleces suyas y menea la cabeza compulsivamente al ritmo del saxo de Charlie Barnet o abre los ojos desorbitadamente al entrar en un club y sumergirse en la música que hacen Satchmo y Lionel Hampton a dúo. Qué clubs aquellos, abarratados, llenos de gente con ganas de bailar al ritmo de la música más salvaje que se ha creado, el público encima de los músicos.

EL JAZZ EN EL AGRIDULCE BLUES DE LA VIDA

De gira con Wynton Marsalis

Hacía mucho, mucho tiempo que tenía este libro en mi interminable lista de lecturas pendientes. Menos mal que existen las vacaciones.

El jazz en el agridulce blues de la vida (Jazz in the bittersweet blues of life) prometía ser, en un principio, un experimento periodístico en el que el escritor Carl Vigeland acompañaría al septeto de Wynton Marsalis durante toda una gira para después publicar algo así como un “diario de carretera”. «Adoro la carretera», escribe el músico. «Para mí no supone ningún esfuerzo actuar en público. No lo siento como una obligación. Adoro salir ahí cada noche, y lanzarme de cabeza al swing con la banda, con la gente que viene a escucharnos. Espíritu de equipo, estilo y dar en el clavo, eso es el swing. Y, cuando lo pruebas, siempre quieres más.» Después describe esa sensación de que un lugar le trae a la mente otro lugar, una actuación le recuerda otra anterior. «En la carretera, ese tipo de cosas pasa cada día.»

Pero esta road movie en papel no es sólo un libro sobre música y mucho menos una biografía. Es casi un diario íntimo en el que el alma del músico se revela hacia el exterior en forma de palabra, con parrafadas, páginas enteras, que no se pueden describir como periodismo ni como entrevista ni como conversación. Son, simplemente, pensamientos en voz alta o monólogos en los que Marsalis expresa su concepción de la vida. lo que ve y lo que siente, lo que tiene entre manos y lo que proyecta y, sobre todo, en qué se inspira cuando escribe o cuando toca: 
«Una vez en Lincoln, Nebraska, pero para el caso podría haber sido cualquier otro sitio, tocamos You don’t know what love is, de nuestro repertorio habitual. Lo tocamos a menudo pero nunca del mismo modo. [...] Esa noche recuerdo que cuando tocamos You don’t know what love is yo pensaba en alguien que reía, un niño o una niña por la calle que oyes mientras estás sentado en el portal de tu casa al atardecer; o una mujer al teléfono a miles de millas de distancia, a la que haces feliz con algo que dices; o tus hijos jugando en la bañera. La risa. Pensaba en eso cuando llegamos al final de la canción y empecé a alargarme con unas cuartas, intervalos de cuartas: un minuto más o menos, no estaba contando. Después, fin.» .

Si en la portada aparece el nombre de Wynton Marsalis al lado del de Carl Vigeland es porque las impresiones del músico llenan tantas o más páginas que el trabajo del periodista.
También es un diario de toda la gente que aparece y desaparece día a día en la intermitencia de una vida llena de ciudades, conciertos, estudios de grabación, televisiones, pero sin contabilidades innecesarias. Es un diario de lo que pasa y de lo que permanece («Nunca dimos el mismo concierto dos veces. En realidad, “interpretar” no es realmente la palabra adecuada para describir lo que hacemos [...] Nunca sé qué pasará. En la vida pasa lo mismo») y una enciclopedia sobre sus esfuerzos. Queda constancia de sus continuos problemas para acabar a tiempo los encargos que le hacen, especialmente cuando se trata de componer para otros, su apretado calendario para grabar, actuar de aquí para allá con algún alto en algún instituto para dar una clase de música a los alumnos, sus vivencias en ese autobús que traslada al septeto y que siempre encuentra un lugar para parar donde hay una pista de baloncesto para que los chicos de la banda jueguen sus habituales partidillos. Los escenarios recorren todo Estados Unidos, Puerto Rico, Francia, España...

El septeto de esta gira proviene de un quinteto de los 80 que se convirtió en cuarteto cuando su hermano Brandford y el pianista Kenny Kirkland lo abandonaron para tocar con Sting. Marsalis nunca ha superado esta experiencia. Tras algunos cambios, quedó en septeto a finales de los 80, una formación que duraría casi quince años. Está formada por el trompetista y por Todd Williams (saxo), Wess Anderson (saxo alto), Wycliffe Gordon (trombón), Marcus Roberts (piano), Reginald Veal (bajo) y Herlin Riley (batería). Siete personajes memorables, humanos y cercanos, cada uno de ellos con tantos apodos que es imposible aprendérselos. Sus experiencias y opiniones terminan haciéndose familiares e imprescindibles.

