DEAR Mr.

Funk, canciones y R&B para un público de jazz

No es de extrañar que un pianista y cantante de la edad de Héctor C. Martínez (22 años) haya puesto su oído en una estrella del crossover como Jamie Cullum; el británico ha sabido aunar de una forma lógica jazz y pop en sus composiciones sin defraudar a nadie. El gallego y su grupo, Dear Mister, sin embargo, van un paso por delante y ponen las blue notes necesarias para que los precarios matices de blues y funky de las canciones de Cullum suenen más jazzy y negros que en el original.

Pero Tribute to JC (Golfiño Records, 2010) no es sólo un disco homenaje a Jamie Cullum. Entre los diez temas del álbum hay versiones de Jimi Hendrix ("The Wind Cries Mary") y de Louis Armstrong ("What a Wonderful World") enmarcadas en el mismo estilo. Tampoco es un disco de canciones, porque la mitad de los temas no son cantados: incluye piezas tan deliciosas como una versión de "Cantaloupe Island" en la que Martínez se defiende muy bien improvisando en el órgano eléctrico o de la "Blue Bossa" de Kenny Dorham. Pero donde más me ha gustado el grupo es en "Birk's Works" (Dizzy Gillespie) que suena increíblemente bluesy en las "voces" de un trío de piano. Porque de esto es de lo que se trata, de un trío de piano, bajo y batería con una perspectiva de R&B y soul jazz.

Además del pianista y cantante Héctor C. Martínez, Dear Mr. cuenta con el bajista Alex Vidal. Vidal se muestra muy coherente y sólido, sobre todo en "Blue Bossa", aunque tiene pocas oportunidades para mostrar más creatividad. Se echa de menos algún solo de bajo. Esencial en "Birk's Works", muy R&B; casi parece un tema de Ray Charles. El batería es Conrado Martínez, que pone su experiencia al servicio de la cohesión del grupo (como todo buen batería) y que se maneja muy bien en los cambios de registro.
Aunque Dear Mr. manifiesta que propone un repertorio para acercar el sonido del jazz a audiencias profanas, lo cierto es que consiguen lo contrario: acercar filosofías únicas como Jimi Hendrix o Jamie Cullum a los aficionados al jazz, y lo hacen con su fluida interpretación y el calor que desprenden. Su juventud aventura un futuro prometedor para estos músicos, si bien esperamos que den el paso definitivo y lleguen en un próximo disco (o en el siguiente) con composiciones propias, cantadas o no.
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* Página oficial: www.dearmister.es
** Golfiño Records: www.golfinorecords.es

JAZZLIFE

La fotografía es jazz para los ojos

Chet Baker toca la trompeta en la barandilla de un barco. Stan Getz lo hace bajo el claroscuro de una bombilla en la entrada de artistas del Cosmo Alley de Hollywood. Will Shade presume de su bajo casero de una sola cuerda. Durante un ensayo, Woody Herman cierra los ojos al tocar. Anita O'Day fuma, pensativa. Art Pepper sube la empinada cuesta de Fargo Street como una metáfora de las dificultades que supone luchar contra las drogas. Misas gospel, desfiles en Nueva Orleáns, sesiones de hardbop en los clubs de Chicago... En ocasiones, el salto de Hecho a Arte en un fotografía consiste sólo en saber encontrar el modelo adecuado, ensayar el encuadre perfecto y obtener la historia que, desde otro punto de vista o desde otro encuadre, jamás se contaría. El valor de William Claxton consiste en saber extraer esas historias de las imágenes y hacerlo respetando y/o descubriendo la esencia del personaje.

Recorrer Estados Unidos a bordo de un Chevrolet debe ser una aventura difícilmente igualable; hacerlo en 1960, cuando estaban en su etapa más creativa músicos como Ornette Coleman, Miles Davis, Dave Brubeck... debió ser una aventura irrepetible, histórica y musicalmente hablando. El fotógrafo William Claxton empleó en esta aventura tres meses de 1960 acompañado por el musicólogo alemán Joachim E. Berendt, de quien partió la idea, cubriendo todo el panorama desde Harlem hasta Hollywood, pasando por Louisiana, Kansas City, Chicago, San Francisco... y fotografiando clubs, ensayos, brass bands, aficionados, músicos profesionales y músicos callejeros... Al libro de Claxton sólo le falta la foto de Fats Domino siendo rescatado del Katrina en una barca.

