Humo(r)

"Un hombre sin sentido del humor es como un local de jazz sin humo."





(Oscar Sipán Sanz,
El talento de las moscas)


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Ilustración de Kuto.

VIDA CON SWING

Hoy, 20 de febrero, se cumple la nada despreciable cifra de 99 años desde el nacimiento de Oscar Alemán, pero su nombre sigue siendo prácticamente desconocido para la mayoría de los que amamos el jazz.

Hasta hace unos meses, en que cayeron en mis manos sus Grabaciones recuperadas y hasta hace unos días en que conseguí por fin ver el maravilloso documental Vida con swing sobre Oscar Alemán, este guitarrista argentino que jamás aprendió a leer música, que triunfó en el París de los 30 tocando en la orquesta de la “Venus” Josephine Baker, que nunca quiso grabar para ningún sello norteamericano pero que conoció a Louis Armstrong y fue admirado por Duke Ellington, era un perfecto desconocido.

Con varios álbumes suyos ya en mi discoteca y buscando desesperadamente más grabaciones, he encontrado un blog maravilloso donde se intenta mantener viva su leyenda a través de lo que han denominado “El redescubrimiento de Oscar Alemán” project, mantenido y alimentado en inglés y en español nada menos que por unos aficionados holandeses.

Es difícil resumir todo lo que sugiere la música de Oscar Alemán. Seré sincero si digo que me quedo sin palabras. El crítico Leonard Feather dijo en los años 30: “Si alguien vuelve a mencionarme a Django lo miraré fríamente. Alemán tiene más swing que ningún otro guitarrista del continente”. Se refería, por supuesto, a Europa y a París, donde una y otra vez resurge el jazz en los tiempos en que los americanos dejan de prestarle atención. Comparar a Oscar Alemán con Django Reinhardt no es cualquier tontería. Alemán está a la altura, tiene también ese estilo de swing canalla que se ha llamado “gitano” (por la procedencia del belga), interpreta las líneas melódicas y los acordes al mismo tiempo, como solista y acompañante todo-en-uno y en el documental se cuenta que llegaron a conocerse, que jamás tocaron juntos en público, pero que Django fue a París expresamente a verlo y tocaron en su carromato durante toda la noche en una sesión que para mal de la historia no quedó registrada.

El estilo de este argentino es mucho más salvaje, más rudo y más elaborado al tiempo. Es divertido: Alemán baila y juega con la guitarra al tiempo que toca (se hizo famoso tocando con la guitarra a la espalda) porque era un showman consumado, pero un músico por encima de todo. A lo largo de su vida (no siempre vivió del jazz) asumió gran cantidad de estilos, desde el tango hasta ritmos folk y locales, pero siempre los asimiló y tocó a ritmo de swing. Cuando uno lo escucha sabe que lo que toca no ha salido del jazz, pero tiene un swing impresionante. Era el Rey Midas del swing: todo lo que tocaba lo convertía en swing, o así era como lo vendía la prensa de la época.

Convertido en un niño de la calle en Brasil (sus padres habían muerto y sus hermanos lo abandonaron), Oscar Alemán se ganaba la vida pidiendo y aparcando coches hasta que un día descubrió un instrumento singular: el cavaquinho, una pequeña guitarra brasileña de cuatro cuerdas. Ahorrando cada moneda que recibía y malcomiendo, el niño Alemán encargó un cavaquinho a un luthier. Quería ser músico. Un día, se enteró de que el luthier había muerto. Corrió a su casa y la viuda le comunicó que el difunto había dado orden de que se le entregara el instrumento en el mejor de los estuches sin obligación de terminar los pagos. Oscar Alemán practicaba en los ratos libres. Trabajaba abriendo puertas a los coches de los clientes de un hotel, donde una noche le ordenaron que fuera a llevar tabaco a unos clientes. El niño atravesó la pista haciendo el tonto, fingiendo que resbalaba y caía, hizo gracia entre la clientela elitista y desocupada del local y lo contrataron para hacer su numerito cada noche hasta que cierto día varios músicos de la orquesta enfermaron. Fue el primer paso de Oscar Alemán hacia su carrera de músico. Después vinieron tabernas y bares, donde lo descubrió un guitarrista profesional llamado Gastón Bueno Lobo, que le enseñó a tocar una guitarra de verdad y le propuso formar el dúo Les Loups (Los lobos).

En 1926 oye jazz por primera vez en Pisinguinha y en 1927 descubre los discos, que le abren los oídos a la verdadera música afroamericana. En 1928 Les Loups grabaron junto al violinista Elvino Vardaro para el sello Victor en 78 rpm. Pero con Gastón Bueno Lobo hizo muchas más cosas. La más importante, una gira por Europa con el bailarín Harry Fleming que le dio tablas y dinero durante un tiempo. Les fue bien hasta que faltó el trabajo. Bueno Lobo marchó a París a buscar fortuna. Alemán trabaja para la orquesta de Robert de Kers y luego forma su primera banda propia. Lo más en el París de la época era el espectáculo de Josephine Baker en el Hot Club, pero los músicos de ésta rechazan a Bueno Lobo: han oído que en España toca un guitarrista mejor. Josephine Baker escribe y contrata a Oscar Alemán, Bueno Lobo regresa a América y terminará suicidándose a causa de esto. Alemán tarda en saberlo, pero no se lo perdona: Bueno Lobo había sido como un segundo padre para él.

El periodo de París es el más fructífero de la carrera del argentino: baila y canta, toca la percusión, se hace imprescindible en la orquesta de la Venus Negra, París lo aclama, recibe elogios de la crítica y los músicos americanos que vienen a Europa se pasan por París para verle tocar. Duke Ellington lo invita a grabar en su orquesta, pero Alemán rehusa. No será la última vez que se niegue. De hecho, al final de su vida, incluso en los momentos de hundimiento, se negó a grabar para ningún sello norteamericano.

