Es 28 de septiembre. Miles ha muerto otra vez. Y otra vez hemos vivido su vida al lado de Billy Eckstine, de Charlie Parker, al frente de su noneto, de su quinteto y de espaldas al público. Todas las escenas están ahí, en vinilo, en cintas, en cedés y en vídeos que nunca te cansas de ver porque nunca llegas a entender cómo lo hacía. Dos notas, todo un tema, siempre introspectivo, siempre inspirado, Miles siempre nuevo, siempre más allá.
Hoy pondré algún disco por ti, de una forma especial me pararé a escucharlo con la carátula en la mano, cerrando la puerta a las prisas que me arrastran a diario.
Aún tengo pendiente contigo conseguir la grabación de tu último concierto, pero hay tiempo de ajustar cuentas.
Mi amigo Manolo Sosa es de esos amigos con mala uva, que se van a Bélgica a ver la fórmula 1 y vuelven contándote anécdotas que te ponen los dientes largos, como los clubs de jazz donde ha estado. No es despierte en mí envidia… sino Envidia Malsana.
Como “regalo” me ha enviado la foto que ilustra esta entrada. Está tomada en un club de Bruselas llamado The Music Village (¿resonancias neoyorquinas?) situado en Rue des Pierres, 50 (Steenstraat 50 si es en el bendito idioma valón, como él dice), en una de las salidas de la Grand Place (el sitio más céntrico de Bruselas). Música en vivo de miércoles a domingo.
La banda era Trio Rosso’s (Bert Dockx-guitarra, Frederic Jacques-Bajo y Andivo Sans-batería). Mi amigo comenta que sonaban bien. Y añade: “El club es muy agradable y mientras escuchas jazz te puedes tomar uno de los 160 tipos de cerveza (precio de Bruselas centro obviamente, 2-3 €) que tienen. Incluso en una esquinita hacen la vista gorda si fumas (para las fotos de jazz ambienta mucho).” Si no supiera que lo que le gusta es el jazz (y que además no suele beber) pensaría que había ido a emborracharse…
Además de lo anterior, en este local se celebra del 3 al 7 de octubre la tercera competición internacional de cantantes de jazz. Cada día a las 9 de la noche actúan 3 concursantes. La gran final el domingo 7 desde las 7,30 con actuaciones de los finalistas y varios músicos de jazz.
Y yo, admirando la espléndida fotografía en blanco y negro, con su serena estructura de balada, siento que casi se puede oír la música. ¿Son buenos? Eran muy buenos, contesta mi amigo. Y uno, que nunca ha oído estos nombres y puede que gracias a las multinacionales oigamos un millón de nombres más este año en lugar de éste, uno se pregunta: ¿Cuántos genios más, capaces de ponernos los pelos de punta tocando Jazz con mayúsculas, deleitando única y exclusivamente a los afortunados que acudan a este o aquel club, creando maravillas sin cd ni portada, pasarán a la historia olvidados como héroes anónimos?
Por fin he tenido tiempo de ver Miles electric: A different kind of blue. Esperaba un concierto, pero en realidad es un documental, y no sólo un documental sobre la faceta que menos me gusta de Miles Davis, su lado eléctrico, no. Es un encumbramiento de este periodo y una celebración de la evolución de su música desde Kind of blue hasta su explosión popular en 1970, tras el impresionante concierto en la Isla de Wight.
Sí, es cierto que el concierto "eléctrico" de Miles en la Isla de Wight es impresionante. La apenas media hora que aparece de música en este vídeo es fabulosa, algo desconcertante para los que esperan jazz y un error para los puristas, pero fabulosa, y no cabe duda que tocar en un festival rock ante 600.000 personas, en un momento de la historia de la música en que lo experimental, lo electrónico e incluso lo insólito (entiéndase "raro" o "ruido") eran la vanguardia, supuso el ascenso al estrellato de Miles entre el público más amplio, la mayoría del cual jamás había oído jazz ni escuchado hablar de él. Para impresionar a esta enorme audiencia ávida de sonidos nuevos, al ser preguntado por el tema que iba a tocar, Miles respondió: "Llamadlo cualquier cosa". Creo que con esto lo dijo todo.
El responsable de estos ruidos, en todo el término de la palabra, fue Airto Moreira, al que podemos ver en el concierto con una cantidad incontable de cachivaches acompañando con todo tipo de sonidos exóticos y extraños la melodía. Y esto es lo paradójico. Porque este tipo de sonidos que hoy en día samplearía cualquier sintetizador u órgano electrónico, ¡estaban hechos a mano! Y lo único verdaderamente e-léc-tri-co del concierto eran el bajo de Dave Holland (un jovencísimo Dave Holland, algo fuera de lugar, que acompaña con cara de estupefacción a los otros músicos tocar) y el órgano Rhodes de Keith Jarret. El resto es acústico. Nunca he sido partidario de las etiquetas, y está claro que a alguien se le ocurrió el término jazz eléctrico para justificar de alguna manera esta evolución insospechada de Miles hacia la fusión y el jazz-rock, pero en este concierto era más bien "desenchufado".
Herbie Hancock, que ya tocaba con Miles en los 60, cuenta una anécdota en el documental que precede al concierto (dura más el documental que la sesión) sobre la primera vez que tocó un órgano Fender Rhodes. Según, Hancock, llegó al estudio y, al no encontrar ningún piano, preguntó dónde tenía que tocar y Miles le contestó con su voz oscura y ronca: "Toca aquél, el de allí"y el pianista vio el piano eléctrico y admite que pensó:"Quiere que toque con un juguete".