El jazz en el agridulce blues de la vida está destinado a convertirse en uno de mis libros de cabecera. Después de haberlo terminado, es como si hubiera viajado con Wynton en ese autobús, estado entre bastidores con su banda y escuchado sus pensamientos mientras componía o improvisaba. No sólo es un documental fabuloso sobre Wynton Marsalis sino una experiencia viva que pienso repetir.

«¿Quieres saber lo que me enseñaron todos esos músicos de jazz con los que crecí? No hay ningún precio que pagar por la vida, excepto vivirla. Y, si alguien quiere hacerte pagar un precio por ello, que se joda. Deja que el filo azulado del amor te abra lo dulce y lo amargo y, cuando te toque el hueso y sientas aún que haces el amor como si el filo de la navaja te hubiera abierto el corazón por primera vez y encendido la sangre, deja tu alma en libertad y, cuando cada vez que toques sea así, entonces habrás encontrado el jazz en el agridulce blues de la vida.» (Wynton Marsalis)


Playing by heart

"Tengo un amigo. Es músico. Toca la trompeta. Es muy bueno. De vez en cuando, voy a sus jam sessions y toca mi canción favorita: un viejo tema de Chet Baker. Siempre la toca de la misma manera, pero nunca suena igual. Una noche que salimos de copas (yo entonces bebía) intenté explicarle lo que me hacía sentir esa canción. Esa melodía me emocionaba y su forma de interpretarla también. Él negó con la cabeza y dijo: «Joan, no se puede hablar de música. Hablar de música es como querer bailar con un edificio» y le dije: «Qué gilipollez. Si nos ponemos filosóficos no podremos hablar de casi nada. De amor, por ejemplo». Entonces, se echó a reír y dijo: «Desde luego, hablar de amor es como querer bailar con un edificio».

¿Es cierto que hablar sobre jazz o sobre el amor “es como querer bailar con un edificio”? ¿Qué tiene de complicado el amor para que lo comparen con el jazz? O, simplificando lo imposible, ¿quién no se ha enamorado alguna vez de Angelina Jolie o de un tema de Chet Baker?

Con la frase de más arriba comienza Playing by heart (Jugando con el corazón), la película coral de Willard Carrol que habla del amor en todas sus formas más desconcertantes y complicadas.

Cuando Angelina Jolie dice “Esa melodía me emocionaba”, aparece por primera vez en la pantalla su rostro, acunado por la banda sonora, una composición de John Barry. No es de las más brillantes. Sin embargo, merece dos sobresalientes. El primero, la atmósfera desesperada y lacónica que crea en torno a los personajes y que encaja maravillosamente con sus vidas, duramente ancladas en ese estado de permanente espera. El segundo, la inclusión entre los músicos del trompetista norteamericano Chris Botti.

La primera vez que vi a Chris Botti fue en un concierto de Sting (siempre acompañado de buenos jazzmen) en el año 2000. Su aspecto me recordó instantáneamente al joven Chet Baker (trajeado, rubio, con un atractivo inocente y rebelde a la vez, su pose) y busqué alguno de sus discos como líder. Tiene una media docena. Night sessions (Columbia, 2001) y Slowing down the world (GRP, 1999) me confirmaron que su forma de tocar, que va del cool al smooth jazz, ha bebido directamente de la fuente. Su presencia en esta banda sonora no es un simple homenaje a Chet Baker. Botti es uno de sus hijos, musicalmente hablando.

Con Chris Botti a la trompeta, John Barry y su banda sonora van de su habitual forma de tratar la música incidental al jazz sin despeinarse. Y en medio de este experimento, la presencia intermitente del homenajeado Chet Baker con algunos temas como I’m glad there is you de Tommy Dorsey o Everything happens to me, con el cuarteto de Charlie Haden.

Desgraciadamente, en el disco no cabe toda la banda sonora. Aparte de esto, lo único que quizás se pueda achacar a este experimento es que en la película no luce. Por obra y gracia del montador (o del director) la música pasa desapercibida durante casi todo el metraje, a excepción de las cancioncitas (Morcheeba, PJ Harvey, Soul II Soul y Moby, que no están en el disco) que intercalan y que suenan a tope. Es una pena porque hay momentos en esta banda sonora hechos a la medida de las mejores escenas y le podían haber sacado mayor partido.

¿No recuerda a las fotos que William Claxton hizo de Chet con su novia?

El personal de disco a las órdenes de John Barry son:
Chris Botti, trompeta
Michael Lang, piano
Leland Sklar, bajo
Harvey Mason, batería
Daniel Higgins, saxo y clarinete
Tommy Morgan, armónica