JAZZ 2

Arte pop en versión jazz

El jazz tiene una cara que no es musical. Esta cara es una faceta gráfica que posee tanto atractivo como la música misma. La fotografía de jazz, las portadas y el cartelismo forman parte de la iconografía del siglo XX. Hoy os traigo una exposición que he visto en el último rincón de Andalucía:. Jazz2.


Manolo Cuervo (Isla Cristina, 1955) es un artista gráfico que se rinde al jazz. Conocido como el cartelista de los festivales de jazz de Sevilla, el Internacional en los 80 y en los 90 y el Rising Stars, su visión de la pintura pop va más allá del retrato al estilo Warhol. Mirando sus pinturas vemos a un artista pop sin miedo a experimentar, vemos sentimiento calculado, nunca experimentación improvisada, vemos el jazz en colores, retratos salvajemente coloristas muy alejados del estereotipo del blanco y negro generalmente asociado a esta música. Manolo Cuervo tiene su propia Biblia del color, del trazo, siempre inesperado y siempre excitante.

En esta exposición no hay carteles, aunque sí en el espléndido catálogo que la acompaña, donde aparecen casi todas las pinturas expuestas así como reproducciones en miniatura de una veintena de carteles. Lo que sí hay son retratos, visiones personales llenas de color en las que Manolo Cuervo, a partir de imágenes que se han convertido en iconos (Sarah Vaughan, Dizzy Gillespie, Max Roach, Betty Carter, Dee Dee Bridgewater...) experimenta, improvisa, impone ritmo a sus colores con pericia de diseñador gráfico e impone una voz personal que no deja indiferente. Es como el jazz.

En una reseña de ABC.es, Manolo Cuervo dice: «Es una exposición que continúa a la que hice en la galería sevillana de Félix Gómez [...] Cuando hacía los carteles para la Diputación tuve la oportunidad de conocer a músicos increíbles como Miles Davis o Dizzy Gillespie. Recuerdo que Ornette Coleman quiso conocerme porque le encantó mi cartel, pero yo no hablaba inglés y me dió vergüenza que me lo presentaran y no poder hablar con él».

Acompaña al catálogo de la exposición (50 páginas) un apasionado texto de Alberto Marina Castillo en la que desgrana su percepción del jazz para explicar de dónde viene y adónde va el artista. A través de cinco textos, titulados Kiss of Spain, It don’t mean a thing (if it ain’t got that swing), There’s no business like show business, Body and soul y Nostalgia in Times Square, a los que acompañan cinco recomendaciones de sus cinco versiones favoritas de estos temas, seguimos el ritmo de experiencias, anécdotas, historias del jazz y de la pintura y muchas citas, como ésta de Art Blakey que utiliza para explicar que la pintura de Manolo Cuervo tiene swing:

Haz buena música, bien interpretada, moderna, pero nunca vayas tan por delante del público que éste se pierda, ni te alejes hasta el punto del ritmo que el jazz mismo se haya perdido... 

El pintor va por delante de las tendencias, jugando con sus propias reglas, pero como buen pintor-diseñador o diseñador-pintor consigue conectar su mitología personal con el público. Arte pop en versión jazz.

En la sala de exposiciones del Convento de Santa Clara (Moguer, Huelva) hasta el 19 de agosto de 2007.
Lunes a jueves de 19:00 a 22:00
Viernes y sábados de 19:00 a 21:00

JAZZ: LA HISTORIA

A Charo no le gusta el jazz. Me lo dijo una noche de noviembre en Trafalgar Square. Yo estaba pletórico: Londres se preparaba para las navidades, todo era color, una rubia con zapatos descubiertos comía un helado junto a nosotros a pesar del frío que hacía y un trío improvisaba jazz-fusión frente a un cine donde anunciaban El sexto sentido (en España aún no se había ni anunciado el estreno). Entonces me dijo aquello: que no entendía el jazz. Yo, en principio, lo entendí: el guitarrista había dejado de tocar y observaba con cara de haber fumado algo cómo el bajo y el batería improvisaban al compás. El bajista no era muy diestro y su solo se fue diluyendo en beneficio del batería, que tomó el tema por banda y nos regaló un solo que duró casi un cuarto de hora (de reloj) mientras los otros dos músicos desaparecían entre la multitud. Entendí eso, que no pudiera seguir el tema o que se aburriera de estar allí de pie esperando que aquel tío se cansara, pero hasta hoy no la había perdonado.