Lo mejor del documental es la música, no sólo porque toque Miles o por los fragmentos de distintas sesiones de los 70 que aparecen sino porque las entrevistas están realizadas a los músicos delante de sus instrumentos, de manera que no sólo dan su opinión sobre la música en cuestión sino que la interpretan. Así, podemos oír a Carlos Santana improvisar un fragmento de In a silent way o a Herbie Hancock tocando los primeros compases de So what en un piano eléctrico (luego Chick Corea toca el mismo tema) después de haberlo visto tocando uno acústico en una actuación de 1964, como ilustrando las diferencias entre el sonido eléctrico y el acústico.
No voy a hablar del concierto, que muchos habréis oído alguna vez. Sólo reseñar que los músicos del sexteto eran Gary Barth al saxo y clarinete, Keith Jarret al piano eléctrico, Dave Holland al bajo, Jack DeJohnette a la batería y Airto Moreira a la percusión.
El documental repasa discos de la época como Bitches brew, Jack Johnson, On the corner, Big fun y también otros músicos y músicas colaterales que influyeron en la concepción electrónica, experimental y hardcore de la música de MD, como Jimi Hendrix o la cantante Betty Davis, que estuvo casada con Miles tan sólo un año, pero que influyó en él no sólo con su forma dura de cantar sino que cambió su imagen, renovó su vestuario y convirtió a nuestro jazzman en una estrella de la psicodelia vestido de colorines, otra víctima de la moda. Viene aquí a la perfección una crítica de un periódico musical de la época en la que Stanley Crouch hace suyo un comentario de Nietzsche sobre Wagner para decir que lo que estaba haciendo Miles Davis con su música era "el mayor ejemplo de auto-violación de la Historia del Arte".
No llego a tanto, pero he defendido esta postura muchas veces. En otro de mis blogs (una historia de ficción que publico a diario sobre un treintañero que intenta superar una separación con la ayuda de los amigos, del vino y del jazz) el personaje que escribe a través de mi teclado admite que no le salen las cosas bien y que la vida que él "quería que sonara como So what le está martilleando los oídos con los "acordes" de Agartha".
Aunque Miles defiende en este documental su nueva música ("me gustan los nuevos ritmos, ritmos rotos, melodías duras...") a mí no me gusta este tipo de experimentación. No es que yo sea un purista (a veces oigo On the corner, y me gusta la música electrónica, léase Art of Noise), pero estoy en contra de esta música de MD porque escapa a la esencia del jazz. El razonamiento lo da el propio músico en otro dvd, Miles in Paris, en el que aparecen fragmentos de entrevistas entrecortando el concierto. Aquí Miles patrocina la idea de que el jazz evoluciona, pero que "mientras se te muevan los pies al oír la música" será jazz. Pues bien, yo pierdo el ritmo con Bitches brew, no se me mueven los pies con Agartha. Puede ser Música (hay fragmentos que me gustan), pero cuando pongo alguno de estos discos no tengo la sensación de estar poniendo realmente jazz.
Hace calor. Hace mucho calor. He dejado el coche a la sombra toda la mañana y cuando me monto el termómetro del salpicadero marca 32 grados. Da hasta miedo salir del trabajo. Sí, es un pensamiento jodidamente tonto, pero yo me quedaría trabajando hasta que cayera la noche, todo por no coger el coche. Llevamos así desde junio. Andalucía es el infierno en posición “grill”. Entonces pongo el contacto, giro la llave, enciendo el aire acondicionado y conecto la radio. Me he dejado dentro un CD de Dexter Gordon y parece como si todo cambiara. Suena Cute. Lionel Hampton acelera el aire del mediodía, que parece que se ha quedado suspendido en el recalmón de la media tarde. El recalmón es como llamamos aquí a ese aire caliente que se levanta del suelo como en un horno y hace que todo parezca flotar en una atmósfera irreal, detenida en el tiempo. Una escala, pararán-pararán y Hampton consigue que el mundo se ponga en marcha de nuevo. Dexter enlaza la melodía y dentro del coche el mundo vuelve a fluir. Esto se llama madurez, y suena increíble.
Lullaby of Birdland es uno de esos discos redondos que uno no se cansa de escuchar. Parece que fue grabado en 1977, poco después de que DG volviera de Europa, donde se había exiliado por la falta de trabajo (y otros problemillas). Un año antes había sido contratado para tocar en el Village Vanguard, concierto que supuso el regreso a casa, que resucitó al Dexter dormido, olvidado por el público que apuntaba hacia otras músicas. La prensa y los críticos volvieron a abrazarlo, comenzaron a tratarlo como una leyenda viva y hay quien dice que este evento supuso el renacimiento del bop en Estados Unidos. El disco tiene la banda clásica de Dexter de esta época, con un exultante Lionel Hampton que destaca por encima de todos y que, en una relación maestro/alumno/maestro, comparte con Dexter Gordon solos generosos y espectaculares, sobre todo porque con el saxo alto parece que Dexter está más inspirado. Están con ellos Bucky Pizzarelli a la guitarra, George Duvivier al bajo, Oliver Jackson a la batería y Hank Jones al piano. También hay un percusionista cubano llamado Candido que destaca especialmente en el último corte, Blues for Gates, compuesto por Hampton, y no sólo porque la percusión tiene un solo fabuloso al comienzo, sino porque lleva todo el peso del tema, aunque lo más notable es un diálogo al final entre el saxo y el vibráfono, que responde repitiendo los fraseos del alto, toma y daca. Genial.
Lo dicho, no me canso de escucharlo. Está lleno de clásicos como I should care, Seven come eleven o el They Say That Falling in Love Is Wonderful de Irving Berlin, pero mi preferido es la versión de Lullaby, rítmica, vital, imparable. Podría ponerla una y mil veces seguidas. La pena es que el jodido lector del coche no se puede programar para que repita el tema, pero creo que voy a dejar el disco dentro mucho tiempo.