París se acaba con la invasión alemana. Despojado de su guitarra metálica (que “podía ser usada para fabricar munición”) y humillado por el color oscuro de su piel, abandona París y, tras varias paradas, desembarca de nuevo en Argentina, en una época, los 40, en la que el tango se ha convertido por fin en el ritmo emblema del país. No sólo es un músico de jazz en paro sino un perfecto desconocido para el gran público. Empezará de cero y le costará triunfar, pero al final logra imponer su swing. Actúa en formación de quinteto, añadiendo a su repertorio temas y argumentos folk, ajenos al jazz, que lo convierten en el guitarrista más popular de Argentina, todo ello pasado por el tamiz de la guitarra de swing, por supuesto. De su versión de Bésame mucho (un tema que particularmente siempre he odiado, sea cual sea la versión, salvo la de los primeros Beatles) llegó a vender un millón de discos de la época, todo un récord para una versión excéntrica, alocada y original como su forma de improvisar con la guitarra. De nuevo, Oscar Alemán se ha convertido en una estrella, aunque reduce sus giras a Brasil y Uruguay, por lo que en los años que siguen continúa siendo un desconocido para los aficionados al jazz del resto del mundo.

Pero poco a poco las circunstancias familiares y su afición al alcohol van despojándolo de la fuerza necesaria para tocar. Se hunde en una depresión, las úlceras lo consumen, tiene que dar clases de guitarra para comer. No levanta cabeza hasta los 70, cuando Duke Ellington, de gira por Argentina, pide, nada más aterrizar, ver a Oscar Alemán. El encuentro lo devuelve al mundo al que pertenece. Vuelve a tocar, recibe homenajes, su música (como en la mayoría de los buenos músicos de jazz) dice más que su complicada y tortuosa vida y sigue grabando hasta un año antes de su muerte, en 1980, sin haber perdido el sentido del ritmo, el verdadero significado del swing, el de una época en la que el jazz era música popular, música para bailar, diversión no sólo para los músicos, antes de que alguien llegara y lo intelectualizara.

Afortunadamente, gracias a las reediciones (más escasas de lo que quisiéramos) y a los aficionados, Oscar Alemán sigue sonando tan fresco como hace 70 años. Que lo disfrutéis.

ME GUSTA EL JAZZ

Escribo esta entrada respondiendo a Marina, que me dedicó unos incisivos comentarios en la anterior. En realidad, el hecho de titularlo "No me gusta el jazz" iba dedicado a ciertos amigos que tengo que oyen la Cadena 100, ven Operación Triunfo y se ríen de mí cuando hablo de jazz. Dicen que sólo escribo sobre jazz y decidí escribir que no me gustaba... Del juego de palabras salió esta entrada que tan poco le ha gustado a Marina.

En realidad, soy un tipo bastante optimista y siempre intento sacar lo mejor de lo que me toca vivir. Si voy al cine y la película es mala, siempre le saco algo bueno, técnico o artístico. Lo mismo me pasa con el jazz. Nunca he tirado un disco después de oírlo. Oigo más músicas y soy bastante abierto. No soy un purista ni un poseedor de la verdad. Es cierto que todo depende de quién lo oye y en qué momento.

Pero Marina me preguntó qué me gustaba. Me gusta el jazz.

Me gusta el jazz con ritmo, mainstream, pero dependiendo del momento, el cool, el swing, el hard bop...

Me gusta el jazz en directo, oír que el público aplaude los solos y que ningún músico se queda sin hacer el suyo.

Me gusta el jazz fusión cuando a pesar de la fusión sigue habiendo jazz, y lo mismo me ocurre con el jazz rock.

Me gusta Norah Jones para los ratos en que no tengo ganas de escuchar jazz.

Me gusta el jazz leído cuando se trata de El invierno en Lisboa, por ejemplo, o algún ensayo sobre alguno de mis músicos favoritos.

Me gusta el jazz con amigos, sean intelectuales o hooligans.

Me gusta el jazz lleno de ideas, inesperado, inteligente, capaz de sorprenderte a la primera y a la décima escucha.

Me gusta hablar de jazz.


Para Marina, por hacerme ver que hay que tener perspectiva.

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Foto de Art Blakey sacada de www.vervemusicgroup.com


NO ME GUSTA EL JAZZ

No

No me gusta el jazz cuando se vuelve tan caótico que es imposible seguir el ritmo.

No me gusta el jazz cuando el público no aplaude al final de los solos.

No me gusta el jazz flamenco cuando lo que te están vendiendo en realidad es flamenco con saxofón.

No me gusta el jazz fusión cuando la fusión no me deja oír el jazz.

No me gusta el jazz rock cuando el rock no me deja oír el jazz.


No me gusta el jazz cuando pianistas tan fabulosas como Eliane Elías graban cancioncitas que no son otra cosa más que pop blandito y estéril.

No me gusta el jazz de Norah Jones ni el de Amos Lee porque en realidad sólo hacen country (aunque si los escucho como country sí me gustan).

No me gusta el Jazz de Toni Morrison.

No me gusta el jazz eléctrico hecho por máquinas.

No me gusta el jazz entendido como una música culta que sólo está al alcance de unos pocos (como dijo Lennon: “Jazz, esa mierda para intelectuales”).

No me gusta el jazz que ponen por televisión porque sólo lo ponen para ambientar algún strip-tease.



No me gusta el jazz meloso y plastificado de Yellowjackets.

No me gusta el jazz en vivo cuando uno de los músicos se queda sin hacer su solo.

No me gusta el jazz vacío de ideas.

En el resto de las ocasiones, no hay música como el buen jazz.