Mi capítulo favorito del libro por cuestiones sentimentales es Nueva Orleáns. Sus personajes tienen el carisma primigenio que dio vida al jazz. Las imágenes tienen un folklorismo muy alejado de la sofisticación de los jazzmen de Nueva York o de la Costa Oeste. Paradójicamente, cuando se disponían a hacer escala en Nueva Orleans, recibieron este consejo en Nueva York: “Ni os molestéis en ir a Nueva Orleans,. El jazz en Nueva Orleans está muerto”. Es cierto que el jazz de principios de siglo desapareció una vez que los barrios “malos” como Storyville, que mantenían la mayor parte de los locales con música en directo, fueron cerrados por cuestiones morales (se adujeron otras razones de salud pública). La mayoría de los músicos se trasladaron a Kansas City, a Nueva York y a Chicago, dando paso a otros estilos que revolucionarían el concepto de jazz, como el Kansas City y el swing.  

Y lo que Claxton y Berendt encontraron en la ciudad del Mississippi fue una música más moderna y sofisticada de lo que esperaban. Quizás porque los mismos músicos orleanos pensaban que el jazz (el hot jazz) estaba muerto, explica el libro, estaban creando una música más evolucionada, más moderna. También se encontraron con reminiscencias de la inacabable guerra dialéctica sobre quién “inventó” el jazz, encarnada en Nick La Rocca (The Original Dixieland “Jass” Band) en una nueva versión: fueron los blancos los inventores (!).



El libro posee la calidad de la fotografía de Claxton en 552 gloriosas páginas, incluyendo algunas fotografías en color que no se habían incluido anteriormente y un prólogo del fotógrafo, que se suma a los incisivos aunque escasos textos de Berendt, y se ha convertido en un tesoro que, nada más abrirlo, devuelve la fe en un arte que alcanzó su punto culminante en aquellos años.

Creo coincidir con muchos aficionados en que este es El Libro de Fotografías de Jazz. Por excelencia. Es algo emocional, un objeto de culto tanto para los aficionados a la fotografía como al jazz, un libro al que siempre vuelvo cuando escucho un disco de jazz que no me convence. Este libro me redime de muchas cosas. Es Arte. En palabras de Claxton, la fotografía es jazz para los ojos.

Lo edita Taschen, por supuesto.

NO TODOS LOS TROMPETISTAS IMITAN A MILES

JASON PALMER, Songbook (Ayva, 2008)

En su primer disco como líder, Songbook, el trompetista, Jason Palmer despliega un repertorio original formado por nueve temas que se mueven en la estela del post-bop más avanzado. Aunque es patente la influencia de músicos anteriores como Freddie Hubbard y Clifford Brown, hay dos referencias que "saltan" al oído inexorablemente. La primera es Lee Morgan, que tenía esa misma manera agresiva de atacar las frases que usa Palmer (escúchese el tema 4: "Checkmate"). La segunda es Coltrane. Hay un elemento de libertad en el enfoque bopper de este disco que recuerda a los primeros discos de Trane en Atlantic (tema 7: "The Shadowboxer") antes de lanzarse al vacío en sus grabaciones más místicas... ¿Es casualidad la presencia de Ravi Coltrane en este álbum?

Ravi Coltrane y Jason Palmer se conocieron en myspace, según explica el trompetista.También que Coltrane lo invitó a tocar con él en la School for Improvisational Music de Brooklyn. Pero no es el único saxofonista que aparece en el disco. También está Greg Osby. Palmer tocó en su quinteto, de donde también se trajo para la grabacia los músicos Leo Genovese (piano, prodigioso en "Checkmate"), Tommy Crane (batería) y Matt Brewer (bajo). Cuenta el trompetista en el libreto del álbum que a Brewer le ha oído tocar solos de John Coltrane en su bajo nota a nota. El séptimo músico que cierra el line up es Warren Wolf, vibrafonista muy solicitado que ya habíamos disfrutado en el Kind of Brown de Christian McBride.

La música de Jason Palmer suena a auténtico hardbop, a años 60, pero al mismo tiempo suena nueva y moderna. Quizás el amor llega a menudo de la mano del despecho y tenga que admitir (de manera demasiado personal) que el último disco de un trompetista que he catado (el Yesterday You Said Tomorrow de Christian Scott) me dejó tan frío como enfadado. Sí, es cierto que Scott parece hijo putativo/artístico de Miles Davis, y también es cierto que alabé su anterior Anthem y disfruté de su Live in Newport pero su evolución no sólo se ha limitado a "heredar" la faceta arrítmica y electrónica de Miles sino que lo ha hecho con una falta de coherencia absoluta, alternando temas y ruido de una manera frustrante. Quizás por eso, al escuchar las teorías estéticas postbop de Jason Palmer sienta que su disco (aunque editado con anterioridad) me ha llegado en el momento justo, porque juega a ser ese jazz fresco y divertido que adoro más, y porque Palmer ha aportado a mi discoteca esa dosis de imaginación y jazz que echo en falta en Scott. Sí, sabemos que las comparaciones nunca son justas, pero si uno busca sofisticación y valentía, modernidad y clasicismo, los encontrará en este disco. Y sí, me hubiera gustado vivir en 1959 y presenciar la escena artística de aquel momento del jazz en directo...