Hasta que me regaló por mi cumpleaños la historia del jazz contada por Ken Burns, y no se puede pedir más. ¿No es para perdonarle esto y más?

Kern Burns es un cineasta blanco de Brooklyn que comenzó pagándose su primer documental, una historia sobre cómo se construyó el puente de Brooklyn, y ha basado su carrera en esto, en estudiar la historia americana a través de series documentales como Baseball, La guerra civil o La historia del congreso. Dice interesarse por lo que fue y lo que pasó, todo en pasado, e investiga el jazz como "arqueología emocional", por lo que su historia del jazz termina en 1975, con el claro mensaje de que la historia evoluciona. Vamos, sin pillarse los dedos, aunque repasa todas las épocas, todos los estilos, todos los artistas, y todo ello con una cantidad de imágenes y documentos históricos increíbles (¡irrepetibles!) que hacen de estas doce horas de vídeo un placer incomparable.

Pero lo mejor es la presencia frente a la cámara de Wynton Marsalis, quien, trompeta en mano, pone ejemplos sonoros y esclarecedores a las explicaciones del documental sobre la esencia del jazz, sus giros musicales, sus claves. Estas entrevistas, y las de otros músicos, críticos y escritores, son altamente esclarecedoras incluso para apasionados profanos como yo, que no sé leer música.



En el lado gráfico, los vídeos son increíbles, y supongo que habrán supuesto años de investigación en filmotecas y televisiones. En ocasiones, las imágenes en movimiento son sustituidas por fotografías. La fotografía en el jazz debería ser un arte en sí, siempre lo he creído, y aquí "llenan" de una manera tan fabulosa el minutaje, que uno las echa de menos cuando vuelven a los vídeos.

Resumiendo, una obra de arte imprescindible.

Terminaré con algunas frases que justifican toda esta pasión. En la introducción al primer capítulo podemos oír cosas como éstas sobre el jazz:

"Es música americana, nacida entre millones de negocios americanos, entre tener y no tener, felicidad y tristeza, pueblo y ciudad, entre negros y blancos, hombres y mujeres, entre la vieja Africa y la vieja Europa. Esto sólo podía haber pasado en un mundo totalmente nuevo. Es arte improvisado que se hace sobre la marcha, como el país que le dio la vida, recompensa la expresión del individuo, pero exige colaboración desinteresada. Siempre cambia, pero casi siempre se arraiga al blues. Tiene una rica tradición y sus propias reglas, pero se define cada noche. Trata sobre ganarse la vida y correr grandes riesgos, de perderlo todo y de encontrar el amor [...] El batería de Art Blakey solía decir: El jazz se lleva el polvo de todos los días, pero sobre todo tiene ritmo."

Wynton Marsalis, trompetista: "La música de jazz celebra la vida, la vida humana en todos sus significados, su absurdo, su ignorancia, su grandeza, su inteligencia, su sexualidad, su profundidad; trata de la vida, sobre todo, trata de la vida".

Gary Giddins, crítico: "Es el indivualismo más duro, es salir al escenario y decir: No importa cómo lo hizo otro, así lo hago yo."

Albert Murray, escritor: "Cuando ves tocar a un músico de jazz, estás viendo a un pionero, a un explorador, a un experimentador, a un científico, estás viendo todas esas cosas porque es la creatividad en persona."

