Mostrando entradas con la etiqueta Ellis Marsalis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ellis Marsalis. Mostrar todas las entradas

UNA NOCHE CON...

DELFEAYO MARSALIS, Kalamazoo (Troubadour Jass, 2017)

Otra vez el trombón, ese viento metal que llama la atención de los niños por su tamaño y que normalmente no está entre los solistas, relegado a las big bands a pesar de que es ideal para ejecutar glissandos y que, en las manos adecuadas (es el caso), puede sonar tan potente como sutil, como un payaso que, justo después de provocar risas, es capaz de emocionarnos. Y otra vez Delfeayo Marsalis, que nunca defrauda, con un cuarteto que incluye al gran patriarca, Ellis Marsalis.


El álbum, grabado en abril de 2015 durante la gira de The Last Southern Gentleman en el  Dalton Center Recital Hall de la Western Michigan University, en Kalamazoo, es el primer disco grabado en concierto de Delfeayo Marsalis y contiene un puñado de clásicos que el trombonista tamiza con su particular sentido del blues, empezando por una versión soberbia de "Tin Roof Blues" en la que Marsalis demuestra que incluso en el trombón se puede frasear con rapidez. Creo que es un inicio fantástico para un concierto, desde abajo, un blues lento. El solo de piano de Marsalis padre sigue al de trombón, en la misma línea, haciendo brillar la tristeza del tempo. De fondo, Ralph Peterson elástico pero contenido, acompañando en la justa medida. Termina el solo con unas síncopas tan clásicas que después sólo puede seguir un crescendo que rompe definitivamente en el solo de bajo (Reginald Veal). Si uno empieza un concierto ahí, el segundo tema es siempre como un estallido, como un nuevo comienzo. El tema que rompe es "Autumn Leaves", un estándar infalible. La sección rítmica destaca por encima de todo, con un juego polirrítmico contagioso.

Padre e hijo 

El concierto continúa con "My Funny Valentine", que se convierte en una competición entre el piano, como solista, el trombón y la sección rítmica, una competición por hacer más delicada la pieza, que suena redonda y pasa como un instante. Sorprende justo después el sentido del humor (justicado) al traer aquí el blues que servía de sintonía a Barrio Sésamo, esa serie que marcó tantas infancias. "Sesame Street Theme" suena a blues callejero de Nueva Orleáns, a banda, y nos muestra el sentido del blues en los dedos de Ellis Marsalis, sincopado y veloz cuando es necesario, expresivo y auténtico. Toda una lección de cómo se toca jazz.

Siguen, por no parecer exhaustivo, el tema "If I Were a Bell" (que siempre me devuelve mis primeros recuerdos de Miles Davis), la balada "Secret Love Affair" y una versión de "It Don't Mean a Thing (If It Ain't Got That Swing") elegante y rítmicamente adictiva. Justo después, Delfeayo invita al escenario a dos estudiantes de la universidad (el vocalista Christian O'Neill Diaz y el baterista Madison George) para improvisar juntos un blues clásico ("Blue Kalamazoo"). Tras este momento especial en el que los Marsalis parecen derramar positividad para incentivar a los estudiantes, el concierto termina de una manera nostálgica con una mágica y onírica versión de "Do You Know What It Means To Miss New Orleans" a dúo piano/trombón, donde el padre da una lección de lo que es el piano en el jazz y el hijo nos sorprende con una sordina wah-wah que aporta una melancolía a su solo que arranca los aplausos del público.


Casi todos standards de sobra conocidos pero llevados con una personalidad abrumadora, con esos fraseos sentidos o vertiginosos de Delfeayo Marsalis, con un sentimiento que suena a Nueva Orleáns y una elegancia estilística encomiable que los hace parecer nuevos, esa magia del jazz.

En el fondo, Kalamazoo (An Evening With...) es sólo un momento en el tiempo, capturado en audio digital pero, al menos, podemos hacernos la ilusión de haber escuchado a Delfeayo Marsalis en concierto y la experiencia es... bestial.

___________
* Web oficial: www.dmarsalis.com


MARSALIS PUEDE CAMBIAR TU VIDA

O el jazz como filosofía

Lo más maravilloso de los libros es que pueden aparecer en tu vida cuando menos te los esperas, en un escaparate, en el penúltimo anaquel de una librería que hace tiempo que no visitas, en una lista de Internet o en un cajón de saldos. Yo encontré este libro hace unos meses en una tienda de segunda mano y no pude resistirme. Escuchar o leer a Wynton Marsalis es algo que nunca te deja indiferente. Hablando de jazz (o de la vida, como aquí) Marsalis puede ser filosófico, erudito, apasionado, radical, intransigente o insuperablemente lúcido.