Jason Palmer es profesor en varias escuelas musicales de  Boston y Nueva York, y su quinteto ha sido la banda residente del  Wally's Café de Boston durante los últimos ocho años. El disco Songbook fue grabado en octubre de 2006, mezclado en 2007 y publicado en 2008 por el sello Ayva. Desde entonces, este trompetista de Nueva Inglaterra se ha convertido en un referente del jazz moderno. Calificado como "uno de los 25 trompetistas del futuro" por la revista Downbeat, acompaña  regularmente como sideman a la saxofonista Grace Kelly y ha rodado varias películas; entre ellas, Guy and Madeline on a Park Bench (Damien Chazelle, 2009), de la que les dejo el trailer porque, aunque supongo que la distribución no la hará fácil de ver, ya se ha convertido en mi próximo objeto de deseo:

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* La primera fotografía es de Lourdes Delgado y aparece en el disco.

** La segunda foto es de Timothy J. O'Keefe

*** Pueden escuchar los temas del álbum aquí.

MONDA TRIO

Poemas en la frontera del jazz

Miguel Angel Monda es un guitarrista muy diferente a Sacri Delfino, del que hablábamos en el post anterior. Su forma de tocar la guitarra se basa más en la expresión, es más colorida. Gusta de la filigrana pero en voz baja y hace del fingerpicking un arte japonés, sutil y bello a pesar de su sofisticación. Pero también tiene menos interés por el swing. ¿Cómo y por qué reseñar este álbum en un blog de jazz? El primer factor determinante es que su música pertenece al amplio género de la música improvisada, alejada (libre) de los cánones occidentales que dominan, por ejemplo, la música clásica o el pop. La segunda clave es la raíz negra, cercana al blues, que aparece en la segunda parte del disco.

Porque este disco tiene dos partes distintas. La primera es un catálogo de poemas, de melodías evocadoras y sugerentes,  en las que los ritmos están tan destilados, tan sublimados, que es muy difícil ver las raíces, un jazz íntimo y melódico que el trío ya había ensayado con la musicalización de la película El negro que tenía alma blanca (Benito Perojo, 1926), a la que pusieron banda sonora el año pasado (un  experimento singular porque, al igual que se hacía en los primeros años del cine, el trío interpretaba la música en directo durante la proyección). El resultado resultó bellísimo. De esta primera parte intimista del disco, todas composiciones originales de Miguel Ángel Monda, "Equinoccio" es un buen ejemplo:

La segunda parte es más dinámica, el juego se hace más arriesgado y se dejan oír de manera más patente las influencias de músicas como el blues y el zydeco, ese hermano del cajun en el que son más apreciables las influencias negras. La armónica toma un protagonismo inesperado y la música se hace divertida. Dos temas me han enamorado especialmente: "Déjame el Pijama Fuera" y "Wagon Blues":

Los arreglos son del trío, un trabajo cooperativo que redunda en un valor añadido y que sirve para certificar la calidad de música improvisada, libre y ausente de corsés de la que hablábamos más arriba. Se nota que el trío lleva tiempo tocando en directo porque el disco (grabado  en estudio, al estilo antiguo, con todos los instrumentos a la vez) suena como la maquinaria de un reloj suizo, eso sí, con más alma.


Ya lo hemos dicho antes: Monda es un mago del fingerpicking. Tocar melodía y ritmo al mismo tiempo ayuda al trío a llenar espacios que los instrumentos que faltan podrían dejar vacíos, pero también le permite desarrollar temas como "Perpetuum Mobile", en el que la guitarra hace el papel de solista y, a la vez, lleva la línea de bajo.

Los otros dos músicos del trío son Sebastián Mondéjar, percusionista de una sensibilidad espeluznante, ajeno a las estridencias, muy lírico, más amante de las escobillas que de los toms, lo que me trae a un juego de palabras, ya que Sebastián colaboró con Monda en otro proyecto anterior, Escobijazz, dedicado a la bossa. El tercer componente es Andrés Santos, clarinetista que se deja oír en algunos temas tocando la melódica, ese instrumento que parece a simple vista un juego de niños y que aporta ese color tan especial a las melodías. Como clarinetista, nos gusta su versatilidad, interminable. Hay momentos en que nos recuerda melodías de Raymond Scott, de hot jazz anterior a la guerra, un plato especial.


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