Y esto sólo en la introducción. El resto lo tendréis que ver vosotros... Yo ya tengo los vídeos.

DESDE EL ORIGEN DEL AMERICAN SONGBOOK


Visionando De-Lovely (Irvin Winkler, 2004)
  
A vueltas con Cole Porter. Después de publicar la entrada en la que hablaba de Ester Andújar y de su disco Celebrating Cole Porter, me he hecho (por recomendación de una amiga) con la peli sobre la vida del compositor: el musical De-lovely, dirigido por Irvin Winkler. No puedo decir que no me haya gustado la cinta. Hay cosas muy buenas: los efectos visuales son extraordinarios (y sutiles, aunque en las secuencias en blanco y negro la película gana más), la banda sonora está llena de temazos (aunque en versiones de gente del jazz, posteriores, suenan mejor) y siempre es estimulante “conocer” cómo trabajaban los músicos que admiramos. Así, con un hábil guión de Jay Cocks, algo excesivo en su planteamiento pero original, las canciones de Cole Porter van hilvanando con sus letras lo que fue su desordenada vida, la de un genio como todos los genios, atormentado en este caso por un sentido de la vida en el que primaba la diversión por encima de todo. Sólo su mujer, que fue su musa y su principal sostén, logró centrarlo un poco. 


El histriónico y oscarizado Kevin Kline interpreta a Cole Porter con menos teatralidad de lo que suele actuar, con menos sobreactuación y menos pantomima, salvo la necesaria para sugerirse lo suficientemente afeminado para parecer gay. ¿Se le notaba esto a Cole Porter? Yo, particularmente, hace tiempo que no soporto a Kevin Kline, pero aquí está bien. De su parte está el guión, muy teatral, y la controversia generada por el interés de la película de mostrar el lado gay de Cole Porter (hoy día no hay personaje que no vuelva de la tumba para decir que en su tiempo no pudo salir del armario). Lo peor es que no se puede basar el interés del público por un artista (o por una biografía o por una obra) en su vida sexual. No tiene sentido que hoy día tenga más valor “la diferencia” que la genialidad de unas composiciones que ya existían antes de (digamos) que naciera gente como por ejemplo Joshua Redman. 

Resumiendo, he visto la película hasta el final y, como a mí me gusta ser positivo y sacar algo de todo lo que veo, me quedo con los cameos (sería más correcto decir actuaciones) en la película, lo mejor: canciones y apariciones de Natalie Cole, Diana Krall, su marido Elvis Costello, Alanis Morrisette, Mick Hucknall de Simply Red, Sheryl Crow o el inclasificable Robbie Williams, todos ellos interpretando a cantantes de la época y poniendo voz a los standards de Cole Porter. Especialmente brillante es el tema que interpreta Alanis Morrisette. No es una de mis cantantes preferidas, pero en la película canta "Let’s Do It, Let’s Fall in Love" a caballo entre su propio y peculiar estilo y el más puro años 30. Realmente fabulosa. Vaya voz. 

Lo peor (bueno, lo anecdótico) reconocer que tantos standards del jazz como "Night and Day" o "I Got You Under My Skin" nacieron como numeritos de Broadway para las comedias musicales. Que nadie espere oír en la película una versión como la que hace Sarah Vaughan de "Just one of those things" (o la que hace Charlie Parker). En De-lovely estos temas aparecen orquestados (magníficamente orquestados: parece un trabajo muy serio), pero cuando uno ha oído estas canciones a Frank Sinatra o en versiones instrumentales a gente como Miles Davis o Bird, la cosa resulta un poco floja y lejana, vamos, “orquestada”. 

En cualquier caso, Cole Porter fue un gran compositor y sus temas seguirán versionándose (espero que durante muchos años más) para placer de todos. Yo, ahora mismo, me voy a escuchar el The Cole Porter Songbook de Charlie Parker enterito, que también tiene orquesta y coros, pero se salva por el saxo alto del maestro pájaro.