AL FINAL DE LA ESCAPADA

Martial Solal goes noir

Rodada en el año mágico de 1959 y estrenada en el 60, el primer largometraje de Jean-Luc Godard muestra un amplio abanico de intenciones de lo que será su cine posterior: una relación de amor/odio hacia lo americano (jazz, cine negro, rechazo al color), un constante homenaje a la belleza femenina y una supuesta falta de artificialidad basada en el uso de cámara en mano, iluminación natural, un montaje (aparentemente) aleatorio con continuos cortes... La época salvaje de los hippies, la libertad sexual y el jazz como elemento hipster eran elementos que comenzaban a llegar a Europa con fuerza, elementos novedosos que, sin embargo, producían una plácida (y positiva) reacción química al mezclarse con otros más vintage, como el renovado gusto por las películas de cine de gánsters y el blanco y negro. Todo ello confluye en el despertar de un hombre singular en el mundo del cine, un joven director a punto de cumplir los 30: Jean-Luc Godard.

Pero no nos vamos a centrar en él porque lo que nos interesa aquí es el jazz y cómo el elemento musical sirve para contar la historia y viceversa, esa deliciosa simbiosis que convierte películas (a veces) nefastas en vehículos de deleite para los aficionados. No es el caso porque Al final de la escapada, aunque ofrece un discurso narrativo complicado, con un montaje ciertamente experimental, mantiene la atención del espectador aportando muchos extras, como la tensión argumental o la sugestiva fotografía de Raoul Coutard (Disparad sobre el pianista), que se movía entre la gente de la calle (no hay extras entre los transeúntes) con la habilidad ganada a pulso durante sus años de reportero de guerra. El resultado es espectacular, especialmente cuando capta esa mirada de Jean Seberg que parece hablarnos a través de su silencio, que nosotros escuchamos en la música de Martial Solal.



No, no es el jazz un elemento que se haya repetido mucho en la obra de Godard pero aquí, sin embargo, es una pieza narrativa imprescindible, el nexo que da cohesión a la extraña relación que mantienen Michel (alias Laszlo Kovacs), la chica americana y la policía, un repentino triángulo que se tensa con cada pieza de oímos de Martial Solal. La banda sonora está repleta de momentos improvisados, un recurso que ya había usado dos años años Malle en Ascensor para el cadalso con un gran resultado, a pesar que no había inventado nada nuevo: todos sabemos que el cine como espectáculo nació al amparo de pianistas en directo.

El sexteto de Martial Solal está compuesto por Pierre Gossez (saxo alto), Roger Guérin (trompeta), Michel Hausser (vibráfono), Paul Rovère (bajo) y Daniel Humair (batería), una formación versátil que sirve para poner en práctica el gusto de Solal por el detalle, por un minimalismo no rupturista, al mismo tiempo que todas las referencias musicales anteriores (desde el swing y al bop, si tal conjunción es posible) aparecen para dar forma a esta película que, en el fondo, es una mezcla de todo eso. Cabe destacar, a modo de curiosidad, que la banda sonora se añadió a las escenas rodadas sin sonido para después, cuando procedía, añadir los diálogos grabados a posteriori.

Martial Solal en la época de la película
Hay comentarios en algún blog que afirman que Martial Solal no era nadie antes de participar en esta película. Lo cierto es que, aunque no era muy conocido fuera de Francia, sí lo era dentro de sus fronteras, donde, en 1956 había recibido el Premio Django Reinhardt de la Academia Francesa del Jazz.

Al final de la escapada se estrenó en Francia el 16 de marzo de 1960, hace hoy exactamente 55 años, con el título original de À bout de souffle.