Si en su libro anterior (El jazz en el agridulce blues de la vida, Paidós, 2002), coescrito con Carl Vigeland, nos permitía acompañarle sentimentalmente durante una gira, alternando anécdotas con opiniones, en Jazz. Cómo la música puede cambiar tu vida (2015) vuelve la vista atrás y repasa algunos momentos que considera relevantes de su vida, algunos tan curiosos como el hecho de que padre le llevara a estudiar jazz por obligación, esa cosa tan aburrida: "¡Vaya por Dios!, pensé. Ahora resulta que nos vamos a quedar sin salir los sábado por la noche para volver a la época de la esclavitud" (pág. 12) pero, en realidad, resultó que les estaban enseñando algo importante: "que fuésemos lo que fuésemos, éramos personas creativas" (pág. 16).

Escrito con una pasión incondicional hacia el jazz, casi todo en el libro ofrece una visión positiva sobre el ser humano y la música y, sobre todo, sobre la interrelación entre ambos porque, en esencia, es un libro sobre la vida, una especie de disertación existencial sobre la importancia de la música en la persona y en la personalidad: lo más atractivo del texto es la manera en que relaciona la vida y el jazz, cómo explica, por ejemplo, que el jazz es un juego a la vez individual y colectivo, donde escuchar a los otros músicos es tan importante como decir (tocar) lo que uno es capaz de decir: "Respeto y confianza, eso es lo que enseña el jazz. Cuando se escucha a los grandes músicos, se puede observar el respeto que muestran por las habilidades del otro; al fin y al cabo, salvo en la sección rítmica, los músicos pasan más tiempo escuchando que tocando." (pág. 226). ¿No es algo para pensar... y aplicar en la vida?

También en algún momento, por supuesto, arremete contra las vanguardias: "Eso que la gente aún denomina vanguardia se inventó en Alemania durante el primer cuatro del siglo XX y llegó al jazz cincuenta años después. Ahora, cincuenta años después de que se iniciase, continúa sin ser tan moderna como la música que interpretaba la banda de King Oliver allá por la década de 1920." (pág. 176)


Por último, Marsalis repasa algunas de las figuras más importante del jazz de todos los tiempos desde una óptica tanto musical como una humana, intentando explicarnos cómo escucharlos y qué ha aprendido de ellos.

Sobre Billie Holiday y su último álbum (Lady in Satin), que su padre solía poner, dice: "Muchas personas lo aborrecen porque dicen que apenas le quedaba voz. Sin embargo, a mí me enseña que el mensaje que se transmite es más importante que las limitaciones del método de transmisión." (pág. 193).

De Miles Davis se muestra tanto admirador como detractor: "Muchos de los músicos de su época no superon salir del bebop; él, sin embargo, tocaba con músicos quince o veinte años más jóvenes que él, intentando adaptarse e interpretar en su compañía", dice (pág. 181). Más arriba, apunta: "Dejando aparte el culto a la personalidad, verdaderamente sabía tocar" pero echa por tierra el valor de Miles como inventor del jazz modal alegando que Duke Ellington, Charles Mingus, Dizzy Gillespie, Gil Evans y el arreglista George Russell (los nombra a todos) ya habían experimentado con improvisaciones modales antes que él. Concluye disparando lo siguiente a propósito de su regreso en los 90 y de su falta de integridad (sic): "Él (Miles) personifica ese viejo adagio que dice que lo mejor, cuando se corrompe, se convierte en lo peor" (pág. 182).

Sobre Charlie Parker: "Bird, por encima de todo, demuestra el potencial ilimitado de la mente para pensar con rapidez y lógica durnte largos periodos de tiempo. [...] con Charlie Parker, tocar con rapidez es el tema en sí." (pág. 204)

Pero más que sus opiniones sobre otros músicos, me quedo con su opinión sobre el valor del jazz como manera de entender la vida

http://wyntonmarsalis.org/books
Apartado de libros en la web de Wynton Marsalis
El libro, coescrito con Geoffrey Ward, lleva en inglés el título de Moving to Higher Ground: How Jazz Can Change Your Life y fue publicado originalmente por Random House en 2008; pero, visitando la web de Marsalis, hemos encontrado que nos queda mucho por descubrir de su literatura. 


