FEDERICO GARCÍA LORCA

El rey de Harlem (fragmento)

Un estudiante pelirrojo lee apoyado en el alféizar de la ventana. Hace rato que ha pasado la medianoche y Nueva York se yergue aún, priápica, sobre el lodo de las calles.

Lee a Lorca en silencio:



[...]Es preciso cruzar los puentes
y llegar al rubor negro
para que el perfume de pulmón
nos golpee las sienes con su vestido
de caliente piña.
Es preciso matar al rubio vendedor de aguardiente
a todos los amigos de la manzana y de la arena,
y es necesario dar con los puños cerrados
a las pequeñas judías que tiemblan llenas de burbujas,
para que el rey de Harlem cante con su muchedumbre,
para que los cocodrilos duerman en largas filas
bajo el amianto de la luna,
y para que nadie dude de la infinita belleza
de los plumeros, los ralladores, los cobres y las cacerolas de las cocinas.
¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!
No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
a tu violencia granate sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero, con un traje de conserje.

De fondo, suena Charlie Mingus, interpretando la angustia y la oscuridad...



Tenía la noche una hendidura
y quietas salamandras de marfil.
Las muchachas americanas
llevaban niños y monedas en el vientre,
y los muchachos se desmayaban
en la cruz del desperezo.
Ellos son.
Ellos son los que beben el whisky de plata
junto a los volcanes
y tragan pedacitos de corazón
por las heladas montañas del oso.

Aquella noche el rey de Harlem,
con una durísima cuchara
arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara.
Los negros lloraban confundidos
entre paraguas y soles de oro,
los mulatos estiraban gomas, ansiosos de llegar al torso blanco,
y el viento empañaba espejos
y quebraba las venas de los bailarines.
Negros, Negros, Negros, Negros.
La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca arriba.
No hay rubor. Sangre furiosa por debajo de las pieles,
viva en la espina del puñal y en el pecho de los paisajes,
bajo las pinzas y las retamas de la celeste luna de cáncer.
Sangre que busca por mil caminos muertes enharinadas y ceniza de nardos,
cielos yertos, en declive, donde las colonias de planetas
rueden por las playas con los objetos abandonados.
Sangre que mira lenta con el rabo del ojo,
hecha de espartos exprimidos, néctares de subterráneos.
Sangre que oxida el alisio descuidado en una huella
y disuelve a las mariposas en los cristales de la ventana.
Es la sangre que viene, que vendrá
por los tejados y azoteas, por todas partes,
para quemar la clorofila de las mujeres rubias,
para gemir al pie de las camas ante el insomnio de los lavabos
y estrellarse en una aurora de tabaco y bajo amarillo [...]

En cualquier momento, el día despuntará con el temblor de una duda que se hace visible.
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* La foto se titula Black jews, Harlem (1929) y retrata a un grupo de judíos negros delante del Moorish Zionst [sic] Temple en Harlem. Fue tomada por James Van Der Zee, el fotógrafo afroamericano que retrató el Renacimiento de Harlem, el movimiento literario que da fe del peso de los escritores negros en los años 20.

ENLACES:
* Sobre el poema de Lorca: www.liceicassano.it
* Juan de Dios García habla sobre la cultura del blues y del jazz en García Lorca en La música y las fieras.

2 comentarios:

Dana Andrews dijo...

Nunca está de más dedicarle una entrada a un auténtico genio, Federico García Lorca. Fue un genio y en todo este surrealismo de "Poeta en Nueva York" supo plasmar en sus versos la irracionalidad de una ciudad que crecía a pasos agigantados mucho más deprisa que el resto del mundo. Has creado aquí una "simbiosis" entre literatura y jazz que ha quedado genial. La banda sonora de fondo no podía ser mejor.

Sebastián dijo...

Totalmente de acuerdo con Mr. Andrews. Ha sido un acierto ilustrar el poema con ese "Track A—Solo Dancer", el primer temazo de 'The Black Saint And The Sinner Lady', uno de los discos más complejos, comprometidos y elocuentes del gran Mingus. Enhorabuena. Seguro que a Lorca le habría encantado. Muy interesante también la semblanza del amigo Juan de Dios.