JINGLE BELLS

Siente a un jazzman a su mesa por Navidad

Todos tenemos músicas que se nos enredan en la mente y nos acompañan durante días o durante años. Hay una en particular que comienza a sonar en mi cabeza inconscientemente cuando algo me va bien. Es Jingle bells. Es una cuestión de optimismo o simplemente de marcha. Cuando algo me acelera o cuando un sentimiento de alegría me invade, alguien (o "algo") le da al play y en mi mente comienza a sonar el villancico clásico. Aunque, para ser más concreto, suena siempre con síncopa y ritmo de swing tal cual lo canta Diana Krall.

Ocurre desde que hace unos años me regalaron su álbum Christmas songs (Verve, 2005). No voy a discutir a estas alturas si los villancicos son alegres o tristes. Hay tantas historias en libros y cine sobre navidades tristes que no voy a entrar en ello, pero la composición aparentemente simplista de estas composiciones antiguas, muchas de ellas creadas para un coro infantil, las imbuyen de una increíble capacidad de contagio.

Yo siempre he odiado los coros infantiles chillando villancicos (ya sabéis: esos que suenan en los centros comerciales desde noviembre hasta Reyes) y suelo poner en casa cuando hay una cena en las cercanías de la Navidad, un ábum de Chet Baker llamado Silent nights que incluye delicias como First Noel y Joy to the world e insertos tan sorprendentes (o no) como Amazing grace. Es un disco de quinteto grabado el 7 de enero de 1986 en Nueva Orleans, donde comparte protagonismo con Christopher Mason al saxo alto. Ha sido reeditado en varias ocasiones y con distintas portadas.

Mi otra opción preferida es el álbum de Diana Krall Christmas songs (2005), sucedáneo o ampliación de otro de la misma pianista que editó en 2001 y que se llamó Have yourself a merry little Christmas. El de 2001 era un EP con 6 canciones. Dos de ellas, Jingle bells y Have a merry little Christmas, reaparecen en el siguiente disco acompañados de otras diez canciones de navidad y la ineludible presencia de la orquesta. Pero este álbum de la cantante/pianista canadiense es mucho más rítmico que el de Chet, más contagiosamente feliz, más ideal para oír solo y sin conversaciones de por medio. En una comida sin muchos invitados acompaña más Chet o algún disco de música clásica, en concreto uno con filarmónica y órgano que atempera los ánimos y relaja los verbos. Ya se sabe que hay que comer despacio y masticar bien...

Podría recomendar muchos otros discos de navidad a ritmo de jazz (Frank Sinatra tiene uno bárbaro y no digamos el de Oscar Peterson), pero estos dos que he citado me suben el ánimo de una forma fabulosa, ideal para esta época de la Navidad, con su fin de año y esa sensación de las cosas que se acaban y las que prometen comenzar. Por eso, sean ustedes partidarios de estas fiestas o no, les deseo unas navidades llenas de paz, amor y música. ¿Qué otras cosas se pueden pedir en la vida? Y, parafraseando aquel título glorioso y tragicómico del cine español, les recomiendo que sienten un jazzman a su mesa. Claro que, si hay que elegir entre el fantasma incorpóreo de Chet y la más tangible anatomía de Diana, creo que me invitaré a esta última a la mesa y dejaré que cante Chet.

Feliz navidad´¯`•.¸¸.¤