Los músicos de jazz improvisan bajo la presión del tiempo, por eso lo que brota de ellos surge con tanta pureza. Es como verse presionado a responder antes de poder inventar una mentira. Normalmente, lo primero que se dice es la verdad. (pág. 27)


https://www.amazon.es/El-talism%C3%A1n-Alexandros-R-Martino-ebook/dp/B00HW9QLHI?ie=UTF8&adid=0RP4GC1T9XR4MV7R2HPA&camp=3598&creative=24794&creativeASIN=B00HW9QLHI&linkCode=as1&ref-refURL=http%3A%2F%2Fwww.jazzeseruido.com%2F&ref_=as_sl_pc_tf_lc&tag=jazeserui0f-21

NO HAY SITIO PARA MEAR EN EL MARDI GRAS

Después de Tremé 


Como en los premios, debería comenzar dando las gracias. Gracias a HBO por permitir a David Simon concluir su serie-novela-río con una cuarta temporada, a pesar de ser la serie de la cadena con menos espectadores (25 veces menos audiencia que Juego de tronos, por poner un ejemplo). En principio, según las noticias que llegaban, iba a ser una temporada definitiva con 6 capítulos. Al final; han sido 5 intensos episodios de una hora completa de duración, una conclusión de la serie con todos los matices que esperábamos, la esperanza (desde la primera escena en que vemos las votaciones que ganó Obama hasta las historias de los personajes que van solucionando los problemas generados por el Katrina) y los tristes de las historias que van en decadencia (enfermedad, muerte, separaciones, el frustrante ascenso al estrellato del personaje interpretado por Luica Micarelli, Antoine Baptiste sigue llevando el trombón sin estuche...) aunque lo mejor sigue siendo la música, todas las músicas, no sólo el jazz, que conviven en Nueva Orleáns.



En el primer capítulo se puede ver tocando en directo, entre otros, a Kermit Ruffins animando a los votantes del que DJ Davies llama “políticamente corrupto y calcificado estado” de Nueva Orleáns, donde “la Esfinge se mueve más rápido que los federales”. Es el año de Obama, 38 meses después del Katrina…El tiempo pasa y la vida corre.

Todo sabe mejor si sale de Luisiana, aunque todos están muertos: Prima, Kruppa, las Boswell, muertos, muertos, muertos, desaparecidos de este valle y pudriéndose en la eternidad, pero ¿sabéis? con ellos no importa porque dejaron su huella, dejaorn algo a su paso, un legado. (DJ Davies después de una discusión sobre las Boswell Sisters)

El verdadero reflejo de la vida en N.O. es ese, el de la mescolanza musical y cultural, que en toda la serie se refleja en pequeños flashes musicales, segundos, minutos de actuaciones musicales en directo, que son una delicia y que conforman el puzzle de una manera espectacular. En esta temporada podemos ver, además de los ya citados, a Terence BLanchard, Nicholas Payton, Doctor John, Ellis Marsalis, Donald Harrison, Trombone Shorty… Shorty es usado por el personaje de Davies como ejemplo del jazz que ha salido de la calle, de los desfiles, de los funerales, en contrapartida con el jazz institucionalizado, y lo hace para abrir los ojos a un promotor inmobiliario que pretende lucrarse con la construcción del nuevo Centro de Jazz.

Esto es Tremé y esto es Nueva Orleáns, con la cultura (musical, por supuesto) como estabilizante de la esencia de la tierra, también palpable en sus contradicciones, como una escena en la que un actor (¡blanco!) de Hollywood interpreta a Kid Ory o la escena en que el protagonista (Rob Brown) se encuentra con Nicholas Payton y otros músicos orleanos en un escenario neoyorquino y afirma: “Yo tengo que venirme a Nueva York para tocar con mis paisanos. También aparecen todos los locales míticos en la serie: vemos a Lucia Micarelli tocar en el House of Blues, a The Soul Rebels en el Tipitina’s… Sería interminable.

No me gustaría concluir este relato sin hacer constar, de todos los mensajes, el mensaje que más me ha gustado de esta temporada final: el de que la educación es el (único) elemento capaz de hacer evolucionar hacia bien lo que en principio parece insolucionable. En este sentido, en esta temporada, el crápula Baptiste, reconvertido en profesor de música de una escuela, trata de inculcar a sus alumnos sentimiento y responsabilidad a través de la música, luchando contra la burocracia y los recortes, como en todos lados. El resultado, poético, es que finalmente es él quien evoluciona y se estabiliza, madurando sin darse cuenta.

Y, ¿cómo no? el último capítulo termina como terminó la primera (gloriosa) temporada, con el desfile del Mardi Gras, festivo, glorioso, típico, feliz y peligroso, multitudinario. Como dice el refrán, “nunca hay sitio para mear en el Mardi Gras”, un año más. Las historias se repiten, como los standards, pero siempre suenan diferente. En palabras de DJ Davies: 
En, ¿nunca os pasa que oyes una canción que has oído un millón de veces antes, incluso estás harto de ella, pero esta vez, tal vez por algo que te ha pasado, o quizás por algo que ahora entiendes, vuelves a oírla, puede que una nueva versión o puede que no, pero te das cuenta de que hay un mundo nuevo dentro de ella? Sí, a mí también. 
Entonces suena "Do You Know What It Means To Miss New Orleans?", interpretada por John Boutté. Fin de la serie. ¿Saben lo que significa añorar Tremé?